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CAPITULO OCTAVO

Enumeración y Aplicación de las Leyes y Reglas

[e390][i532] Nota: Algunas de estas Reglas están conectadas con ciertas Leyes y las consideraré en su correcta relación. He pedido a A. A. B. la confección de una lista de las diez leyes y -cuando una regla está vinculada a una ley particular- dar esa regla con dicha ley. Las reglas se han de enumerar nuevamente y no siguen el orden impartido anteriormente.

LEY I

Toda enfermedad es el resultado de la inhibición de la vida del alma. Esto es verdad para todas las formas de todos los reinos. El arte del curador consiste en liberar al alma, a fin de que su vida pueda fluir a través del conglomerado de organismos que constituyen una forma determinada.

LEY II 

La enfermedad es el producto de tres influencias y está sujeta a ella: Primero, el pasado del hombre, en que paga el precio de antiguos errores; segundo, su herencia, donde comparte con todo el género humano esas contaminadas corrientes de energía de origen grupal; tercero, su participación, con todas las formas naturales, de aquello que el Señor de la Vida impone a Su cuerpo. Estas tres influencias son denominadas “La antigua Ley de Participación del Mal”. Algún día ésta debe ceder su lugar a la nueva “Ley del Antiguo y Predominante Bien”, que reside detrás de todo lo que Dios ha creado. Esta ley debe ser puesta en vigencia por la voluntad espiritual del hombre. [i533

REGLA UNO

El curador debe entrenarse a fin de conocer el nivel interno de los pensamientos y deseos de quien busca su ayuda. Así podrá conocer la fuente de donde proviene la dolencia. Debe relacionar la causa y el efecto, y conocer el punto exacto por el cual debe llegar el alivio.

LEY III 

Las enfermedades son el efecto de la centralización básica de La energía vital del hombre. Del plano en que dichas energías están enfocadas provienen esas condiciones determinantes que producen [e391] mala salud. En consecuencia, se manifiestan como enfermedad o como buena salud. 

LEY IV 

La enfermedad, tanto física como psicológica, tiene sus raíces en lo bueno, lo bello y lo verdadero, y sólo es un reflejo distorsionado de las posibilidades divinas. El alma frustrada, cuando trata de expresar plenamente alguna característica divina o realidad espiritual Interna, produce -dentro de la sustancia de sus envolturas- un punto de fricción. Sobre este punto están enfocados los ojos de la personalidad, lo cual conduce a la enfermedad. El arte del curador consiste en elevar hacia el alma -el verdadero curador dentro de la forma- los ojos que están enfocados hacía abajo. Entonces el tercer ojo, u ojo espiritual, dirige la fuerza curadora, y todo está bien. 

REGLA DOS 

El curador debe adquirir pureza magnética a través de la pureza de vida. Debe lograr esa dispersiva irradiación que se manifiesta en todo hombre que ha vinculado los centros de la cabeza. Cuando se ha establecido tal campo magnético, entonces surge la irradiación.

LEY V 

No existe nada más que energía, porque Dios es Vida. En el hombre se unen dos energías, pero hay otras cinco presentes. Para cada una ha de encontrarse un punto central de contacto. El conflicto de esas energías con las fuerzas, y de las fuerzas entre sí, [i534] producen los males corporales del hombre. El conflicto entre las primeras y las segundas persiste durante edades, hasta llegar a la cima de la montaña, la primera gran cima. La lucha entre las fuerzas produce las enfermedades, males y dolores corporales que buscan la liberación en la muerte. Las dos, las cinco y también las siete, además de aquello que ellas producen, poseen el secreto. Ésta es la quinta Ley de Curación dentro del mundo de la forma.

REGLA TRES

Que el curador concentre la necesaria energía en el centro necesario. Que ese centro corresponda al centro necesitado. Que ambos se sincronicen y juntos aumenten la fuerza. Así la forma que espera trabajará equilibradamente. Así los dos y el uno, correctamente dirigidos, curarán.

LEY VI 

Cuando las energías constructoras del alma están activas en el cuerpo, entonces hay salud, limpia interacción y correcta actividad. Cuando los constructores son los señores lunares, los cuales trabajan controlados por la Luna y a las órdenes del yo inferior personal, entonces hay enfermedad, mala salud y muerte. 

LEY VII

Cuando la vida o energía fluye sin impedimentos y, mediante la correcta dirección, alcanza su precipitación (la glándula relacionada), entonces la forma responde y la mala salud desaparece. [e392

REGLA CUATRO 

El cuidadoso diagnóstico de la enfermedad, basado en los síntomas externos verificados, será simplificado en tal medida que, cuando sea conocido y aislado el órgano implicado, el centro en el cuerpo etérico en más estrecha relación con él, será sometido a los métodos de curación esotérica, aunque no serán rechazados los métodos comunes, paliativos, médicos o quirúrgicos. 

LEY VIII 

Enfermedad y muerte son el resultado de dos fuerzas activas. Una es la voluntad del alma que dice a su instrumento: [i535] Yo retiro la esencia. La otra es el poder magnético de la Vida planetaria que dice a la vida, dentro de la estructura atómica: “La hora de la reabsorción ha llegado. Retorna a mí.” Así, de acuerdo a la ley cíclica, actúan todas las formas.

REGLA CINCO 

El curador debe tratar de vincular su alma, corazón, cerebro y manos. Así puede verter la fuerza vital curadora sobre el paciente. Esto es trabajo magnético. Puede curar la enfermedad o acrecentar el estado maligno, de acuerdo al conocimiento del curador.

El curador debe tratar de vincular su alma, cerebro, corazón y emanación áurica. Así su presencia puede nutrir la vida del alma del paciente. Esto es trabajo de irradiación. Las manos no son necesarias. El alma despliega su poder. El alma del paciente, a través de la respuesta de su aura, responde a la irradiación del aura del curador, inundada con la energía del alma.

LEY IX 

La perfección hace surgir la imperfección a la superficie. El bien expulsa el mal de la forma del hombre, en tiempo y espacio. La inofensividad es el método usado por el Ser Perfecto y empleado para el Bien. Esto no es negatividad, sino perfecto equilibrio, cabal punto de vista y comprensión divina. 

REGLA SEIS 

El curador o el grupo de curación debe mantener sujeta la voluntad, pues no debe emplearse la voluntad, sino el amor. 

LEY X

Atiende, oh discípulo, al llamado que el Hijo hace a la Madre, y luego obedece. La Palabra anuncia que la forma ha cumplido su propósito. El principio mente entonces se organiza a sí mismo, y luego repite la Palabra. La forma expectante responde y se desprende. El alma queda liberada.

Responde, Oh Naciente Uno, al llamado que proviene de la esfera de la obligación; reconoce el llamado que surge del Ashrama o de la Cámara del Concilio donde espera el Señor [i536] Mismo de la Vida. Se emite el Sonido. Tanto el alma como la forma deben [e393] renunciar al principio vida y así permitir a la Mónada liberarse. El alma responde. La forma rompe entonces la conexión. La vida queda ya liberada, debido a la cualidad del conocimiento consciente y al fruto de todas las experiencias. Estos son los dones del alma y de la forma, combinados. 

Nota: Esta última ley es la enunciación de una nueva que sustituye a la Ley de la Muerte y se refiere sólo a quienes están en las últimas etapas del sendero del discipulado y en las del sendero de iniciación.

Aplicación de las Leyes y Reglas

En las últimas páginas he aclarado ampliamente el tema, indicando -aun corriendo el riesgo de producir algún desaliento- ciertos requisitos esenciales para el curador de la nueva era y también algún contacto que deberá establecer con facilidad y prontitud cuando trata de curar. También definí la naturaleza de la Ley. Esto fue preliminar a la consideración de las Leyes, a las cuales el curador debe ajustarse, y de las Reglas que automática e intuitivamente obedecerá. Podríamos considerar estas Leyes y Reglas en mutua relación y también con el curador, pues varias de las Reglas están íntimamente relacionadas con una Ley que controla al curador.

Por la definición anterior, resultará evidente, en último análisis, que la enfermedad, la muerte, la mentira, la falsedad y la desesperación, son inherentes al planeta mismo, porque nuestro Logos planetario (como lo afirmé anteriormente, cuando ayudaba a H. p. B. a escribir La Doctrina Secreta) es un “Dios Imperfecto”. Después de la actual gran crisis mundial, incidental a nuestro Logos planetario, y habiendo recibido por lo tanto una iniciación cósmica, pasó al sendero cósmico, disminuyendo palpablemente sus imperfecciones; habrá mucha menos desesperación y enfermedad en la tierra una vez que se hayan efectuado los necesarios reajustes [i537] planetarios. Ustedes no lo verán aún, porque los reajustes tardarán siglos para efectuarse en tan amplia escala. Por lo tanto lo que tengo que decir respecto a la futura curación de la enfermedad no tendrá un valor práctico durante mucho tiempo, pero deben ser consideradas y discutidas la teoría y las indicaciones acerca de su posibilidad. También, durante mucho tiempo, la ciencia médica y el conocimiento quirúrgico desempeñarán una parte valiosa en la medicina preventiva, prácticas paliativas y procesos curativos. A éstos se agregarán acrecentadamente numerosos métodos psicológicos de curación, los cuales irán de la mano con los dos mencionados, anexándose a éstos los servicios de los curadores espirituales; así se irá desarrollando constantemente [e394] un acercamiento cabal al entero hombre, necesidad reconocida hoy en todas partes por médicos de ideas progresistas. Así también por medio del método experimental de prueba y error, mucho se aprenderá.

Los procesos de curación que estoy delineando e indicando por medio de estas Leyes y Reglas, son fundamentalmente nuevos. No se basan en afirmaciones como las de la Christian Science y otros cultos de curación mental; no tienen su fundamento en orígenes comprobados ni en pretendidos resultados, que sólo será posible alcanzar cuando la raza logre un nivel mucho más elevado de perfección que el observado actualmente o que sea factible de desarrollo inmediato. Como he dicho repetidas veces en este tratado, nada existe fundamentalmente malo en las afirmaciones hechas por estos grupos y organizaciones, acerca del hombre que ha llegado a expresar el alma y a obtener conciencia crística. Erróneo es pretender que el hombre común (que evidentemente no se halla en este avanzado punto de evolución) pueda realizar estos milagros de curación en sí mismo o en otros. Muy pocas personas han alcanzado esta etapa y ciertamente es muy raro que la alcance el curador que pertenece a dichos cultos y organizaciones. El curador de la nueva era reconocerá las limitaciones y las circunstancias condicionantes, además del destino. Esto predispone al [i538] desarrollo interno de los poderes que otorgan conocimiento. También será espiritualmente consciente de que la curación del cuerpo físico no constituye siempre el más elevado bien espiritual; la sobrestimación y el serio y ansioso cuidado de la vida de la forma, del vehículo físico, no es de mayor importancia.

El curador de la nueva era no trabaja ni lo hará directamente con el cuerpo físico; siendo ocultista, no considera a ese cuerpo como un principio. Actúa práctica y totalmente sobre el cuerpo etérico y las energías vitales, dejando que esas energías hagan impacto sobre el automatismo del cuerpo físico, de acuerdo a una intención dirigida; entonces producirán su efecto de acuerdo a la respuesta de ese cuerpo, que estará condicionado por muchos factores. Esas energías, dirigidas por medio del cuerpo etérico del paciente, o emanando de ese cuerpo, pueden traer la curación si el destino del paciente lo permite, o estimular de tal manera la zona enferma, que la dolencia sea llevada a una crisis y el paciente muera. Esto a menudo sucede bajo el tratamiento de los curadores de los cultos que ignoran las leyes de la curación y basan sus actividades en el conocimiento de una divinidad presente -aunque generalmente inexpresada.

Se requiere una mayor medida de percepción espiritual y comprensión mental antes de que pueda ser eficaz el sistema que [e395] propongo. Todo lo que doy en mis escritos es mayormente de índole precursora, y esto debe recordarse.

Estudiaremos ahora la Ley I; no tiene ninguna Regla agregada o relacionada con ella, pues es la afirmación básica de la principal teoría que fundamenta el trabajo del curador.

LEY I 

Toda enfermedad es el resultado de la inhibición de la vida del alma. Esto es verdad para todas las formas de todos los reinos. El arte del curador consiste en liberar al alma, a fin de que su vida pueda fluir a través del conglomerado de organismos que constituyen una forma determinada.

 [i539] Esta ley indica que el triple hombre inferior puede ser destruido por la enfermedad debido a que no está controlado por el alma. La enfermedad se aloja en el cuerpo físico, cuando la libre afluencia de la energía, que se vierte desde el alma, está inhibida y limitada. El hombre verdadero, el alma en su propio plano, suministra debidamente al organismo físico su energía creadora y regeneradora. Cuando existe una total e inobstruida afluencia del alma, hacia los siete centros vitalizadores, tenemos la perfecta salud que manifiesta el iniciado de cuarto grado, a no ser que en su caso le sea aplicado un karma experimental o iniciador. No obstante, como regla general y aparte de estas condiciones planetarias, un iniciado de alto grado no necesita un curador, pues nada en él requiere ser curado.

¿Qué debe hacer el curador cuando se halla ante un paciente y se da cuenta de la inhibición, evidenciada por la enfermedad? ¿Trabaja con el alma del paciente, de acuerdo a la ley? ¿Trata de que esa alma (en su propio plano) afecte definidamente al hombre, supervisando la trasferencia de la energía del alma a la mente, y de la mente al cuerpo astral, y de allí al vehículo etérico? De ningún modo. En los casos de verdadera y grave enfermedad, el estado del paciente es por lo general de tal naturaleza que no le es posible responder convenientemente al tratamiento que intenta emplear, consciente o inconscientemente, el curador. Cualquier esfuerzo mental está más allá de su poder y por lo tanto no podría colaborar con el esfuerzo de su alma para transferir energía; la actividad de su cuerpo astral generalmente está concentrada en la expresión de un gran deseo de vivir y de desembarazarse de la enfermedad, a no ser que el enfermo esté tan grave que haya llegado a la etapa donde sencillamente no le importa nada y vaya perdiendo rápidamente la voluntad de vivir. A estas dificultades debe agregarse el hecho de que muy pocas personas se hallan tan integradas que pueden funcionar como personalidades íntegras, en [i540] respuesta a la estimulación del alma.

[e396] Se hallan polarizadas generalmente en cualquiera de sus tres cuerpos y este hecho también presenta para el curador una poderosa condición limitadora. Análoga y muy frecuentemente, el hombre está tan intensamente preocupado con el presente malestar y dolor del cuerpo físico denso, que las impresiones superiores que pudieran venir a través de la mente o de los cuerpos egoicos, serían incapaces de hacerlo. ¿ Entonces, qué debe hacer el curador entrenado e instruido?

Ante todo debe comprender que el cuerpo etérico es el factor más importante y el principal vehículo de preocupación. En consecuencia concentra su atención sobre ese cuerpo de energía. Ello implica la necesidad de averiguar ciertos hechos y luego establecer algunos puntos de contacto eficazmente útiles.

Lo primero que debe averiguar es la fuerza con que el alma se ha aferrado, y todavía se aferra, a su personalidad. Debido a que el paciente vive aún, el curador se da cuenta de que el alma todavía está definidamente presente, por intermedio de los centros coronario y cardíaco del cuerpo etérico, anclando así los principios de conciencia y vida. Si el paciente se halla inconsciente, las dificultades del curador se acrecientan grandemente en algunos casos, aunque disminuyen en otros. Si es retirado el principio conciencia del centro coronario del cuerpo vital, entonces el curador sabe que puede sobrevenir la muerte y ve con más claridad su camino, particularmente si se produce una disminución de la luz de la vida, en el corazón. Si la conciencia aún se halla poderosamente presente, se da cuenta que aún existe la posibilidad de curar, entonces puede, con mayor confianza, continuar con el trabajo a realizar. Me refiero a la persona común. En el caso de los iniciados esto es algo diferente, porque con frecuencia permanecen plenamente conscientes durante el proceso de la muerte.

Por consiguiente, comprenderán la fundamental necesidad de que el curador de la nueva era sea clarividente o -mucho mejor [i541] aún- posea la verdadera percepción espiritual con su don de infalibilidad. Su primer tarea es investigar o “ver ocultamente” el cuerpo etérico del paciente y así llegar al conocimiento siguiente: 

1.    La potencia con que el alma influye a su cuerpo etérico. Esto está indicado por el punto de luz en el centro coronario y su zona de irradiación.

2.    La condición del centro etérico que controla o rige la zona en la cual está enfocado el malestar físico.

3.    La relación de los centros ubicados arriba del diafragma, [e397] con los de abajo, porque le dará una indicación general del  grado de evolución del hombre a ser curado.

Habiendo averiguado estos puntos, según su capacidad, podrá entonces tratar, de acuerdo a la ley de la “vida inhibida del alma”, y mediante el poder de su propia alma (trabajando en los niveles superiores del plano mental y a través de su centro coronario), de estimular el punto de la vida del alma en el cuerpo etérico del paciente. Esto lo hará con la idea de llevar, si es posible, una mayor afluencia de la energía del alma del paciente hacia el centro coronario, a fin de que el hilo de la vida pueda llevar un mayor abastecimiento de la vida al corazón. De esta manera "la propia vivencia” del paciente producirá la curación deseada; aparentemente será curado por la naturaleza misma, o por el método normal y natural de una adecuada vitalidad, y así podrá desembarazarse de la enfermedad.

Cuando el curador, por lo tanto, reconoce y actúa con esta ley, reconoce y emplea los siguientes puntos de contacto:

1.    El alma del paciente, anclada en su cuerpo etérico. [i542] 

2.    El alma del curador, abocada a la estimulación de ese punto de contacto con el alma, mediante el siguiente triángulo de energía: 

IMAGEN

Esto pone en relación el cuerpo vital del curador con el del paciente, por intermedio de sus centros coronario y cardíaco, porque allí está enfocado y estrechamente involucrado el principio vida, y lo afecta cualquier cosa que ocurra.

3.    Cuando este triángulo de energía funciona correctamente y se está recibiendo alguna respuesta del centro coronario del paciente, evocando un mayor contacto con el alma y produciendo una resultante afluencia de energía del alma dentro del centro coronario y de allí al centro cardíaco, entonces -por un acto de la voluntad y el empleo de un mántram invocador- el curador tratará de complementar, por intermedio del corazón, esta acrecentada afluencia de vida a la zona enferma, empleando el centro que controla esa zona del cuerpo físico. [e398] Esto debe realizarse con el mayor cuidado posible para que la afluencia no sea demasiado brusca y en consecuencia de efectos destructores; también debe tenerse especial cuidado en los casos de enfermedades cardíacas; la embolia, por ejemplo, que es fatal, frecuentemente se debe a la violenta manifestación, por parte del paciente, de la voluntad de vivir, produciendo una afluencia anegadora del principio vida. Esto hace un impacto sobre el corazón, demasiado repentino, causando un movimiento análogamente repentino en la corriente sanguínea y también la embolia, produciendo la muerte. Describo esto en términos poco técnicos, [i543] exponiéndome a la crítica de los expertos, pero lo hago con el fin de impartir al lector lego una idea general de los riesgos involucrados y así lograr prudencia dentro del entusiasmo.

Esta ley abarca ciertas premisas fundamentales y muy poco más puedo decir acerca del valor de sus implicaciones. Mucho se aprenderá aceptando las premisas y trabajando sobre lo que ellas implican. Lo dicho está muy lejos de ser lo que podría haber dicho, pero he dado al estudiante una sencilla y activa comprensión de ciertos conceptos esenciales y básicos. Ahora entraremos a considerar la Ley II y la Regla Uno.

LEY II

La enfermedad es el producto de tres influencias y está sujeta a ellas: Primero, el pasado del hombre, en que paga el precio de antiguos errores; segundo, su herencia, donde comparte con todo el género humano esas contaminadas corrientes de energía de origen grupal; tercero, su participación, con todas las formas naturales de aquello que el Señor de la Vida impone a Su cuerpo. Estas tres influencias son denominadas “La antigua Ley de Participación del Mal”. Algún día ésta debe ceder su lugar a la nueva “Ley del Antiguo y Predominante Bien”, que reside detrás de todo lo que Dios ha creado. Esta ley debe ser puesta en vigencia por la voluntad espiritual del hombre.

Esta Ley contiene afirmaciones muy amplias y en realidad constituye el resumen de dos leyes, una de las cuales rige en la actualidad y la otra lo hará eventualmente. En bien de la claridad y porque las personas leen comúnmente en forma muy superficial, permítanme dividir esta ley en sus diferentes afirmaciones y así podrán adquirir una mejor idea de sus implicaciones: 

1.      La enfermedad es el producto de tres influencias y está sujeta a ellas: [i544]

a.      El pasado del hombre, en que paga el precio de antiguos errores.

b.      Su herencia, donde comparte con todo el género [e399] humano esas contaminadas corrientes de energía de origen grupal.

c.      Su participación, con todas las formas naturales, de aquello que el Señor de la Vida impone a Su cuerpo. 

2.     Estos tres tipos de energías se denominan “La Antigua Ley de Participación del Mal”. 

3.      La “Ley del Antiguo y Predominante Bien” que reside detrás de todo lo que Dios ha creado.

4.     Esta Ley reemplazará algún día a la “Antigua Ley de Participación del Mal”.

5.    Será puesta en vigencia por la voluntad espiritual del hombre.

Esta ley retrotrae el pensamiento del hombre hasta la ley básica del karma, que, como bien saben, es ineludible y que el curador moderno, en los actuales cultos y organizaciones de curación, pasa por alto constantemente. Ya nos hemos ocupado de estas influencias y causas predisponentes y no es necesario elaborarlas más, excepto decir que una de las cosas más útiles que el paciente debe recordar y el curador tener presente, es que la enfermedad tiene sus raíces en el pasado (un pasado grupal o individual) y puede ser, en último análisis, una forma benéfica de pagar antiguas deudas. Esto induce al paciente a mantener una actitud pasiva y constructiva -no una pasividad que conduce a la inactividad, sino que despierta el sentido de responsabilidad para una correcta acción. Esta correcta acción conducirá a cancelar totalmente la deuda, mediante el bien conocido proceso de la muerte, o al éxito de los pasos emprendidos, para lograr la salud. En el caso del curador, lo conducirá al conocimiento de poderosas fuerzas que actúan a través del paciente, y a aceptar [i545] lo que el destino le ha asignado; en ambos casos la febril ansiedad, tan a menudo presente, no se entrometerá entre la intención del curador y el paciente, evitando sensatos acontecimientos.

Otra cosa de importancia para el paciente es tener presente, si su estado lo permite, que está sufriendo el mismo destino y sino de la mayoría, y que él no es el único. Un correcto tratamiento para restablecer la salud constituye el principal factor para eliminar la separatividad y el sentido de soledad y aislamiento; por esta razón los efectos de la mala salud, cuando se los maneja correctamente, conducen a dulcificar el estado de ánimo y acrecentar la simpatía. El sentido general de compartimiento y participación, se aprende comúnmente de la manera más dura -repito, tal es la ley.

