De Belén al Calvario - La Tercera Iniciación

      


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CAPITULO IV


LA TERCERA INICIACIÓN... LA TRANSFIGURACIÓN
EN UNA ELEVADA MONTAÑA


Pensamiento Clave

El Antiguo Deseo

Dijo Arjuna: [e139] [i133]
"Tus compasivas y amorosas palabras de sabiduría, referentes al supremo misterio de la Superalma, han disipado mi ilusión.
"De Ti he aprendido toda la verdad acerca del nacimiento y la desaparición de los seres, y de Ti, cuyos ojos son como pétalos de loto, también he aprendido sobre el Gran Espíritu que no muere.
"Pero quisiera ver ese yo de que has hablado, oh Señor Todopoderoso, esa divina forma Tuya ¡Oh, Tú, el mejor de los hombres!
"Si crees que puedo verlo ¡oh Señor de Unión, revélame ese Yo imperecedero!

Bhagavad Gita XI, 1-4


La Moderna Demanda

"Sería demasiado suponer que podemos conocer científicamente al Dios inmanente, Productor de los más elevados valores, y creer racionalmente en un Dios trascendente, esencialmente personal, Conservador de los valores más elevados, y que ambos, el trascendente y el inmanente, el Productor y el Conservador, el conocido y Aquel en Quien se cree, son en esencia, no dos seres distintos pero, orgánica y dinámicamente, de alguna manera uno".

Religious Realism, de D.I. Macintosh y otros, pág. 404.


1


[e140] [i135] Otro período de servicio ha terminado. Cristo debió enfrentar otra crisis interna y esta vez, según la narración del Evangelio, la compartió con Sus tres discípulos predilectos, los tres más íntimos. El autocontrol que había demostrado y la consiguiente inmunidad a la tentación, tal como podemos comprenderlo, fue seguido por un período de intensa actividad. Él había sentado las bases del reino de Dios que debía fundar de acuerdo a Su misión, y cuyo bosquejo se había construido sobre la estructura interna de los doce apóstoles, los setenta discípulos que Él había elegido e instruido, y los grupos de hombres y mujeres de todas partes que respondían a Su mensaje. Hasta ese momento había tenido éxito. Ahora debía encarar otra iniciación y una mayor expansión de conciencia. Las iniciaciones, a que se sometió para bien nuestro, y a las cuales podemos aspirar, a su debido tiempo, constituyen en sí una síntesis viviente de la revelación que sería de valor estudiar, antes de considerar los detalles de la estupenda revelación que recibieron los tres apóstoles en la cima de la montaña. Tres de estas crisis son, quizás, las de mayor significación que hasta ahora ha captado la humanidad, que siempre tiende a poner el énfasis sólo en una de ellas, la Crucifixión.

A veces pensamos que si nunca se hubieran escrito las Epístolas y sólo contáramos con el relato del Evangelio para fundamentar nuestra creencia cristiana,
[i136] las tremendas experiencias vividas por Cristo, se hubieran pasado por alto al hacer resaltar casi exclusivamente la Crucifixión. Esto es algo que debe considerarse y merece una seria reflexión. El prejuicio de San Pablo sobre la teología cristiana, quizás ha desequilibrado la estructura de la presentación de Cristo que estábamos destinados a recibir. Las tres iniciaciones que, en último análisis, pueden significar la culminación para el buscador de la verdad, son el nacimiento en el reino, ese augusto momento en que toda la naturaleza inferior se transfigura y se percibe la aptitud de los hijos de Dios para ser ciudadanos de ese reino, y la crisis final en que se demuestra y reconoce la inmortalidad del alma. El Bautismo y la Crucifixión tienen otros valores, acentuando, como lo hacen, la purificación y el autosacrificio. Esto puede sorprender al lector en lo que parecería disminuir al Cristo, pero es en extremo necesario que veamos el cuadro tal como los Evangelios lo presentan, sin el matiz de las interpretaciones dadas por un posterior hijo de Dios, San [e141] Pablo, por muy brillante y sincero que haya sido. Al tratar el tema de la Deidad, siempre se ha dicho que conocemos a Dios por Su naturaleza, y que esa naturaleza es espíritu o vida, alma o amor consciente y forma inteligentemente motivada. Vida, cualidad y apariencia, son los tres aspectos principales de la divinidad, y no conocemos otros; pero eso no significa que no hagamos contacto con otros aspectos cuando oportunamente tengamos el mecanismo del conocimiento y la intuición, para penetrar más profundamente en la naturaleza divina. Aún no conocemos al Padre. Cristo Lo reveló, pero el Padre Mismo permanece hasta ahora detrás de la escena, inescrutable, invisible y desconocido, excepto cuando Se revela en la vida de Sus hijos, y por la revelación que Jesucristo diera especialmente a Occidente.

Al considerar estas iniciaciones, las tres mencionadas se destacan con toda claridad. En el Nacimiento en Belén, tenemos la apariencia de Dios, Dios se manifiesta en la carne. En la Transfiguración, tenemos la cualidad de Dios, revelada en su trascendente belleza; mientras que en la iniciación de la Resurrección, el aspecto vida de la divinidad, hace sentir su presencia.

[i137] En Su vida terrenal, Cristo hizo dos cosas:
  1. Reveló la triple naturaleza de la Deidad en las iniciaciones primera, tercera y quinta.
  2. Demostró las expansiones de conciencia que se producen cuando se cumplen debidamente los requisitos —purificación y autosacrificio.

Los cinco episodios encierran la historia de la iniciación, el nacimiento, la consiguiente purificación, a fin de poder seguir la correcta manifestación de la Deidad, la revelación de la naturaleza de Dios, por medio de una personalidad transfigurada y, finalmente, la meta —la vida eterna imperecedera, puesto que se ha descentralizado y liberado de las limitaciones autoimpuestas por la forma.

Esas tres iniciaciones mayores, primera, tercera y quinta, constituyen las tres sílabas de la Palabra hecha carne; encierran el acorde musical de la vida de Cristo, tal como estarán encarnadas en la vida de todos los que sigan Sus pasos. Por medio de una reorientación hacia nuevos modos de vida y de ser, pasamos por las etapas necesarias de adaptación de los vehículos de la vida, hasta alcanzar la cima de la montaña, donde se revela en toda su belleza lo divino en nosotros. Luego pasamos a una "jubilosa resurrección" y esa eterna identificación con Dios, que es la eterna experiencia de todos los que se han perfeccionado. Podríamos describir el proceso de la manera siguiente:
[e142]

Iniciación Iniciación Iniciación
Nuevo Nacimiento Transfiguración Resurrección
Iniciación Revelación Terminación
Comienzo Transición Consumación
Apariencia Cualidad Vida

Ésta es la primera de las experiencias de la montaña. Hemos pasado la experiencia de la caverna y la iniciación de la corriente de agua. Ambas hicieron su trabajo, revelando cada una mayor divinidad en el Hombre, Cristo Jesús. La experiencia de Cristo, como vimos, era pasar de un proceso de unificación a otro. Uno de los primeros objetivos de Su [i138] misión fue resolver las dualidades en Sí Mismo, produciendo unidad y síntesis. ¿Cuáles son esas dualidades que deben resolverse en unidad, antes que el espíritu en el hombre pueda brillar en todo su esplendor? Podríamos indicar cinco, a fin de tener una idea de lo que debe hacerse, y comprender también la magnitud de la realización de Cristo. La Transfiguración no es posible hasta haber alcanzado esas unificaciones.

Primeramente, el hombre y Dios deben fusionarse en un todo funcional. Dios hecho carne, debe controlar y dominar la carne, para no ser obstáculo para la expresión total de la divinidad. Esto no sucede en el hombre común. En él la divinidad puede estar presente, pero se halla profundamente oculta. Sin embargo, hoy, merced a nuestras investigaciones psicológicas, se ha descubierto mucho acerca del yo superior e inferior, y la naturaleza de lo que a veces se denomina el "yo sublimado", va surgiendo mediante el estudio de la reacción del yo activo externo a las actividades de la guía subjetiva interna. Que el hombre es dual ha sido reconocido en todas partes, y esto constituye un problema que los psicólogos enfrentan constantemente. Las personalidades parecen funcionar en forma "desdoblada"; la gente está confusa debido a esta división. Oímos hablar de personalidades múltiples y de la necesidad de integración y coordinación de los distintos aspectos del hombre, y la fusión de su naturaleza en un todo funcional es cada vez más urgente. El reconocimiento del alcance del hombre y la constante atracción del mundo de los valores trascendentes, produjeron un agudo problema en el mundo. Lo primitivo y lo trascendental, el hombre consciente externo y el sublimado hombre subjetivo interno, el yo superior y el yo inferior, la personalidad y la individualidad, el cuerpo y el alma, ¿cómo pueden reconciliarse todos ellos? El hombre es eternamente consciente de los valores superiores. Todos los santos son el testimonio del hombre que desea hacer bien y de la naturaleza que opuestamente le hace obrar mal.

[e143] Toda la familia humana está hoy dividida en la roca de la dualidad. La personalidad es dual y por lo tanto ingobernable; [i139] los grupos y las naciones están divididos en campos opuestos y surge nuevamente la dualidad cuando hay dificultad intensa y dinámica. A este respecto el Dr. Sheldon1 dice:

"Una de las primeras y más vitales preocupaciones del hombre es mantener la integración entre el sentimiento y el intelecto. Es una necesidad tan imperativa para la felicidad humana como lo es la necesidad del alimento, y satisfacer esta necesidad es verdadera función psicológica de la religión, pues creo que el término debe emplearse así. Las estructuras teológicas erigidas en el proceso son incidentales."

Ésta es la integración que Cristo ejemplificó plenamente, resolviendo así las dualidades de lo superior y lo inferior en Sí Mismo, haciendo de los "dos un nuevo hombre" 2 y este "nuevo hombre" resplandeció en la Transfiguración ante la asombrada mirada de los tres apóstoles. La religión debe tratar de lograr esta integración o unificación básica; la educación debería realizar la coordinación entre los dos aspectos fundamentales de la naturaleza humana —la natural y la divina. El Dr. Hocking3 expresa esta deseada complementación con palabras vigorosas y eficaces:

"Quisiera creer que en el misticismo las necesidades del sexo, juntamente con las demás necesidades, se comprenden y satisfacen; que los cientos de voces del deseo humano son unificadas. En esta inteligencia y no de otra manera puedo ver que la religión cumple con las funciones que asume: evitar el mutuo alejamiento en nosotros de lo primitivo y lo altamente civilizado; ofrecer a las almas individuales —deformadas en las especializaciones de nuestro orden social o mutiladas en sus accidentes— la posibilidad de una personalidad completa; unificar en el deseo y la voluntad, como lo hace la razón en principio, la total existencia moral del hombre."

Este problema de los dos yoes que Cristo sintetizó tan relevantemente, es estrictamente el problema humano. El yo secundario, a diferencia del yo divino, es un hecho en la naturaleza, aunque tratemos de evadir el asunto y rehusemos reconocer su existencia. El "hombre espiritual" existe, lo mismo que el "hombre natural", y en la acción recíproca de los dos se enfoca el problema humano. El hombre mismo lo aclara. Dice el Dr. Bosanquet 4 refiriéndose al hombre:

"...su autotrascendencia innata, su pasión indestructible por la totalidad, hace inevitable que de lo superfluo que él no puede encasillar en el bien, formará un yo secundario y negativo, un yo desheredado, hostil a la imperativa dominación del bien, que, fuera de toda ex-hipótesis, es [e144] sólo parcial. Este desacuerdo es realmente necesario para el bien, que contiene su problema característico, la conquista del mal. Y el bien es necesario para el mal, porque más allá de la rebelión contra el bien, la supuesta totalidad del yo desheredado, no puede hallar otra unidad".

Éste es el problema del hombre y aquí reside su triunfo y la expresión de su divinidad esencial. El yo superior existe y, final e inevitablemente, debe lograr la victoria sobre el yo inferior. Uno de los acontecimientos actuales es el [i140] descubrimiento de la existencia del yo superior y hay muchos testimonios sobre su naturaleza y cualidades. Por la consideración del yo de cada hombre, nos aproximamos constantemente a la comprensión de la divinidad. Esto lo señala el Dr. Macintosh y otros,5 en términos certeramente adecuados al tema:

"El yo superior... que surge de nuestra experiencia social y abarca tanto la voluntad propia como la común, puede ser más un descubrimiento que una creación. Dios puede revelársenos de este modo y, al mismo tiempo, quizás así se desarrolle por la interacción con los yoes humanos."