En esta ley tenemos la clave de aquello que finalmente erradicará de la tierra a la enfermedad. Permítaseme decirlo en forma [e400] más sencilla. Cuando la mayoría de los habitantes de la tierra se orienten rápidamente hacia el bien, hacia la rectitud, como lo expresa La Biblia, y cuando el conjunto de seres humanos se incline hacia la buena voluntad (la segunda y principal expresión del contacto y la influencia del alma en la vida del individuo y de la humanidad -la primera expresión es el sentido de responsabilidad), entonces la persistente mala salud irá desapareciendo, aunque sólo gradualmente, y se desvanecerá y dejará finalmente de existir. Esto sucede en forma lenta, muy lenta -no la desaparición de la enfermedad, sino la obtención de una orientación más correcta. Lo que ello realmente significa es que el canal de contacto entre el individuo y su alma y el alma de la humanidad, es cada vez más directo y sin obstrucción. El alineamiento se va logrando. Por lo tanto, pueden ver nuevamente por qué el curador durante la vida debe poner el énfasis sobre el contacto y el alineamiento y por qué muy pocos pueden lograrlo. Los curadores de hoy establecen poco o ningún contacto, y casi no tienen conciencia directa de la necesidad [i546] ni verdadero conocimiento de las técnicas a seguir.

Es conveniente captar este importante punto para evitar el desengaño. Las enfermedades no desaparecerán del mundo, súbita ni milagrosamente, en el período inmediato que anuncia la nueva era. Si así fuera, implicaría que la Ley de Karma ha dejado de regir y esto no es así.

La frase final de esta segunda ley da una indicación básica acerca del período de tiempo: la Ley del Bien Predominante, que será puesta en vigencia por la voluntad espiritual del hombre. ¿Qué significa esto? Significa que cuando un sinnúmero de hombres estén controlados por la Tríada espiritual, hayan construido el antakarana y puedan en consecuencia emplear la voluntad espiritual, se erradicará la enfermedad y solamente regirá el bien. Por supuesto este proceso será gradual y casi imperceptible en las primeras etapas. Nuevamente, ¿por qué esto es así? Porque el mal, la delincuencia y la enfermedad son el resultado de la gran herejía de la separatividad y porque rige el odio y no el amor. No olviden que quien no ama a su hermano es un criminal, y constituye siempre el símbolo del odio. El sentido de universalidad y de identificación con todos, no existe aún, excepto en los discípulos avanzados e iniciados; la conciencia de masa y la manifestación del instinto de rebaño no debe confundirse con el sentido de unicidad que señala a la persona correctamente orientada. En la nueva era, las enseñanzas sobre el antakarana y la constitución del hombre, principalmente desde el ángulo de los “tres cuerpos periódicos” y no tanto desde el triple hombre inferior, se acentuará particularmente en las escuelas superiores [e401] de enseñanza, sentando así una sólida base para las escuelas esotéricas, las cuales irán surgiendo lentamente. Con ello se obtendrá una nueva perspectiva para la humanidad. Se enseñará la naturaleza de la voluntad espiritual, en contraposición con la voluntad personal egoísta; [i547] por su intermedio las grandes y nuevas potencias serán liberadas sin peligro en la vida diaria.

Hasta ahora ni los discípulos tienen una mínima idea del excesivo poder de la voluntad triádica. Aquí podría afirmarse que esos curadores que poseen conciencia triádica y pueden ejercer la potencia de la vida y la voluntad monádica, por intermedio de la Tríada espiritual, siempre obtendrán éxito, no cometerán errores, porque poseerán una exacta percepción espiritual, lo cual les permitirá saber si es factible la curación y, mediante el empleo de la voluntad, actuar con poder y sin peligro sobre el centro coronario del paciente. Lógicamente confinarán sus poderes curativos para quienes viven enfocados en la cabeza. Estimularán al alma, anclada allí, para que entre en actividad efectiva, iniciando así la verdadera autocuración.

Observarán por lo antedicho, cuán relativamente sencillas son estas Leyes, si se las considera detenidamente, y cuán bellamente están relacionadas entre sí. El dominio y la comprensión de una, facilita la comprensión de la siguiente.

Recuerden que la voluntad actúa a través del centro coronario y, teniendo esto presente, relacionen la información dada al principio de esta instrucción acerca de la Ley I. con lo que he dado aquí. Si estudian profundamente estas leyes quienes tratan de aprender a curar espiritualmente, y si el curador se esfuerza en ajustar su vida a las reglas, se irán configurando en su mente un definido método de curación y una emergente técnica y se acrecentará grandemente su servicio efectivo. También observarán que no doy reglas y leyes aplicables a enfermedades específicas. Me temo que esto desilusione a muchos trabajadores sinceros, pues esperan que indique lo que se debe hacer, por ejemplo, para curar el cáncer del hígado, la neumonía, la ulcera gástrica, o ciertos tipos de enfermedades cardíacas. No tengo la intención de hacerlo. Mi trabajo es mucho más fundamental. Me ocupo [i548] de las causas y principalmente del cuerpo etérico como distribuidor de energías o detentor de esas energías cuando son trasformadas en fuerzas; trato del estado de conciencia del curador y de las teorías que debe abarcar, de su comprensión acerca de la relación del alma con sus vehículos de expresión (particularmente, en el caso de curación, con el cuerpo vital) y del control de los centros establecidos en cada zona del cuerpo, ya sea distribuyendo libremente la energía y manteniendo el cuerpo en buena salud [e402] o        -por una actividad subdesarrollada o inhibida- produciendo esas condiciones que hacen posible y probable la enfermedad.

Podrán observar, por lo tanto, la simplificación del proceso de curación cuando reconocemos y comprendemos las causas responsables del funcionamiento del cuerpo en el plano externo. El curador debe recordar los hechos, en las siguientes secuencias: 

1.    La realidad de la existencia del alma, que actúa a través de

2.    la mente y el cuerpo astral, cuyas energías condicionan a

3. el vehículo etérico, un vórtice de energías enfocadas a través de numerosos centros, mayores y menores.

4.    Los siete centros mayores, que controlan zonas definidas del cuerpo a través de

a.    los nadis,

b.    los nervios,

c.     el sistema endocrino,

d.    la corriente sanguínea.

Estos cuatro grupos de aspectos condicionados del hombre, conciernen a la vida y a la conciencia, los dos principales aspectos del alma cuando se manifiestan en el plano físico.

[i549] La medicina ortodoxa se ha limitado necesariamente hasta la fecha, a los síntomas objetivos y a su aparente causa inmediata, y por consiguiente a los efectos y no a las verdaderas causas. La curación de que me ocupo está dirigida a la reorganización y revitalización del cuerpo etérico, con la intención de penetrar, tras los indicios formales externos de condiciones incorrectas, hasta el vehículo de energías que -si funciona correctamente y está alineado debidamente- mantendrá al cuerpo físico en buenas condiciones y libre de enfermedad. El conocimiento requerido por el curador en la nueva era es, no obstante, más fundamental y menos minucioso. Se ocupa de las zonas y no de los órganos, se ocupa de las energías y sus puntos de distribución, y no de los detalles del cuerpo físico, la construcción de los órganos y su mal funcionamiento. Se ocupará de los siete centros etéricos, de los nadis a través de los cuales ellos afectan y estimulan (independientemente de las radiaciones) al sistema nervioso; vigilará cuidadosamente el sistema nervioso y la corriente sanguínea que son afectados cuando los centros irradian a través de las hormonas que allí se encuentran y sobre ellas. Pero la tónica de todo este trabajo será la distribución dirigida, y el centro de su atención los canales de distribución -el entero sistema de los centros etéricos.

Les pediría encarecidamente que reflexionen con detención sobre toda esta información. La nota clave de la buena salud, [e403] esotéricamente hablando, es compartimiento o distribución, como también lo es para el bienestar general de la humanidad. Los males económicos del género humano se asemejan mucho a las enfermedades del individuo. Las necesidades de la vida no afluyen libremente a los puntos de distribución, los cuales están inactivos; su distribución adolece de defectos y sólo mediante una sensata y mundial comprensión del principio de compartir de la nueva era, se curarán los males de la humanidad; únicamente por  la correcta distribución de la energía se curarán también [i550] los males del cuerpo físico del individuo. Esto es lo fundamental (diría, el principio fundamental) de toda curación espiritual. En último análisis, ello también presupone un eventual y científico reconocimiento del cuerpo etérico del planeta, y en consecuencia del hombre.

Entraremos ahora a considerar la Regla Uno.

REGLA UNO

El curador debe entrenarse a fin de conocer el nivel interno de los pensamientos y deseos de quien busca su ayuda. Así podrá conocer la fuente de donde proviene la dolencia. Debe relacionar la causa y el efecto  y conocer el punto exacto por el cual debe llegar el alivio.

Será evidente que la primera regla que el curador debe dominar es necesariamente importante. Sus implicaciones son básicas y esenciales si se quiere efectuar una cura, y el curador no quiere perder tiempo en intentar lo imposible. Esta regla contiene cuatro mandatos:

1.    El curador debe entrenarse a fin de conocer si el paciente está mental o astralmente (emocionalmente) enfocado.

2.    Puede y debe por lo tanto, averiguar las bases psicológicas de la perturbación existente.

3.    Entonces será capaz de averiguar el lugar del efecto (la enfermedad) por la percepción de la causa subyacente.

4.    Esto le permitirá conocer

a.    la zona afectada,

b.    el centro del cuerpo etérico que controla esa zona.

También se comprenderá por qué comencé por analizar la enfermedad y la curación, presentando las causas psicológicas. [i551] Esta primera regla está relacionada con toda esa parte de la enseñanza que, como podrán ver, es intensamente práctica.

Cuando se conoce la polarización de la personalidad emergen dos factores principales: el acercamiento puede hacerse a través de los centros coronario o cardíaco si el paciente es muy [e404] evolucionado -presumiblemente el curador lo sabe por las indicaciones del carácter y la efectividad de su vida-, o el acercamiento puede hacerse por medio del centro laríngeo o el centro plexo solar si el paciente es una persona común y de una evolución similar; si es un ser humano subdesarrollado, de grado relativamente inferior, el punto exacto a través del cual llegará el alivio será el centro plexo solar o el sacro. Es interesante observar que cuando un hombre se halla en un grado tan inferior de la escala evolutiva que debe llegarse a él etéricamente por intermedio del centro sacro, con frecuencia se cura fácilmente y responderá con mayor rapidez que otros a lo que a menudo se denomina manipulación etérea. Una de las razones de esto consiste en que su mente y sus emociones no presentan un real obstáculo y todas las energías disponibles pueden ser dirigidas en forma ininterrumpida a la zona enferma.

Si el curador es clarividente, puede averiguar con facilidad el punto de entrada de las fuerzas curativas, porque la “entrante luz” será entonces más brillante; la luz del centro mismo impartirá la información necesaria. Si el curador es muy avanzado, no empleará ningún tipo de percepción síquica, sino que reaccionará inmediatamente, al establecer contacto con una impresión tan poderosa proveniente del paciente, que no podrá ser rechazada y probablemente sea adecuada, pudiendo depender de ella. Sin embargo debe recordarse que debido a la integridad del alma humana y a que toda alma es por propia naturaleza un Maestro, se permitirá siempre un margen de error en lo que concierne al curador, aunque el curador sea un iniciado; allí le será evidente que existe un punto donde el hombre espiritual (del cual el paciente es sólo [i552] un reflejo) controla, y más allá del cual -excepto como alma en igualdad de condiciones con el alma del paciente- no puede ni se atreve a llegar. Existen condiciones, por ejemplo, en que un discípulo avanzado o un alto iniciado (con el propósito definido de abandonar su vehículo físico) puede permitir que las fuerzas de la desintegración, delimitación y destrucción, rompan y destruyan su forma física externa. Cuando esto sucede, quizás el curador no se dé cuenta de la intención; sin embargo, podrá ser consciente de la oposición y se verá forzado a desistir de sus esfuerzos para curar.

Cuando el paciente es un tipo estrictamente mental, la aplicación de los procesos de curación debe hacerse por medio de un centro superior, el coronario. Será inteligente que el curador obtenga la colaboración consciente del paciente, a fin de que las dos voluntades funcionen al unísono; esto implicará una relación positiva entre ambos. Cuando el paciente no está tan evolucionado, el curador deberá esforzarse por despertar en el hombre [e405] un espíritu de esperanzada pasividad; en este caso la naturaleza emocional será más fuerte que la del individuo más evolucionado, y la tarea del curador, por consiguiente, más ardua. Muy a menudo tendrá que combatir la ansiedad, las reacciones emocionales de diversos tipos, el temor y las premoniciones. La condición psicológica será por lo tanto fluida, y el curador tendrá que ayudar mucho al paciente a mantener una constante reacción emocional y llegar a calmarse y hacerse pasivo. Esta reacción pasiva debe ser lograda si se quiere que las energías curadoras pasen efectivamente al debido centro y a la zona que él controla. Esto se puede obtener estableciendo una relación armoniosa entre el curador y el paciente, previamente a cualquier proceso curador. Los curadores de la nueva era tendrán también su propia clientela, igual que los médicos de hoy, y aprenderán a conocer la constitución y el temperamento de quienes soliciten su ayuda; también deberán educarlos acerca de ciertos procesos y técnicas de curación [i553] como preparación para su uso posterior, si es necesario; no obstante, esto aún está muy lejano.

Cuando el paciente es un ser humano subdesarrollado, de grado muy inferior en la escala evolutiva, será controlado psicológicamente por la personalidad consagrada del curador y por la imposición de la voluntad del curador sobre el cuerpo etérico del paciente. Esto no significa que la imposición de la energía de la voluntad sobre una persona negativa, impulse al paciente a la acción y ponga en peligro la pequeña medida de libre albedrío que posee; significa imponer la autoridad del conocimiento y la estabilización espiritual sobre el paciente, despertando en él la confianza y la disposición a obedecer.

Tenemos aquí los tres primeros pasos que el curador debe dar, respecto al paciente y su siquis inferior:

1.    Obtener la colaboración de la personalidad del hombre evolucionado; sólo la personalidad requiere curación.

2.    Producir una condición de esperanzada pasividad, por parte de la personalidad del hombre común; todavía no es capaz de colaborar inteligentemente, pero puede manejarse a sí mismo, de modo de reducir al mínimo los obstáculos de la personalidad.

3.    Inducir las sugerencias del curador a una confiada obediencia. Esto es todo lo que el hombre subdesarrollado puede hacer.

Será evidente que las amplias generalizaciones, tal como la anterior, no abarcan a todos los tipos humanos ni a los numerosos tipos y etapas intermedias. El curador deberá amar verdaderamente a sus semejantes y ser al mismo tiempo sicólogo entrenado; [e406] esto significa que deberá practicar la curación como alma y también como mente perceptora.

[i554] Aquí debe observarse otro punto. Un problema que el curador tendrá que enfrentar con los tipos mentales, es la tendencia a mantener en la cabeza, o por lo menos arriba del diafragma, todas las energías que provienen del alma; esto no significa que todas las zonas del cuerpo abajo del diafragma están habitualmente desprovistas de las energías necesarias, sino que su funcionamiento es mayormente automático y el hombre no está acostumbrado a dirigir conscientemente la energía al centro y a su zona de control abajo del diafragma. Quizás sea necesario darle instrucciones, si trata de colaborar con el curador e intenta efectuar una curación. Su enfoque mental y la actividad del centro coronario constituirán una gran ayuda, siempre que acepte las instrucciones sobre el arte de dirigir la energía, pudiendo hacerlo comúnmente, si no está demasiado enfermo o preocupado en mantener un contacto consciente con su cuerpo. Cuando está incapacitado para enfocar su atención, sea por dolor y falta de conciencia física o excesiva debilidad, el curador tendrá que trabajar principalmente de alma a alma, y confiar en una adecuada armonía entre el alma y el cuerpo etérico del paciente, para obtener la curación, si tal es el destino del hombre.

Cuando se origina la dificultad en el cuerpo emocional o astral, la tarea del curador no es tan fácil; tiene entonces que trabajar, enfocado como alma, en su centro coronario, pero dirigiendo la necesaria energía y controlando la naturaleza emocional del paciente por intermedio de su centro plexo solar, correctamente orientado. Me refiero aquí al centro plexo solar del curador, que por regla general no lo utiliza como punto de enfoque o de atención en su propia vida. El curador ha adquirido la facilidad de emplear a voluntad todos sus centros, considerándolos como puntos de distribución de energía dirigída. Quisiera hacerles notar que dicha energía no va dirigida con un fin curativo, sino que la energía del alma del curador se dirige a [i555] controlar algún centro en el cuerpo del paciente, debido a su desplegado emocionalismo, y también a reorganizarlo como centro receptor de las energías curativas que emanan de la propia alma del paciente -algo muy distinto y que debe tenerse muy en cuenta.

El curador, por consiguiente, utiliza dos centros, hablando normalmente: su propio centro coronario y ese centro en su propio cuerpo, correspondiente a la zona enferma y al centro que la controla. En toda exitosa curación debe establecerse una relación simpática. “De alma a alma, ambos son uno; de extremo a extremo, juntas deben sufrir; de lugar a lugar están aliados, y [e407] entonces la corriente dual de energía trae como resultado la curación”. Según reza en un antiguo libro de los archivos de los Maestros.

Una de las mayores dificultades que el curador encara, particularmente, y si es relativamente inexperto, es el resultado de esta relación simpática establecida. Puede ocurrir que se produzca lo que denominamos “transferencia”. El curador toma sobre sí las condiciones de la enfermedad o del malestar y se hace cargo de ellos, no en forma real sino sintomáticamente. Esto puede incapacitarlo o por lo menos interceptar la libre actividad de los procesos curadores. Es un espejismo y una ilusión, y tiene sus fundamentos en la habilidad que ha adquirido el curador para identificarse con su paciente; también está fundamentado en su ansiedad y en el gran deseo de brindarle alivio. El curador se preocupa tanto por la necesidad del paciente y se ha descentralizado tanto de su propia conciencia identificada y positiva, que Inadvertidamente se ha hecho negativo, quedando temporariamente sin protección. Para curar esto, si el curador descubre en sí mismo esta tendencia, lo hace por medio del centro cardíaco y también del centro coronario, manteniendo así una constante afluencia de la energía positiva de amor vertiéndose hacia el paciente. Ello lo aislará de la enfermedad, pero no del paciente. Puede lograrlo trabajando [i556] por medio del centro cardíaco dentro del brahmarandra (el centro coronario), acrecentando grandemente la potencia de su trabajo curador; sin embargo, presupone un alto grado de desarrollo por parte del curador. El curador espiritual común tendrá que vincular los centros coronario y cardíaco, por un acto específico de la voluntad. Entonces se dará cuenta que el amor que fluye de él hacia el paciente evitará el retorno de las emanaciones indeseables desde el paciente, las cuales han estado afluyendo hacia él; esto es así porque al existir tal afluencia, milita contra el paciente que está siendo curado.

El curador que responde al anhelo interno de curar, encarará, corno podrán ver, un rígido curso de entrenamiento antes que su propio equipo -la personalidad, el cuerpo etérico y sus centros- sea sometido al alma, en tal forma que ya no constituya una obstrucción para el arte de curar. En consecuencia, respecto a sí mismo, debe aprender a:

1.    Establecer un rápido alineamiento entre el alma, la mente, el Centro coronario y el cerebro físico.

2.    Emplear la mente, iluminada por el alma, en el diagnóstico psicológico de las causas de la enfermedad que se propone tratar.

3.    Aplicar y establecer métodos de radiación simpática con el paciente. [e408]

4.    Buscar medios para protegerse a sí mismo de cualquier trasferencia producida por dicha relación.

5.    Establecer una correcta relación con el paciente, ya sea de colaboración, pasividad o control espiritual.

6.    Formular diagnósticos físicos y localizar la zona desde donde vendrá el alivio por medio del centro controlador.

7.    Colaborar con el alma del paciente, de tal manera que su cuerpo etérico enfoque todas las energías que afluyen para aliviar la zona enferma. Esto involucra la actividad directa del cuerpo etérico del curador en conexión [i557] con una renovada actividad por parte del cuerpo etérico del paciente.

8.    Retirar técnicamente su poder curador cuando la técnica del paciente es adecuada para la empresa.

Creo que he dado lo que se necesita para el estudio y reflexión inmediatos. He demostrado que el arte de curar no es un vago proceso místico, un anheloso deseo ni simplemente buenas intenciones. He indicado que presupone ante todo, el dominio de la ciencia del contacto con el alma, la constante práctica del alineamiento y la comprensión de la Ciencia de los Centros, o -literalmente- una forma moderna de Laya Yoga. En el futuro, los curadores recibirán durante muchos años un entrenamiento drástico y esto no debe sorprenderlos, pues la profesión médica común exige años de intenso estudio y trabajo. Muchos curadores de la nueva era combinarán el estudio y conocimiento ortodoxos con el arte de la curación espiritual.

Cuando los curadores entrenados, que poseen percepción, cabal conocimiento del cuerpo etérico, comprensión de las energías que lo componen y que trasmite o puede trasmitir, y también comprensión de la sutil constitución del hombre y de los métodos para dirigir energías de un punto y lugar a otro, puedan trabajar con pleno conocimiento médico y con la total colaboración del médico o cirujano ortodoxo, entonces se producirán grandes cambios. Llegará a la raza humana una gran iluminación.

Para esto debemos prepararnos -no principalmente para la curación del cuerpo físico, sino para la expansión de la conciencia de la raza que, con este nuevo y esotérico estudio, se logrará.

Hemos tratado ciertas realidades fundamentales que deben dominar esencialmente todos los curadores que se esfuerzan en aplicar el nuevo tipo de curación esotérica; [i558] lo expuesto es muy importante. Cada punto presentado podría constituir la base de una prolongada discusión, pero no es posible hacerlo en este tratado, porque sólo intento indicar futuras posibilidades. También procuro fomentar la desconfianza en el actual acercamiento del mundo metafísico, al tema de la enfermedad y su curación, [e409] y de socavar -si puedo emplear tan drástica expresión- la confianza que ha puesto el público en los así llamados métodos de curación de la nueva era, en los sistemas de la Christian Science, en la Ciencia Mental y en esas escuelas de pensamiento que intentan curar desde el ángulo de la afirmación de la divinidad del hombre, y la pretensión que esa inherente e innata divinidad garantiza su curación. Dicha pretensión es un espejismo y un engaño, como frecuentemente he tratado de demostrar.

Ahora, abordaremos una ley que (si se la comprende adecuadamente) demostrará cuán inadecuado resulta el acercamiento del moderno metafísico a este tema y -aunque ella ubica en una base sólida nuestras instrucciones sobre la curación- posterga muy definidamente a una época más distante la era de la verdadera curación ocultista. Esta tercera ley es la siguiente:

LEY III

Las enfermedades son el efecto de la centralización básica de la energía vital del hombre. Del plano en que dichas energías están enfocadas provienen esas condiciones determinantes que producen mala salud. En consecuencia, se manifiestan como enfermedad o como buena salud.

Esta ley indica que una de las principales determinaciones del curador consiste en llegar a ese nivel de conciencia desde donde emana la energía predominante en el cuerpo etérico. Recordaré aquí que en La Doctrina Secreta H. P. B. establece que plano y estado de conciencia son términos sinónimos e intercambiables; en todos mis escritos no trato de hacer hincapié sobre [i559] el nivel de la materia o sustancia (un plano, como se lo llama) sino sobre la conciencia, cuando se expresa en esa zona ambiental de la sustancia consciente.

Esta antigua ley asegura que la enfermedad es un efecto de la centralización básica de la energía vital del hombre, la cual no es la misma que la energía o fuerza de la conciencia, sino que la conciencia es siempre el factor directriz en toda expresión de la vida inmanente, porque existe básica y únicamente una energía mayor -la energía de vida. Donde está enfocada la conciencia del hombre, la energía de vida reunirá allí sus fuerzas. Si la conciencia está enfocada en el plano mental o en el astral, la energía de vida no estará tan fuertemente enfocada ni anclada en el centro cardíaco (el centro donde se halla el principio vida), y sólo una parte de su energía vital encontrará su camino hacia el cuerpo físico, vía el vehículo etérico. La mayor parte será retenida (empleando una palabra inadecuada) en el plano donde la conciencia funciona predominantemente o -en otras [e410] palabras- su expresión estará condicionada por el estado de conciencia correspondiente a ese nivel de percepción o lugar de contacto con el Todo divino, o Conciencia divina, que hace posible el grado de evolución en el hombre.

La tarea del curador consiste por lo tanto en descubrir dónde se halla este foco de conciencia; ello nos retrotrae al punto donde dije que el paciente es esencialmente de tipo mental o emocional, y muy raras veces su conciencia está centrada exclusivamente en lo físico. Cuando esa conciencia se haya estabilizado en la del alma, habrá pocas enfermedades, y los trastornos físicos del paciente muy evolucionado serán vinculados entonces con el impacto que la energía del alma hace sobre un vehículo físico no preparado; en esta etapa sólo lo afectarán ciertas enfermedades principales. No será susceptible a las pequeñas dolencias y a las [i560] constantes e insignificantes infecciones que convierten la vida del hombre común o subdesarrollado en molesta y difícil. Podrá sufrir de enfermedades cardíacas y nerviosas y dolencias que afectan la parte superior del cuerpo y esas zonas controladas por los centros ubicados arriba del diafragma; no obstante, las dificultades producidas por intermedio de los centros etéricos menores (de las cuales existen muchas), o por los centros ubicados abajo del diafragma, no existirán generalmente -a no ser (como puede suceder en el caso de un discípulo muy avanzado) que deliberadamente haga suyas las condiciones engendradas por su servicio mundial a los hombres.

Debido a que la mayoría de los seres humanos están actualmente centralizados en el plano astral (o en el cuerpo astral), se evidencia inmediatamente la clave de una de las fuentes más grandes de la enfermedad. Cuando la conciencia de la raza se traslade al plano mental -y esto tiene lugar lentamente- entonces desaparecerán las enfermedades más ampliamente conocidas y prevalecientes y sólo quedarán las de tipo mental o las de los discípulos para perturbar la paz del individuo. Sobre éstas ya me ocupé en un tomo anterior.1

La Ciencia Mental (tal como se expresa en la pobre imitación de la realidad denominada pensamiento) reconoce correctamente que las emociones del hombre son responsables de gran parte de las enfermedades. También es correcto en sus esfuerzos por lograr que el paciente cambie sus actitudes emocionales y reaccione en diferente línea, ante la vida, las circunstancias y la gente. Pero está muy equivocada si cree que eso es suficiente; al ignorar todos los procedimientos científicos vinculados con el cuerpo etérico, no tiene cómo relacionar la naturaleza emocional con el vehículo físico, por lo tanto existe una laguna en sus [e411] razonamientos y una falla consiguiente en su [i561] técnica. Esto hace que sus actividades sean inútiles, excepto desde el ángulo del carácter. Cuando ha logrado una curación, se debe a que en cualquier caso el paciente estaba destinado a recuperarse, pero ha servido un propósito útil al corregir la condición del carácter, por el cual se mantuvo en constante peligro de enfermarse. Ella no ha obtenido la curación, y proclamarlo es un engaño tanto para el curador como para el paciente. Todo engaño es peligroso y obstaculizador.

Sería útil que indicara en amplias y generales líneas algunos tipos de enfermedades que pudiera producir por ejemplo, la centralización de las fuerzas de la vida en el plano astral. Únicamente las clasificaré, sin detallar, porque hasta que los modernos curadores no reconozcan la realidad del cuerpo etérico y trabajen científica e inteligentemente con él y sus centros controladores de fuerza, será inútil cualquier cosa que pudiera decir acerca del procedimiento. Mi intención de hoy es promover ciertas aceptaciones básicas -tales como la realidad de la existencia del cuerpo etérico:

1.    La constante introspección, todo tipo de supresión morbosa y un silencio drásticamente obligado, en lo que concierne a las emociones fundamentales, pueden conducir a serios trastornos del hígado, a las constantes dolencias gástricas y al cáncer.

2.    Donde el odio y la profunda antipatía están presentes en la conciencia, o cuando el hombre vive en un constante estado de irritabilidad contra alguna persona o grupo, o cuando se siente ultrajado, hay la posibilidad de que sea afectada la corriente sanguínea; el hombre entonces estará propenso a constantes infecciones, forúnculos, úlceras supurantes y a diversas condiciones sanguíneas, definidamente de naturaleza séptica.

3.    Una naturaleza irritable, en constante agitación, de mal carácter y que reacciona violentamente cuando las cosas no van como es de desear, pueden conducir a desastrosas [i562] explosiones, diagnosticadas como dificultades cerebrales o insanias temporarias y producir constantes dolores de cabeza que socavarán la constitución física y traerán un inevitable estado de debilidad.

4.    Una vida sexual frustrada o una situación donde la persona soltera no pueda expresar en forma normal un proceso natural y universal, y para quien el sexo permanece siendo un misterio (y al mismo tiempo un constante e interno tema de pensamiento inexpresado) llevará a:

a.    Un estado de gran desvitalización con la consiguiente e inevitable mala salud, que sufren ese tipo de personas [e412] denominadas solteronas y solterones. Es innecesario decir que existen muchas personas solteras que encaran la vida saludablemente y no entran en esta clasificación.

b.    Un constante esfuerzo para atraer la atención del sexo opuesto a tal punto que se convierte en una tendencia nerviosa y muy enfermiza.

c.     El desarrollo de hábitos homosexuales o esas perversiones que tuercen la vida de muchas personas inteligentes.

d.    Los tumores -malignos o no- que atacan los órganos genitales y frecuentemente hacen del sujeto un caso de operación.

Existen otros posibles desarrollos, pero no tengo el propósito de tratarlos. He expuesto lo suficiente para demostrar el peligro del sentido de frustración y del interés morboso en el sexo (aunque a veces no sea reconocido). Esto también puede manifestarse durante el sueño, que vincula estrechamente el cerebro, la mente y los órganos genitales y prueba el hecho de que el deseo astral despierta el apetito físico, lo cual demuestra mi afirmación de que el cuerpo físico responde automáticamente -[i563] aún cuando está inconsciente en las horas del sueño- al control astral. Su curación, como lógicamente saben, consiste en llevar una vida externa plenamente creadora, especialmente en beneficio de nuestros semejantes y no simplemente la transmutación del impulso sexual en algún tipo de pensamiento creador, que sencillamente no es más que eso, pero no adquiere configuración o forma en el plano externo de la vida humana.

5.    Autoconmiseración, perturbación tan prevaleciente que conduce a indigestión aguda, trastornos intestinales, catarros y resfríos de cabeza en la gente común, mientras que al hombre más avanzado lo lleva a dificultades crónicas bronquiales, úlceras gástricas y condiciones enfermizas en relación con los dientes y los oídos.

 Podría continuar enumerando otras condiciones emocionales que producen enfermedades en las personas en que existen estas condiciones, pero lo dado es suficiente para proporcionar al curador experimentado la clave de ciertas posibilidades, responsables de las dificultades físicas que deberá tratar. También ha de tener presente (como ya indiqué en otra parte) las condiciones heredadas de encarnaciones anteriores o desarrolladas como resultado del grupo ambiental y del karma nacional o planetario.

Ninguna regla está conectada con esta ley, porque aún estamos tratando la definición de las causas que producen la enfermedad objetiva; ellas deben ser captadas y aceptadas como teorías [e413] factibles antes de que el curador pueda tratar eficientemente la situación.

Vamos ahora a considerar una ley, tan incluyente en su significado y poder definidor, que, podría decirse, expresa la razón para todas las enfermedades de cualquier naturaleza y en cualquier momento en la historia de la vida de la raza o del individuo. Se expone aquí como cuarta ley, debido a la necesidad de que los principales postulados [i564] de las tres leyes precedentes sean aceptados, considerados y estudiados; también porque es la principal ley que condiciona la aparición de la enfermedad en el cuarto reino de la naturaleza, el humano. Esencialmente esta ley se halla relacionada con la cuarta Jerarquía creadora y fue definidamente impuesta y reconocida como ley, rigiendo predominantemente a la humanidad, por iniciados que trabajaban en la cuarta raza raíz, la atlante. También en forma curiosa, cuando la humanidad pueda funcionar con su conciencia centrada en el cuarto plano o búdico, la enfermedad desaparecerá y la cuarta Jerarquía creadora quedará finalmente liberada de esa gran limitación.

LEY IV 

"La enfermedad, tanto física como psicológica, tiene sus raíces en lo bueno, lo bello y lo verdadero, y sólo es un reflejo distorsionado de las posibilidades divinas. El alma frustrada, cuando trata de expresar plenamente alguna característica divina o realidad espiritual interna, produce -dentro de la sustancia de sus envolturas- un punto de fricción. Sobre este punto están enfocados los ojos de la personalidad, lo cual conduce a la enfermedad. El arte del curador consiste en elevar hacia el alma -el verdadero curador dentro de la forma- los ojos que están enfocados hacía abajo. Entonces el tercer ojo, u ojo espiritual, dirige la fuerza curadora, y todo está bien."

Esta ley comienza afirmando una de las paradojas de la enseñanza ocultista: que el bien y el mal son una y la misma cosa, aunque a la inversa constituyen los aspectos opuestos de una Realidad.

Debido a que el hombre es un alma, y espiritualmente determina actuar como alma, se produce la fricción entre el alma y la personalidad; esta fricción es la causa más importante (si no la principal) de todas las enfermedades. Aquí tenemos la clave para comprender la frase "fuego por fricción”, el tercer aspecto de la divina “naturaleza ígnea” de Dios, porque “nuestro Dios es un fuego consumidor”. También se dice que su naturaleza se expresa [i565] por medio del fuego eléctrico, el fuego solar y el fuego por fricción. Estos tres fuegos fueron tratados con amplitud en [e414] Tratado sobre Fuego Cósmico e insinuado primero en La Doctrina Secreta.

Esta ley establece que por ser el hombre divino, el anhelo hacia la divinidad produce resistencia en los vehículos de expresión, la cual se localizará en alguna zona del cuerpo físico y producirá un punto de fricción; esta fricción, a su vez, establece una condición o zona de inflamación. Esto oportunamente conduce a cualquier tipo de enfermedad. Es muy probable que tengamos aquí otra clave -la clave del problema que es motivo de tanta preocupación en el mundo metafísico: ¿por qué las personas avanzadas, los guías espirituales y aquellos que están orientados hacia la vida espiritual, sufren frecuentemente tantas dificultades físicas? Probablemente se debe a que están en la etapa en que la energía del alma, afluyendo a través del cuerpo físico, halla en ese cuerpo la correspondiente resistencia de igual intensidad. Esta fricción establecida es tan aguda que genera rápidamente la enfermedad. Esto no es así para los verdaderos discípulos que han pasado la segunda iniciación; el problema de su mala salud es otro.

Tomemos esta cuarta ley frase por frase y tratemos de analizar en parte su significado:

1.    La enfermedad, tanto física como psicológica, tiene sus raíces en lo bueno, lo bello y lo verdadero, y sólo es un reflejo distorsionado de las posibilidades divinas.

He demostrado que la enfermedad es fundamentalmente psicológica por naturaleza; existen, no obstante, enfermedades inherentes a la resistencia que ofrece el cuerpo físico denso (no sólo los cuerpos sutiles) al impacto de las energías superiores o inherentes a la sustancia planetaria o materia de la Tierra misma. Recuerden que el cuerpo físico está construido de tal materia. Esta primer cláusula de la cuarta [i566] ley expone los tres aspectos de la divinidad que producen enfermedad. A primera vista parece algo imposible, pero un cuidadoso estudio revelará su esencial veracidad. ¿Cómo puede lo bueno, lo bello y lo verdadero causar enfermedades de cualquier tipo? Veamos: 

a.    Lo Bueno. ¿Qué es lo bueno? ¿No es acaso la expresión de la voluntad al bien? Esta voluntad al bien ¿no se desarrolla y debería desarrollarse en el plano físico, en lo que denominamos voluntad entre los hombres? ¿No sería posible que el alma, tratando constantemente (en su propio plano) de adaptarse al Plan que complementa la divina voluntad al bien, se esfuerce por impulsar a su triple expresión, la personalidad, a expresar buena voluntad -haciéndolo en la etapa correcta [e415] del desarrollo evolutivo y cuando está activa y funcionante? Sin embargo debido a la resistencia de la naturaleza forma, aun inadecuada para la deseada expresión divina, se produce inmediatamente la fricción y aparece la enfermedad. Creo que aún considerando brevemente las preguntas formuladas más arriba, se demostrará la probabilidad de que la inclinación del alma hacia “lo bueno” produce resistencia en el plano físico, y la perturbación así engendrada en la conciencia del hombre puede producir y produce enfermedad. Tal tipo de enfermedad es responsable de la mayoría de las dificultades que sufren las personas evolucionadas, los aspirantes y discípulos. Dicha fricción produce entonces una reacción secundaria y lleva a esas condiciones psicológicas denominadas “depresión, complejo de inferioridad y sentido de fracaso”. Esta particular fuente de enfermedad, “lo bueno”, afecta principalmente a los tipos mentales.

b.    Lo Bello. Tenemos aquí una palabra que califica el deseo de todos los hombres por lograr lo que consideran un objetivo deseable como norma de vida, y por el cual han [i567] decidido luchar. Lo bello, desde el ángulo del aspecto divino, concierne a la cualidad de la vida. Quisiera remitirlos a la definición inicial dada en el primer tomo de este tratado, de las palabras espíritu - alma - cuerpo, definiéndolas como vida - cualidad - apariencia. Vida es la expresión de la energía de la divina voluntad al bien; cualidad es la expresión de la energía del alma, y en la actualidad esta energía actúa predominantemente a través de la vida de deseos y de la determinación de los hombres, en cada etapa de evolución, de poseer, adueñarse y gozar de lo que ellos consideran bello. Una definición de “lo bello” y la gama de deseos del hombre, difieren ampliamente y dependen del grado de evolución; sin embargo todo ello depende de la perspectiva de la vida de quien desea y del lugar que ocupa en la escala de la evolución. Cuando el hombre es incapaz de lograr en un momento dado lo que considera “bello”, determina su predisposición a la enfermedad, la cual se ha originado por esa fricción interna. En la actual etapa de desarrollo racial, una mayoría es arrastrada a condiciones enfermizas, como resultado de la fricción iniciada en la lucha por lograr “lo bello” -una lucha obligada, impuesta como anhelo evolutivo, porque son almas y están bajo la influencia de la cualidad del segundo aspecto divino.

c.     Lo Verdadero. Se dice que lo verdadero o la verdad, constituye la medida de la expresión divina, que cualquier hombre puede manifestar en su particular grado de evolución o en cualquier etapa de la historia de sus encarnaciones. Esta [e416] expresión de la verdad presupone que detrás de lo que logra expresar hay mucho que es incapaz de manifestar; el alma es constantemente consciente de ello. Esta incapacidad de vivir a la altura de este elevado ideal, del cual el hombre -en su nivel particular- es consciente y puede concebir, en sus momentos mejores y esclarecidos, produce inevitablemente [i568] un punto de fricción, aunque el hombre sea inconsciente de ello. Una de las principales manifestaciones de esta particular fricción y la condición enfermiza que produce, es el reumatismo, muy difundido hoy y lo ha sido durante siglos; desde el punto de vista médico no existe una causa atribuible y comprobada, y los ortodoxos llegan a muchas conjeturas y conclusiones. Afecta principalmente a la estructura ósea, siendo en realidad el resultado de la incapacidad del alma para expresar “lo verdadero” dentro del hombre, el instrumento del alma en los tres mundos. El hombre, a su vez, no importa su posición inferior en la escala de la evolución, siempre es consciente de lo inalcanzable; constantemente se da cuenta del anhelo por mejorar, el cual no está relacionado con la expresión de la voluntad al bien o con “lo bello” (aunque puede ser consciente de ello, en mayor o menor grado), pero sí definidamente con la expresión de algo más cercano al ideal del hombre, tal como él lo ve y en el plano físico. Por lo tanto se inicia la fricción y se produce algún tipo de enfermedad.

Es interesante observar que esta incapacidad para expresar lo verdadero o para “ser la Verdad”, es la causa real de la muerte, entre los hombres que no han llegado a la etapa del discipulado o todavía no han recibido la primera iniciación. El alma se cansa de responder a la fricción de su instrumento y determina concluir la experiencia en esa particular encarnación. La muerte, por lo tanto, sobreviene como resultado de la fricción iniciada.

Al estudiar estas ideas debe recordarse que:

a.    Lo bueno controla al hombre, por intermedio del centro coronario, y la fricción producida se debe a la inactividad del centro ubicado en la base de la columna vertebral, el cual controla la expresión [i569] del primer aspecto divino en el hombre, mediante su interacción con el centro coronario. Esta interacción sólo ocurre cuando el hombre ha llegado a la etapa de discípulo o iniciado. 

b.    Lo bello controla por intermedio del centro cardíaco, y la fricción se produce cuando el centro plexo solar no responde. Por consiguiente se establece la fricción. El fin de esta condición y la evocación de la respuesta correcta desde el plexo [e417] solar se produce cuando las fuerzas del centro plexo solar se elevan y mezclan con la energía del centro cardíaco.

c.     Lo verdadero como expresión de lo divino, establece su punto de centralización en el centro laríngeo; el fracaso de la personalidad en responder, y su incapacidad para expresar lo verdadero puede ser observada en la relación que existe entre el centro sacro y el centro laríngeo. Cuando no existe esta relación, se produce fricción. No habrá una real expresión de “lo verdadero” hasta que las fuerzas del centro creador debajo del diafragma sean elevadas al centro creador laríngeo. Entonces “la Palabra,” que es esencialmente el hombre, “se hará carne” y se verá la verdadera expresión del alma en el plano físico.

2.    El Alma frustrada, cuando trata de expresar plenamente alguna característica divina o realidad espiritual interna, produce -dentro de la sustancia de sus envolturas- un punto de fricción.

Gran parte de esta afirmación la he abarcado anteriormente. Sin embargo llamaré la atención al respecto, pues en esta frase el énfasis está puesto sobre la responsabilidad del alma de producir la fricción. En el análisis de la frase anterior se hizo hincapié sobre la personalidad, que produjo fricción y la consiguiente enfermedad por su falta de respuesta. ¿No sería posible hallar en esta frase [i570] la clave que explica el propósito del dolor, del sufrimiento y hasta de la guerra? Recomiendo esto para que piensen cuidadosamente, y, si es posible, lo hagan en forma iluminada.

3.    Sobre este punto están enfocados los ojos de la personalidad, lo cual conduce a la enfermedad.

Tenemos aquí una insinuación muy interesante acerca del medio para dirigir la fuerza. El significado oculto del ojo y la naturaleza de su simbolismo son poco comprendidos. Esta referencia en realidad nada tiene que ver con los ojos del cuerpo físico. Las palabras “los ojos de la personalidad”, se refieren a la atención enfocada de la personalidad que emana de los cuerpos mental y astral, que son esencialmente los dos ojos del alma en encarnación. El empleo de esas dos ventanas u ojos del alma, llevan a una concentración de energía (en este caso es estrictamente energía de la personalidad) en el vehículo etérico. Dicha energía es dirigida a la zona del malestar y por lo tanto al punto de fricción. Esta fricción es mantenida y acrecentada por las fuerzas enfocadas en dicho punto. La gente no tiene la menor idea -hablando objetivamente- de cómo aumenta la potencia de la [e418] enfermedad por la atención prestada y el pensamiento constantemente dirigido a esa zona donde está localizada la dolencia. Las energías mental y emocional ejercen presión sobre la zona enferma y los “ojos de la personalidad” constituyen un poderoso factor para mantener la enfermedad.

En esta frase tenemos, además, una clara e inequívoca expresión del hecho de que las condiciones mentales y emocionales conducen a la enfermedad. La actividad del alma y el impacto de su energía debe penetrar en el cuerpo físico a través de los cuerpos sutiles, y el punto de fricción (el resultado de la resistencia) se establece primero en el cuerpo mental, luego es repetido aún más potentemente en el cuerpo astral y reflejado en el cuerpo físico; éstos (y es [i571] el abecé del ocultismo, que frecuentemente olvidan) constituyen la personalidad, por eso la fricción, lógicamente se halla en todas partes.

Será interesante que correlacionen lo que he dicho en otros escritos acerca de los ojos, con lo que acabo de decir. Como bien saben, y está establecido en La Doctrina Secreta, el ojo derecho es el “ojo de budi” y el izquierdo “el ojo de manas” -esto se refiere (en lo que respecta a budi) a la mente superior y al hombre tal como finalmente aparecerá. En el ser humano común y antes de que adquiera perfección, el ojo derecho, cuando está dirigido conscientemente a un objeto, trasmite la energía del cuerpo astral, y el ojo izquierdo dirige la energía de la mente inferior. Entre ambos ojos rectores tenemos el centro ajna, similar a un tercer ojo o agente directriz para las energías mezcladas y fusionadas de la personalidad; relacionado a este tercer ojo, a medida que despierta y entra en función activa, tenemos lo que llamamos “el ojo del alma”; punto situado en el centro más elevado de la cabeza. El ojo del alma puede trasmitir y trasmite energía al centro ajna, siendo él mismo agente (antes de la cuarta iniciación) de la energía de la Tríada espiritual. Esta relación esotérica sólo se establece cuando el alma domina su instrumento, la personalidad, y pone bajo su dirección todas las actividades inferiores del plano físico.

En el hombre perfecto tenemos, por lo tanto, los siguientes agentes o distribuidores de energías:

1.    El ojo del alma          agente de la Tríada espiritual             Voluntad.

2.    El tercer ojo               agente del alma                              Amor.

3.    El ojo derecho           distribuidor de la energía búdica.

4.    El ojo izquierdo          transportador de la energía manásica pura.

5. El centro ajna              punto de enfoque y de dirección para todas esas energías.

[e419][i572] En el discípulo y en el hombre que comienza a actuar como alma, tenemos:

1.    El tercer ojo              distribuidor de la energía del alma.

2.    El ojo derecho           agente de la energía astral.

3.    El ojo izquierdo          agente de la energía mental inferior.

4.    El centro ajna            punto de enfoque de estas tres energías.

 En el hombre común la situación será la siguiente:

  1. El ojo derecho               agente de la energía astral.
  2. El ojo izquierdo              agente de la energía mental.
  3. El centro ajna                estación distribuidora.

A medida que se acrecienta el conocimiento ocultista, alrededor de los ojos y su función simbólica se erigirá toda una ciencia de distribución de energía y se comprenderá su empleo esotérico. Aún no ha llegado el momento para ello, aunque ya se conoce el poder del ojo humano enfocado para llamar la atención sobre una persona. Podría hacer una sugerencia: el nervio óptico simboliza el antakarana, y la estructura del globo del ojo es uno de los símbolos más hermosos de la triple deidad y del triple hombre.

4.    El arte del curador consiste en elevar hacia el alma -el verdadero curador dentro de la forma- los ojos que están enfocados hacia abajo.

En su más evidente e inferior significado, esta frase dice sencillamente que el curador debe ayudar al paciente a apartar la mirada de si mismo, y a elevar y reorientar la energía dirigida para que el “punto de fricción” no constituya hoy el objeto de atención y se le presente una nueva preocupación. Durante largo tiempo fue la práctica que intentaron realizar todos los curadores, pero esto tiene un sentido más esotérico de lo que [i573] creen y que me es un tanto difícil explicar.