Detrás de la manifestación de Jesucristo hay eones de experiencia. Dios se ha estado expresando a Sí Mismo por medio de procesos naturales, a través de toda la humanidad y por medio de individuos determinados, en el transcurso de las edades. Luego vino Cristo, y en el proceso del tiempo, como una definida realización del pasado y una garantía para el futuro, sintetizó en Sí Mismo, en una Personalidad trascendente, todo lo que había logrado y todo lo inmediato en la experiencia humana. Cristo fue una Personalidad al mismo tiempo que una Individualidad divina. Su vida, con sus cualidades y propósitos, estampó su sello sobre nuestra civilización, y la síntesis que Él demostrara es la inspiración del presente. Esta Personalidad consumada, sintetizando en Sí todo lo que precedió a la evolución humana, y expresando todo lo que debe seguir de inmediato, es la gran dádiva de Dios para el hombre. El Dr. Graham6 toca este tema en forma que evoca la respuesta de todos los que hemos estudiado con amor y adoración la vida de Cristo:

"El Dr. Illingworth, en su bien conocido libro Personality, Human and Divine, sostiene la tesis de que sólo podemos concebir a Dios empleando los conceptos dados por la personalidad humana, y aunque los sublimemos como querramos, no podemos escapar a una última cualidad antropomórfica, con la cual se construyen nuestras concepciones más elevadas. Pienso que esto puede ser una verdad general, no obstante, siento que esta limitación es verdaderamente restrictiva e impide que nuestra concepción de Dios, sea algo más que la sombra que arroja [e145] la Realidad sobre una superficie humana. Si podemos lograr un concepto múltiple del género humano, es decir, si todos los individuos se ubican microscópicamente dentro de un espíritu ilimitado, incluyente y guiado, que es humano en todo, excepto en sus limitaciones, no pasaremos más allá de los materiales de que el hombre está hecho, pero los habremos construido como las piedras de un templo. El templo está hecho de piedra, pero las piedras, amontonadas y superpuestas, no son el templo. La metáfora de las piedras vivas la tenemos en El Nuevo Testamento".

Cristo, como la Personalidad que remedó la división de la naturaleza humana, y Cristo, como la síntesis de los aspectos superior e inferior de la divinidad, es la gloriosa herencia del género humano. Esto lo reveló en la Transfiguración.

Ahora bien, es de valor, que sólo en determinada etapa de la evolución humana llegue a ser posible expresar la vida y la conciencia crísticas internas. La realidad de la evolución con sus necesarias distinciones y diferencias, es incontrovertible. Los hombres no son iguales. Varían en su presentación de la divinidad. Algunos son todavía realmente subhumanos; otros simplemente humanos y aún otros recién comienzan a mostrar cualidades y características superhumanas. Cabría aquí interrogarse, ¿cuándo le llega al hombre la posibilidad de trascender lo humano y convertirse en divino? Cuando le llega la posibilidad, ejercen el control dos factores. Entonces ha trascendido las naturalezas física y emocional y, entrando en el campo del pensamiento, responde de alguna manera a los ideales presentados por los
[i141] pensadores mundiales. Llegará el momento, en el progreso de cada ser humano, en que el desarrollo de la triple naturaleza, física, emocional y mental, alcance un punto de posible síntesis. Entonces el hombre se transforma en una personalidad. Piensa. Decide. Determina. Asume el control de su vida y se convierte, no sólo en un centro originador de actividad, sino en una impresionante influencia en el mundo. La entrada poderosa de la cualidad mental y la capacidad de pensar, lo posibilita. Otto Karrer 7 lo aclara al decir:

"Por fin llega la hora, y hasta la mayoría de los pueblos primitivos están logrando actualmente la transición, si es que no están desapareciendo; el hombre se libera de la sugestión masiva de su tribu y empieza a pensar por sí mismo; el 'hombre colectivo' desaparece y el 'hombre individual' nace mentalmente.
"El hecho de empezar a pensar no hace al hombre mejor de lo que es. Al principio critica y es muy empecinado, pero esto tiene su lado bueno siempre que no prescinda de todo y renuncie a la fe por la superstición, y a la verdad eterna por una distorsionada presentación."

La insistencia en el pensamiento y la determinación de dirigir la vida desde el punto de vista de la mente y no de la emoción, [e146] caracteriza a la "personalidad" del común de los seres humanos. El hombre que piensa y actúa según las resoluciones e incentivos que tienen su origen en realidades mentales debidamente consideradas, se convierte con el tiempo en una "personalidad" y empieza a influir sobre otras mentes, ejerciendo una definida influencia sobre las demás personas. Sin embargo, vigilando la personalidad, está el hombre espiritual interno, que podría denominarse "individuo". Aquí también Cristo triunfó, y la segunda dualidad que logró significativamente, fue el yo personal y la "individualidad". Lo finito y lo infinito deben llevarse a una estrecha relación. Esto lo demostró Cristo en la Transfiguración, cuando por medio de la personalidad purificada y evolucionada, puso de manifiesto la naturaleza y la cualidad de Dios. La naturaleza finita había sido transcendida y no podía ejercer control sobre Sus actividades. Había pasado conscientemente al reino de la comprensión incluyente, y las reglas comunes que rigen al individuo finito con sus pequeños problemas y su escasa reacción a los sucesos y a las personas, ya no pueden influirlo ni determinar su conducta. Entró en contacto con ese reino del ser, donde no sólo hay comprensión sino paz por medio de la unidad. "El ser finito tiende a fijar y depender de las reglas, incidentes y características de su propia naturaleza, buscando siempre la unidad con el todo que la inspira, repudiándola a la vez constantemente".8 Estas reglas, reglamentos y consideraciones, fueron superadas por Cristo y actuó, en consecuencia, como individuo y no como personalidad humana. Estaba regido por las [i142] reglas que gobiernan el reino del Espíritu y esto fue reconocido por los tres Apóstoles en la Transfiguración, que los condujo a someterse a Él, desde ese momento, como al Que representa para ellos la divinidad. Cristo logró

"...la consumación o reconocimiento de lo finito-infinito, o la naturaleza autotranscendente que atribuimos al individuo, la cual constituye la consumación o entrega del yo finito, al mundo de la sociedad espiritual. Por lo tanto, lo opuesto al mundo de las pretensiones, es el típico caso del insistente aislamiento finito, mitigado por las relaciones personales, en cuyo contraste con el espíritu de la autotranscendencia, descubrimos la fuente de todo obstáculo y penuria".9

Por lo tanto, Cristo, en la Transfiguración, unificó en Sí a Dios y al Hombre, fusionando Su Personalidad evolucionada con su Individualidad. Representaba la expresión perfecta de la más absoluta posibilidad a que puede aspirar la humanidad. Las dualidades que el género humano tan lentamente expresa, se [e147] fusionaron en Cristo, dando como resultado una síntesis de tal perfección que determinó para siempre la meta de nuestra raza.

Existe aún una síntesis más elevada, que también Cristo resumió en Sí mismo, la síntesis de la parte con el Todo, de la humanidad con la ultérrima Realidad. La historia del hombre ha sido la evolución desde un estado donde se producen reacciones masivas inconscientes al de responsabilidad grupal lentamente reconocida. El ser humano de grado inferior o el individuo irreflexivo, posee conciencia colectiva. Podría considerarse como persona, pero no piensa con claridad acerca de las relaciones humanas o del lugar que ocupa la humanidad en la escala del ser. Se deja influir fácilmente por el pensamiento masivo o colectivo, y la psicología de la masa lo regimenta y uniforma. Se mueve al ritmo de la masa y piensa como ella (si es que piensa); siente fácilmente con la masa y no se diferencia de los de su clase. Sobre esto fincan su éxito los oradores y dictadores. Utilizando su oratoria convincente o mediante sus personalidades magnéticas y dominantes, motivan a las masas a hacer su voluntad, porque las manejan mediante la conciencia colectiva, aunque no evolucionada.

De esta etapa se pasa a la de la personalidad emergente, que piensa por sí misma, realiza sus propios planes y no puede ser regimentada o engañada con palabras. Es un individuo reflexivo y la conciencia colectiva y la mente de la masa no pueden esclavizarlo. Constituyen esas personas que logran la liberación y que de una expresión de conciencia
[i143] a otra llegan gradualmente a formar parte del todo, conscientemente integradas. Eventualmente, el grupo y su voluntad (no la masa y sus sentimientos) llegan a ser de suprema importancia, porque ven al grupo como Dios lo ve, son custodios del Plan divino y partes integralmente conscientes e inteligentes del todo. Saben lo que hacen y por qué lo hacen. Cristo fusionó y mezcló en Sí mismo la parte con el todo, efectuando una unificación entre la voluntad de Dios, sintética y comprensiva, y la voluntad individual, personal y limitada. En un comentario sobre El Bhagavad Gita, ese supremo argumento de la vida del todo, sublimada y fusionada en la divinidad, Charles Jonhston 10 dice:

"Pareciera que la verdad fuera, en cierta etapa de la vida espiritual, el vehemente discípulo que ha tratado de poner en todas las cosas su alma en armonía con la gran Alma, que ha procurado asemejar su voluntad a la Voluntad divina, pasando una notable experiencia espiritual en que la gran Alma lo atrae hacia arriba, y la Voluntad divina eleva su conciencia hasta la unicidad con la Conciencia divina. Durante un [e148] tiempo ya no percibe ni siente como persona, sino como Superalma, teniendo una profunda visión de los caminos divinos de la vida y sintiendo con el Poder infinito, que actúa por igual en la vida y en la muerte, en el dolor y en el placer, en la unión y en la separación, en la creación, en la destrucción y en la reconstrucción. El temor y el misterio que circunda a esta gran develación ponen su sello en todos los que han pasado por ella."

Este conocimiento está fuera del alcance del hombre común y más lejos aún del no evolucionado. Otto Karrer11 alude a este hecho del modo siguiente:

"...el primitivo es el hombre colectivo. Piensa y siente como la tradición se lo sugiere. No puede hacer otra cosa. La individualidad y la diferenciación personal, están todavía adormecidas. Sólo empieza a despertar cuando se atreve a comprobar, con su razonamiento individual, la verdad de lo que se le ha dicho. Entonces, por primera vez, empieza a perder gradualmente ese sentimiento de comunidad que hizo del hombre una unidad con su medio social, su clan, su tribu."

Lo divino es el Todo, conformado y animado por la vida y la voluntad de Dios, y Cristo, en total autorrendición y con todo el poder de Su naturaleza purificada y Su divina comprensión y sabiduría, fusionó en Sí mismo la conciencia colectiva, la realización humana y el Todo divino. Algún día todo esto deberá ser comprendido con más claridad. Es algo que todavía no podemos captar, a menos que la Transfiguración sea para nosotros una realidad y no un objetivo. Algún día una Voz nos hablará para "mostrarnos el mundo eterno del espíritu... donde la personalidad no se pierde ni debilita, sino se acrecienta al adosarse a la vida divina".12

[i144] Es interesante recordar otra unificación realizada por Cristo. Unificó en Sí el pasado y el futuro, en lo que concierne a la humanidad. Esto está significativamente ejemplificado en la aparición de Moisés y Elías, en la Montaña de la Transfiguración, junto al Cristo, los cuales representaban respectivamente a la Ley y a los Profetas. Un personaje simboliza el pasado del hombre, resumiendo la Ley de Moisés, que establece los límites más allá de los cuales el hombre no puede ir, definiendo los mandamientos que el hombre debe imponer a su naturaleza inferior (naturaleza de deseos) y recalcando las restricciones que toda la raza debe imponer a sus actos. Un estudio cuidadoso revelará que dichas leyes conciernen al gobierno y control de la naturaleza de deseos del cuerpo sensorio y emocional, al cual nos referimos. El nombre de "Moisés" significa en forma curiosa "extraído del agua", de acuerdo a la [e149] Cruden's Concordance. Vimos que el agua es el símbolo de la emocional y fluídica naturaleza de deseos, donde el hombre mora habitualmente. Por eso aparece Moisés junto al Cristo, representando el pasado emocional del hombre, y la técnica de su control debe ser reemplazada posteriormente cuando el mensaje de la vida de Cristo se comprenda debidamente, penetrando cada vez con mayor plenitud en la conciencia del hombre. Cristo señaló sintéticamente el nuevo mandamiento "Amaos los unos a los otros". Este mandamiento hace innecesarios la Ley y los Profetas, relegando los Diez Mandamientos a un plano secundario en la vida y haciéndolos superfluos, pues el amor que irá del hombre a Dios y del hombre al hombre, producirá automática y positivamente la correcta acción que hará imposible el quebrantamiento de los mandamientos. El "no deberás", de Dios, dado en el Monte Sinaí para ser difundido por Moisés, con su énfasis negativo y su interpretación positiva, cederá su lugar a la radiación de amor y a la comprensión de la buena voluntad, y a la luz que Cristo irradió en el monte de la Transfiguración. El pasado se Unió en Él y fue reemplazado por un presente viviente.

Elías, cuyo nombre significa "la fortaleza del Señor", estuvo [i145] junto a Jesucristo representando las escuelas de los Profetas, que desde siglos venían prediciendo la venida de Aquel que representaría la perfecta justicia y que Su propia Persona encarnaría, como hoy lo hace, la realización y la meta futuras de la raza humana. Posiblemente el futuro contenga estados de conciencia y normas de realización que están tan lejos de las de Cristo, como Su expresión está más allá de la nuestra. La naturaleza del Padre no se conoce todavía; únicamente algunos de sus aspectos, como el amor y la sabiduría de Dios, fueron revelados por Cristo. Para nosotros hoy y para nuestra meta inmediata, Cristo representa el Eterno Profeta de quien Elías y todos los demás profetas, dieron testimonio. Cuando Cristo permaneció en la cima de la montaña se unieron en Él, el pasado y el futuro de la humanidad.