Hemos visto que el punto de fricción (responsable de la enfermedad) ha sido causado por lo bueno, lo bello y lo verdadero, en conflicto con las fuerzas del hombre inferior. También hemos visto que esto constituye una ley fundamental, que él sabe que debe aceptar y trabajar con ella inteligentemente. Por consiguiente, ¿cómo puede aplicar esta ley para lograr los resultados deseados?

Las afluyentes energías del alma penetran en el cuerpo físico a través del vehículo etérico, y son responsables de la dificultad que produce la fricción y su consecuencia, la enfermedad; han [e420] “descendido y hecho contacto” vía el sutratma, estando ancladas en tres centros principales, como bien saben, los centros mayores. Desde éstos, de acuerdo con la naturaleza del hombre, el rayo, el desarrollo y las flaquezas y limitaciones, son distribuidas en varias zonas del cuerpo físico, causando puntos de fricción o manifestándose como cualidades divinas. Donde la fricción y la resultante enfermedad están presentes, y el paciente tiene la suerte de contar con un curador ocultista entrenado (sea iniciado o discípulo avanzado), estas energías serán devueltas -con o sin la colaboración del paciente- a sus puntos de distribución, los tres centros superiores, y ello de acuerdo al tipo de energía que está produciendo la dificultad. No podrán ser enviadas fuera del cuerpo a través del centro coronario, pues en ese caso el hombre moriría, pero pueden ser esotéricamente “rechazadas, desde el punto de fricción, hasta su punto de emanación, pero no hasta su Fuente de origen”, según lo expone un antiguo libro sobre curaciones.

La energía es enviada desde la zona infectada (empleando una palabra inadecuada, pues carecemos de palabras correctas para estas nuevas ciencias) al punto de fricción y de allí al centro que controla esa zona y por medio de la cual la energía del alma penetró en el cuerpo físico denso. En consecuencia el [i574] curador trabaja simultáneamente con dos aspectos del cuerpo físico -el denso y el etérico. Desde ese centro, la energía involucrada es recogida y devuelta a cualquiera de los tres centros mayores, o (si uno de ellos está involucrado) la energía es recogida e impulsada hacia el centro coronario y allí retenida. No obstante, se ha de tener presente que esta fase del trabajo del curador comprende dos partes:

1.    La etapa esotérica “de elevación” o “impulso”. Esto en sí se divide en dos fases:

a.    Recogimiento de la energía.

b.    Reenfoque en su centro de distribución.

2.    La etapa posterior cuando el trabajo del curador ha sido realizado y el paciente ha mejorado, o cuando el tratamiento no ha tenido éxito. En esta etapa, la energía que ha sido “impulsada” es devuelta al centro y al lugar donde estuvo el punto de fricción.

Será evidente que este tipo de trabajo de curación es únicamente posible para la persona muy entrenada, siendo por lo tanto innecesario que me explaye más sobre esta técnica. Sin embargo, a veces es útil ver las metas lejanas.

Todo lo realizable en la actualidad respecto a esta afirmación, [e421] es trasladar la atención del paciente (si es capaz de responder a sugerencias) hacia el alma, y ayudarlo, simplemente, a mantener su conciencia lo más cerca posible de su alma. Esto ayudará a despejar los canales por los cuales pueda descender la energía y también retirarse automáticamente, porque la energía sigue al pensamiento.

En último análisis, la verdadera curación esotérica es algo muy simple en comparación con los intrincados y complejos detalles [i575] acerca del mecanismo humano y sus enfermedades, que debe encarar el médico moderno. El curador espiritual se ocupa de la zona donde se establece la enfermedad, con su centro etérico controlador y su analogía superior y con las tres energías que provienen del alma, responsables de producir el punto o puntos de fricción. El resto de su trabajo implica el empleo de la imaginación creadora, el poder de visualización y el conocimiento del pensamiento científico, basado en la fundamental y universal ley de que “la energía sigue al pensamiento”. Tal visualización y modo de pensar científico no involucra (en lo que concierne a la curación) la construcción de formas mentales, sino la habilidad de mover y dirigir corrientes de energía.

5.    Entonces el tercer ojo, u ojo espiritual, dirige la fuerza curadora y todo está bien.

Aquí se refiere al ojo del curador y no al del paciente; el curador lo emplea conjuntamente con el ojo del alma. Cuando se trata de la curación de una persona muy avanzada, capaz de colaborar conscientemente, el tercer ojo del paciente también puede estar activo, y así dos corrientes muy poderosas de energía dirigida pueden penetrar en la zona donde el punto de fricción está localizado. Sin embargo, en los casos comunes, donde no hay conocimiento ocultista por parte del paciente, el curador hace todo el trabajo, y esto es deseable. La colaboración de quienes son inexpertos y de aquellos que están preocupados emocionalmente con sus dificultades no es de verdadera ayuda.

Las pocas insinuaciones dadas al analizar las frases que componen la cuarta ley proporcionarán mucho material para reflexionar; ahora consideraremos la regla conectada con esta ley.

Debería recordarse, a medida que estudiamos estas leyes y reglas, que Las leyes son impuestas al curador y proveen [i576] las inalterables condiciones bajo las cuales debe trabajar, y no puede ni debe evadirlas. Sin embargo, las reglas se las impone a sí mismo, y constituyen condiciones que es aconsejable seguir si quiere tener éxito. Mucho depende de su comprensión de las reglas y de su capacidad para interpretarlas correctamente. Son [e422] una traducción o adaptación de antiguas reglas, que desde el comienzo del tiempo han condicionado a todos los curadores esotéricos que trabajan regidos por la impresión jerárquica. En los primitivos días de su aplicación fueron sometidas a los miembros de la Jerarquía de esa época y aceptadas por ellos -época o edad de la antigua Lemuria- y tuvieron que ser interpretadas en forma distinta de la moderna; recién ahora está emergiendo el significado moderno. Podría decirse que:

1.    En la raza lemuria estas reglas fueron aceptadas por los miembros de la Jerarquía. Sólo siendo miembro de la Jerarquía podía conocérselas y trabajar con ellas.

2.    En la raza atlante se exteriorizaron en tal medida que fueron dadas y permitido su uso a los discípulos que no habían recibido ninguna iniciación y a los que habían recibido sólo la primera. Su interpretación atlante colora en gran parte la comprensión moderna, pero no son adecuadas para esta época ni para el ser humano de tipo mental.

3.    En nuestra raza aria, hoy está emergiendo un nuevo significado, y ese significado y su nueva interpretación trataré de explicar.

A la primera regla no se le dio una nueva interpretación porque era evidentemente moderna en sus implicaciones. En efecto, no constituye parte del texto antiguo original, de donde fueron extraídas estas importantes reglas, pero es relativamente moderna, habiendo sido formulada en los primeros días de la era [i577] cristiana. Es una regla clara y concisa e implica cuál debe ser la naturaleza de los pensamientos del curador:

1.    Conocer el tipo de pensamiento que condiciona al paciente.

2.    Ser capaz de penetrar hasta el origen del malestar, o hasta su trasfondo psicológico; por lo tanto se ha de emplear el poder mental.

3.    Ser capaz de relacionar causa y efecto; la mente siempre es el agente que establece la relación.

En las antiguas Lemuria y Atlántida la mente estaba prácticamente pasiva y en realidad casi no funcionaba; sólo ahora, en la raza actual, está comenzando a dominar la naturaleza mental del hombre, por consiguiente corresponde dar la nueva y moderna interpretación de estas reglas (basadas en el principio mente), y lo haré a continuación.

REGLA DOS

El curador debe adquirir pureza magnética a través de la pureza de vida. Debe lograr esa dispersiva irradiación que se manifiesta en todo hombre que ha vinculado los centros de la cabeza. Cuando se ha establecido tal campo magnético, entonces surge la irradiación.

[e423] Oriente siempre ha hecho hincapié sobre la pureza magnética pero ha ignorado totalmente la pureza física, tal como la comprende Occidente, que ha puesto el énfasis sobre la pureza física externa, pero nada sabe acerca de la pureza magnética; esta última está basada mayormente (aunque no en forma totalmente errónea) sobre el efecto de la emanación áurica y de su pureza o impureza. En esta regla se aconseja al curador:

1.    Adquirir pureza magnética a través de la pureza de vida.

2.    Dispersar la irradiación, vinculando los centros de la cabeza. [i578]

3.    Establecer un campo radiatorio, utilizando este campo magnético.

Resultado:   RADIACIÓN.

Lo interesante en esta regla es que vincula en una sola actividad las dos posibles formas de curación espiritual -irradiatorio y magnética. El verdadero curador mezcla automáticamente ambos métodos de curación y los emplea automática y simultáneamente porque trabaja a través de la zona magnética, comprendida dentro del radio de influencia de los tres centros de la cabeza, o dentro del triángulo formado por ese vínculo.

En la época lemuria el curador lograba su objetivo aplicando drásticas disciplinas físicas, obteniendo así la necesaria pureza. Corno saben, la finalidad del esfuerzo jerárquico en esos días, consistía en enseñar al hombre primitivo el empleo y propósito del cuerpo físico y su control inteligente; el hombre que dominaba el cuerpo y lo controlaba, como un maquinista controla su máquina, era considerado entonces un iniciado. En la actualidad lo que hace al hombre un iniciado es el dominio de la personalidad. Se exigía estricto celibato, un cuidadoso régimen alimenticio y cierta medida de limpieza corporal, además de los rudimentos del Hatha Yoga (control embrionario físico y atlético -principalmente control muscular). Obtenido esto, la así llamada pureza permitía afluir libremente las corrientes pránicas del curador al paciente, a través de los centros sacro y laríngeo -el curador espiritual trabajaba a través del centro laríngeo y el punto de recepción era el centro sacro del paciente; no se utilizaban los centros cardíaco ni coronario. Prana, podría ser definido para ustedes como la vitalidad del planeta, su emanación vital; esto es lo que distribuye o transfiere el curador nato (que no ha tenido entrenamiento ni posee mucho conocimiento esencial y poca o ninguna orientación [i579] espiritual). Cura, pero no sabe cómo ni por qué; el prana fluye simplemente a través de él como una fuerte corriente de vitalidad animal, comúnmente del centro esplénico y no de alguno de los siete centros.

Estas drásticas disciplinas físicas a menudo son aplicadas hoy [e424] por los aspirantes bien intencionados; practican el celibato, el estricto vegetarianismo, ejercicios de relajamiento y muchos tipos de ejercicios físicos, con la esperanza de controlar el cuerpo. Estos tipos de disciplinas serán muy buenas para el ser humano no evolucionado y del tipo más inferior, pero no son métodos que debe emplear el hombre común o el aspirante practicante. La concentración en el cuerpo físico sólo sirve para aumentar su potencia, nutrir sus apetitos y hacer salir a la superficie de la conciencia aquello que debería estar firmemente recluido bajo el umbral de la conciencia. El verdadero aspirante debería ocuparse del control emocional y no del control físico, y hacer el esfuerzo para enfocarse en el plano mental antes de lograr un contacto estable con el alma.

En la época atlante la atención del cuerpo físico denso se trasladó lentamente al vehículo emocional. El iniciado de esa época comenzó a enseñar a sus discípulos que el cuerpo físico era en realidad sólo un autómata, y para lograr la pureza debían tener en cuenta al cuerpo de deseos y la naturaleza y cualidad de sus deseos habituales. En esta raza comenzó lentamente a manifestarse el primer magnetismo personal. Los primeros y primitivos lemurianos no eran magnéticos, tal corno entendemos la palabra, pero en los días atlantes se manifestó cierta medida de irradiación magnética, aunque no en la extensión que ahora es frecuente y posible. Alrededor de las cabezas de los atlantes avanzados podían verse perfilados tenuemente los primeros indicios del halo. La pureza magnética llegó a ser la meta y una posibilidad, pero dependía del control [i580] emocional y la purificación de la naturaleza-deseo, produciendo automáticamente un mayor grado de pureza del vehículo físico denso, que la lograda por los iniciados de Lemuria. Las enfermedades del cuerpo se hicieron más sutiles y complejas y aparecieron las primeras enfermedades psicológicas y las distintas dolencias basadas definidamente en las emociones. Ya nos hemos ocupado de este tipo de dolencias anteriormente en este tratado. El curador de entonces trabajaba a través del centro plexo solar y (si era un iniciado) a través del cardíaco. No existía una zona o campo magnético de energía en la cabeza.

Hoy, en nuestra raza aria, la pureza magnética no depende de las disciplinas físicas, sino, para una mayoría, de las disciplinas emocionales; pero en el caso del verdadero curador de la nueva era, depende de “la zona magnética iluminada de la cabeza”. Esto proporciona un campo de actividad para el alma, que actúa a través de los centros de la cabeza, enfocándose en el campo magnético que éstos abarcan. Cuando todos los poderes del cuerpo y la atención dirigida del curador se hallan centrados en la cabeza, y cuando el cuerpo astral está pasivo y la mente [e425] es un transmisor activo de la energía del alma, a los tres centros de la cabeza, entonces tenemos una establecida irradiación o emanación de energía, constituyendo una poderosa fuerza durante la curación. La irradiación es intensa, pero no tanto “desde el aspecto familiar” de la luz, sino por lo que abarcan sus emanantes rayos de energía activa que llegan al paciente y energetizan el centro necesario. Todos los centros del cuerpo del paciente pueden ser receptivos a estas energías, y no sólo uno, como en los dos tipos anteriores de curación.

Cuando lo permite el karma o canon de vida del paciente, estos rayos de energías (que emanan desde el campo magnético de la cabeza del curador) se convierten en lo que se llama una “irradiación dispersiva”, pudiendo expulsar las fuerzas que crean o [i581] agravan la enfermedad. Cuando esta irradiación dispersiva es Incapaz (debido al destino del paciente) de obtener la curación física, no obstante ser dirigida para disipar las dificultades sutiles, tales como cualquier forma de temor, desequilibrio emocional y ciertas dificultades psicológicas, entonces se agranda enormemente el problema que el paciente enfrenta.

Los curadores harían muy bien en recordar que cuando los tres centros de la cabeza están vinculados, y por lo tanto se ha establecido el campo magnético y hay irradiación, el curador puede entonces emplear el centro ajna corno agente directriz para esta “irradiación dispersiva”. Es interesante observar que los dos centros mayores de la cabeza (correspondientes a atma-budi, o el alma) son los centros coronario y alta mayor y corresponden esotéricamente a los agentes distribuidores de los ojos derecho e izquierdo, como lo son las dos glándulas de la cabeza: la pineal y el cuerpo pituitario. En consecuencia tenemos en la cabeza tres triángulos, de los cuales dos son distribuidores de energía y el tercero distribuidor de fuerza.

IMAGEN  

[e426][i582] Oportunamente el curador entrenado trabaja y emplea conscientemente estos triángulos. Aún está muy lejana la época en que esto será posible. En la actualidad el curador debe trabajar por medio de la visualización y el poder de la imaginación creadora. A medida que imagina, por medio de la visualización, la relación de estos triángulos entrelazados, superponiéndolos uno sobre otro, comenzando con el primero, hace un definido trabajo de ubicación creadora, luego de vitalización creadora y finalmente de dirección creadora. Estas tres palabras: ubicación, vitalización y dirección, indican los resultados que obtendrá el curador si obedece a esta regla. La atención está ubicada; el campo magnético está vitalizado espiritualmente; entonces la radiación vital generada es distribuida y dirigida correctamente mediante el tercer triángulo. Esto parece un procedimiento algo complicado, pero después de una pequeña práctica este ejercicio de curación, de ubicación, de vitalización y de dirección, llega a ser casi instantáneo y automático.

Ahora consideraremos una ley extensa y algo complicada, que intenta abarcar tanto terreno que a primera vista podría confundir.

LEY V

No existe nada más que energía, porque Dios es Vida. En el hombre se unen dos energías, pero hay otras cinco presentes. Para cada una ha de encontrarse un punto central de contacto. El conflicto de esas energías con las fuerzas, y de las fuerzas entre sí, producen los males corporales, del hombre. El conflicto entre las primeras y las segundas persiste durante edades, hasta llegar a la cima de la montaña -la primera gran cima. La lucha entre las fuerzas produce las enfermedades, males y dolores corporales que buscan la liberación en la muerte. Las dos, las cinco y también las siete, además de aquello que ellas producen, poseen el secreto. Ésta es la quinta Ley de Curación dentro del mundo de la forma.

[i583] Hasta ahora ha sido imposible dar la temática de esta ley porque recién hoy se puede impartir la enseñanza acerca de la VIDA (y la vida corno energía). También la enseñanza acerca de las cinco y de las dos energías que se unen en el hombre la he dado recientemente, por primera vez en forma detallada, aunque fuera insinuada en La Doctrina Secreta. A veces pienso si alguno de ustedes se da cuenta de la épica importancia que tiene la enseñanza que he dado acerca de los siete rayos, como energías en manifestación. Las conjeturas respecto a la naturaleza de la divina Trinidad han estado siempre presentes en las discusiones y pensamientos de los hombres avanzados -y desde los comienzos del tiempo y desde que la Jerarquía inició la milenaria tarea de influir y estimular la conciencia humana- pero la información referente a los siete Espíritus ante el Trono de la Trinidad no ha [e427] sido tan común, y unos pocos escritores, antiguos y modernos, han mencionado la naturaleza de estos Seres. Ahora, con todo lo que he dado, concerniente a los siete rayos y a los siete Señores de Rayo, mucho más podrá ser descubierto; estas siete grandes Vidas pueden considerarse y conocerse como las esencias animantes y las energías activas en todo lo manifestado y tangible en el plano físico, así como en todos los planos de la expresión divina; al decir esto no sólo incluyo el plano físico cósmico (compuesto de nuestros siete planos del sistema) sino también el astral y el mental cósmicos.

Por esta ley se espera que el curador acepte ciertas ideas básicas que servirán para desarrollar su comprensión; establece ciertos axiomas amplios y generales que constituirán una sólida base para todo trabajo futuro. El punto principal que se ha de tener en cuenta es que esta ley se refiere totalmente al plano físico (denso y etérico) y a los efectos que produce en el cuerpo físico el conflicto entre las energías y las fuerzas. Las fuerzas son esas energías limitadas y aprisionadas dentro de una forma de cualquier tipo -un cuerpo, [i584] un plano, un órgano, un centro-; las energías son esas corrientes de energía dirigida que hacen impacto, desde una forma mayor o más incluyente y desde un plano más sutil, sobre esas fuerzas aprisionadas -si así puedo llamarlas- haciendo contacto con una fuerza vibratoria más burda. Una energía es más sutil y poderosa que la fuerza sobre la cual hace impacto o establece contacto; la fuerza es menos potente pero está anclada. En estas dos palabras reside la clave del problema de la relación entre las energías. La energía libre, desde el ángulo del punto de contacto anclado, es en cierta manera menos eficaz (dentro de una esfera limitada) que la energía ya anclada allí. Es esencialmente más potente, pero no tan efectiva. Reflexionen sobre esto y permítanme ilustrar mi punto. La energía del centro plexo solar (por el prolongado empleo, centralización y hábito) tiene efectos más potentes en la vida del aspirante que la energía del centro cardíaco, que está entrando lenta, muy lentamente, en actividad efectiva. Ampliando la ilustración: las energías de la personalidad condicionan mucho más poderosamente la vida del hombre común que la energía del alma, la cual durante eones ha tratado de aferrarse eficazmente a su punto de manifestación, la personalidad, pero no ha podido hacerlo sino hasta muy tarde en el ciclo de encarnaciones. Sin embargo, en último análisis, la energía del corazón y la energía del alma son infinitamente más poderosas que las del centro plexo solar o la personalidad. No obstante, durante eones, la energía del centro cardíaco y la energía del alma, han carecido de vehículos de respuesta en los tres mundos.

[e428] En cierto modo, esto simplifica el problema del curador, porque lo primero que tiene que decidir es si controla la energía del alma o la de la personalidad, algo que se descubre muy fácilmente. La tendencia de la vida del paciente, su modo de vivir o de servir, la expresión del carácter, todo indica las potencias que controlan su expresión manifestada. Si el hombre es un verdadero aspirante y está tratando [i585] conscientemente de hollar el sendero del discipulado, ayudará a descubrirlo, admitiéndolo francamente; pero si las fuerzas de la personalidad no responden al impacto del alma del curador, la personalidad no advertirá la oportunidad y será inconsciente del impacto. Estas condiciones podrá descubrirlas fácilmente el curador.

Esta ley es muy extensa y contiene declaraciones importantes. Sería de valor para bien del tema estudiarlas con máximo cuidado y captar su significado y verdadero sentido; dicha comprensión debe ser desde el punto de vista de la conciencia iniciática y no desde el ángulo de la visión del hombre común o no iluminado. Tomemos por lo tanto cada frase por separado y busquemos su significado. Existen siete afirmaciones en esta ley, y gran parte de su importancia es exotéricamente familiar a ustedes, pero ahora pueden ser expuestas en relación con el arte de curar. 

1.    No existe nada más que energía, porque Dios es Vida.

Esta amplia generalización puede impartir mucho al iniciado, pero seguramente muy poco al pensador común, para quien la vida significa esencial y simplemente aquello que trae a la manifestación una forma, la mantiene en existencia y demuestra constantemente su presencia por algún tipo de actividad -actividad que demuestra su vivencia. No obstante, aplicamos erróneamente el término vivencia a la capacidad de una forma para manifestarse y expresar su cualidad y naturaleza. Sin embargo, la vivencia y la cualidad existen independientemente de la forma, y a menudo adquieren mayor expresión y utilidad por la aplicación de la Ley de la Muerte.

La realidad de la vida prueba la realidad de la divinidad y del origen divino. Esto con frecuencia se pasa por alto, y se hace hincapié sobre el concepto de que la vida evoca y mantiene una forma [i586] que ancla la esencia de vida y prueba la realidad de su existencia.

La vida de la Fuente Única de todas las formas manifestadas crea relaciones y cualidades esenciales, y aunque esto haya sido afirmado incesantemente, permanece siendo una verdad sin sentido. Sin embargo a medida que los hombres comiencen a [e429] reconocer a Dios como energía y a sí mismos como aspectos de esa energía, a trabajar conscientemente con energías y a reconocer la diferencia que existe en tiempo y espacio entre energías y fuerzas, y luego a medida que el alma entre en una mayor actividad funcionante, la realidad de la vida será reconocida en forma nueva y extraordinaria. Debería recordarse que el alma es una energía secundaria, que prueba la existencia de la energía primaria y es responsable de la aparición de un tercer tipo de energía -la tangible y objetiva. Eventualmente se sabrá que la Vida es capaz de ser invocada por el alma en bien de la forma. He aquí una clave para nuestro tema general.

Hasta ahora no se ha obtenido una comprensión más o menos útil del mecanismo de acercamiento al aspecto vida -el antakarana y su agente, la voluntad espiritual. Las primeras sugerencias acerca del empleo del antakarana, y su propósito en relación con la personalidad y la Tríada espiritual, son estudiadas hoy por unos pocos estudiosos en el mundo y su número se acrecentará constantemente a medida que la personalidad y el alma establecen contacto y se fusionan, y reciban la iniciación un mayor número de personas. En consecuencia, el propósito de la existencia del cuarto reino de la naturaleza (como agente transmisor de las energías espirituales superiores a los tres reinos inferiores) irá apareciendo, y los hombres, en formación grupal, iniciarán conscientemente el trabajo de “salvar” -es innecesario decir, en sentido esotérico- a estas otras vidas agrupadas. El Macrocosmos, con sus propósitos e incentivos, comenzará por primera vez a reflejarse en el reino humano en forma nueva [i587] y poderosa, el cual a su vez se convertirá en el macrocosmos de los tres estados inferiores de vidas conscientes -los reinos animal, vegetal y mineral.

Todo esto es un profundo misterio, y sigue siéndolo debido a la falta de desarrollo del cuarto reino. Se ha producido una desviación de la intención original. Su función y campo de servicio podrían sin embargo ser comprendidos y expresados sólo cuando este aspecto superior, la voluntad, haya sido llevado a una expresión consciente en el género humano, mediante la construcción y utilización del antakarana. A lo largo del arco iris puede afluir el aspecto vida, y es a lo que Cristo se refirió cuando dijo que Él vino para que haya “vida más abundante” en la Tierra. Siempre hubo vida, pero cuando la conciencia erística está radiantemente presente (como sucede hoy, aunque en pequeña escala) y el número de quienes la expresan es en realidad enorme, se infiere que el antakarana está firmemente establecido; entonces el arco iris puede ser atravesado y cruzado, y también puede afluir, a los reinos subhumanos de la naturaleza, a través [e430] de la humanidad, vida abundante en un nuevo e impelente sentido, además de un renovado impulso. Esto evidencia la divinidad, y testimonia en forma destacada el origen divino del hombre, y la esperanza, la salvadora esperanza del mundo.

La energía y las fuerzas constituyen la suma total de todo lo que es. Ésta es otra verdad fundamental y trillada, sobre la cual se ha erigido la ciencia del ocultismo, y el arte de curar debe reconocer. En la manifestación no existe nada parecido. La enfermedad es una especie de energía activa, manifestándose como fuerzas que destruyen o producen la muerte. Por lo tanto, si nuestra premisa básica es exacta, la enfermedad es también una forma de la expresión divina, porque lo que conocemos como malo es el reverso de lo que llamamos bueno. ¿No restaremos importancia al tema o causaremos una falsa impresión [i588] si consideramos al mal (por lo menos en lo que concierne a la enfermedad) como bien, mal aplicado o mal adaptado? ¿Me interpretarán mal si digo que la enfermedad es energía que no funciona de acuerdo al plan o como sería de desear? Las energías que afluyen son puestas en relación con las fuerzas, dando por resultado buena salud, formas adecuadas y fuertes, y actividad vital; sin embargo, las mismas energías afluyentes, pueden ser puestas en relación con las mismas fuerzas, estableciéndose un punto de fricción, produciendo una zona enferma, dolor, sufrimiento y quizás muerte. Las energías y las fuerzas siguen siendo de la misma naturaleza esencialmente divina, pero la relación establecida produjo el problema. Si se estudia esta frase será evidente que esta definición puede incluir todo tipo de dificultad, y el productor final de la situación (sea buena o mala) es el aspecto relación. Esta afirmación es de gran importancia para toda reflexión.

2.    En el hombre se unen dos energías, pero hay otras cinco presentes. Para cada una ha de encontrarse un punto central de contacto.

Las dos energías que se unen en el hombre son los dos aspectos de la mónada, el Uno en manifestación; la mónada se manifiesta esencialmente como una dualidad; se expresa como voluntad y amor, atma-budi, y ambas energías, cuando entran en relación con el punto de la mente, el tercer aspecto de la divinidad, producen el alma y luego el mundo tangible manifestado; después se demuestra como voluntad, amor y mente o inteligencia del planeta, o atma-budi-manas.

Cuando el alma se ancla como conciencia y vida dentro del ser humano, éste contribuye con el tercer algo, manas o mente, latente o kármicamente presente en toda sustancia, heredado o [e431] mantenido en solución en la sustancia, desde un sistema solar anterior. En ese sistema se desarrolló la inteligencia y quedó retenida dentro de la sustancia [i589] a fin de formar la base del desenvolvimiento evolutivo del actual segundo sistema solar. Recuerden que los siete planos de nuestro sistema solar constituyen los siete subplanos del plano físico cósmico y que por lo tanto el espíritu es materia en su más elevado punto de expresión, y la materia es espíritu en el más inferior. La vida está constituida por la voluntad y el amor y por grandes energías impulsoras que subyacen en todo el proceso evolutivo y motivan su inevitable consumación.

Atma-budi, como energías, se anclan en el vehículo del alma, en el loto egoico, y su actividad fusionada evoca respuesta de la sustancia del plano mental, que entonces hace su propia contribución. Su reacción produce lo que llamamos la mente superior, de naturaleza tan sutil y emanación tan tenue, que forzosamente debe relacionarse con los dos aspectos superiores y llegar a ser parte de la Tríada espiritual. El vórtice de fuerzas establecido por el impacto de la voluntad divina, expresando propósito divino y unificado con el Ser (como identidad y no como cualidad), produce el loto egoico, el vehículo de esa “alma identificada”, arrastrada a la expresión por el tercer resultado del impacto átmico-búdico en los tres mundos, y la mente concreta y el intelecto humano vienen a la expresión. Existe, en consecuencia, una curiosa similitud entre los tres aspectos divinos en manifestación y el hombre espiritual en el plano mental. La analogía es la siguiente:

                        La mónada                             Mente abstracta.

            El alma                                    Loto egoico.

La personalidad                     Mente inferior o concreta.

Esa vaga abstracción, la mónada, durante eones, parece no haberse relacionado de ninguna manera con el alma y la personalidad; ambas han estado y están ocupadas en la tarea de establecer, a su debido tiempo y de acuerdo al impulso evolutivo, una estrecha fusión [i590] o unificación. La mente abstracta también ha permanecido durante eones como algo inconcebible y fuera de los modos de expresión y del pensamiento del hombre kamamanásico (o emoción y mente inferior) y luego, finalmente, alma y mente concreta (o el iluminador y el transmisor de iluminación). Tales analogías pueden ser muy iluminadoras si se las considera debidamente.

En el ser humano tenemos ancladas dos energías principales; una incomprendida, a la cual damos el nombre de la PRESENCIA, la otra comprendida, a la cual damos el nombre de Ángel de la [e432] PRESENCIA. Éstas son el alma (el ángel solar) y la mónada. Una corporifica el rayo monádico, la otra el rayo del alma, y ambas energías, activa o sutilmente, condicionan a la personalidad.

Las otras cinco energías presentes son el rayo de la mente o fuerza condicionadora del cuerpo mental; el rayo de la naturaleza emocional y el rayo del cuerpo físico, además de un cuarto rayo, el de la personalidad. Esotéricamente el rayo del cuerpo físico “asciende hasta la conjunción, mientras que los demás descienden”, según reza en un antiguo escrito. El rayo de la personalidad es consecuencia o resultado del vasto ciclo de encarnaciones. Por lo tanto tenemos: 

1.    El rayo monádico.

2.    El rayo del alma.

3. El rayo de la mente.

4. El rayo de las emociones.

5. El rayo del cuerpo físico.

6.   El rayo de la personalidad.

7. El rayo planetario.

El rayo planetario es el tercer Rayo de Inteligencia Activa, porque condiciona a nuestra Tierra y tiene gran potencia, que permite al ser humano “atender sus asuntos en el [i591] mundo de la vida física planetaria”.

Me he referido casualmente a esos rayos en otra parte y poco he dicho acerca del rayo planetario; he puesto el énfasis sobre otro análisis de los rayos condicionantes, y en este análisis he reconocido que únicamente cinco rayos son de utilidad práctica para el hombre. Estos son:

1.    El rayo del alma.

2.    El rayo de la personalidad.

3.  El rayo mental.

4.   El rayo astral.

5.   El rayo del cuerpo físico.

Sin embargo, con la creación y el desarrollo del antakarana, el rayo de la mónada también debe ser puesto en línea, y entonces aquello que es su polo opuesto, la “vivencia” planetaria, el tercer rayo, será reconocido. He dado aquí un punto de mucha importancia. Todas estas energías desempeñan una parte activa en el ciclo de vida de cada hombre y no pueden ser totalmente ignoradas por el curador, aunque a menudo la información es relativamente inútil en la actualidad. [e433]

3.    El conflicto de esas energías con las fuerzas, y de las fuerzas entre si, producen los males corporales del hombre.

Se observará aquí que las enfermedades se producen, de acuerdo a la ley, de dos maneras:

1.    Por el conflicto de las energías con las fuerzas.

2.    Por el conflicto de las fuerzas entre sí.

Evidentemente, a primera vista es de esperarse esta lucha dual. En primer término tenemos la lucha que se libra en la vida de la personalidad, cuando el alma definidamente dirige su atención hacía sus vehículos y trata de ejercer [i592] control. Cuanto más determinada esté la persona a someter su personalidad al control del alma, más se intensificará el conflicto, surgiendo como resultado serias condiciones físicas. Bajo esa clasificación podríamos catalogar la mayoría de las enfermedades de discípulos y místicos, en gran parte de naturaleza nerviosa, y a menudo afectan al corazón o a la corriente sanguínea. En la mayoría de los casos pueden ser confinadas a la zona arriba del diafragma, y por lo tanto a esas zonas condicionadas por los centros coronario, laríngeo y cardíaco. Un número de casos que denominaré “fronterizos” entran también bajo esta categoría, pero están limitados a la trasferencia de las energías (por el impacto del alma) del centro plexo solar al cardíaco, y la frontera involucrada es simplemente el diafragma.

Dentro de esta primer clasificación también podrían notarse esas dificultades originadas, por ejemplo, cuando la energía del cuerpo astral hace su impacto sobre las fuerzas del vehículo etérico, estableciendo un disturbio emocional y produciendo serias dificultades en el plexo solar, con los resultantes trastornos gástricos, intestinales y hepáticos, siendo todos el resultado del conflicto entre energía y fuerzas. Todo lo que puedo hacer aquí es indicar el tipo de problema relacionado con una u otra de esas dos categorías; el tema no se presta para la breve dilucidación que intento dar.

Dentro de la segunda categoría, que concierne al conflicto entre fuerzas y fuerzas, está implicado el cuerpo etérico, y las fuerzas involucradas son las que se hallan en los centros mayores y menores, implicando su relación mutua y su reacción interna al impacto de energías provenientes de afuera del cuerpo etérico. Dichas fuerzas y su interacción producen las enfermedades comunes en el hombre y controlan los disturbios de los órganos físicos y las zonas del cuerpo físico ubicadas alrededor de esos centros, [i593] los cuales constituyen en realidad los factores principales que condicionan la masa de seres humanos durante [e434] largos eones, o hasta el momento en que el alma “presta atención” a la apropiación y pleno control de su mecanismo en los tres mundos. Estas dificultades secundarias, debidas a la interacción entre los centros, son de tres categorías, y deben ser cuidadosamente observadas:

1.    La interacción entre:

a.    Los centros arriba del diafragma, por ejemplo, el coronario, el laríngeo y el cardíaco y muy ocasionalmente el centro ajna.

b.    Los centros abajo del diafragma y su relación entre sí.

2.    La mutua relación entre ciertos centros, como la que tiene lugar de acuerdo a la Ley de Transmutación, o el proceso de elevar las fuerzas de un centro a otro,

a.    del centro sacro al laríngeo,

b.    del centro plexo solar al cardíaco y

c.     del centro en la base de la columna vertebral al coronario.

3.    El impacto producido por la “energía” (observen la exactitud técnica de mis frases) de los centros arriba del diafragma a los de abajo del diafragma.

Este proceso ocurre inversamente del que tiene lugar cuando las fuerzas abajo del diafragma son elevadas a los centros arriba del diafragma. En este tercer tipo de relación tenemos la aplicación de la potencia del magnetismo, y en el otro la expresión de la irradiación. Ambos se hallan estrechamente aliados en cierta etapa del desenvolvimiento.

[i594] En todas las relaciones siempre existe la posibilidad de que surjan dificultades, dando por resultado un efecto indeseable sobre los órganos físicos situados dentro de la zona implicada. En las primeras etapas de la relación de los centros ubicados arriba del diafragma con los de abajo, el hombre generalmente no se da cuenta de lo que está sucediendo y es simple víctima del estimulo aplicado por el centro de donde emana la energía, al centro que recibe su impacto, o víctima de la desvitalización (produciendo en consecuencia muchas formas de males físicos) a medida que los centros responden a la estimulación. Todo es cuestión de equilibrio, y por esto debe luchar el hombre inteligente y el aspirante.

Llegamos ahora a una afirmación muy ambigua y ha sido expuesta con ese propósito: [e435]

4.    El conflicto entre las primeras y las segundas persiste durante edades, hasta llegar a la cima de la montaña -la primera gran cima.

Esto se refiere vagamente (y repito a propósito) al conflicto entre las energías situadas arriba del diafragma -que normalmente provienen del alma, en su propio plano- y las fuerzas de abajo del diafragma. Éste es un conflicto grande y persistente; comienza cuando el centro plexo solar domina y es poderoso, produciendo crisis como en la época atlante. Debido a que la masa de hombres tiene conciencia atlante y es arrastrada principalmente por su naturaleza emocional, tales crisis vuelven a surgir hoy. Con el tiempo, hablando metafísicamente, el centro plexo solar comienza a producir un efecto irradiatorio en respuesta al “llamado” magnético del centro cardíaco. Cuando se recibe la primera iniciación se establece la primera gran interacción entre ambos y la primera actividad coordinada. “Lo de arriba está ahora relacionado con lo de abajo, pero lo de abajo pierde su identidad con lo de arriba”, según lo expresa El Antiguo comentario. La [i595] madre desaparece porque el Cristo-Niño ha ocupado el lugar preponderante. El alma ejerce control y conduce al aspirante de una cima de la montaña a otra.

En la primera iniciación, y acrecentadamente en todas las iniciaciones, la energía entra en un mayor conflicto con las fuerzas; la energía del alma se precipita en el cuerpo etérico y todos los centros se convierten en “zonas de lucha”, predominando uno más que los otros. La naturaleza de la lucha ya no es de las “fuerzas entre sí”, sino entre energías y fuerzas, y esto crea las agudas pruebas para la iniciación, y produce muchos males físicos entre quienes están preparándose para recibir o han recibido la primera y segunda iniciaciones, explicándose así las enfermedades de los santos.

Algún día emergerá una gran ciencia de los centros que aclarará todo el complejo problema, sin embargo aún no ha llegado el momento. Si esta ciencia se enseñara abiertamente en la actualidad, permitiría dirigir los pensamientos de los hombres a la realidad de los centros y a las zonas que éstos controlan, y no a las energías que afluyen a través de ellos. Entonces se produciría una malsana e indeseable estimulación o desvitalización de la sustancia de los centros, con la consiguiente aguda enfermedad. Siempre rige la ley de que “la energía sigue al pensamiento” y que la energía puede ser irradiatorio o magnética, pero no debe permanecer contenida estáticamente dentro de un centro. La verdadera ciencia de los centros sólo se impartirá libremente cuando -y sólo cuando- los hombres conozcan por lo menos [e436] los rudimentos para dirigir el pensamiento y controlar los impactos de energía.

5.    La lucha entre las fuerzas produce las enfermedades, dolencias y sufrimientos corporales que buscan la liberación en la muerte.

[i596] Existe aquí una interesante diferencia que debe ser notada. La muerte sobreviene como resultado de dos cosas:

1.    La lucha entre las fuerzas, no entre la energía y las fuerzas. La zona de conflicto existe en el cuerpo etérico y en el físico, y ninguna energía penetra del exterior, porque el hombre se halla gravemente enfermo.

2.    La pérdida de la voluntad de vivir. El paciente ha cedido: la lucha interna es muy grande para él; no puede traer energía del exterior para combatir las fuerzas antagónicas, y ha llegado a la etapa en que no desea hacerlo.

Estos dos aspectos del proceso de morir indican el destino del paciente, y deberían ser inmediatamente notados por el curador que (cuando descubre que están presentes) aplicará su pericia para ayudar al hombre a morir y no intentará curarlo. La puerta de entrada para las energías dadoras de vida se cierra; nada puede penetrar que ayude al curador en su trabajo, y el conflicto -de naturaleza general, o limitado a una amarga lucha en determinada zona- entre las fuerzas produce tanta fricción, que no queda esperanza alguna, excepto la muerte. En esta frase que comentamos, puntualizaré que la enfermedad se refiere al punto de fricción o dificultad aguda, y todos los males a la forma general en que el hombre reacciona a la zona donde se halla la dolencia y a la general incapacidad producida por la enfermedad, mientras que los dolores corporales se refieren al malestar de la zona donde la enfermedad está localizada, e indica su naturaleza. Las palabras en estas reglas y leyes han sido elegidas cuidadosamente, y aunque sean inadecuadas desde el punto de vista del traductor, no son redundantes, pues tienen diferentes significados.

6.    Las dos, las cinco y también las siete, además de aquello que ellas producen, poseen el secreto.

[i597] Esta enumeración es un resumen de lo que se ha dado previamente, y su significado más superficial y el que más aplica el curador podría simplemente expresarse de la manera siguiente:

El curador debe tener en cuenta la realidad de las dos energías mayores, presentes en cada personalidad: los rayos del alma y de la personalidad. Luego debe recordar que a esos dos debe agregar tres rayos condicionantes: los [e437] rayos de la mente, del cuerpo astral y del cuerpo físico, formando los cinco mencionados.

Esta enumeración por lo general será adecuada para la persona común o término medio. Sin embargo, si el paciente es una persona muy evolucionada, corresponderá otra enumeración; será necesario agregar dos energías más que estarán entonces presentes con verdadera potencia: el rayo de la mónada y el rayo del planeta, el tercer rayo. Este rayo planetario, cuando está muy activo (como en el caso de las personas muy evolucionadas y de quienes han logrado un punto elevado de integración general), tiene un poderoso efecto; el prana planetario afluye poderosamente con el rayo planetario y puede ser utilizado para producir la curación. La razón por la cual la salud de las personas evolucionadas es generalmente buena, se debe a que la energía pránica, proveniente del planeta, afluye libremente a través del mecanismo. El Maestro trabaja mediante un cuerpo relativamente perfecto, pues depende de esta energía para mantenerlo sano. Esta información es algo nueva, y una vez reconocida parecerá simple y razonable. “Aquello que ellas producen” significa en este Caso, para el curador, la forma tangible externa; existen otras significaciones, pero de ellas no nos ocuparemos.

El “secreto” se refiere a la revelación de la manera en que puede preservarse la buena salud. No es el secreto [i598] de la curación del vehículo físico cuando existen “males corporales”. Pero hay un secreto para la buena salud, conocido por todos los iniciados después de la tercera iniciación, que pueden aplicarlo si lo desean. No obstante, quizás deseen hacerlo siempre, a no ser que estén trabajando con otros aspectos del Plan, que nada tienen que ver con la humanidad. Si se hallan entre quienes se ocupan de la conciencia incipiente del hombre y trabajan para el reino humano y en él, pueden conocer el secreto, y al mismo tiempo no querer beneficiarse con él, debido a que sienten la necesidad de identificarse totalmente con la humanidad; por lo tanto eligen compartir conscientemente todas las experiencias humanas y morir de la manera que es común al resto de los hombres. La cuestión de la identificación se halla detrás de toda manifestación; es la identificación del espíritu con la materia o del espíritu y la materia, que constituye el secreto de la apariencia divina. Una de las principales causas de la enfermedad, como bien saben, es la facilidad de los hombres para identificarse con el aspecto forma (con las numerosas fuerzas localizadas -dentro del círculo infranqueable de la personalidad). El hombre no se identifica con el productor de la forma, el verdadero hombre espiritual, ni con las energías que trata de dirigir, y que -más adelante en el ciclo evolutivo- insiste en dirigir.

[e438] Aquí también hay un significado secreto que se refiere a los siete rayos, cuando se expresan en el reino humano; el conocimiento de este secreto permite al Maestro controlar las epidemias y enfermedades ampliamente propagadas, pero esto ahora no les concierne. Incidentalmente, la relativa liberación de las plagas y epidemias que comúnmente siguen a la guerra, se ha debido parcialmente al empleo, por la Jerarquía, de este séptuple conocimiento, además del conocimiento científico de la humanidad.

A este respecto (y lo menciono simplemente por el interés que tiene) existen dos autoridades jerárquicas -[i599] el Mahachohan y Su Representante, el cual pertenece al séptimo rayo-, poseedoras hoy de todo el secreto, siendo ayudadas por otros cinco Maestros, en la aplicación del conocimiento adquirido. Los cinco Maestros trabajan principalmente con la evolución dévica y, en este caso particular, con los devas curadores, que como saben, están vinculados con la forma. Estos siete Miembros de la Jerarquía son ayudados a su vez por uno de los Budas de Actividad y también por el representante del Espíritu de la Tierra. Aquí tenemos nuevamente dos, cinco y también siete -una diferente enunciación cuya suma da nueve, el número de la iniciación. Esta relación numérica lleva al hombre hasta el punto de la “iniciación en el reino de la perfección; ya no conoce más el dolor o el sufrimiento y su mente se traslada de lo que está abajo a lo que está arriba”.

He mencionado este aspecto de la relación de la humanidad con el tema de la salud, a fin de mostrar cuán sutiles y esotéricas son las cuestiones que estamos tratando, y dar así al paciente individual un sentido de proporción, en lo que concierne a sus dolencias corporales y hasta su muerte.

7.    Ésta es la quinta Ley de Curación, dentro del mundo de la forma.

Esta quinta Ley concierne principalmente al quinto principio, mente o manas; principio que hace del ser humano lo que es; lo convierte en prisionero de la forma y del planeta, y así lo hace vulnerable e indefenso, en el aspecto forma, a los ataques que son parte de la milenaria acción del mal contra el bien. Este quinto principio, cuando es controlado y empleado por el Hijo de la Mente, un Hijo de Dios, permitirá al hombre espiritual liberarse de todo tipo de forma y por lo tanto de la enfermedad y de la muerte.

[i600] Evidentemente, cuando el curador se entrena en el arte de [e439] curar, debe captar con claridad y candidez ciertos hechos excesivamente simples, aunque esotéricos:

1.    Que la curación es, simple y esencialmente, la manipulación de energía.

2.    Que debe diferenciar cuidadosamente entre energías y fuerzas.

3.    Que si busca obtener un verdadero éxito, debe aprender a ubicar al paciente, lo más exactamente posible, en el correcto peldaño de la escala de la evolución.

4.    Que el conocimiento de los centros es imperativo.

5.    Que él mismo debe trabajar como alma, a través de su personalidad.

6.    Que su relación con el paciente (a no ser que éste se halle muy evolucionado) debe establecerla como personalidad.

7.    Que debe localizar el centro controlador de la zona que abarca el punto de fricción.

8.    Que, como sucede con todo en las ciencias ocultas, la enfermedad y la curación son aspectos del gran sistema de “relación” que rige a toda la manifestación.

Si el curador toma estos ocho puntos, y reflexiona y cavila sobre ellos, erigirá una sólida base para todo el trabajo a realizar; su relativa simplicidad es tal que, resultará evidente, cualquiera puede ser curador si así lo desea y está dispuesto a cumplir con los requisitos. La idea corriente que una persona es un curador “nato” y por lo tanto excepcional, en realidad sólo indica que dirige allí su principal interés. Por lo tanto, a causa de este interés, ha dirigido su atención al arte de curar y en consecuencia a establecer contacto con pacientes; debido a la inevitable actuación de la ley que rige el pensamiento, descubre que la energía sigue a su pensamiento y afluye a través de él hacia el [i601] paciente. Cuando lo hace deliberadamente, logra a menudo la curación. Cualquier hombre o mujer -que tenga verdadero interés y esté impelido por el incentivo del servicio- que piensa y ama, puede ser curador, y ha llegado el momento de que la gente comprenda esto. Todo proceso de curación es dirigido por el pensamiento; concierne a la dirección de las corrientes de energía o a su abstracción, y está es otra manera de referirse a la irradiación y al magnetismo. Cada iniciado es un curador, y cuanto más avanzado, menos se ocupa de la complejidad de los centros y fuerzas, o de las energías y su dirección. Cura automáticamente, como en el caso del iniciado Pedro; acerca de él leemos que “al pasar la sombra de Pedro curó a todos ellos".