Evidentemente Cristo unió en Sí ciertas separaciones básicas humanas, y a las mencionadas anteriormente podemos agregar otra ya considerada, la fusión en Sí Mismo de dos grandes reinos de la naturaleza, el humano y el divino, haciendo posible la manifestación de un nuevo reino en la tierra: el reino de Dios, el quinto reino de la naturaleza.

Cuando se considera la Transfiguración debe comprenderse que no sólo fue una gran iniciación en la que Dios se reveló al hombre en toda Su gloria, sino que tenía una relación definida con el medio revelador, la naturaleza material física que designamos
[e150] como el "aspecto Madre". Vimos, al estudiar la iniciación del Nacimiento, que la Virgen María (aún cuando reconozcamos, como lo hacemos, la existencia histórica de Cristo) es el símbolo de la naturaleza forma, la naturaleza material de Dios; Ella tipifica lo que preserva la vida de Dios, y aunque latente, posee infinitas potencialidades. Cristo reveló la naturaleza del amor del Padre, revelando por medio de Su persona el propósito y objetivo de la vida-forma del hombre.

[i146] En esta experiencia de la montaña vemos la glorificación de la materia cuando revela y expresa el divino Cristo que mora internamente. La materia, la Virgen María, revela a Dios. La forma, resultado de activos procesos materiales, debe expresar la divinidad, y esta revelación es el don que Dios nos da en la Transfiguración. Cristo fue "el Dios de Dios mismo", y también "carne de nuestra carne", y en la interacción y fusión de ambos, Dios quedó revelado en toda Su gloria radiante y magnética.

"María Virgen acepta la anunciación del Ángel y comprende el misterio de la Maternidad del Hombre regenerado. No actúa por sí misma, sino que los actos de su Hijo son también los de ella. Participa en Su nacimiento, en Su manifestación, en Su pasión, en Su resurrección, en Su ascensión, en Su don de pentecostés, siendo Él mismo el don que ella entrega al mundo. Pero siempre es Él quien actúa; ella es la que pide, capta, obedece, responde. Por ella, Cristo afluye en la mente y en el hombre externo, en la vida y en la conducta. Como dice San Agustín, todas las gracias nos llegan por las manos de María". 13

Cuando nosotros, como seres humanos, captemos el propósito divino, y lleguemos a considerar a nuestro cuerpo físico como el medio por el cual el Cristo divino interno puede revelarse, lograremos una nueva visión de la vida física y un renovado incentivo para el adecuado cuidado y tratamiento del cuerpo físico. Apreciaremos estos cuerpos por los cuales actuamos temporalmente, como custodios de la divina revelación. Cada uno de nosotros los considerará como la Virgen María consideraba el suyo, el depositario del Cristo oculto, y esperaremos esperanzados el memorable día en que también nosotros permaneceremos en el Monte de la Transfiguración, revelando la gloria del Señor por medio de nuestros cuerpos. Robert Browning 14 presintió esto y expresó su pensamiento a través de las bien conocidas frases:

"La Verdad mora en nosotros; no surge
de lo externo, aunque así lo creamos.
Existe un recóndito centro, en todos nosotros,
donde mora la verdad en su plenitud; rodeándola
de muros, la densa carne encierra a la verdad.
[e151]. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .Y saber,
es más bien abrir un camino
por donde el esplendor prisionero puede evadirse,
en vez de permitir la entrada a una luz
que se supone llega desde afuera."

Así, Cristo se reveló para la humanidad como la expresión de Dios. No hay otra meta para nosotros. Sin embargo, recordemos una vez más, con humildad y reverencia, que las estupendas palabras pronunciadas por Krishna,15 resultan también valederas [i147] en lo que concierne a la transfiguración del mundo entero:

"Mi forma divina tampoco tiene fin, oh conquistador del enemigo, esto lo he dicho para instruirte, como enumeración de Mis múltiples formas. A cualquier ser glorioso, virtuoso o poderoso, lo reconocerás como una chispa emanada de mi fuego. Pero, ¿para qué necesitas esta múltiple sabiduría, oh Arjuna? Con una partícula de mi ser, compenetro el mundo entero".        

Por el impacto del impulso evolutivo, Dios avanza hacia un pleno reconocimiento. "Purificación" es la palabra que se emplea generalmente para designar el proceso por el cual se prepara el medio de la expresión divina. La experiencia de Galilea y el esfuerzo diario para vivir y enfrentar las eventualidades de la existencia humana (que parecen ser más drásticas y disciplinarias a medida que la gran rueda de la vida gira y, al hacerlo, lleva a la humanidad hacia adelante) conducen al hombre a la etapa donde tal purificación no es simplemente el resultado de la vida misma, sino algo impuesto definitivamente por el hombre a su propia naturaleza. Cuando este proceso se ha autoiniciado se acelera gradualmente la rapidez con que se lleva a cabo el trabajo. Esto produce la transformación del hombre externo, de enorme significación. La oruga se transforma en mariposa. En lo más íntimo del hombre se encuentra esta desconocida belleza oculta, luchando por liberarse, Lord Haldane,16 lo indica en los siguientes términos:

"...A mi modo de ver, cada hombre es esencialmente un espíritu que controla un organismo, que a su vez, es un complejo de vidas más pequeñas e inferiores. El control del espíritu no es uniforme en todo el organismo ni en todas las faces de la vida orgánica. En el despertar de la vida controlan principalmente los centros del pensamiento y sentimiento normales, ejerciendo escaso control sobre centros más profundos, educados en una rutina que basta para las necesidades comunes. Pero en los estados subconscientes, de trance y otros similares, los procesos normales de la conciencia se inhiben y los centros orgánicos inferiores quedan más directamente controlados por el espíritu. A medida que nos adentramos en la parte más profunda del ser, nos acercamos más a la fuente de la vitalidad humana. Penetramos así en una región de mayor y [e152] esencial respuesta al llamado espiritual, donde se ofrece el extracto superficial, conformado y endurecido por las necesidades externas, para adaptarse definidamente al medio terrenal. Aún así, el tegumento externo de la oruga se endurece para adecuarse a los requerimientos de la larva, mientras que en lo más profundo del animal, se llevan a cabo procesos invisibles de rápido cambio, que obedecen a un impulso que no proviene de la vida larval".

La vida del Cristo interno produce la transformación del cuerpo físico, pero aún en forma más profunda esa vida actúa sobre la naturaleza emocional sensoria y mediante el proceso de transmutación, convierte los deseos y sentimientos, los dolores y los placeres, en sus analogías superiores. Se ha definido la transmutación como "el paso de un estado de ser a otro, por medio del Fuego".17 Es conveniente, a este respecto, recordar que el triple hombre inferior, al que nos hemos referido con frecuencia en estas páginas, es un tenue reflejo de la [i148] Deidad Misma. El cuerpo físico está relacionado con el tercer aspecto de la divinidad, el Espíritu Santo, y podemos comprobar esta verdad si estudiamos el concepto cristiano de la Virgen María, influido por el Espíritu Santo, que es el aspecto de la divinidad, el principio activo de la materia, de la cual el cuerpo físico es la analogía. La naturaleza sensoria emocional es un tenue y distorsionado reflejo de la naturaleza amor de Dios, que el Cristo cósmico, la segunda Persona de la Trinidad, está empeñada en revelar, y este aspecto (transmutado por medio del fuego, la voluntad o espíritu de Dios) causa la transformación del cuerpo físico. A su vez la mente es el reflejo del aspecto superior de la deidad: el Padre o Espíritu, del que se ha dicho que "Dios es un fuego consumidor".18 La actividad liberadora de esta forma del espíritu de Dios, produce con el tiempo esa radiación (resultante de la transformación y la transmutación) característica distintiva de la iniciación de la Transfiguración. "La irradiación es la transmutación en proceso de realización. Siendo la transmutación el proceso de liberar la esencia, a fin de que busque un nuevo centro, podemos reconocer aquí el proceso de la radiactividad... en lo que a la humanidad concierne".19

Estos procesos llevados a cabo en la naturaleza de la forma condujeron a la revelación, hecha a los Apóstoles, de la naturaleza esencial del Maestro que amaban y seguían, siendo este el aspecto crístico, la realidad interna radiante, que los místicos de todos los tiempos testimonian, no Sólo en conexión con el Cristo
[e153] sino, en grado menor, entre sí. Una vez trascendido el mundo de los sentidos y puestas en actividad las analogías superiores, revelando el mundo interno de belleza y verdad, el místico alcanzará el conocimiento del mundo subjetivo, cuyas características son luz, radiación, belleza y maravilla indescriptibles. Todos los escritos místicos tratan de describir este mundo al que los místicos parecen tener acceso, [i149] variando sus formas según la época, raza y etapa de evolución del vidente. Sólo sabemos que lo divino queda revelado, mientras que la forma externa que lo ha velado y ocultado se disuelve o transforma, de tal modo que únicamente se percibe la realidad interna. El temperamento y las tendencias del místico —sus propias cualidades innatas— tienen también mucho que ver en las descripciones de lo que ve. Sin embargo, todos están de acuerdo en el carácter esencialmente transcendente de la experiencia y convencidos de la naturaleza divina de la persona implicada. Lord Conway of Allington 20 dice:

"La espiritualidad en todas sus formas —amor, belleza, verdad, justicia, visión— está en estado potencial detrás de todo lo que pertenece al mundo de los sentidos, pero no forma parte de él. El hombre sólo es verdaderamente hombre cuando alcanza el conocimiento de lo divino, ese tesoro oculto que cada uno de nosotros tiene que descubrir por sí mismo... Grande es el misterio de lo divino que se manifiesta en las vidas y actos de los profetas, poetas y videntes".

Grande, ciertamente, fue el poder y el misterio de la divinidad que Cristo reveló a los ojos azorados de Sus tres amigos, en el Monte de la Transfiguración. En una de las antiguas escrituras de la India, citada por el Dr. Rudolph Otto,21 se intenta expresar o revelar ese Espíritu esencial y divino que se manifiesta en la Transfiguración:

"Más sutil que lo bello, sin embargo soy lo sublime,
Yo, el más antiguo, el espíritu, Dios, el Señor.
Soy el áureo resplandor de forma divina.
Sin mano ni pie, pleno de poder inconcebible,
veo sin ojos, oigo sin oídos;
liberado de la forma, lo conozco todo,
pero nadie me conoce., Porque soy el Espíritu, soy el Ser."

El cúmulo de literatura escrita para tratar de pintar la maravilla de la Transfiguración y la visión de Dios, constituye un fenómeno descollante en la vida religiosa y es, a la vez, uno de los testimonios más poderosos de la realidad de las revelaciones. El Dr. L. W. Grensted 22 alude a ello significativamente:

[e154] "Los místicos coinciden en declarar que su experiencia está más allá de toda descripción, y luego la describen con singular fluidez y libertad. Sin embargo, están de acuerdo que, después de todo, faltan palabras. A veces recurren a la imaginería y al simbolismo de las emociones y otras se introducen en las abstracciones de una filosofía que carece de términos positivos adecuados para abarcar sus conceptos. Pero en cualquier caso, no cabe duda acerca de la intensa realidad de la experiencia. En forma análoga, su intensidad y aislamiento se vinculan estrechamente con los sentimientos, alejándose mucho de nuestro enfoque común de las realidades de cada día. 'En este conocimiento', dice San Juan de la Cruz, 'ya que no se emplean los sentidos ni la imaginación, no percibimos forma ni impresión, ni podemos justificar o proporcionar algo semejante, aunque la misteriosa y dulce sabiduría llega con tanta claridad a lo más recóndito de nuestra alma... Ésta es la particularidad del lenguaje divino. Cuanto más inspirado, íntimo, espiritual y suprasensible, tanto más sobrepasa a los sentidos internos y externos, imponiéndoles silencio'.

"No obstante, pese al carácter inefable y dominador de estas experiencias, parecen abrir al místico una puerta que conduce a nuevas esferas del conocimiento. 'Son estados de percepción de verdades profundas, insondables para el intelecto razonador. Son iluminaciones, revelaciones, plenas de significado y de importancia, por inarticuladas que sean y, por lo general, llevan consigo un curioso sentido de autoridad para el porvenir'. El místico no puede explicarlo, pero tiene la seguridad de que ha sabido y no simplemente sentido, y a menudo ese conocimiento permanece como una adquisición permanente a la que ninguna crítica puede llegar."

La misma simplicidad de la historia que se relata en el Evangelio, le otorga majestad y poder de convicción. Los apóstoles contemplaron una visión y participaron de una experiencia en la que Jesucristo apareció ante ellos como un Hombre perfeccionado, pues era totalmente divino. Ellos habían compartido con Él Su servicio, habían abandonado sus diversas vocaciones para estar con Él, habían ido con Él de un lugar a otro y [i150] lo habían ayudado en Su labor; ahora como recompensa a la fidelidad y reconocimientos demostrados, se les permitía contemplar la Transfiguración. Dice San Agustín:23 "Cuando la mente se ha empapado de la fe que obra por amor, puede alcanzar también la visión de incomparable belleza, conocida por los corazones santos y elevados, visión que entraña una felicidad mayor."