La mayor diferencia observada en el intervalo (un intervalo [e440] de muchos, muchos miles de años) que media entre el tipo de curación ya mencionado y el trabajo de un curador menos avanzado, se observará en que los curadores que son médicos entrenados y acreditados y también curadores espirituales, tendrán una gran ventaja sobre los curadores no entrenados, porque su diagnosis de la enfermedad tenderá a ser más exacta y su poder de visualización más grande, debido a su entrenada familiaridad con la estructura del cuerpo y su conocimiento de la patología morbosa. Será inteligente que, durante mucho tiempo, el curador espiritual trabaje siempre en colaboración con un médico clínico entrenado. El curador proporcionará los conocimientos ocultistas requeridos. Finalizará la época en que pueda establecerse como curador cualquier persona buena, bondadosa y espiritualmente orientada; la práctica de la curación debería ser precedida por años de cuidadoso estudio acerca de la naturaleza de la energía, de los tipos de rayo y de los centros; deberían dedicarse a esto por un mínimo de tres años; si a ello se agrega la ciencia de un médico entrenado, egresado de nuestras mejores facultades de medicina, tendremos un nuevo y mejor tratamiento del vehículo humano que [i602] el dado hasta ahora. Luego, el conocimiento oculto y ortodoxo del curador, su capacidad de visualización y su poder para dirigir el pensamiento, serán reales y prácticamente efectivos.

La regla vinculada a la quinta Ley pone en claro la necesidad de este conocimiento oculto, porque expone muy definidamente ciertos mandatos fundamentales.

 

REGLA TRES

Que el curador concentre la necesaria energía en el centro necesario. Que ese centro corresponda al centro necesitado. Que ambos se sincronicen y juntos aumenten la fuerza. Así la forma que espera trabajará equilibradamente. Así los dos y el uno, correctamente dirigidos, curarán.

Esta regla presupone el conocimiento de los centros, y este conocimiento, como bien saben, aún se halla en embrión; lo único que se conoce en la mayoría de los casos es la ubicación de un solo centro. Sin embargo, especialmente en el caso de los curadores sin entrenamiento, es suficiente. Un conocimiento demasiado detallado de la formación, condición y respuesta de un centro, constituiría un obstáculo para el curador, pues su pensamiento se desviará hacia el detalle de la forma y se apartará de la energía y sus movimientos.

Esta regla requiere que el curador, al alinearse con el alma y “extraer” energía del alma (convirtiéndose así en un canal [e441] para la fuerza espiritual), dirija esta energía a aquel de sus centros correspondiente al centro que condiciona la zona donde está el punto de fricción. Si la enfermedad o dificultad física es estomacal, por ejemplo, o está relacionada con el hígado, el curador dirigirá la energía de su alma al centro plexo solar, situado en la columna vertebral etérica. Si el paciente sufriera alguna dolencia en el corazón o los pulmones, el curador empleará el centro cardíaco, utilizando el centro laríngeo para las enfermedades tráqueo bronquiales, la garganta, la boca o los oídos.

[i603] Por lo tanto, dos cosas adquieren importancia en conexión con el curador: 

1.    Debe conocer lo más exactamente posible su propio grado de evolución, pues le indicará si es capaz o no de trabajar con uno o con todos los centros. A fin de utilizar cualquiera de sus centros en el trabajo de curación, el curador debe haberlos despertado en alguna medida y ser capaz, conscientemente y por el poder del pensamiento regido por la voluntad, de enfocar la energía en cualquier centro elegido. Esto no significa que todos los centros estarán despiertos y realmente activos. Sin embargo debería significar (si es que desea lograrse la curación) que él no está únicamente limitado a emplear sólo los centros de abajo del diafragma, sino que, por un esfuerzo de la voluntad espiritual, el pensamiento puede ser canalizado en los centros superiores. Muchos aspirantes pueden hacer esto con mayor facilidad de lo que creen. 

2.    El curador no debe correr el riesgo de sobrestimularse personalmente, a medida que canaliza la energía en algún centro, antes de dirigirla a un centro del cuerpo del paciente. Este detalle es muy importante. Gran parte de las enfermedades y dolencias físicas, en la gente común, es abdominal, y hace que el curador emplee constantemente el centro plexo solar; esto podrá producir una seria condición de superemocionalismo e igualmente astralismo agudo por parte del curador. Entonces, será víctima de sus buenas intenciones y de su servicio espiritual, pues las consecuencias son igualmente malas; la energía es una fuerza impersonal y también un agente puramente impersonal. La pureza de intención, el servicio desinteresado y la buena voluntad no son una verdadera protección, a pesar de lo que diga el ocultista sentimental. En realidad la presencia de tales condiciones deseables, sólo acrecientan la dificultad, porque la energía del alma afluirá con [i604] mucha fuerza. El conocimiento de los riesgos involucrados, la sensata evaluación de las posibilidades y la comprensión científica y técnica de las medidas protectoras, serán dados al curador al [e442] finalizar su entrenamiento Mientras tanto, y debido a que el peligro en la actualidad no es tan grande (por la poca potencia de los pensamientos de la gente y su incapacidad para dirigirlos), la principal medida protectora consiste en la capacidad del curador para mantener firme su conciencia en el centro coronario, dejando el “ojo que dirige” enfocado en el centro necesario. Esto implica un enfoque dual, y el curador debe esforzarse por lograr esta habilidad.

Aquí es donde el curador distingue entre el proceso de irradiación y el de magnetización. Habiendo concentrado la energía del alma en el centro apropiado, a través del poder rector de la cabeza (el asiento de la energía del alma) y por el poder del pensamiento, termina el proceso de irradiación. Esta irradiación ha pasado a través de dos etapas:

1.    La etapa donde las energías irradiadas por el alma penetran en el centro coronario.

2.    La etapa donde el curador dirige un rayo de esa energía, desde el centro coronario al “centro necesario”; allí se enfoca y se mantiene firme.

Desde ese centro apropiado se establece la etapa de sincronización con el centro correspondiente en el cuerpo del paciente, y esto no es efectuado por el curador enviando un rayo a ese centro, sino por la potencia del centro del curador que evoca respuesta del centro del paciente; actúa como un imán, extrayendo del paciente una irradiación definida. Esotéricamente esta irradiación ilumina el punto de fricción en la zona circundante y, si el curador fuera clarividente, le permitiría ver con mayor claridad dónde reside [i605] la dificultad, y por lo tanto llegar a un diagnóstico más exacto. Comúnmente el curador espiritual, si no es médico, depende del diagnóstico hecho por el médico asistente.

Así se establece una interacción entre el curador y el paciente, en niveles etéricos. La energía de los dos centros sincronizados está ahora en armonía, y el curador debe determinar en este punto si el tratamiento requiere una técnica de expulsión o de estimulación. Por lo tanto, tiene que asegurarse si el centro del paciente está sobrestimulado y si en consecuencia algo de la energía excedente debe ser expulsada o abstraída, o si existe un estado de desvitalización y la energía del centro involucrado requiere un deliberado aumento.

Hay también una tercera posibilidad, mencionada aquí, que aunque más lenta es prácticamente la más deseable en todos los casos; el logro de un equilibrio de energías (entre curador y paciente) mantendrá la energía en la zona del punto de fricción y permitirá a la naturaleza producir la curación sin ayuda. Esto [e443] sólo es posible cuando la armonía entre el curador y el paciente es completa. Entonces la única tarea del curador consiste en mantener firme la situación, infundir al paciente confianza en sus poderes inherentes y aconsejar un período de paciente espera. Así la curación será más duradera y no habrá sensación o período de “shock” síquico, lo cual puede suceder si se aplica un súbito estímulo o una drástica expulsión.

Hemos considerado aquí, como podrán ver, tres métodos mediante los cuales el curador emplea, bajo su dirección, la fuerza enfocada en sus centros, para:

1.    Expulsar la energía excedente, de un centro sobrestimulado. [i606]

2.    Aplicar procesos definidos a fin de estimular los centros del paciente.

3.    Mantener un estado de equilibrio donde puede tener lugar la curación natural.

En el primer caso, el curador aumenta deliberadamente la potencia de la energía acumulada en su centro, hasta ser excesivamente magnética y abstraer la energía sobrante del centro del paciente; en el segundo caso, el curador envía un poderoso rayo de su propia energía al centro correspondiente en el cuerpo del paciente. Éste es un acto de radiación muy eficaz; en el tercer caso, se establece una interacción que mantiene el equilibrio e induce a una constante y normal actividad al centro que controla la zona.

También verán que estos procesos (y son relativamente sencillos cuando se los capta) dependen de la decisión del curador. Aquí es donde se pueden cometer errores. Aconsejaría, a quien procura trabajar en las líneas que indico, ir lentamente y con la debida precaución, aún a expensas de ser ineficaz y fracasar. Es mejor no afectar la condición del paciente debido al poder de una decisión imprudente, a la potencia del propio pensamiento y al enfoque de la propia dirección, que acelerar su muerte por la súbita abstracción de la energía necesaria y el estímulo de un centro ya sobrestimulado y superactivo.

En último análisis, el objetivo de los tres métodos de ayudar al paciente, por el trabajo directo sobre los centros implicados, consiste en producir una actividad equilibrada y saludable. Esto se logra más fácilmente en el caso de una persona evolucionada, que en el de un individuo cuyo centro está normalmente inactivo y aletargado y donde la dificultad posiblemente se deba más a la actividad de alguno de los veintiún centros menores situados en el cuerpo, que a la de los siete centros [i607] mayores. En tales casos la medicina y la cirugía ortodoxas pueden ayudar con mayor facilidad al paciente que cualquier proceso de curación [e444] espiritual. Por esta razón el curador espiritual recién ahora está llegando a ser importante y su trabajo factible. Ello se debe al rápido desarrollo espiritual de la humanidad, lo cual permite a los hombres, por primera vez y en amplia escala, aprovechar estas leyes y reglas.

En la última frase de la Regla Tres, los dos y el uno significan que la energía combinada del curador -la energía del alma enfocada en el centro coronario y la energía del “centro necesario”, más la energía del centro que controla el punto de fricción en el cuerpo del paciente- es responsable de la curación, siempre que el destino del paciente sea curarse.

LEY VI

Cuando las energías constructoras del alma están activas en el cuerpo, entonces hay salud, limpia interacción y correcta actividad. Cuando los constructores son los señores lunares y los que trabajan controlados por la Luna y a las órdenes del yo inferior personal, entonces hay enfermedad, mala salud y muerte.

Esta ley es muy interesante porque se ocupa básicamente de las causas, principalmente de esas causas que la persona común no puede controlar conscientemente, y porque da esotéricamente un cuadro en miniatura o microcósmico de la situación universal o macrocósmica. Trata del problema del mal o del dolor y el sufrimiento (los grandes misterios de nuestro pequeño planeta), en pocas frases que contienen vastas implicaciones. La misma simplicidad de esta gran ley natural oculta los significados de gran alcance de su actuación normal. Con mucha sencillez expone las siguientes cosas, y las enumeraré porque el desmenuzamiento de un párrafo [i608] en sus claros y simples enunciados, constituye una forma sensata para llegar a su comprensión:

1.    Cuando el alma controla la forma involucrada, hay salud.

2. El alma es el constructor de la forma, la fuerza constructiva en manifestación.

3.    Esto es verdad tanto en el micro como en el macrocosmo.

4.    Los resultados con plenitud, recta relación y correcta actividad.

5.    Cuando el alma no controla, y las fuerzas de la naturaleza-forma son por lo tanto los factores controladores, habrá mala salud.

6.    Los constructores de la forma son los “señores lunares”, los elementales físico, astral y mental.

7.    Éstos, en su triple totalidad, componen la personalidad.

8.    Están esotéricamente regidos por la Luna, el símbolo de la forma, llamada frecuentemente “la madre de la forma”. [e445]

9.    La emanación proveniente de la Luna contiene las simientes de la muerte y de la enfermedad, porque la Luna es “un planeta muerto”.

Como observarán, todo ello vuelve nuevamente a la fuente mayor de la energía que controla al cuerpo. Aunque el alma es la fuente de toda vida y conciencia, lo único que hace el alma durante eones es preservar la vida y la conciencia en la forma, hasta el momento en que ésta alcanza la etapa evolutiva donde se convierte en un instrumento para el alma, útil y apropiado (y lo será cada vez más) para ser empleado como medio de expresión y servicio. El karma determina la calidad y naturaleza del cuerpo físico. Puede tener salud si no se ha abusado de él en una vida o vidas, condicionando una determinada encarnación, o no tener salud por estar pagando el precio de los errores cometidos. La buena salud no depende necesariamente del contacto consciente con el alma. [i609] Ello puede producir y produce buena salud, pero también depende, en la mayoría de los casos comunes, de la vida e intención de la personalidad -en esta vida o en anteriores; cuando la voluntad de la personalidad se dirige al mejoramiento espiritual y a seguir una vida limpia y pura, entonces el alma puede ser de verdadera ayuda.

Esta ley contiene también las implicaciones de esa relación fundamental que convierte a la triple forma del hombre en parte integrante del todo macrocósmico. Las formas de todos los reinos están construidas por los señores lunares bajo un impulso que emana del Logos planetario, actuando en colaboración con el Espíritu de la Tierra -suma total de todos los señores lunares y de los tres tipos de sustancia energetizada, utilizada para crear los cuerpos físico, astral y mental. La relación del Logos planetario con el Espíritu de la Tierra (la relación entre un Ser evolutivo y una entidad involutiva) es un reflejo (distorsionado y regido por la influencia del espejismo), en los tres mundos, de la relación del alma con el elemental de la personalidad. Sería de valor que el curador comprenda que al tratar la enfermedad, en realidad maneja vidas involutivas e intenta trabajar con elementales. La tendencia natural de estas vidas elementales, en el arco involutivo, consiste en obstaculizar y frustrar sus esfuerzos y los del alma, y esto para ellas constituye el camino de la evolución, y eventualmente las conducirá al arco evolutivo.

Cuando llega el momento en que el alma puede conscientemente asumir un control dentro de la forma y sobre ella, eventualmente crea una forma adecuada a sus necesidades espirituales; esto sucederá porque los elementales, suma total del elemental e la personalidad, han llegado a un grado tal de desarrollo que [e446] están preparados para entrar en el sendero de retorno. El alma nunca realiza un trabajo puramente egoísta para tener un medio de expresión en los tres mundos, como podrá parecer [i610] a veces al pensador casual y superficial. Esto es totalmente incidental, desde el ángulo del alma; constituye una actividad necesaria, pero involucra también el sacrificado trabajo de salvar a la sustancia y hacer progresar la evolución de la materia. Según lo expresa El Antiguo Comentario: “La Madre (sustancia-materia) es salvada por el nacimiento de su Hijo (el Cristo interno, la conciencia espiritual) “. Esto es verdad tanto en el macro como en el microcosmos.

Aquí tenemos el secreto del sufrimiento y la muerte planetarios. Nuestro Logos planetario (considerando la verdad desde el ángulo del macrocosmos) es, como saben, uno de los Dioses Imperfectos en La Doctrina Secreta, aunque perfecto más allá de nuestra comprensión humana -la comprensión de una unidad en cualquiera de los reinos constituye Su cuerpo de manifestación. No existe por lo tanto un verdadero equilibrio entre el espíritu y la materia, aunque casi se ha alcanzado el punto de equilibrio, las fuerzas involutivas son aún muy potentes y las energías espirituales todavía se hallan frustradas, aunque no tanto como antes en la historia humana; la próxima gran raza humana que seguirá a la actual, verá logrado un punto de equilibrio que introducirá la denominada edad de oro. Entonces habrá menos puntos de fricción sobre el planeta y por lo tanto en el individuo; desaparecerán las zonas de frustración y de actividad inútil. Esto ya puede observarse, desarrollándose en gran medida en el cuerpo de una persona evolucionada o de un iniciado y durante largos períodos de sus encarnaciones; por regla general las analogías paralelas son exactas.

Esta Ley nos proporciona un asombroso panorama, pleno de esperanza, particularmente si consideramos ciertos hechos presentes hoy en el mundo y los comparamos con las condiciones existentes hace cientos de años. La conciencia de la humanidad va despertando en todas partes; las razas menos desarrolladas están en proceso de adquirir educación, lo cual implica necesariamente el descubrimiento de la mente; la buena voluntad es reconocida [i611] como algo necesario para el desenvolvimiento del mundo, y los hombres descubren que “ningún hombre vive para sí mismo” ni tampoco una nación, y captan el hecho de que es cuestión de sentido común y sabiduría mejorar las condiciones de los hombres en todas partes. Ésta es una nueva actitud y un acercamiento reciente y más pleno de esperanza. Los hombres van aprendiendo a conocerse y comprenderse; las naciones están llegando a establecer contactos más estrechos; los estadistas de todas las [e447] naciones luchan juntos y en unido cónclave, para solucionar el problema del mejoramiento de las condiciones humanas de vida; en todas partes se piensa, valora y lucha por la libertad y los verdaderos valores. ¿Qué es todo esto sino el esfuerzo del alma de la humanidad por eliminar la enfermedad, devolver la salud a las zonas afectadas y eliminar los puntos de fricción? ¿No es acaso lo que el hombre espiritual trata de lograr en su propio cuerpo cuando está enfermo, mientras el curador intenta ayudarlo?

Al hacer esto, los “señores lunares” y las fuerzas de la sustancia, eventualmente ceden ante la energía del alma, y se benefician, ya sean ellas fuerzas micro o macrocósmicas.

Una de las cosas que frecuentemente extraña a los estudiantes es la afirmación de que el cuerpo físico denso no es un principio. H. P. B. establece este hecho con énfasis; la gente es propensa a creer (salvo que sean teósofos fanáticos) que ella estaba equivocada o que engañaba intencionalmente a los estudiantes. La naturaleza de un principio es una de las cosas muy poco comprendidas. Sin embargo, por el entendimiento de lo que es un principio puede captarse la belleza y exactitud de su afirmación. En último análisis ¿qué es un principio? Un principio es aquello que, macrocósmicamente hablando, se está desarrollando en cada uno de nuestros siete planos -los siete subplanos del plano físico cósmico. El germen o la simiente de cada subplano corporifica algún aspecto de la conciencia divina en desarrollo; [i612] es lo que está fundamentalmente relacionado con algún tipo de sensibilidad; es aquello a lo cual pueden responder los cuerpos, a medida que evolucionan. Un principio es un germen de la percepción, que lleva la potencialidad de la plena conciencia a algún nivel particular de actividad divina. Es lo que hace posible el conocimiento y la respuesta consciente al medio ambiente; es lo que significa una actividad sensible correlativa, y “desenvuelta”, dando por resultado la posible e inevitable comprensión divina.

El cuerpo físico, y en menor medida los cuerpos astral y mental, son automáticos en su actividad, como aspectos de un mecanismo divino de respuesta; instrumento que permite al Hombre celestial, al Logos planetario y al hombre espiritual, registrar una respuesta consciente de aquello con lo que debe establecer contacto, de acuerdo al plan divino y a través de un mecanismo. El cuerpo físico, en la actualidad, es el único que está tan plenamente desarrollado, que en el actual esquema planetario ya no puede alcanzar mayor desarrollo evolutivo, excepto en lo que el hombre espiritual pueda afectarlo -la mayor parte del efecto es producido en el cuerpo etérico y no en el físico denso. Este punto es muy importante y poco comprendido.

[e448] El cuerpo físico denso alcanzó su máximo punto de desarrollo e interés (desde el ángulo de la atención mental y de la acción jerárquica) en el sistema solar anterior. Constituyó la meta divina de todo el proceso evolutivo. Esto es algo que la humanidad no puede captar. No me es posible ni aconsejable indicar las etapas evolutivas a través de las cuales pasó esté mecanismo divino en preparación para la tarea a emprenderse en el actual sistema solar. En la presente encarnación divina de nuestro Logos planetario mediante este pequeño planeta Tierra, el cuerpo físico no es la meta, sino simplemente algo que existe y debe ser aceptado, adaptado e [i613] incorporado al plan general evolutivo. Dicho plan tiene que ver, en su totalidad, con la conciencia. El cuerpo físico es simplemente -ni más ni menos- el vehículo de la conciencia en el plano físico, pero el punto de atención es el cuerpo etérico, como expresión de los vehículos sutiles y como función de conciencia corporificada. El cuerpo físico es importante porque tiene que albergar y responder a cada tipo de respuesta consciente, desde el ser humano más inferior hasta, e inclusive, la conciencia de un iniciado de tercer grado. Los cuerpos y formas de la vida interna consciente en los tres reinos subhumanos tienen un análogo problema, aunque menos difícil; aquí considero solamente el cuerpo físico del ser humano, el cual no es un principio, porque no constituye una meta ni es la semilla o germen de nada. Cualquier cambio producido en el cuerpo físico es secundario a la meta de responder conscientemente a la revelación de una divinidad emergente. He creído necesario hacer hincapié sobre esto, debido a la confusión que existe en las mentes humanas, respecto al tema.

En resumen, el cuerpo físico no es un principio ni el principal punto de atención del aspirante; responde automáticamente a la conciencia que se desenvuelve lentamente en todos los reinos de la naturaleza; permanece siendo constantemente aquello sobre lo cual se trabaja y no lo que posee una influencia innata propia; no tiene importancia en el proceso activo, porque es el receptor y no lo que inicia la actividad. Lo importante es la conciencia en desarrollo, la respuesta del hombre espiritual interno a la vida, circunstancias, acontecimientos y medio ambiente. El cuerpo físico responde. Cuando el cuerpo físico llega a ser erróneamente objeto de atención, se produce la retrogresión; he aquí por qué toda profunda atención dedicada a las disciplinas físicas, al vegetarianismo, a los regímenes y ayunos y a los actuales tipos de (las así llamadas) curaciones mentales y divinas, son indeseables [i614] y no están de acuerdo con el plan proyectado. Por consiguiente, poner excesivo énfasis sobre el cuerpo físico y considerarlo indebidamente, es reaccionario y similar a la adoración del becerro [e449] de oro por los hijos de Israel; es volver a aquello que en un tiempo fue importante, pero que hoy debe relegarse a una posición menor y por debajo del umbral de la conciencia.

Me he ocupado de esto aquí porque la séptima Ley nos llama la atención sobre la realidad de las glándulas endocrinas y es necesario que encaremos el tema desde el correcto punto de vista. Las glándulas endocrinas forman parte tangible del cuerpo físico, siendo por lo tanto parte de esa manifestación creada que no es considerada un principio. Sin embargo son eficaces y potentes y no pueden ser ignoradas. Es esencial que los estudiantes consideren estas glándulas como efectos y no como causas de sucesos, acontecimientos y condiciones en el cuerpo. El cuerpo físico -sin tener en cuenta lo que sus víctimas puedan creer y afirmar- esta siempre condicionado por causas internas; nunca él mismo es, intrínsecamente, una causa. En el actual sistema solar, y en nuestro planeta, es automático, afectándolo las causas generadas en los planos internos y la actividad del alma. Observen la importancia de esta afirmación. El cuerpo físico no tiene verdadera vida propia, sino que simplemente -en este ciclo- responde a impulsos que emanan de otra parte. Su realización y triunfo consiste en que es un autómata. Si esto es captado adecuadamente podemos entrar sin peligro a considerar la séptima ley y la cuarta regla.