2


"Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y Les llevó aparte a un monte alto, y se transfiguró delante de [e155] ellos, y resplandeció Su rostro como el sol y Sus vestidos se hicieron blancos como la luz."

"He aquí que aparecieron Moisés y Elías hablando con Él. Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es que estemos aquí; si quieres haremos aquí tres tabernáculos, uno para ti, otro para Moisés y aún otro para Elías.

"Mientras él aún hablaba, una nube le cubrió, y he aquí una voz desde la nube que decía: Éste es mi hijo amado, en quien tengo complacencia, a él oíd. Al oír esto, los discípulos se postraron sobre sus rostros y tuvieron gran temor. Entonces, Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos sus ojos, a nadie vieron sino sólo a Jesús."
24

La consideración de las diversas unificaciones que Cristo había realizado en Sí Mismo, nos ha preparado para el estupendo fenómeno de la revelación que obligó a los tres discípulos a postrarse sobre sus rostros. Tres reyes o magos, asistieron arrodillados a la iniciación del nacimiento. En esta crisis tenemos tres discípulos postrados, imposibilitados de contemplar la gloria que se les revelaba. Creían conocer a su Maestro, pero la Presencia familiar se había transformado y se encontraban ante La Presencia. El sentido de temor, de asombro y de humildad, siempre ha sido la reacción [i151] característica de los místicos de todos los tiempos, ante la revelación de la luz. Este episodio es el primero en el que entramos en contacto con la radiación y la luz que emanaban del Salvador, y Le permitió decir con toda veracidad: "Yo soy la luz del mundo". El contacto con Dios siempre causará el surgimiento de una luz. Cuando Moisés bajó del Monte Sinaí, su rostro resplandecía de tal modo que los hombres no podían mirarlo, y la historia dice que Moisés tuvo que ponerse un velo para ocultar ese resplandor. Pero la luz que estaba en Cristo irradiaba plenamente de toda Su Persona. Creo que a medida que el proceso evolutivo avanza, llegaremos a una comprensión más profunda de la significación de la luz, en relación con la humanidad. Hablamos de la luz del conocimiento, y hacia esa luz y su promoción se encaminan todos nuestros procesos e instituciones educativas. Deseamos ardientemente la luz del conocimiento que se expresa en la sabiduría y caracteriza al sabio y al erudito en la tierra; esta luz los destaca de la persona de inteligencia común, haciendo que sus palabras pesen y den valor a su consejo. Se nos ha hecho creer que existen en el mundo iluminados que trabajan silenciosa y serenamente detrás de la escena de los asuntos mundiales, arrojando luz en los lugares oscuros del mundo, cuando se necesita para elucidar problemas, y traer a la luz, [e156] oportunamente, lo que debe ser eliminado y lo que se precisa. También hemos aprendido a reconocer a los Portadores de Luz de todas las épocas y tenemos la certeza de que en Cristo se ha enfocado la luz de todas las edades y está centrada la luz de Dios. Sus discípulos entraron por primera vez en el radio de esta luz de la cima de la montaña, después de seis días de trabajo, según dice el Evangelio, y no pudieron soportar tanto resplandor. Sin embargo, sintieron que "era bueno estar allí". No obstante, al considerar la luz que estaba en Cristo y el rapto de los Apóstoles al serles revelada esta luz, no olvidemos el hecho de que Cristo mismo ha dicho que en nosotros también hay una luz y que ella también debe brillar para la ayuda del mundo y la glorificación de nuestro Padre que está en [i152] los Cielos.25 Es la luz que atestiguan los místicos y en esta luz penetran y a su vez la luz penetra en ellos, revelándose la que estaba latente y que ahora surge con toda fuerza. "En Tu luz veremos la luz". Ésta es la característica descollante del místico científico. Dios es luz, así como también vida, comprobado por el místico y eternamente testimoniado por él.

"La experiencia mística que todas las religiones evidencian, es simplemente la manifestación psicológica de este hecho. El místico tiene conciencia de su contacto con la divinidad; quizá no lo sabe por comprensión conceptual, sino por una sensación vital inmediata. Quienes han estudiado científicamente esta religión, desde Tröltsch, Otto, Albert Schweitzer, Evelyn Underhill, Heiler y Buber, hasta los católicos Marschal, Von Hugel, Brémond, Ochl y Wunderle, todos están de acuerdo en considerar esta experiencia como 'el fenómeno primordial de todas las formas de la religión'. La experiencia mística, se dice, es la convicción de la presencia y actuación de poderes superhumanos, más la posibilidad de una unión interna con ellos, siendo por lo tanto una 'experiencia de Dios', una 'conciencia de Dios', un 'contacto con Dios'. 'Toda religión profunda', dice Schweitzer, 'es misticismo y trata de liberar al hombre de estar en el mundo' por 'estar en Dios'. Pero ¿cuál es el aspecto psicológico de esta revelación? Cuando el misterio invade al espíritu, el sujeto queda 'asombrado'. Los primitivos 'tiemblan' al oír el bramido del toro. El iniciado en los misterios griegos 'entraba en el templo pleno de reverente temor'. Moisés tuvo que quitarse el calzado porque 'era suelo sagrado'. Una experiencia similar, dentro de la esfera de la revelación cristiana, hace que San Pablo hable de 'temor y temblores' ante la presencia de Dios, con lo que se refiere al 'estupor' primordial, asombro tembloroso ante la presencia de lo infinitamente grande, aunque Él sea, sin embargo, tan bondadoso y tan magnánimo. La percepción de lo Divino es a la vez la captación de lo divino y ser captado por lo Divino. (Hauer)26

Esta conciencia de la existencia de la divinidad se establece en nuestra conciencia ante todo por el reconocimiento del [e157] prodigio latente en todo ser humano. El hombre que no ve nada bueno en sus semejantes, es quien desconoce su propia bondad; el hombre que sólo ve el mal en quienes le rodean, es quien ve a través del lente distorsionador de su propia naturaleza retorcida. Pero los que despiertan al mundo de la realidad, constantemente tienen conciencia de la divinidad en el hombre, por sus actos altruistas, su amabilidad, su espíritu investigador, su fortaleza en las dificultades y su bondad esencial y básica. Esta conciencia se profundiza a medida que el aspirante estudia la historia de la raza y la herencia religiosa de las edades y, por sobre todo, cuando enfrenta la bondad y el prodigio transcendental que Cristo reveló. De este conocimiento pasa al descubrimiento de lo divino en sí mismo, y empieza esa larga lucha que lo conduce a través de las etapas donde percibe intelectualmente la posibilidad y adquiere la percepción intuitiva de la verdad, llegando a esa iluminación que es prerrogativa y don de los perfectos hijos de Dios. El radiante cuerpo de luz interno existe tanto en el individuo como en la raza, invisible y no revelado, pero surge en forma lenta y segura. En la hora actual, un sinnúmero de seres están desarrollando las actividades de los seis días que preceden a la experiencia de la transfiguración. "Lo de suprema importancia para nosotros es 'la vestidura de luz' que existe en cada hombre; en el hombre perfeccionado puede brillar de tal modo que manifiesta su presencia en y a través de la vestidura de carne; aunque en menor grado, igualmente real, puede brillar en todo rostro humano en los momentos de grande y santificado gozo, inspiración, divina comunión, así como brillan los ojos del santo, arrobado en celestial contemplación, o en los de la madre que sostiene en sus brazos su recién nacido".27

Es importante estudiar aquí brevemente el lugar que les cabe a los discípulos en el relato de esta experiencia. En toda la historia bíblica, encontramos siempre esta triplicidad, Moisés, Aarón y Josué; Job y sus tres amigos; Shadrach, Meschach y
[i153] Abesnego, los amigos de Daniel; los tres reyes de la cuna de Belén; los tres discípulos de la Transfiguración; las tres cruces del Calvario. ¿Qué significa esta constante repetición del tres? ¿ Qué simbolizan? Fuera de su posible aparición histórica, ¿hay detrás de ellos algún símbolo peculiar que pueda, cuando se comprenda, aclarar las circunstancias en que desempeñaron su parte? El estudio de sus nombres y su interpretación, según aparece en la conocida Cruden's Concordance, pueden suministrarnos una clave. Tomemos, [e158] por ejemplo, el significado de los nombres de los amigos de Job, que fueron Eliphaz el Temanita, Bildad el Suhita y Sophar el Naamathita. El primer nombre significa "mi Dios es el oro" y también "el sector Sur", el polo opuesto al norte. El oro es el símbolo del bienestar material y el polo opuesto del espíritu es la materia. Por lo tanto, en este nombre está simbolizada la forma externa tangible del hombre, activada por el deseo de posesiones materiales y comodidades. Sophar el Naamathita, significa "el que habla", y su lema es afabilidad, interpretación dada a la palabra "Naamathita". Tenemos aquí tipificado el cuerpo de deseos, con su ansia de agrado, felicidad y placer, e indicado, el llamado constante y eterno y la voz de la naturaleza de los sentidos, que todos podemos testimoniar. Bildad el Suhita, representa la naturaleza mental, la mente, y significa "contrición", sólo posible cuando la mente empieza a estar activa (incluyendo la conciencia). Suhita quiere decir "postración o desamparo", lo cual significa que la mente sola y sin ayuda, puede revelar pero no ayudar. El remordimiento y el dolor, que involucra la memoria, son el resultado de la actividad mental. De este modo, los tres amigos de Job, revelan los tres aspectos de su naturaleza inferior. Lo mismo ocurre cuando estudiamos los nombres de los tres amigos de Daniel. Abednego significa "servidor del sol", servidor de la luz, y resume el propósito y el deber del hombre físico externo. El nombre Sadrach tiene una significación definidamente emocional y sensoria, porque quiere decir [i154] "me regocijo en el camino", y dondequiera que encontremos referencia a las dualidades básicas del placer y el dolor, consideraremos la naturaleza emocional sensoria. Mesach significa "ágil", ligero de movimientos, que es en sí una buena descripción de la naturaleza mental. Arjuna,28 indica en sus palabras a Krishna: "De esta unión por medio de la unicidad que Tú enseñas... no percibo su sólido fundamento, debido a las oscilaciones de la mente; porque la mente oscila, oh Krishna, es turbulenta, impetuosa y violenta, y creo tan difícil de dominar como el viento".

Por lo tanto en los tres amigos, y en las diversas triplicidades que encontramos en La Biblia, descubrimos un simbolismo vitalmente iluminador. Los tres aspectos por los cuales el alma debe expresarse y brillar, están así representados. Lo mismo sucede respecto a los tres amigos de Jesucristo. Aquí no puedo ocuparme de sus amistades. Son muy reales, muy profundas y universales en su inclusividad. No pertenecen al tiempo, son eternas y se las encuentra en todas las razas (cristianas o no), en cualquier clima
[e159] y en ambos hemisferios. Recuérdese que únicamente los amigos de Cristo tienen derecho a ser dogmáticos en lo que a Él respecta y pueden hablar con conocimiento, sobre Él y Sus ideas, porque su conocimiento es el del amor y de la comprensión, Beverley Nichola 29lo señala acertadamente al decir:

"... Ningún hombre, por talentoso que sea, puede estar tan embebido del espíritu de Cristo (lo que constituye un fenómeno espiritual y no mental), que le otorgue autoridad para dogmatizar acerca de Él. Esto podrá parecer intolerable al libre pensador común, pero en realidad es verdad. El hombre que no haya experimentado realmente la presencia interna de Cristo, ni reclamado Su promesa, "estaré siempre contigo", que no comprenda con absoluta seguridad que es infinitamente más real que cualquier placer o dolor terrenal, no puede saber lo que Cristo significó verdaderamente."

Encontramos también esta triplicidad básica en las personas de Pedro, Santiago y Juan, y en sus nombres el mismo simbolismo esencial que nos da la clave del significado de esta maravillosa historia. Pedro, como bien sabemos, significa "roca". He aquí el cimiento, el aspecto más concreto, la forma física externa, que en la Transfiguración se transforma, por la gloria de Dios, de modo tal, que la imagen externa desaparece y el propio Dios surge en todo su esplendor. Santiago se dice, significa "ilusión", distorsión. He aquí una referencia del cuerpo emocional sensorio, con su poder [i155] de tergiversar las cosas, engañar, desviar y seducir. Donde entra la emoción y donde el foco de la atención se centra en la reacción sensoria y sensual, rápidamente aparece lo que no es verdadero, y el hombre está sujeto a la ilusión. Este cuerpo de ilusión se transmuta eventualmente y se cambia y estabiliza de tal forma que proporciona el medio para la revelación de la deidad. Juan significa "el Señor ha hablado" y aquí está tipificada la naturaleza mental, porque únicamente cuando el aspecto mental empieza a manifestarse, aparece el lenguaje y ese animal pensante y parlante llamado "hombre". Así, en la adecuada simbología de las Escrituras, los tres amigos de Cristo representan los tres aspectos de Su naturaleza humana y en esta personalidad integrada, enfocada y consagrada, la transfiguración hizo impacto y produjo la revelación. Tenemos nuevamente la dualidad esencial de la humanidad revelada por Cristo, y Su triple personalidad y Su divinidad esencial están representadas de tal manera, que la lección (y la posibilidad) no puede ser evadida. Los Apóstoles reconocieron a Dios en la persona de su Maestro, basando su actitud en el hecho de esta divinidad, como lo hacen los místicos de todos los tiempos.