LEY VII

 Cuando la vida o energía fluye sin impedimentos y, mediante la correcta dirección, alcanza su precipitación (la glándula relacionada), entonces la forma responde y la mala salud desaparece.

Uno de los factores interesantes que deben observar los estudiantes es la doctrina de los intermediarios, [i615] la cual está rica y abundantemente incluida en todas las enseñanzas esotéricas y considerada de muy vital importancia. Ha sido acentuada (aunque erróneamente interpretada) en la enseñanza cristiana acerca de Cristo; el cristianismo Lo ha presentado como intermediario entre un Dios iracundo y una humanidad ignorante y mísera. Pero de ninguna manera la intención de Su venida y de Su tarea fue ésa; su real significado no lo trataré aquí. Ya me ocupé de este tema en otra parte, en conexión con la Nueva Religión Mundial 2. En la presentación esotérica también se ha enseñado (vinculado estrechamente a las doctrinas cristianas) que el alma es el intermediario entre la mónada y la personalidad; la misma idea también se halla en muchas otras presentaciones religiosas, por [e450] ejemplo, Buda aparece como intermediario entre Shamballa y la Jerarquía, actuando en esa función una vez al año; la Jerarquía misma es el intermediario entre Shamballa y la humanidad; el plano etérico (y con ello quiero significar el vehículo etérico cósmico, planetario e individual) es el intermediario entre los planos superiores y el cuerpo físico denso. Todo el sistema de revelación ocultista o esotérica está basado en la maravillosa doctrina de interdependencia, vinculación consciente y ordenada, y transmisión de energía de un aspecto de la divina manifestación a otro; en todas partes y a través de todo, existe circulación, transmisión de energía y métodos para pasar la energía de una forma a otra, siempre por medio de un mecanismo adecuado. Esto es verdad en sentido involutivo y evolutivo y también en sentido espiritual, siendo este último, algo diferente de los otros dos, tal como bien saben los iniciados de grados superiores. Podría escribirse una tesis completa acerca de los agentes transmisores, que incluiría, finalmente, la doctrina de los Avatares. Avatar es [i616] quien posee una facilidad o capacidad peculiar (además de una tarea autoiniciada y de un destino preordenado) para trabajar con energías, trasmitidas vía el cuerpo etérico de un planeta o del sistema solar; no obstante, ello constituye un profundo misterio. Esto fue demostrado en forma peculiar y en relación con la energía cósmica, por el Cristo, el cual por primera vez en la historia planetaria trasmitió la energía cósmica del amor directamente al plano físico de nuestro planeta y también en manera peculiar al cuarto reino de la naturaleza, el humano. Esto debería indicarles que, aunque la energía del amor es el segundo aspecto de la divinidad, el Cristo corporificó y trasmitió a la humanidad cuatro cualidades de este aspecto y, consecuentemente, a los otros reinos de la naturaleza, los únicos cuatro que la humanidad pudo absorber. Solo uno de estos cuatro aspectos comienza a expresarse -la cualidad de la buena voluntad. Los otros tres serán revelados más tarde, y uno de ellos está relacionado en forma extraña con la cualidad curadora del amor. De acuerdo a El Nuevo Testamento, Cristo denominó “virtud” a esta cualidad (una inexacta traducción de la palabra original). Fue empleada por Cristo cuando le fueron retiradas las fuerzas curativas, diciendo: “la virtud me ha abandonado”.

He llamado la atención sobre esto porque dicha verdad está directamente relacionada con la séptima ley. Hemos visto, en conexión con todos los procesos de curación, que el cuerpo denso es considerado esotéricamente un simple autómata; es sólo un recipiente de energías trasmitidas. Hemos visto que el cuerpo etérico que se halla en toda forma o fundamenta cada forma, es en sí una estructura para la transmisión de energías que proceden [e451] de alguna fuente -dicha fuente es principalmente el punto donde pone su énfasis la vida dentro de la forma. Para el ser humano común esto es usualmente el cuerpo astral, del cual emana la energía astral o emocional, anclándose allí, antes de ser trasmitida al [i617] cuerpo etérico. Sin embargo, en ha mayoría de los casos, habrá una mayor o menor mezcla de energía mental. Luego, la energía del alma, reforzada (si puedo emplear tal palabra) por la mente purificada, y trasmitida a través de la personalidad, condicionará al cuerpo etérico y controlará en consecuencia las actividades del vehículo físico.

Esta ley nos llama la atención acerca del hecho de que el cuerpo físico denso, bajo el impacto de las energías subjetivas, a su vez produce una “estructura para la transmisión”, y automáticamente repite la actividad del cuerpo etérico. Crea (en respuesta a la afluencia de energías del cuerpo etérico, por intermedio de los siete centros mayores) una densa estructura física entrelazada que hemos denominado “el sistema glandular endocrino”. Dichas glándulas -a su vez, y en respuesta a la energía que afluye desde el cuerpo etérico- producen la secreción de hormonas, que las glándulas trasmiten directamente a la corriente sanguínea.

No tengo la intención de ser demasiado técnico al considerar este tema; escribo para el lector lego y no para la profesión médica, que tiene la franqueza de admitir su escaso saber acerca de este tópico. El investigador médico conoce muy poco referente a la relación de las glándulas endocrinas con la sangre y con toda la fisiología del ser humano; casi nada sabe acerca de la relación que tienen entre sí las diversas glándulas, las cuales constituyen un entrelazado conjunto directriz de vital importancia, vinculado, unido y animado por los siete centros etéricos. Lógicamente el científico ortodoxo, en este campo, pasa por alto este factor, y hasta que no reconozca aquello que produce a las glándulas endocrinas, permanecerá totalmente confuso acerca de la causa y los verdaderos resultados. Las glándulas constituyen la precipitación directa de los siete tipos de energía que fluyen por los siete centros etéricos. Controlan todas las zonas del cuerpo. Su creación [i618] constituye la definida expresión de la actividad irradiantiva y magnética de todas las energías; son el producto de la irradiación de los siete centros, pero su efecto -individual y combinado- es magnético. La irradiación abstrae átomos físicos densos y los enfoca en la zona apropiada del cuerpo físico, para poder actuar como distribuidores en la corriente sanguínea y por lo tanto en el cuerpo físico denso de uno de los aspectos de la energía afluyente. Quisiera que observaran que sólo un aspecto de la energía es así distribuido -el correspondiente al tercer [e452] aspecto de la sustancia inteligente activa; los otros dos aspectos latentes son distribuidos corno energía pura, afectando zonas y no algún punto focal localizado Una glándula constituye un punto focal localizado.

Ansío que se comprenda correctamente este tema de las glándulas y su relación con los centros. Todo el tópico está íntimamente relacionado con el arte de curar; uno de los efectos de la aplicación de la energía curativa (por medio de algún centro que condiciona la zona donde se localiza el punto de fricción) es la estimulación de la glándula relacionada y su acrecentada actividad. En último análisis, las glándulas son las intermediarias entre el curador y el paciente, entre el centro y el cuerpo físico denso y entre el cuerpo etérico y su autómata, el vehículo receptor físico denso.

Continuando nuestra consideración del agente transmisor inmediato, desde los centros (las glándulas endocrinas) a la corriente sanguínea, quisiera puntualizar que los centros trabajan a través de este sistema endocrino por impacto directo, a través de un rayo o corriente de energía que emana desde el punto central del centro. Por este medio pueden condicionar y controlar zonas enteras del cuerpo, haciéndolo por medio de esos aspectos de los centros que nosotros simbólicamente llamamos “pétalos del loto”. La fuerza de la vida está enfocada en un punto en el centro mismo del loto, y [i619] a medida que va externamente hacia la glándula relacionada, adquiere esa cualidad de energía de que el centro es responsable, porque la fuerza de vida esencialmente no posee cualidades -El rayo de la vida, si se puede denominar así, se halla en el corazón de cada centro, se identifica monádicamente con su fuente y posee (cuando hace contacto con sus pétalos) una mayor cualidad innata de energía atractiva; toda energía que emana de la fuente única, el actual sistema solar, se relaciona con la energía que llamarnos Amor, y esta energía es atracción magnética. Los pétalos del loto, y la zona circundante de energía que constituye la forma del loto, son cualificados por uno de los siete tipos subsidiarios de energía; éstos emanan de los siete rayos que emergen de la Fuente única, como Representantes del Creador múltiple.

Dentro del sistema solar, corno bien saben, tenemos siete planetas sagrados, custodios o expresión de estos siete rayos, de estas siete cualidades de la divinidad; dentro de nuestro planeta Tierra (que no es un planeta sagrado) también hay siete centros que se convierten, a medida que prosigue la evolución, en receptores de las cualidades de los siete rayos provenientes de los siete planetas sagrados proporcionando así (dentro del círculo [e453] infranqueable solar) un vasto sistema entrelazado de energías. Tres de estos centros, representando los tres rayos mayores, son muy conocidos:

1. Shamballa             El rayo de poder o propósito.

El primer aspecto.

La energía de la voluntad.

 

2. La Jerarquía      El rayo de amor-sabiduría

                                El segundo aspecto.

                                La energía del amor.


3. La Humanidad   El rayo de inteligencia activa.

                                 El tercer aspecto.

                                 La energía de la mente o pensamiento 

[i620] Existen otros cuatro centros que, con los tres mencionados, constituyen los siete centros o puntos focales planetarios de energía que condicionan la manifestación corpórea de nuestro Logos planetario. A través de ellos el Señor del Mundo, actuando desde Su propio nivel sobre un plano cósmico y a través de Su Personalidad divina, Sanat Kumara, cumple Su propósito en nuestro planeta.

En forma similar, dentro del microcosmo, el hombre, se hallan las analogías de estos siete centros. Aquí también existen siete centros mayores, los receptores de la energía que emana de los siete centros planetarios, los custodios de los siete aspectos de la fuerza de rayo; estas siete energías -en varios grados de potencia- condicionan la expresión del hombre en los tres mundos, hacen de él lo que es, en cualquier momento dado mientras está en encarnación, e indican (por su efecto o no sobre los centros) su grado de evolución.

En el ser humano dos de dichos centros están ubicados en la cabeza y los otros cinco a lo largo de la columna vertebral. La columna vertebral es el símbolo físico de ese esencial alineamiento, meta inmediata de la orientación dada a las relaciones, llevadas a cabo en la conciencia por el hombre espiritual y producto de la correcta meditación.

La meditación es una técnica de la mente que eventualmente trae correctas e ininterrumpidas relaciones; es otro nombre dado al alineamiento. Por lo tanto, consiste en establecer un canal directo, no sólo entre la fuente única, la mónada y su expresión, la personalidad purificada y controlada, sino también entre los siete centros del vehículo etérico humano. Esto es poner el resultado de la meditación sobre una base física, o más bien sobre efectos etéricos, y quizás les resulte increíble y pueden considerarlo como indicando la fase inferior de tales resultados. Ello se [e454] debe a que [i621] se pone el énfasis sobre la reacción de la mente al alineamiento logrado, sobre la satisfacción obtenida por tal alineamiento, en el cual se registra un nuevo mundo o mundos de fenómenos, y también hacia los nuevos conceptos e ideas que por consiguiente hacen impacto en la mente. Pero los verdaderos resultados (tanto divinos como esotéricamente deseables) son alineamiento correcto, rectas relaciones e ininterrumpidos canales para las siete energías del sistema microcósmico, trayendo eventualmente la plena expresión de la divinidad. Los siete centros del vehículo etérico de Cristo estaban correctamente ajustados y alineados, realmente despiertos y activos y eran adecuados receptores de las siete corrientes de energía provenientes de los siete centros planetarios, los cuales pusieron a Cristo en armonía y en pleno y reconocido contacto con Aquel en Quien vivía, se movía y tenía Su ser. El resultado fisiológico de esta total “entrega esotérica de los siete” (tal como se los denomina a veces) a las entrantes energías espirituales, en su correcto orden y ritmo, fue la aparición en el Cristo de un perfecto sistema endocrino. Todas Sus glándulas, mayores y menores, funcionaban correctamente; esto produjo un “hombre perfecto” -físicamente perfecto, emocionalmente estable y mentalmente controlado. En términos modernos, el “canon de comportamiento” de Cristo -debido a la perfección de Su sistema glandular, como efecto de los centros correctamente despiertos y energetizados- hizo de Él, ante el mundo entero, una expresión de la perfección divina; fue el primero de nuestra humanidad en llegar a este grado de evolución y "el Primogénito de una gran familia de hermanos”, como lo expresa San Pablo. Las actuales imágenes que representan a Cristo testimonian su propia y completa inexactitud, pues no evidencian una perfección glandular; lo presentan con una total debilidad de carácter y excesiva dulzura, pero no demuestran su gran fortaleza y su poderosa agudeza y vivencia. Se le ha prometido al mundo que así como Él es, podemos ser nosotros.

[i622] Esta promesa subyace detrás de la correcta comprensión de la ciencia de los centros. Los hombres podrán comprobar la realidad efectiva de los centros cuando éstos sean controlados gradualmente por el alma, estén correcta y científicamente energetizados y sean llevados a un estado de vivencia real, y empiecen a condicionar toda la zona del cuerpo en que se encuentra cada centro -entre ellos- poniendo cada parte del cuerpo humano bajo su influencia irradiatoria y magnética.

Los centros mantienen al cuerpo unido y hacen de él un todo coherente, energético y activo. Como bien saben, cuando sobreviene la muerte el hilo de la conciencia se retira del centro coronario y el hilo de la vida se retira del centro cardíaco. Lo que [e455] no se ha acentuado es que este retiro dual tiene un efecto sobre cada centro del cuerpo. El hilo de la conciencia, anclado en el centro coronario, cualifica los pétalos del denominado en la literatura oriental “loto de mil pétalos”, cuyos pétalos están relacionados y producen un efecto cualificador definido (irradiatorio y magnético) sobre los pétalos de cada uno de los centros mayores, en el cuerpo etérico; el centro coronario los mantiene en una actividad cualificadora, y cuando esta cualidad de respuesta consciente es retirada del centro coronario, se siente un efecto inmediato en los pétalos de todos los centros; la energía cualificadora es retirada del cuerpo por intermedio del centro coronario. Esta técnica general es aplicada al hilo de la vida anclado en el corazón, después de pasar (conjuntamente con el hilo de la conciencia) dentro y a través del centro coronario. Mientras el hilo de la vida está anclado en el corazón, energetiza y mantiene en plena vivencia a todos los centros del cuerpo, extendiendo sus hilos de vida hasta un punto ubicado en el centro exacto del loto, o en el corazón del centro. A éste se lo denomina a veces “la joya en el loto”, aunque la frase [i623] se aplica más frecuentemente al punto monádico que se halla en el corazón del loto egoico en su propio plano. Cuando ocurre la muerte, el hilo de vida es recogido por el alma y extraído del corazón y llevado a la cabeza y de allí nuevamente al cuerpo del alma, llevando consigo la vida de cada centro del cuerpo; en consecuencia el cuerpo muere y se desintegra y no constituye ya un todo coherente, consciente y viviente.

Relacionado con estos centros, y reaccionando al unísono con ellos, tenemos el sistema endocrino o glandular, a través del cual -durante la encarnación- la vida o energía fluye ininterrumpida y correctamente dirigida, en el caso del hombre altamente desarrollado, o fluye con interrupciones y mal dirigida, en el caso del hombre común o subdesarrollado; mediante este sistema de control glandular, la forma humana responde o no a las energías del mundo circundante. En conexión con este tema de curación, el hombre puede estar enfermo, sentirse mal, o bien y fuerte, de acuerdo al estado de los centros y su precipitación, las glándulas. Debe recordarse que los centros son siempre los agentes principales en el plano físico, a través de los cuales el alma actúa, expresa vida y cualidad, de acuerdo a la etapa alcanzada en el proceso evolutivo, y que el sistema glandular es simplemente un efecto -inevitable e ineludible- de los centros a través de los cuales actúa el alma. Las glándulas, por lo tanto, expresan plenamente el grado de evolución del hombre, y de acuerdo a ese grado son responsables de los defectos y limitaciones o del haber y perfección logrados. La conducta y el comportamiento del hombre en el plano físico están condicionados, controlados y [e456] determinados minados por la naturaleza de sus glándulas; ellas a su vez están condicionadas, controladas y determinadas por la naturaleza, la cualidad y la vivencia de los centros; ellos, a su vez, están condicionados, controlados y determinados por el alma, con acrecentada efectividad a medida que prosigue la evolución. Antes de ser controlados por el alma, están condicionados, cualificados [i624] y controlados por el cuerpo astral, y más tarde por la mente. La meta del ciclo evolutivo consiste en que el alma logre este control, acondicionamiento y proceso decisivo; los seres humanos se hallan hoy, dentro de este proceso, en todas las etapas imaginables de desarrollo.

Comprendo que gran parte de lo antedicho es bien conocido y constituye una repetición. Pero he creído esencial repetirlo para proporcionar una más fresca clarificación en sus ideas.

También será evidente que el proceso kármico en cualquier vida individual, debe desarrollarse por medio de las glándulas que condicionan la reacción personal, las circunstancias y los acontecimientos. Los resultados de todas las vidas anteriores y todas las actividades llevadas a cabo en esas vidas han sido registrados por los Señores del Karma; la ley kármica actúa en estrecha colaboración con los Señores lunares, quienes erigen y construyen los cuerpos que constituyen la personalidad; más tarde, la ley actúa en una más estrecha cooperación con el propósito del alma. Todo el problema es necesariamente muy intrincado y difícil. Lo único que puedo hacer es dar ciertas indicaciones.

El curador debe trabajar con este sistema de centros y con sus efectos exteriorizados, las glándulas, y tenerlos en cuenta muy cuidadosamente; todo estímulo que pueda enviar, por ejemplo, a un centro en el cuerpo del paciente, o toda abstracción de energía de un centro, producirá un definido efecto sobre la glándula afín relacionada, y por lo tanto sobre la secreción que esa glándula habitualmente derrama en la corriente sanguínea.

Como bien saben, los siete centros mayores y sus glándulas afines son los siguientes:


1. El centro coronario                                         
      La glándula pineal.

2. El centro ajna                                                         La glándula pituitaria.

3. El centro laríngeo                                                  La glándula tiroides

4. El centro cardiaco                                                 La glándula timo. [i625]

5. El centro plexo solar                                              El páncreas.

6. El centro sacro                                                       Las gónadas.

7. El centro de la base de la columna Vertebral     Las glandulas adrenales

Notas: 

  1. Tratado sobre los Siete Rayos, T. II, págs.  392-467
  2. Los Problemas de la Humanidad , Cap. VI
  3. La Reaparición de Cristo, Cap. V

[e457] Existen también otros centros y muchas otras glándulas en el cuerpo, pero con estos siete trabaja el curador; las glándulas menores o subsidiarias están condicionadas por el centro que controla la zona donde están ubicadas. Sin embargo, el curador no debe complicar su pensamiento con la multiplicidad y los detalles de los otros sistemas glandulares menores y con las complejas relaciones menores internas. La enumeración dada también contiene los centros y glándulas que básicamente determinan el estado de salud -buena, regular o mala- y el equipo psicológico del hombre. Los estudiantes deberían tener presente que el efecto primordial de la actividad de las glándulas y sus secreciones es psicológico. Un hombre es, en el plano físico, emocional y mentalmente, lo que su sistema glandular hace de él, e incidentalmente lo que hace de él físicamente, porque esto está determinado frecuentemente por su estado psicológico mental y emocional. El hombre común autocentrado pone mayormente el énfasis sobre el vehículo físico y presta poca o ninguna atención al equilibrio o desequilibrio de su sistema endocrino, o estructura (si puedo emplear esta palabra), considerando que determina su efecto psicológico sobre sus semejantes. No tengo la intención de analizar las distintas glándulas, ni de observar cómo responden al despertar o no de los centros, o cómo limitan o complementan las respuestas del hombre a su medio ambiente o determinan su interpretación de la vida y la pasividad o actividad de sus reacciones diarias a las eventualidades y circunstancias. Puede decirse enfáticamente que las glándulas hacen del hombre lo que es, y a su vez son sólo los efectos de ciertas fuentes de energías [i626] poderosas e internas. Nuevamente, como podrán ver, repito esta vital verdad.

Por esta razón la ciencia médica oportunamente comprenderá la verdad (y ya lo esta presintiendo) que es imposible cambiar fundamentalmente la personalidad y el equipo físico del hombre mediante el tratamiento de las glándulas; muy poco y real progreso se ha logrado en esta línea durante los treinta o cuarenta años en que los endocrinólogos han considerado e investigado este tema. Han descubierto algunas cosas, han visto algunos resultados de la actividad o inactividad de las glándulas, ciertos tipos de personas han sido reconocidos como ejemplos de la actividad o pasividad glandular; han sido aplicadas medidas paliativas y se ha estimulado o retardado la acción de las glándulas (con buenos o malos efectos) por medio de distintos métodos y tipos de medicación. Más allá de esto poco se sabe, y las mejores mentalidades en este campo particular son conscientes de que enfrentan un terreno incógnito. Esta situación permanecerá así hasta que la ciencia médica moderna reconozca que el mundo de las [e458] causas (respecto a las glándulas endocrinas) es el cuerpo etérico con sus siete centros; entonces captará el hecho de que todo trabajo relacionado con las glándulas debe ser transferido desde los siete efectos o precipitaciones de los centros, a los centros mismos.

El curador, por eso, ignora la glándula involucrada, tratando directamente el centro que condiciona el “punto de fricción” y controla la zona bajo su influencia; esto necesariamente incluye la glándula que el centro ha creado, formado o precipitado y energetizado.

El concepto que el curador debe mantener en su mente es, como esta ley indica, que se ha de formar un canal ininterrumpido o un conducto libre por el cual pueda fluir la vida dadora de salud desde el “centro necesario”, en el cuerpo etérico del curador, [i627] al centro afín en el cuerpo del paciente, y de allí a la corriente sanguínea, por intermedio de la glándula relacionada. No olviden, que eternamente rige la verdad de que la “sangre es la vida -aunque, desde el ángulo de los esotéricos -y también del punto de vista de la ciencia médica, sus implicaciones sean aún inexplicables.

Los curadores deben aprender a trabajar con el principio vida, no con alguna vaga energía, puesta en movimiento por el poder del pensamiento o la potencia del amor, como lo presentan hoy los diversos sistemas mundiales de curación creados por el género humano. Se establece contacto y se pone en movimiento el principio vida mediante la depuración de ciertos canales etéricos dentro de la estructura etérica que subyace en cada parte del cuerpo del paciente. Esta depuración no se produce pensando en la salud, afirmando la divinidad o eliminando el “error” en el acercamiento mental, sino por el método más prosaico de dirigir corrientes de energía a través de ciertos centros, afectando así determinadas glándulas en la zona del cuerpo físico enfermo, asiento de la dolencia, angustia y sufrimiento.

Lógicamente es verdad que está involucrado el pensamiento o recto pensar; el curador debe pensar con claridad antes de obtener los resultados deseados, pero la energía que se vierte en el vehículo del paciente no es energía mental sino una de las siete formas de energía pránica o de vida. Esta corre por la línea de fuerza o canal que relaciona y vincula todos los centros, conectando esos centros con las glándulas. Recuerden que ello constituye un eslabonamiento y una dirección intervinculada y entrelazada de los siguientes sistemas, y que -desde el punto de vista de los esotéricos dichos sistemas son símbolos de grandes procesos cósmicos: [e459] 

1.   El cuerpo etérico en su totalidad, con sus canales y líneas comunicadoras de energía, subyacentes en cada parte [i628] del cuerpo humano.  