[e160] "En realidad, el único pronunciamiento que en forma completamente general dieron los místicos, es su afirmación de que han estado en contacto con lo divino. Han tenido una nueva certeza y convicción acerca de las verdades que habían recibido, tal vez inconscientemente en su adiestramiento y medio ambiente, y a veces estas verdades se establecen con distinto énfasis y secuencia, como resultado de las reflexiones del místico sobre su experiencia. Pero la esencia del éxtasis no se encuentra en esas verdades, sino, como lo proclaman todos los místicos, en la certeza inmediata y en el conocimiento de la presencia de Dios. Por lo menos en esto están de acuerdo los protestantes y los católicos, los cristianos y los hinduistas. La Presencia, de la cual todos ellos son tan profundamente conscientes, puede ser el Dios del cristianismo o Jesús, la Bendita Virgen, Brahma o Krishna, o un vago sentido de misterio y significación indefinida. Los términos cambian, pero la experiencia es la misma. Lo verdaderamente nuevo es su fuerza y convicción, y el recuerdo de haber vivido por lo menos un momento de entrega, que no admita duda en lo que respecta a su autenticidad y autoridad".30

Ellos sabían "...a Quién habían creído".31 Vieron la luz que brillaba en la Persona de Jesucristo, y para ellos era algo más que la Persona que hasta entonces habían conocido. Mediante esta experiencia Dios fue una realidad para ellos. "Dios no es una inferencia de la experiencia, sino algo que se conoce de inmediato. Lo absoluto no se insinúa, sino que brilla a través de lo relativo. El hombre es por lo tanto una nueva revelación de la presencia de lo divino en el universo".32 En la síntesis del pasado, el presente y el futuro, Cristo y los que fueron inmediatamente Sus amigos, enfrentaron a Dios, y tan potente fue esta combinación, que evocó una respuesta inmediata de Dios Mismo. Cuando el sentimiento y el pensamiento se unen en un momento de realización, se produce una precipitación simultánea de energía y la vida desde ese momento y para siempre, es distinta. Lo que hasta entonces se ha creído se conoce como realidad, y la creencia ya no es necesaria.

"La religión necesariamente implica convicciones intelectuales, afirmación de ideas. No puede prescindir de lo intelectual, aunque tampoco puede ser una mera estructura de conceptos racionales. Su principal interés no es explicar el universo, sino la autoconservación espiritual, el refugio en Dios, la salvación del alma. Esto está más allá del conocimiento que, en el mejor de los casos, no es más que 'un agregado de cosas...' En la cumbre de la sabiduría, los pensadores iluminados enfrentan a los embajadores de la revelación religiosa, y los filósofos a los profetas, los sacerdotes y los maestros de la moral. El idealismo intelectual se une con la moral. Y este hecho significativo, fundado en la verdadera naturaleza del hombre y probado por la historia de la [e161] religión, es una nueva refutación a la teoría extrema de la corrupción humana."33



3


[i156] La escena de la Transfiguración fue el punto de reunión de factores muy significativos, y desde ese momento la vida de la humanidad cambió radicalmente. Fue un momento tan potente en la historia de la raza, como la Crucifixión, y quizá más poderoso aún que ese trágico y grandioso acontecimiento. Pocas veces se producen tales momentos. Generalmente vemos sólo débiles vislumbres de posibilidades, raros destellos de iluminación y fugaces segundos durante los cuales aparece una síntesis que nos deja con un sentido de aptitud, integración, propósito y de subyacente realidad. Pero tales momentos son muy raros, por cierto. Sabemos que Dios es. Sabemos que la realidad existe. Pero la vida, con su énfasis puesto en los fenómenos, y sus tensiones y compulsiones, nos mantiene tan preocupados que no tenemos tiempo, después de seis días de trabajo, de ascender a la montaña de la visión. Cierto es que "en el fondo, la noción de Dios se percibe en toda su integridad. Pero solamente una porción está iluminada y el todo es visible únicamente bajo esta iluminación parcial".34 Cierta familiaridad con la naturaleza de Dios debe preceder a esa revelación de Sí Mismo, que a veces nos puede otorgar y nos otorga. Los tres amigos de Cristo habían alcanzado una medida de intimidad con Él, lo que justificó ser elegidos como compañeros en la escena de Su experiencia, donde desempeñó, en bien de la humanidad, un acontecimiento simbólico a la par que una experiencia definida, habiéndose hecho los correspondientes preparativos con participantes definidamente elegidos e instruidos, de modo que el simbolismo encarnado en ellos pudiera evidenciarse y dirigir correctamente sus reacciones intuitivas. Fue necesario que Cristo tuviera a alguien en quien confiar, que reconociera la divinidad cuando apareciera, y cuya percepción intuitiva y espiritual fuera tal que el significado interno pudiera eternamente evidenciarse a quienes más tarde seguirían Sus pasos. Frecuentemente se olvida lo que Cristo significaba para Sus discípulos.

"Él todavía lo significa para nosotros. Los discípulos tuvieron la experiencia de nacer nuevamente a la rectitud. También nosotros [e162] podemos lograrlo. Ellos vieron la naturaleza divina en el rostro de Jesucristo, también nosotros lo vemos... Nada más queda por decir, tampoco existen dificultades en este nivel de la realidad y de la experiencia. El yo sublimado del cristiano se desarrolla hasta asemejarse al yo sublimado de Jesús; es compenetrado e influido por éste." 35

Inevitablemente, "seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como es".36

Pero para obtener esta semejanza el discípulo consagrado y dedicado, son necesarias dos cosas: Debe ser capaz
[i157] de ver con claridad, mientras permanece en la iluminación que irradia Cristo, y su intuición estar activa, a fin de poder interpretar correctamente lo que ve. Ama a su Maestro y sirve con toda la lealtad de que es capaz, pero es necesario algo más que devoción y servicio. Debe ser capaz de enfrentar la iluminación y al mismo tiempo poseer esa percepción espiritual que, yendo más allá del punto a que puede llevarle el intelecto, le permita ver y palpar la realidad. Es amor e intelecto combinados, más el poder de saber, inherente al alma, que reconoce intuitivamente lo que es sagrado, universal y real, aunque específico y verdadero en todas las épocas y para todas las personas. El Dr. L. W. Grensted,37 al referirse a esta cualidad de "santidad luminosa", citando el libro del. Dr. Otto, The Holi, dice:

"Esto es algo infinitamente superior y, sin embargo, mucho más sencillo que la experiencia de unión del místico, donde se pierde todo sentido del yo... Es una vida consagrada totalmente al impulso creador que desciende sobre ella, y al consagrarse, despliega ese impulso creador en una intimidad totalmente libre y personal. Revela la realidad en términos que, para la experiencia humana común, no pueden tener otro nombre que amor, y la fórmula 'Dios es Amor' en que se expresa, es el credo cristiano más breve y adecuado, a la vez que el postulado más profundo de cualquier metafísica positiva... La plenitud de la intimidad de Cristo con el Padre, no es algo aparte ni otra cosa que Su Amor por el hombre. Su vida fue un completo intercambio y amistad humana, que culminó en el perdón, y por las relaciones personales establecidas fue posible para otros Su propio concepto de Dios".

Cristo reveló la cualidad de la naturaleza divina por intermedio de la materia y de la forma, y "se transfiguró ante ellos".

"La palabra griega que se emplea aquí, significa 'metamorfosis', término empleado por San Pablo para describir la transmutación del cuerpo mortal en el cuerpo de resurrección. Porque en el día de la realización, cuando el discípulo perfecto haya alcanzado el grado de Maestro, el 'Manto de la Gloria' brillará con tal esplendor a través de la vestimenta de la carne, que quienes Lo perciban, sus ojos y oídos se [e163] sintonizarán con esa vibración tan sutil y delicada, que les permitirá ver a su Maestro en toda Su divina humanidad." 38

Resulta interesante observar que a pesar de su reconocimiento de la significación del evento en el cual participaban, los tres Apóstoles, hablando por boca de Pedro, no pudieron expresar más que su temor y perplejidad, su aceptación y creencia. No pudieron explicar o comprender lo que habían visto, ni existe registro alguno de que lo hicieran. El significado de la Transfiguración es algo que debe forjarse en la vida antes de poder definirla o explicarla. Cuando la humanidad en conjunto aprenda a transformar la carne por medio de la experiencia divina, a transmutar la naturaleza sensoria por medio de la expresión divina y a transferir la conciencia [i158] del mundo de la vida material al mundo de las realidades trascendentales, los verdaderos valores subjetivos de esta iniciación se revelarán a las mentes de los hombres. Entonces lo que se ha intuido será expresado más profundamente. El Dr. W. H. Sheldon 39 dice con toda verdad que "las mentes intuitivas llevan, en sí el mejor pensamiento y sentimiento humano, durante generaciones, probablemente a través de siglos, antes de llegar a articularse". No tenemos todavía un concepto claro de esta experiencia. Percibimos en forma tenue y distante su maravilla y finalidad. No hemos pasado aún, como raza, por el nuevo nacimiento; sólo unos pocos han tenido la experiencia del Jordán. El alma evolucionada y poco común, asciende al Monte de la Transfiguración y allí ve y enfrenta a Dios en la Persona glorificada de Jesucristo. Hemos visto este episodio con los ojos de otros. Pedro, Santiago y Juan, lo relataron por medio del Apóstol Mateo. Permanecemos como espectadores, pero algún día compartiremos la experiencia. Y esto lo hemos olvidado, haciendo nuestros los términos del cuarto gran acontecimiento de la vida de Cristo, tratando muchos de desentrañar y compartir el significado de la Crucifixión. Hemos visto la Transfiguración, pero no hemos intentado transfigurarnos activamente. Algún día sucederá, y únicamente después de la Transfiguración podremos atrevernos a ascender al Monte Gólgota. Sólo cuando hayamos logrado la expresión de la divinidad en la naturaleza personal inferior y a través de ella, habremos alcanzado lo que es de valor, y de acuerdo al Plan divino tendremos que ser crucificados. Esta verdad la hemos olvidado; sin embargo, es parte del proceso evolutivo por el cual Dios se revela a través de la humanidad. Aunque las [e164] palabras que siguen no se aplican a este acontecimiento de la vida de Cristo, contienen tanta belleza y verdad que las incluyo:

"Una de las principales características de la belleza que debe ponerse de manifiesto, es la de Ulises, con la gracia que le dieran las diosas por sus hazañas, y la de Afrodita, surgiendo de las olas. Si consultamos la filosofía, tendremos la confirmación de esto, pues parecería que la naturaleza, después de muchos dolores, llega a la existencia en un eterno momento conocido por ella, y mientras los capullos se abren y la juventud alcanza su eflorescencia, la belleza desciende sobre ellos. Lo latente es extraído por una ley secreta o por la autoexpresión, y voluntariamente o no, esta expresión es una proclamación pública, un instrumento para llamar la atención de todos hacia lo mejor de la naturaleza."40

El fenómeno grandioso y natural que la humanidad (por autoexpresión y también por ley) revelará algún día en sí misma, incluye la belleza que irradiaba de Cristo cuando Se transfiguró delante de Sus tres [i159] amigos, siendo reconocido por Dios Su Padre y recibió el testimonio de Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, el pasado y lo que atestigua el futuro.

No puedo menos que cerrar estas notas sobre el significado de la Transfiguración, citando al Canónigo H. B. Streeter,
41 donde se refiere al tema de Cristo cuando revela a Dios:

"Se infiere legítimamente que la cualidad es comprendida como tal por la Conciencia Suprema, siendo por lo tanto real. Nuestros valores, entonces, por tenue e imperfectamente que los captemos, no son una ilusión.

"Es, por lo tanto, razonable conjeturar que algo de la cualidad íntima de la Realidad, se expresa en la belleza de la naturaleza, en el cielo estrellado de la noche, en la puesta del Sol, en las montañas, en los lirios del campo. Ha sido la tarea apostólica de la sucesión de poetas y pintores, a través de las edades, abrir gradualmente los ojos de la humanidad casi ciega, para que aprecie más hondamente esta belleza, que de acuerdo a la hipótesis mencionada, constituye un elemento más de la gloria de Dios.

"Pero, dígase lo que se quiera acerca de esta conjetura, se iluminará una cualidad muy distinta de la Realidad, si aceptamos la afirmación 'Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre'. Ningún teólogo de renombre ha supuesto que esta afirmación implique que todo lo que significa la palabra 'Dios' se manifestaba o podía manifestarse en la personalidad del Jesús histórico. Sin embargo, parece increíble que pueda darse la noción de una expresión adecuada a un sólo aspecto del carácter cualitativo del Infinito, por medio de una sola personalidad humana. Esta objeción tiene una única respuesta. Es increíble, pero en realidad ocurrió."

Aquí podría desarrollarse un tema. En la analogía oriental de esas cinco crisis de la vida de Jesucristo, este tercer episodio se denomina la iniciación de "la cabaña", y las palabras de San [e165] Pedro sugieren que deberían construirse tres "cabañas", una para Cristo, una para Moisés y otra para Elías, vinculando este acontecimiento cristiano con su antiguo prototipo. Siempre, en estos hechos, que raras veces ocurren, Dios ha sido glorificado por la luz inefable y refulgente, brillando a través de la vestidura de carne, y esta experiencia del monte no pertenece exclusivamente al cristianismo. Sin embargo, Cristo fue el primero en reunir, en una presentación correlativa, todas las experiencias posibles de la divinidad manifestada, describiéndolas, para nuestra cultura e inspiración, en la historia de Su vida y en los cinco episodios del Evangelio. Los hombres deben pasar cada vez más profundamente por la cámara del nacimiento, entrar en la corriente y ascender al monte, acrecentando la obra de Dios para la humanidad, y el ejemplo de Cristo está dando rápidamente frutos y resultados. La divinidad no puede negarse y el hombre es divino. Si no lo fuera, la Paternidad de Dios sería una serie de términos vacíos, y Cristo y Sus Apóstoles estarían equivocados cuando reconocieron, como lo hicieron constantemente, la realidad de nuestra filiación. La divinidad del hombre no puede ser explicada. Es o no una realidad, Dios puede o no, ser conocido en la carne por medio de Sus hijos. Todo se apoya en Dios, el Padre, el Creador, Aquel en Quien vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Dios es o no inmanente, en todas Sus criaturas. Dios es trascendente y está más allá de toda manifestación, o no existe una realidad básica, propósito ni origen. Probablemente, es exacto el creciente reconocimiento en las mentes de los hombres de que Él es inmanente y trascendente a la vez, y podemos apoyarnos en Su Paternidad, sabiéndonos divinos porque Cristo y la Iglesia de todos los tiempos dieron testimonio de ello.

"Supongamos ahora que nuestros ojos se hubieran abierto a la realidad de Dios; luego ocurre algo maravilloso que, considerado desde el punto de vista de la experiencia en el espacio en que estamos confinados, aparece como algo absolutamente imposible e inconcebible. La variable oscilación entre las dos posibilidades, termina. Ante todo se nos libera de la presión del interrogante: ¿Por qué? Permanecemos ante el Creador que está presente en todo punto de Su creación como el Alfa y el Omega, como Aquel en Quien, por Quien y para Quien, todas las cosas existen. En El, pero —y esto es lo incomprensible de nuestro descubrimiento—, la pausa, o el descanso, no va acompañada por la conciencia, la cual de acuerdo a todas las suposiciones extraídas del mundo de la experiencia deben, lógicamente, ir acompañadas de la conciencia, lugar en el que nos hemos detenido, arbitrariamente elegido, y está más allá de sí mismo. Por el contrario, el interrogante por qué, descansa en Dios de tal modo que evidencia que la detención es una necesidad inevitable. Por otra parte, la omnipresencia del [e166] Creador es probablemente otra expresión de la incansable infinitud del mundo creado: el Creador es algo más que la creatura." 42

[i160] Esta vez la Palabra pronunciada difiere de la anterior. La primera parte del pronunciamiento realizado por el Iniciador, que se mantiene silenciosamente detrás de la escena, mientras Jesús recibe una iniciación tras otra, es prácticamente la misma que la del Bautismo, excepto por un mandato expresado. El Iniciador había dicho: "Éste es mi Hijo amado en el cual tengo complacencia", agregando esta vez: "A Él oíd". En el primer gran episodio, Dios, el Padre, de Quien el Iniciador es el símbolo, no hizo conocer Su presencia. Los ángeles pronunciaron la palabra que personificaba la misión de Cristo. En el Bautismo, Dios acordó el reconocimiento, pero eso no era todo. En esta iniciación, Dios ordenó a la humanidad que prestara atención a esta crisis particular de la vida de Cristo y que escuchara Sus palabras. El poder y el derecho de hablar se confieren entonces al Cristo y es interesante observar que la mayor parte de la enseñanza (según aparece en el Evangelio de San Juan y en muchas de las parábolas) fue dada por Cristo después que pasó por esta experiencia. Nuevamente Dios manifestó que reconocía el Mesianismo de Cristo, palabra por la cual el hombre interpreta tal reconocimiento. En el Bautismo, Dios reconoció a Cristo como Su Hijo, enviado al mundo desde el seno del Padre, para llevar a cabo la voluntad de Dios. Lo que Cristo había reconocido en el Templo, cuando era niño, fue más tarde respaldado por Dios. Este reconocimiento se repite y el apoyo es fortalecido por el mandato al mundo de escuchar las palabras del Salvador, o quizá desde el punto de vista esotérico y espiritual, escuchar la Palabra que era Dios hecho Carne.

"En realidad existe una conexión interna entre el Bautismo y la Transfiguración. En ambos casos un estado de éxtasis acompaña la revelación del secreto de la persona de Jesús. La primera vez, la revelación fue para Él solo, y aquí los discípulos también la compartieron. No se ha aclarado hasta qué punto ellos mismos fueron transportados por la experiencia. Lo que se sabe es que, en estado de deslumbramiento, del que despertaron al final de la escena (Mr. 9:8), la figura de Jesús aparece ante ellos iluminada por una luz y una gloria sobrenaturales, mientras una voz íntima dice que Él es el Hijo de Dios. [i161] El hecho puede únicamente explicarse como resultado de una gran excitación escatológica." 43

El mismo autor dice más adelante:

"Tenemos, en consecuencia, tres revelaciones del secreto de lo mesiánico, tan unidas entre sí que cada una de las subsiguientes implica la anterior. En el monte cerca de Bethsaida les fue revelado a los Tres [e167] el secreto que le fuera descubierto a Jesús en Su bautismo. Sucedió después de la cosecha. Unas semanas más tarde, les fue dado a conocer a los Doce, por el hecho de que Pedro, en Cesárea de Filipo, respondió a la pregunta de Jesús, con el conocimiento que había adquirido en la montaña. Uno de los Doce traicionó el secreto del Gran Sacerdote. Esta revelación del secreto resultó fatal, pues provocó la muerte de Jesús. Fue condenado como mesías, aunque jamás se presentó como tal." 44

Aquí surge la pregunta sobre cuál fue la naturaleza de la misión que Cristo vino a realizar y en qué consistió la Voluntad de Dios que Él vino a cumplir. Los tres puntos de vista principales, que generalmente mantienen los cristianos ortodoxos, afirman que Cristo vino
  1. a morir en la cruz, a fin de aplacar la ira de un Dios iracundo y posibilitar a quienes creyeran en Él, la entrada en el Cielo;
  2. a mostrar la verdadera naturaleza de la perfección y cómo la divinidad puede manifestarse en forma humana;
  3. a dar un ejemplo, para que siguiésemos Sus pasos.

Cristo Mismo no hizo hincapié sobre la muerte en la Cruz, como la culminación del trabajo de Su vida. Fue el resultado de dicho trabajo, pero no vino al mundo para esto, sino para que pudiéramos tener "vida más abundante", y San Juan dice en su Evangelio, que el nuevo nacimiento depende [i162] de la creencia en Cristo, por cuanto se dio potestad de ser hechos Hijos de Dios, a los que creen en Su nombre, los cuales no son engendrados de sangre ni de voluntad de la carne, ni de voluntad de hombre, sino de Dios." 45

¿No es, entonces, razonable para nosotros inferir de lo dicho que, cuando un hombre alcanza el reconocimiento y la creencia en el Cristo cósmico, "el Cordero inmolado desde el principio del mundo",46 es posible el nuevo nacimiento, porque la vida de ese Cristo universal, animando toda forma de expresión divina, puede, consciente y definitivamente, llevar al hombre hacia adelante en una nueva manifestación de la divinidad? La "sangre es la vida" 47 y el 'Cristo viviente hace posible que todos puedan llegar a ser ciudadanos de ese reino. La vida crística en cada uno de nosotros y no Su muerte, es lo que nos hace hijos del Padre. En ninguna parte del Evangelio se encuentra una afirmación que diga lo contrario. Cristo, en la comunión, dio a Sus discípulos el cáliz para beber, diciéndoles "... ésta es mi sangre del nuevo [e168] pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados".48 Pero esto constituye Su única referencia a la sangre en su aspecto curador, tan fuertemente acentuada en las Epístolas; tampoco Cristo, en ninguna parte, correlaciona la sangre con la Crucifixión. Él habla en tiempo presente y no relaciona la sangre con el nuevo nacimiento ni con la Crucifixión, ni la convierte en el factor exclusivo que coloró tan profundamente la presentación del cristianismo en el mundo.

La vida crística en todas las formas es lo que constituye el impulso evolutivo y hace posible el desarrollo progresivo de la expresión de la divinidad en el mundo natural. Se halla profundamente oculta en el corazón de todo hombre. La vida crística lo lleva eventualmente al punto en que puede salirse del reino humano (cuando la tarea de la evolución normal ha hecho su parte) y entrar en el
[i163] reino del espíritu. El reconocimiento de la vida crística dentro de la forma del hombre, hace que todo ser humano, en un momento dado, desempeñe la parte de la Virgen María, para esa realidad interna. La vida crística en el nuevo nacimiento llega a su expresión más plena, y de una crisis a otra, impulsa al evolucionante hijo de Dios hasta que se perfecciona, por haber adquirido "la medida de la estatura de la plenitud de Cristo".49

Más adelante veremos que la nueva religión mundial deberá basarse en la revelación del Cristo resucitado. Cristo en la Cruz, como se verá cuando estudiemos la gran crisis siguiente, nos demostró el amor y el sacrificio llevados a su extrema expresión; pero Cristo vivo en todas las edades, y vitalmente vivo hoy, constituye la clave de la nueva era, y sobre esta verdad debe construirse la nueva presentación de la religión y más adelante, la nueva teología. El verdadero significado de la Resurrección y de la Ascensión no se ha captado todavía; como divina realidad subjetiva estas verdades esperan aún la revelación. La gloria de la nueva era será el develamiento de estos dos misterios y nuestra mayor comprensión de Dios como vida. La verdadera Iglesia de Cristo es la unión de todos los que viven por medio de la vida crística, cuya vida es una con la Suya. "El cuerpo místico de Cristo que, de acuerdo a las palabras y las profundas enseñanzas de San Pablo, constituye la Iglesia y debería constituir todo el género humano, nos recuerda, con evidencia inequívoca, por medio de las catástrofes mundiales, que la vida humana es un misterio Cristocéntrico".
50 Esto será comprobado cada vez más, hasta [e169] que reaparezca con luz clara y radiante la maravilla y la gloria, aún no revelada todavía, de Dios Padre. El Dr. Otto Karrer,51 al referirse a la Iglesia de Dios, expresa esta verdad en los siguientes términos:

"'El Honor y la Gloria de Dios', es la fundamental norma por la cual la religión juzga al mundo. Y la gloria de Dios y la salvación y santificación de las almas son posibles y se realizan efectivamente en el mundo entero, dondequiera que hombres y mujeres, por su aspiración a lo eterno, por la oración, expiación, autorrenunciación y amor, se eleven sobre su humanidad terrena y desplieguen la humanidad superior y sobrenatural que es la 'imagen Divina del nuevo hombre'. Y esto se realiza en todas partes por la gracia del Redentor, se lo reconozca o no, como efecto de una relación espiritual, oculta a la vista del hombre, con Cristo y Su institución salvadora, la santa Iglesia.

"La mayor gloria de Dios' está donde la aureola interna reviste a la figura de Cristo, donde se Le contempla y ama, y es reconocido como principio vital de Sus fieles, y de donde los hombres extraen, debido a la proximidad espiritual y sacramental con Él, el poder de sacrificarse, imitarlo y santificarse, efectos producidos dentro y por medio de Su santa Iglesia. Pero la 'mayor gloria de Dios' está allí donde la luz tiene su foco central, donde Dante contempló los pétalos de la rosa celestial, donde el corazón de la esposa de Dios late, en la viva y suprema adoración de Sus Santos, que de hecho y en verdad, por su sometimiento incondicional al Uno sagrado, adquieren la completa medida de quien fue su ejemplo, convirtiéndose en auténticos cristianos santificados por la Divina Santidad, hombres de Dios por el Hombre-Dios, uno con Él en vida y muerte, mediante la fe y el amor. Y esto también lo forja Cristo, en y por medio de Su santa Iglesia."

Únicamente el hombre que ha comprendido algo del valor de la iniciación de la Transfiguración y la naturaleza de la perfección entonces revelada, puede seguir con el Cristo, hasta la visión que le ha sido acordada cuando descendió del elevado punto de realización y que más tarde podrá compartir con Él la comprensión de la naturaleza del servicio mundial, prestado perfectamente por aquellos cuya perfección interna se aproxima a la de Cristo y cuyas vidas están controladas por los mismos impulsos divinos, subordinados a la misma visión. Esta etapa significa esa completa libertad espiritual que debemos alcanzar con el tiempo [i164] y que el Dr. Albert Schweitzer 52 describe, cuando dice: "Sólo recobraremos la libertad espiritual cuando la mayoría de los individuos sean otra vez más espiritualmente independientes y confiados en si mismos y descubran su natural y propia relación con las organizaciones en las cuales sus almas se vieron envueltas". Más adelante agrega, dándonos la clave por la cual esto puede lograrse, que 'todo ser que se denomine hombre está destinado a [e170] desarrollarse en una verdadera personalidad dentro de la teoría refleja del universo que él ha creado para sí".53 Ahora bien, ha llegado el momento en que los seres humanos dejen de creer y pasen al verdadero conocimiento por el método del pensamiento, la reflexión, el experimento, la experiencia y la revelación. El problema inmediato de todos los que buscan este nuevo conocimiento y desean ser conocedores conscientes en vez de fieles creyentes, es lograrlo en el mundo de la vida cotidiana. Después de cada expansión de conciencia y de cada desenvolvimiento de una más honda comprensión, regresamos, como lo hizo Cristo, a las llanuras de la vida cotidiana, para someter nuestro conocimiento a la prueba, descubrir su realidad y verdad, y también nuestro próximo punto de expansión y el nuevo conocimiento que debemos adquirir. La tarea del discípulo es lograr la comprensión y el empleo de su propia divinidad. El conocimiento de Dios inmanente, aunque basado en la creencia de Dios transcendente, es nuestra meta. El Dr. W. E. Hocking54 dice:

"Sobre este nuevo conocimiento, debemos decir que llega al místico en el curso de su retorno al mundo, sin que él lo busque. El místico ha conocido a Dios desde el punto de vista del mundo, y ahora empieza a conocer su propio mundo desde el punto de vista de su nueva experiencia de Dios. Así como después de cada nueva experiencia, las experiencias familiares a las cuales retorna, se iluminan con una luz desconocida, brillando en forma extraña y renovada, así el místico al ocuparse nuevamente de todas las cosas, descubre que 'todo se ha renovado', y aprende a infiltrar esta novedad en el núcleo de la sabiduría humana."

Ésta fue la experiencia de los Apóstoles en la cima de la montaña. Se ha dicho que "alzando ellos los ojos, a nadie vieron, sino a Jesús".55 Otra vez apareció ante ellos lo familiar, lo conocido. Es interesante comparar este episodio con un relato algo similar en El Bhagavad Gita, donde a Arjuna se le revela la forma gloriosa del Señor. Al final de la revelación, Dios, bajo el aspecto de Krishna, con ternura y comprensión le dice: "No te dejes vencer por el temor ni la confusión al contemplar Mi enorme forma; contempla una vez más mi forma anterior, sin temor y con corazón tranquilo !". Luego dice:

"¡Esta forma mía es realmente difícil de ver! ¡ Hasta los mismos Dioses anhelan siempre contemplar esta Forma Mía! Pero no puedo ser visto por los Vedas, en las penitencias, ofrendas, sacrificios, como tú me has visto. Pero puedo así ser conocido por el amor del corazón dedicado, oh Arjuna, y ser visto y penetrado como realmente soy ¡ Oh Destructor del enemigo!" 56

[e171] La palabra del Reconocimiento ha surgido y el mandato de escuchar al Cristo fue dado. Habiendo Jesús retornado [i165] a Su "propia forma", cabía ahora el descenso de la montaña. Entonces ocurrió lo que podríamos considerar una reacción espiritual muy grande y penosa, inevitable y terrible, expresada por Cristo con estas palabras:

"El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y lo matarán, mas al tercer día resucitará." 57

Entonces ellos "entristecieron en gran manera". Esta visión de Cristo, si escudriñamos los anales, presenta dos partes. Primero, tuvo la visión de la realización. El logro de la cima de la montaña, donde una gran experiencia espiritual quedaba atrás. Ahora tenía la visión de una consumación física en forma de entrada triunfal en Jerusalén. Pero iba acompañado por un presentimiento o premonición de que Su vida de servicio culminaría en la Cruz; Cristo vio claramente, tal vez por primera vez, lo que Le esperaba y en qué dirección Lo encaminaba Su servicio al mundo. La vía, dolorosa de los Salvadores del Mundo se extendía ante Él; el destino de todas las almas precursoras culminaba en ésta Su experiencia; Se vio a Sí Mismo rechazado; fue atado y engrillado y muerto, como ha sucedido a hijos de Dios menores que Él. El rechazo del mundo siempre precede a la aceptación del mundo. La decepción es una etapa en el camino a la realidad. El odio de quienes no están preparados todavía para reconocer el mundo de los valores espirituales, está siempre destinado a quienes están preparados. Cristo Se enfrentó con esto y, sin embargo, Él "afirmó Su rostro para ir a Jerusalén".58

A medida que consideremos esos hechos, la prueba particular que Cristo enfrentaba, ahora se aclara. Era nuevamente una prueba triple, como lo fuera la ocurrida después de la iniciación del Bautismo; pero esta vez de carácter mucho más sutil. Debía encarar la prueba de soportar y manejar el éxito mundano, pasando por el camino triunfal de Su entrada en la Ciudad Santa, sin desviarse de [i166] Su propósito ni experimentar la atracción de la realización material cuando fuera aclamado Rey de los Judíos. El éxito constituye una forma disciplinaria muy drástica, y proporciona mayores oportunidades de olvidar a Dios y a la realidad, que el fracaso o la negligencia. La autoconmiseración, el sentido de martirologio y la resignación, son modos eficaces y potentes de manejar nuestros fracasos. Pero elevarse sobre la cresta de la ola, recibir el reconocimiento público y haber alcanzado la meta [e172] terrenal, son al parecer, factores mucho más difíciles de enfrentar. Cristo Los enfrentó y Lo hizo con equilibrio espiritual y con esa sabiduría de largo alcance que da un correcto sentido de los valores y un sentido adecuado de la proporción.

La segunda fase de la prueba la constituía el conocimiento que Cristo tenía de Su propio fin. Sabía que tenía que morir y cómo debía morir, y, sin embargo, prosiguió avanzando sin desviarse del curso asignado, aunque tenía la premonición de un desastre. No sólo tenía que demostrar el poder de resistir el éxito sino que también debía demostrar el poder de enfrentar el desastre, equilibrando ambos y ver en ellos únicamente oportunidades para expresar lo divino y demostrar el desapego, característica sobresaliente del hombre que nació de nuevo, purificado y transfigurado. A esas pruebas se agregó la que tuvo que enfrentar en el desierto, la prueba de la absoluta soledad ¡El poder de soportar el éxito! ¡ El poder de soportar el desastre! ¡ El poder de mantenerse completamente solo! Esto es lo que Cristo tenía que demostrar al mundo, y Lo hizo. Apareció triunfalmente ante el mundo en la etapa intermedia de Su camino hacia la Cruz. La agonía de la soledad en el Huerto de Getsemaní fue probablemente mucho más dura para Él que la notoriedad del Gólgota. Pero en esas pruebas más sutiles reveló la cualidad de Dios Mismo, y la cualidad y el significado de Dios es lo que salva al mundo —la cualidad de Su vida, que es Amor y Sabiduría, Valor y Realidad. Todo esto fue realizado por Cristo.

"Su significación como Salvador se basa en que fundamentó y animó, extrayendo desde las fuentes más recónditas de Su alma, las palabras que podían encarnar Su impulso puramente espiritual en la tierra. No entregó 'pruebas' al mundo. Ninguno de los espíritus que irradiaron el poder original, se preocuparon de obtener pruebas... Una palabra preñada de vida del alma tiene mayor significado que un abultado tratado científico. Las palabras de Cristo han conmovido al mundo, no por las posteriores teologías, sino a pesar de ellas. El hecho es que un espíritu sobrenatural se convirtió en realidad terrena por Sus palabras. De este modo, lo que Él sabía personalmente, pudo también ser comprendido por las almas y los intelectos terrenales. Por esto y nada más que por ello, el cristianismo ha podido triunfar." 59

Inmediatamente después de Su descenso desde la cima de la montaña, Cristo [i167] comenzó otra vez a servir. Según sabemos, se le aproximó una persona en desgracia, e inmediatamente satisfizo su necesidad. Una de las características más destacadas de cada iniciación es la creciente capacidad y habilidad del iniciado para el servicio. Cristo demostró una forma totalmente nueva y única [e173] de hablar y enfrentar a las masas, así como también de enseñar privada y personalmente a Sus pocos elegidos. Su poder de curar continuaba, pero trasladó Su trabajo a un campo de nuevos valores, pronunció esas palabras y enunció esas verdades que constituyen el fundamento de la creencia de quienes tuvieron la visión para penetrar en la presentación teológica del cristianismo y encontrar allí la realidad. Su servicio consistió, primordialmente en esa época, en enseñar y hablar. Pero tal es la sabiduría y belleza de Su presentación de la verdad, que mostró la divinidad en forma que el hombre común pudo captar. Sirvió de puente entre lo antiguo y lo nuevo, enunció la nueva verdad y la revelación especial necesaria, en esos tiempos, de modo de unir la sabiduría antigua y la esperanza más moderna. Hermann Keyserling 60 ha captado la maravilla de lo realizado por el Salvador del Mundo, y lo expresa así:

"...la gran mente es esencialmente el Despertador. Si tal mente tuviera que enunciar lo totalmente nuevo, lo excepcional, nada significaría para los demás hombres. Su valor social depende enteramente de su capacidad de exponer con nítida claridad lo que todos sentimos que es verdad en lo más íntimo de nuestros corazones —¿de qué otra manera podría hacerse entender?—, de qué modo podría exponerse en forma tan universal, es decir, a tono con las leyes objetivas en cuestión, que sus ideas se conviertan en órganos para los otros."

Cristo nos dio una gran idea. Nos dio el nuevo concepto de que Dios es Amor, sin tener en cuenta lo que pudiera suceder en el mundo inmediato. Todas las grandes ideas surgen del mundo de la divinidad por intermedio de los grandes Intuitivos, y la historia de la humanidad es esencialmente la historia de las ideas, su enunciación por medio de algún pensador intuitivo, su reconocimiento por unos pocos, su creciente [i168] popularidad y su integración eventual en el pensamiento mundial, el mundo de normas de los pensadores de la raza. Luego se determina su futuro y eventualmente la idea nueva y excepcional se convierte en el modelo popular, públicamente aceptado, de la conducta humana. "Al interrogante de si son las personalidades o las ideas lo que decide el destino de una era, la respuesta es que la era toma sus ideas de las personalidades".61 Cristo encarnó una gran idea, la idea de que Dios es Amor, y que el amor es el poder motivador del universo. Esto constituye la iluminación que Cristo, como Luz del Mundo, reflejó sobre todos los acontecimientos mundiales. Esta majestuosa comprensión nunca es suficientemente acentuada. [e174] Debemos comprenderla mucho más profunda y potencialmente de lo que lo hacemos, porque es el carácter y cualidad básica y fundamental de todos los acontecimientos, cualquiera sea la apariencia externa. Cristo ilumina la vida. Ésta fue una de sus más importantes contribuciones a la vida, tal como se vive actualmente. En efecto, Cristo dijo: Dios ama al mundo, todo lo que acontece es por obra del amor. Si esto se comprende como verdad fundamental y real, ilumina toda vida y aligera todas las cargas; la causa y el efecto se unen y el propósito de Dios y Su método se ven como uno. Los teólogos a menudo lo olvidan, al ocuparse de aspectos más técnicos de la vida de Cristo. Lo que Él iluminó en función de "Luz del Mundo", la Luz divina que recibiera y vertió sobre el mundo, y Lo que reflejó, es frecuentemente pasado por alto, en la lucha por probar doctrinas como que la Virgen María fue una virgen inmaculada y, por consiguiente, Cristo nació por medio de una concepción inmaculada. Actualmente, sólo unos pocos de la nueva generación se interesan por tales puntos doctrinarios y esto debemos decirlo muy enfáticamente. Pero sí nos interesa que el amor que Cristo expresó sea demostrado en el mundo y que la iluminación que reflejó "ilumine nuestras tinieblas".

"La iluminación, tomada desde el punto divino y la visión, desde el humano, son, como sin duda estarán de acuerdo, partes de la experiencia del profeta según él mismo lo entiende. Puede generalmente admitirse también, en el caso de los genios, como los profetas, que este elemento de la experiencia es algo normal e inevitable. Pero, fuera de tan importante excepción, la teología se ha inclinado a limitar el fenómeno de la iluminación al culto del misticismo. En otras palabras, no ha visto en la iluminación un rasgo genérico o por lo menos general, de la experiencia religiosa.

"Ahora bien, la experiencia de la iluminación, que se cree origina en Dios, tiene como contraparte la facultad humana de la intuición o visión, así como la contraparte de la salvación es la confianza o entrega, y la de la inspiración es la fidelidad. La intuición, como contraparte de la iluminación, ocupa sin duda un lugar entre los fenómenos de la experiencia religiosa. Pero ¿ocupa un lugar tan excepcional que en el caso de las personas muy religiosas, las otras dos fases de la experiencia religiosa, la salvación y la energetización moral, pueden suceder sin ella?"
62

Cristo emitió claramente la nota que puede introducir la nueva civilización y el nuevo orden, y un estudio detallado de [i169] los ideales e ideas que hoy sustentan sin excepción los experimentos llevados a cabo por las diversas naciones, demostrará que todos se basan, en esencia, en algún concepto definidamente crístico. Que su método de aplicación y las técnicas empleadas sean frecuentemente [e175] anticrísticas, constituye una triste verdad, pero los conceptos fundamentales llevan con ecuanimidad la luz que Cristo vertió sobre ellos. La dificultad principal ha sido que nuestra captación intelectual de los conceptos, sobrepasa nuestro propio desenvolvimiento personal y matiza, por consiguiente, desastrosamente, la aplicación que de ellos hacemos. Cuando esas ideas básicas se transmuten en ideales mundiales gracias a los pensadores consagrados de la raza, y se apliquen con el espíritu con que Cristo los concibió, recién entonces, podremos inaugurar un nuevo orden mundial. El Dr. Albert Schweitzer 63 se refiere a este punto del modo siguiente:

"Nuestras instituciones fracasan debido a que se emplea en ellas el espíritu de barbarie. Las mejoras bien planeadas en la organización de nuestra sociedad (aunque obramos correctamente al tratar de asegurarlas) no pueden en modo alguno ayudarnos hasta no ser capaces de impartir al mismo tiempo un nuevo espíritu a nuestra era.

"Los difíciles problemas que debemos resolver, aun aquellos que pertenecen totalmente a la esfera material y económica, únicamente pueden solucionarse, en última instancia, por un cambio interno del carácter. Las reformas más sabias de la organización, sólo nos acercan un poco más a la solución, nunca a la meta. La única forma concebible de lograr la reconstrucción de nuestro mundo sobre nuevas líneas, es convirtiéndonos, primero, en nuevos hombres, de acuerdo a antiguas circunstancias, y luego, como sociedad, en un nuevo estado de ánimo, a fin de suavizar la oposición que existe entre las naciones, para que la verdadera civilización pueda nuevamente ser posible. Todo es más o menos tarea perdida, porque construimos con lo meramente externo, no con el espíritu.

"En la esfera de los acontecimientos humanos, lo que decide el futuro de la realidad del género humano consiste en verdad en una convicción interna, no en hechos externos. Encontramos terreno firme para nuestros pies en los ideales éticos y racionales. ¿Estamos dispuestos a extraer fuerza del espíritu para crear nuevas condiciones y volver nuestros rostros a la civilización, o seguiremos extrayendo el espíritu de lo que nos circunda y descenderemos con él a la ruina? Ése es el funesto interrogante que debemos enfrentar."

Es de suprema importancia para nosotros, comprender que lo que Cristo realmente hizo fue introducir la era del Servicio, aún cuando sólo hoy (dos mil años después que Él nos diera el ejemplo) empezamos a captar las implicancias de esa palabra, tan extensamente empleada. Tendemos a considerar la salvación en términos del individuo y a estudiarla desde el punto de vista de la salvación individual. Esta actitud debe terminar, si queremos comprender algún día el espíritu crístico. Un gran personaje japonés hace la pregunta mordaz de "¿Cuál es el objetivo fundamental de una religión digna de existir?" y responde diciéndonos que es la [e176] salvación, pero una salvación "preñada de consuelo y desagravios para la vida y el mundo".64 El servicio es hoy algo cada vez más objetivo en todos los asuntos humanos. Hasta el comercio moderno ha llegado a reconocer que debe ser un agente motivador si quiere sobrevivir tal como lo entendemos en el sentido moderno. ¿ En qué se basa esta tendencia general? Sin lugar a dudas, en nuestra relación universal con la Deidad y en las mutuas relaciones subjetivas que mantenemos entre nosotros, teniendo su raíz en la relación con Dios. El Dr. J. W. Graham lo señala, vinculando ambos servicios, uniendo así nuestras relaciones humana y divina.

"Además, descubrimos que al servir al hombre, servimos a Dios. He aquí el juicio solemne: 'Lo que hiciereis al más pequeño, me lo haréis a Mí'.

"Esta destacada posición intuitiva, resultado de la revelación mística, es una posición segura, aunque todavía nada demuestra como prueba efectiva; ciertamente posee alguna explicación científica, si pudiéramos acercarnos bastante a la realidad de las cosas para comprenderlas. Se nos ofrece servicio y amor humanos, como verdadero servicio y amor divinos.

"Pero si los espíritus de los demás hombres son manifestaciones, partes activas del espíritu divino, es decir, si los hombres y mujeres no estuviéramos constituidos de intensos sentimientos o de esperanzas demasiado ambiciosas, como hijos del Altísimo, veríamos que todas estas cosas son claras y, más que claras, radiantes. Comprendemos así el ansia de expansión y la unidad con la voluntad divina que viene después de los actos de servicio amoroso a los hombres."
65

Tal es la base del servicio. Debe ser, como en el caso de Jesucristo, un resultado espontáneo de [i170] la divinidad. Uno de los argumentos más fuertes sobre el divino desenvolvimiento del hombre, es el surgimiento en gran escala de esta tendencia a servir. Empezamos a vislumbrar débilmente lo que Cristo quiso expresar por servicio. "Cristo condujo a este activador motivo de servicio a tal extensión, que cuando el bien común y nuestro bienestar y éxito personales están en conflicto, debe sacrificarse uno mismo y no los demás".66 Esta idea del servicio está lógicamente en conflicto con la actitud generalmente competitiva hacia la vida y el egoísmo, demostrado a menudo por el hombre común. Pero para el hombre que trata de seguir a Cristo y aspira a ascender al Monte de la Transfiguración, el servicio lleva inevitablemente a la iluminación acrecentada, y la iluminación a su vez encuentra su expresión en el servicio renovado y consagrado, y así descubrimos nuestro camino —por medio del servicio a nuestros semejantes— [e177] hacia el Camino que holló Cristo. Siguiendo Sus pasos, adquirimos eventualmente el poder de vivir como hombres y mujeres crísticos iluminados, en nuestro medio normal y cotidiano. Lord Conway of Allington 67 lo dice con suma sencillez:

"El resultado de todas nuestras discusiones es la simple lección de que debemos seguir la guía divina donde quiera nos conduzca, confiando en que el que busca hallará y quien llama a la puerta se le abrirá. La iluminación no debe buscarse en el abandono del mundo, o en las prácticas ascéticas, ni en una vida de abnegación y obediencia, sino en cumplir lo mejor posible los deberes y demandas de cada día. Si determinamos vivir en un clima de belleza y bondad, hallaremos que los dones divinos esperan calladamente nuestra aceptación."

¿Qué podemos, en consecuencia, dar al mundo al estudiar la vida de Cristo y mentalmente pasar con Él una iniciación tras otra? Podemos aspirar a esa grandeza de acción que redimirá nuestra mediocridad natural y revelará progresivamente la divinidad en cada uno de nosotros. Cada uno puede ser un faro de luz que señala el camino hacia el centro de donde surge la Palabra, y cada uno puede empezar a expresar en su vivir cotidiano, algunas de las cualidades de Dios, que Cristo representó con tanta perfección y Lo llevó triunfalmente, desde el Monte de la Transfiguración hasta el valle del deber y del servicio, permitiéndole seguir adelante, con firme determinación, hacia la experiencia de la Cruz, por el camino triunfal de la aclamación y los senderos dolorosos del abandono y la soledad.

Siento un hondo deseo de cerrar este capítulo con las palabras que Arjuna dijera a Krishna, mucho antes de la era cristiana, después de serle revelada la develada belleza que él había aceptado. Su relevancia es incuestionable. Casi podemos
[i171] ver a San Pedro o a San Juan, pronunciándolas a Cristo, cuando al abrir sus ojos, "no sólo vieron, sino a Jesús". Tal vez estas palabras puedan también aplicarse a nosotros, si consideramos a Cristo y a nuestra relación con Él:

"Presuntuosamente te llamé Krishna mi camarada... Inconsciente de Tu grandeza he sido irrespetuoso para Ti, en mis ademanes, en el andar, en el descansar; perdóname Progenitor de este mundo, de lo animado y lo inanimado. Únicamente Tú eres digno de adoración. Tú el Altísimo. ¿Dónde se hallará quien Te iguale en los tres mundos?

"Me prosterno ante Ti y suplico Tu clemencia, ¡Oh Dios! Como el padre a su hijo, el amigo a su amigo, el amante a su amada. ¡Así perdóname Tú a mí, oh Dios! Soy dichoso por haber sentido lo profundo que es mi gozo, pero más grande es mi temor. Muéstrame, oh Señor bendito, Tu otra Forma, oh Señor de los Dioses, sustentador de mundos, sé magnánimo."
68



Notas:

1.Psychology and the Promethean Will, pág. 26.
2.Ef., 2:15.
3.The Meaning of God in Human Experience, pág. 578.
4.The Value and Destiny of the Individual, pág. 210.
5.Religious Realism, pág. 150.
6.The Divinity in Man, pág. 63.
7.The Religions of Mankind, pág. 157.
8.The Value and Destiny of the Individual, de B. Bosanquet, pág. 225.
9.Ídem, pág. 225.
10.The Bhagavad Gita, pág. 128.
11.The Religions of Mankind, pág. 115.
12.The Divinity in Man, pág. 289.
13.The Perfect Waw, de Anna Kingsford.
14.Paracelsus, Edición Oxford, pág. 444.
15.The Bhagavad Gita, Libro X, Vers. 40, 41, 42.
16.The Pathway to Reality, pág. 584.
17.Tratado sobre Fuego Cósmico, de Alice A. Bailey, pág. 395.
18.Dt., 4:24.
19.Tratado sobre Fuego Cósmico, de Alice A. Bailey, pág. 397.
20.A Pilgrim's Quest for the Divine, pág. 254.
21.Kaivalya, II, 9. Citado en Mysticism, East and West, págs. 98, 99.
22.Psychology and God, págs. 202, 203.
23.Psychology and God, de L. W. Grensted, pág. 75.
24.Mt. 17:1 al 8.
25.Mt., 5:16.
26.Religions of Mankind, pág. 186 de Otto Karrer.
27.The Mystery Teaching in the West, de Jean Delaire, pág. 124.
28.El Bhagavad Gita, Libro VI, Vers. 33, 34.
29.The Fool Hath Said, pág. 225.
30.Psychology and God, de L. W. Grensted, pág. 207.
31.II Ti., 1:12.
32.Religious Realism, de D. C. Macintosh y otros, págs. 82, 83.
33.Religions of Mankind, de Otto Karrer, pág. 171.
34.Ídem, de Otto Karrer, pág. 1&2.
35.Divinity in Man, de J. W. Graham, pág. 249.
36.I Jn. 3:2.
37.Psychology and God, págs. 248, 249.
38.The Mystery Teaching in the West, de Jean Delaire, pág. 121.
39.Psychology and the Promethean Will, pág. 116.
40.Mirage and Truth, de M. C. D'Arcy, C. J., pág. 116.
41.The Buddha and the Christ, pág. 182.
42.God Transcendent, de Karl Heim, págs. 207, 208.
43.The Mystery of the Kingdom of God, de Albert Schweitzer, pág 181 y 182.
44.The Mystery of the Kingdom of God, de Albert Schweitzer, páginas 217, 218.
45.Jn. 1:13.
46.Ap. 13:8.
47.Gn. 9:4.
48.Mt. 26:28.
49.Ef. 4:13.
50.Wrestlers with Christ, de Karl Pfleger, pág. 25.
51.Religions of Mankind, pág. 274.
52.The Decay and Restoration of Civilisation, pág. 31.
53.Ídem, pág. 93.
54.The Meaning of God in Human Experience, pág. 457.
55.Mt. 17:8.
56.The Bhagavad Gita, Libro XI, Vers. 49, 52, 53, 54.
57.Mt. 17:22, 23.
58.Lc. 9:51.
59.The Recovery of Truth, págs. 291, 292.
60.The Recovery of Truth, pág. 213.
61.The Decay and Restoration of Civilisation, de Albert Schweitzer, pág. 82.
62.Religions Realism, de D. C. Macintosh y otros, págs. 260, 261.
63.The Decay and Restoration of Civilisation, págs. 60, 61.
64.Modern Trends in World Religions, editado por A. E. Haydon, citando a Kishio Satomi, pág. 75.
65.The Divinity in Man, pág. 100.
66.Modern Trends in World Religions, editado por A. E. Haydon, pág. 106.
67.A Pilgrim's Quest for the Divine, pág. 255.
68.El Bhagavad Gita, Libro VI, Vers. 41, 45.


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