2.   Los siete centros relacionados, cada uno cualificado específicamente y en contacto con todos los centros, por intermedio de las fibras o hilos etéricos de fuerza.  

3.   Los nadis, ese sistema de canales etéricos algo más densos, pequeños hilos de fuerza que subyacen en todo el sistema nervioso, en todo tipo de nervio y en cada tipo de plexos nerviosos.  

4.   El sistema nervioso, que extiende su radio de influencia por todo el cuerpo del hombre.  

5.  El sistema endocrino o glandular.  

6.   La corriente sanguínea, receptora de corrientes de energía viviente que provienen del sistema endocrino, a través de lo que se denomina hormonas.  

7.   La totalidad interrelacionada, la divina manifestación del hombre espiritual en determinada encarnación y etapa de evolución.  

En consecuencia dos grandes corrientes de energía compenetran y animan este conglomerado de sistemas: la de la vida y la de la conciencia. Una actúa a través del sistema nervioso (la corriente de la conciencia) y la otra por medio de la corriente sanguínea. Ambas están en realidad tan estrechamente relacionadas y aliadas que cuando actúan, no le es fácil al hombre común diferenciarlas.

No obstante, el curador no trabaja con el aspecto conciencia sino totalmente con el aspecto vida; el perfecto curador (que aún no existe en la actualidad) trabaja a través del cerrado y sellado punto en el centro (en el mismo corazón del centro). Allí reside el punto de vida. Desde ese punto, en el centro, la vida irradia hacia los pétalos del loto, y la combinación de la vida de dicho centro y de la conciencia, inherente a los pétalos, es la fuente de origen del ser humano que vive, respira y es sensible [i629] -desde el ángulo físico- y el curador debe reconocerlo.

Detrás de la vivencia y conciencia se halla el Ser, el hombre espiritual, el actor, el que siente (en variados grados) y el pensador. La simplicidad de lo antedicho es algo engañosa, porque existen otros factores y relaciones y también otras energías que deben ser considerados, pero a pesar de ello es básicamente verdad, y sobre esta verdad el curador puede actuar.

Es interesante señalar que la Gran Invocación, que se está distribuyendo en el mundo, se basa sobre este mismo concepto fundamental de grandes sistemas, condicionantes de la [e460] humanidad como un todo, la cual puede ser energetizada por la afluencia de corrientes de energía, trayendo nueva vida y salud al entero cuerpo de la humanidad, por intermedio de los centros planetarios de vivencia y conciencia divinas.

La cuarta regla que acompaña a la séptima ley es muy importante. Ello se debe a su extrema simplicidad y a que, si es comprendida y seguida, constituye una regla vinculadora entre los métodos subjetivos y objetivos del tratamiento de la enfermedad. La ley que acabamos de considerar es también excesivamente simple y directa, y en sus implicaciones se relaciona con la naturaleza subjetiva y la forma objetiva. Los estudiantes no deberían dejarse engañar por su simplicidad y sus afirmaciones llanas y directas. Existe la tendencia a creer que la enseñanza esotérica es necesariamente abstrusa e indirecta, requiriendo siempre el empleo del “sentido esotérico” (cualquiera sea su significado) para arribar a una comprensión. Sin embargo, cuanto más elevada es la enseñanza, a menudo se la expresa más simplemente. Su complejidad se debe a la ignorancia del estudiante y no a la forma que la presenta el Maestro. La regla es la siguiente: [i630]  

REGLA CUATRO  

El cuidadoso diagnóstico de la enfermedad, basado en los síntomas externos verificados, será simplificado en tal medida que, cuando sea conocido y aislado el órgano implicado, el centro en el cuerpo etérico en más estrecha relación con él, será sometido a los métodos de curación esotérica, aunque no serán rechazados los métodos comunes, paliativos, médicos o quirúrgicos.  

Esta regla no requiere mucha dilucidación, porque contiene instrucciones claras y concisas. Enumeraré las instrucciones:  

1.   Debe hacerse un cuidadoso diagnóstico, basado en los síntomas externos verificados.  

2.   Debe ser localizado el órgano causante de la dolencia. Ambas actividades conciernen al cuerpo físico denso.  

3.   Después será atendido el centro en el cuerpo etérico, más cercano a la zona de la dificultad.  

4.   Deben emplearse métodos esotéricos de curación, aplicados para la estimulación, o bien para la desvitalización del centro involucrado.  

5.   Simultáneamente, serán empleados los demás métodos externos ortodoxos.

Los denominados curadores modernos se equivocan en la confección del cuidadoso diagnóstico. No conocen bastante acerca del cuerpo físico, de la patología de la enfermedad, de los síntomas [e461] primarios o secundarios, para determinar la naturaleza de la dificultad; esto se debe a que el curador común no ha tenido entrenamiento médico ni tampoco está equipado síquicamente para arribar a un correcto diagnóstico en forma esotérica. Por lo tanto cae en la general presunción de que el paciente se halla enfermo, que el lugar de la dificultad parece estar en tal o cual zona del cuerpo físico, que el paciente se queja de ciertas dolencias y dolores, y si se puede lograr que éste sea suficientemente pasivo [i631] y capte (conjuntamente con el curador) el hecho de su divinidad -¿y quién puede hacerlo hermano mío?- entonces, si tiene fe en el curador, con toda seguridad será curado.  

Usualmente es digno de observarse la ignorancia, tanto del curador como del paciente; es deplorable la presunción del curador de que, si se logra la curación, se debe exclusivamente a los métodos de curación aplicados, mientras el paciente, con toda probabilidad, se hubiera recuperado en cualquier caso. La curación podría haberse acelerado por el factor fe, y la fe es simplemente el enfoque de la energía del paciente en línea con el mandato del curador y el consiguiente “despliegue” de esa energía en la zona enferma, de acuerdo a la ley que “la energía sigue al pensamiento”. La “explosión” (si se puede emplear una palabra fuerte) de la energía de la fe por parte de las dos personas implicadas -el curador y el paciente- oculta y ocasionalmente produce suficiente energía estimuladora para lograr una cura que en cualquier caso era inevitable. Ello ha sido simplemente un proceso de aceleración. Pero esto no es una verdadera curación esotérica ni su empleo involucra un verdadero método esotérico de curación. psicológicamente, esto mismo puede verse en el caso de una “conversión”, tal como lo denomina la Escuela Fundamentalista de la Cristiandad. La fe del sujeto y la del evangelista, más la fe del auditorio (cuando está presente), produce una curación psicológica, en lo que respecta a la eliminación de las separaciones, o una unificación, aunque sólo sea de naturaleza temporaria.

Siempre debemos tener en cuenta que en el mundo creado sólo existe energía en movimiento, y que cada pensamiento dirige algunos aspectos de esa energía, pero siempre dentro de la esfera de influencia de alguna energía más grande, pensante y dirigente. La fe del curador y la del paciente son ejemplos de energía en movimiento, y en la actualidad, generalmente las únicas energías empleadas en cada caso [i632] de curación. La medicina ortodoxa también trabaja con las mismas energías, complementando sus métodos ortodoxos con la fe del paciente puesta en el médico y su conocimiento científico.  

No volveré a recomendar que se empleen los métodos médicos y quirúrgicos cuando ello es posible. Me he referido a esto [e462] varias veces en el curso de esta enseñanza sobre la curación. Es esencial que la gente comprenda que los conocimientos verificados por la medicina y la cirugía, son tanto una expresión de la experiencia y comprensión divinas y quizás lo sea más hoy, como los esperanzados, positivos, aunque vacilantes métodos de la así llamada curación divina. Aunque gran parte de los métodos ortodoxos son experimentales, lo son mucho menos que los métodos de los modernos curadores, y gran parte de su conocimiento científico es comprobado y real. Deberían emplearlos y confiar en ellos. La perfecta alianza curativa, se establece entre el médico y el curador espiritual, cada uno trabajando en su propio campo, pero ambos teniéndose fe mutua; algo que aún no sucede. No hay necesidad de pedir ayuda divina para soldar huesos, pues el cirujano está bien equipado para hacerlo, o detener la infección que el médico sabe muy bien como tratarla. El curador puede ayudar y apresurar el proceso curativo, pero los médicos ortodoxos pueden también acelerar el trabajo del curador. Uno necesita del otro.

Comprendo que lo dicho aquí no será del agrado del curador espiritual ni del médico ortodoxo. Sin embargo, ya es tiempo de que se valoren mutuamente y trabajen en colaboración. En último análisis, el curador espiritual y los nuevos métodos de curación mental han contribuido muy poco relativamente, en comparación con el trabajo y el conocimiento de los miembros de la profesión ortodoxa. La deuda del mundo con los médicos y cirujanos es muy grande. La deuda con los curadores, decididamente no es tan grande; ellos envenenan con frecuencia el canal, mediante la amargura y constante [i633] crítica a los médicos y a la medicina ortodoxa. La seguridad que proporcionan el conocimiento y la experiencia, evita que el grupo ortodoxo adopte una actitud similar, teniendo en cuenta además que el curador espiritual llamará al médico en caso de emergencia.

La ley y regla que ahora consideraremos nos conducirá a los reinos de la verdadera abstracción; y les resultará difícil comprender gran parte de lo que pueda decir. La octava ley nos retrotrae a la fuente misma de todo fenómeno en lo que al ser humano concierne -la voluntad del alma inmortal de encarnar en la tierra o retirarse de la encarnación. Significa también tener en cuenta el factor Voluntad, al producir la enfermedad como medio directo de lograr ese retiro. Muy poco se sabe acerca de la Voluntad, que particularmente es difícil de explicar.  

LEY VIII  

Enfermedad y muerte son el resultado de dos fuerzas activas. Una es la voluntad del alma que dice a su instrumento: Yo retiro [e463] la esencia. La otra es el poder magnético de la Vida planetaria que dice a la vida, dentro de la estructura atómica: “La hora de la reabsorción ha llegado. Retorna a mí.” Así, de acuerdo a la ley cíclica, actúan todas las formas.

Dos aspectos de la naturaleza de la Voluntad divina son llamados a actuar cuando están implicadas la enfermedad y la muerte: uno es la voluntad del alma para poner fin a una encarnación; otro la voluntad del espíritu de la tierra (la fuerza básica elemental) para reintegrar en sí mismo la sustancia liberada y temporariamente aislada, de la cual el alma se ha valido durante el ciclo de encarnación.

El factor tiempo, el factor de interacción entre el punto de la voluntad, que es el del alma, y la difusa, aunque siempre presente voluntad del espíritu elemental de la sustancia, están implicados, más su relación cíclica. Trataremos de considerarlos.

[i634] Lo que diré aquí es de mucha importancia y arrojará una nueva y extraña luz sobre el tópico de la enfermedad. Primeramente me ocuparé de la segunda mitad de la ley, que se refiere al “poder magnético de la vida planetaria”, el cual dice a la vida dentro de la estructura atómica: “La hora de la reabsorción ha llegado. Retorna a mí”.

Para entender a qué se refiere, conviene recordar que el ser humano es una entidad espiritual que ocupa o conforma (palabra esotérica que prefiero) a un vehículo físico denso. El cuerpo físico denso es parte de la estructura general de todo el planeta, compuesto de átomos vivientes, controlados por la entidad planetaria y formando parte de su vida. Este vehículo físico denso es liberado para que goce de una libertad temporaria y dirigida por la voluntad del alma animadora, pero es al mismo tiempo parte intrínseca de la suma total de la sustancia atómica. Este vehículo físico -teniendo vida propia y cierta medida de inteligencia que llamamos su naturaleza instintiva- es denominado por los esotéricos el elemental físico. Durante la vida encarnada, es la fuerza coherente o el agente por el cual el cuerpo físico mantiene su forma particular bajo el impacto de la vivencia etérica, lo cual afecta a todos los átomos vivientes y los pone en mutua relación. El cuerpo físico es el gran símbolo (dentro de la Vida Una) de los numerosos símbolos de que está constituido; es la realidad manifestada de la coherencia innata, de la unidad, de la síntesis y de la relación. El prana físico planetario (el tipo más inferior de energía pránica) es la vida de la totalidad de los átomos (de los cuales está compuesta toda forma externa) cuando son puestos en relación con la independiente estructura atómica del cuerpo físico denso de un alma animadora individual en [e464] cualquier reino de la naturaleza -particularmente, desde el punto de vista de nuestro estudio, el reino humano.

Lo que es verdad en conexión con el individuo u [i635] hombre, el microcosmo, también lo es del planeta, que -como el hombre es un todo coherente. Esta coherente totalidad se debe a la relación de los dos aspectos de la vida: la vida del Logos planetario y la vida del espíritu de la tierra, que es la vida de la totalidad de los átomos que componen todas las formas. Esta suma total de sustancia viviente, de vida elemental, conforma el cuerpo físico denso del hombre, siendo por lo tanto el símbolo. Ambas vidas, actuando microcósmica y también macrocósmicamente, crean esa energía viviente pránica que circula por todo el cuerpo etérico de cada forma, produciendo coherencia o una sintética unión que puede ser percibida cuando es visto el aspecto más denso del cuerpo etérico, creando así el aura de salud de las plantas, árboles, fauna marina, animales y hombres. Otras energías y potencias circulan a través del vehículo etérico y lo condicionan, pero me refiero sólo al aspecto físico inferior. Esto indica la vida del elemental de nuestro planeta, el espíritu de la tierra -una vida divina, que efectúa su propio progreso en el arco involutivo de la manifestación.

Dicho espíritu de la tierra mantiene su aferramiento sobre las estructuras atómicas, de las cuales todas las formas están hechas, incluyendo el cuerpo físico del hombre; oportunamente vuelve a reunir y reabsorbe esos elementos de su vida que estuvieron temporariamente aislados de ella durante alguna experiencia encarnada de un alma en cualquier reino de la naturaleza. Debe observarse que estos átomos están imbuidos o condicionados por dos factores, de los cuales el espíritu de la tierra es el único responsable:  

1.   El factor karma de la vida del elemental del planeta. Es un karma involutivo y precipitante, totalmente diferente del Logos planetario, una Vida espiritual que se halla en el arco evolutivo. El karma involutivo condiciona, por lo tanto, la experiencia de la vida [i636] desde el ángulo estrictamente físico de todas las formas compuestas de sustancia atómica.  

2.   El factor limitación. Aparte del karma, que da por resultado acontecimientos físicos, que afectan a todas las formas físicas compuestas de esta esencia elemental, los vehículos físicos de todas las vidas en todos los reinos de la naturaleza están también condicionados por el punto, en el tiempo, de la influencia cíclica del espíritu planetario y por su grado de evolución. Este espíritu involutivo no ha alcanzado aún un grado de perfección, pero progresa hacia una meta específica que será [e465] lograda cuando haya alcanzado el arco evolutivo de la experiencia. Esto todavía está muy lejos. Nuestro Logos planetario, esa gran Vida divina en Quien vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser, es todavía uno de los “Dioses imperfectos”, desde el punto de vista de la meta que tienen ante sí todos los Logos planetarios. Su cuerpo de expresión, nuestro planeta Tierra, no es aún un planeta sagrado. El espíritu de la tierra todavía se halla muy lejos de alcanzar la relativa perfección que un ser humano consciente percibe.  

El grado de evolución del espíritu de la tierra afecta a cada átomo de su cuerpo -el cuerpo de una entidad involutiva. El resultado de esta imperfección, que no es la del Logos planetario sino la del espíritu de la tierra, se manifiesta como enfermedad en todas las formas de todos los reinos de la naturaleza. Los minerales están sujetos a la enfermedad y a la descomposición, y hasta la fatiga de los metales es un hecho científico comprobado; las plantas y los animales reaccionan a las enfermedades que se producen en las estructuras de sus formas, y la enfermedad y la muerte son inherentes al átomo, del cual están compuestos todos los organismos. El hombre no está exento de ello. La enfermedad, en consecuencia, no se produce por el erróneo pensar, como he dicho a menudo, o por no afirmar la divinidad. Es inherente a la naturaleza de la forma, indicando las imperfecciones que sufre el espíritu de la tierra; [i637] es el método por excelencia con que esta vida elemental mantiene la integridad y capacidad para reabsorber lo que es suyo, pero que fue puesto bajo otra dirección por la potencia atractiva de la vida de aquello que conforma a cada reino de la naturaleza durante un ciclo de encarnación.

Con toda seguridad esto dará una nueva idea acerca de la enfermedad. El hombre crea, bajo el impulso del alma y por la voluntad de encarnar, una forma compuesta de sustancia sujeta al acondicionamiento; impregnada de los impulsos de la vida del espíritu de la tierra. El hombre, al crearla, es responsable de esa forma elemental, pero al mismo tiempo se limita definidamente a sí mismo por la naturaleza de los átomos que componen esa forma. La sustancia atómica por la cual se expresa el espíritu de la tierra, contiene siempre las “semillas de retorno”, permitiendo la reabsorción. Dicha sustancia también está compuesta de todos los grados y cualidades de la materia, desde la más burda a la más refinada, como por ejemplo, la cualidad de la sustancia que hace posible la aparición del Buda o del Cristo. El Señor de la Tierra, el Logos planetario, no puede hallar una sustancia animada por el espíritu de la tierra, de una cualidad y naturaleza suficientemente pura; por lo tanto, no puede materializarse o aparecer como puede hacerlo el Buda o el Cristo. Pocos de los [e466] que forman la Cámara del Concilio de Shamballa pueden hallar la sustancia necesaria o adecuada por medio de la cual aparecer; no pueden apropiarse de un cuerpo físico denso y deben conformarse con un vehículo etérico.

Por lo tanto, tres tipos de vida afectan la apariencia densa de un ser humano durante su restringida manifestación o encarnación:  

1.   La vida del hombre espiritual, trasmitida desde la Mónada, por intermedio del alma, durante la mayor parte de la existencia manifestada. [i638]  

2.   La vida de esa suma total que es la vida elemental del cuarto reino de la naturaleza, la humana; esta vida es todavía un aspecto (de acuerdo a la Ley de Aislamiento o Limitación) de la vida del espíritu de la tierra.  

3.   La suma total de la vida innata en la misma sustancia atómica -la sustancia con la cual están hechas todas las formas. Ésta es la vida del espíritu de la tierra.  

No nos referimos aquí al alma de un átomo o al alma de cualquier forma, grande o pequeña, sino exclusivamente a la vida o primer aspecto, el cual se expresa como voluntad de ser; sólo está activa, aunque siempre presente, durante la vida de la forma o la fase de manifestación creada. Aquí aparece el factor voluntad y tenemos la relación entre voluntad, forma y encarnación.

Uno de los factores que rigen la encarnación es la presencia de lo que se denomina la voluntad de vivir; cuando es poderosa en el hombre, está fuertemente anclada en el plano físico; cuando no está fuertemente presente o se retira, el hombre muere. La vida del cuerpo físico se mantiene, técnica y ocultamente, por el impulso de la poderosa voluntad de ser del hombre espiritual encarnado, por el impulso magnético de la vida planetaria, inherente en cada átomo de la naturaleza forma; por medio de estos átomos -aislados y mantenidos en la forma por la Ley de Atracción- el hombre ha venido a la existencia en el plano físico. Este poder magnético es la expresión de la voluntad (si tal palabra puede ser aplicada al sentido de coherencia que caracteriza al espíritu de la tierra) de la entidad planetaria. Es una proyección de su peculiar estado de conciencia en una forma aislada, creada, ocupada y habitada por el alma, el hombre viviente.

[i639] Varias veces he empleado la expresión “forma aislada”, porque es un peculiar aspecto del aislamiento que condiciona al cuerpo físico de un hombre (o de cualquier forma viviente) haciéndolo independiente, coherente, viviendo temporariamente su propia vida en respuesta a la imposición de la vivencia del alma encarnada. Momentáneamente el poder unido de los átomos [e467] segregados y aislados -particularmente la estructura planetaria del espíritu de la tierra- está de acuerdo con la reacción individual a la vida planetaria. Sólo persisten las cualidades coherentes y magnéticas en cualquier forma de actividad, y conjuntamente con la voluntad de vivir del hombre espiritual o de cualquier entidad animadora. Esto crea una forma coherente, mantenida unida por dos aspectos de la vivencia: el espíritu de la tierra y el del hombre espiritual. Por lo tanto -empleando palabras en un esfuerzo por llegar a comprenderlo-, se unen dos aspectos de vida y dos formas de voluntad o propósito. El superior es evolutivo; el inferior es de naturaleza involutiva. Esto crea el conflicto. Un tipo de energía es evolutivo y el otro involutivo. Estas fuerzas antagónicas presentan el problema del dualismo -un dualismo de lo superior y lo inferior en muchas diferenciadas y variadas etapas. La fase final del conflicto es librado cuando el Morador en el Umbral y el Ángel de la Presencia se enfrentan. En este culminante acontecimiento aparece la atracción o conflicto entre las vidas involutiva y evolutiva, entre la voluntad incipiente y magnética de las fuerzas elementales (inherentes a los átomos de los que están construidos los tres cuerpos de la personalidad) y la voluntad del hombre espiritual, al borde de liberarse del control magnético de la sustancia.

El espíritu de la tierra tiene su analogía en la expresión creada del hombre espiritual, teniendo lugar en la existencia de la personalidad elemental; dicha personalidad [i640] elemental puede ser y frecuentemente es, una fuerza incipiente, influida totalmente por el deseo, no existiendo una verdadera integración de la personalidad; sin embargo, puede ser un factor potente y altamente organizado, produciendo lo que se llama una personalidad de alto grado y un instrumento eficaz para el hombre espiritual en los tres mundos de su evolución. Esto es seguido más tarde por los conflictos en el sendero del discipulado y en el sendero de iniciación. Entonces la vivencia del hombre espiritual y su voluntad para manifestarse divinamente, domina en tal medida y extensión, que se produce la muerte de la personalidad, culminando en el momento de recibir la tercera iniciación. En esta experiencia, la voluntad monádica llega con tal potencia dinámica, que la voluntad de las vidas elementales de la triple personalidad es completamente rechazada.

Pero (para retornar a nuestro tema) la sustancia atómica, impregnada con la vida del espíritu de la tierra y con la fuerza impulsora de su incipiente voluntad, se manifiesta como poder magnético, y está constantemente en conflicto, dentro del cuerpo de manifestación del alma animadora, con la vida del alma. Este [e468] conflicto o fricción es la principal causa de lo que se denomina enfermedad.

La enfermedad es desarmonía, es la culpa del fuego por fricción; las zonas enfermas son áreas de fricción, dentro de la cual la sustancia atómica está temporariamente afirmando su propio tipo de vivencia y respondiendo (a veces hasta el punto de llegar a la muerte) a la atracción magnética de la voluntad del espíritu de la tierra. Si esa atracción es suficientemente fuerte, la fricción dentro de la estructura atómica, localizada en la zona de algún centro etérico, será de tal naturaleza que acrecentará la cualidad de la enfermedad y la vida del hombre espiritual es lenta o rápidamente retirada; el deseo por existir, la espiritual voluntad de ser, ya no es tan fuerte como la voluntad de ser reabsorbido -la voluntad de los átomos que constituyen el cuerpo físico; entonces el hombre muere, en el sentido común del término.

[i641] La vida planetaria dice: “Ha llegado la hora de la reabsorción. Retorna a mí”. El anhelo de retornar es hoy la nota dominante en la sustancia de los cuerpos de la humanidad, responsable de la mala salud universal que caracteriza a la masa de los seres humanos; esta tendencia ha predominado durante siglos; sin embargo, la actitud va cambiando lentamente y llegará el momento en que los átomos de los cuerpos o las fuerzas elementales serán devueltas al sendero de reabsorción, únicamente por la voluntad del hombre espiritual y en respuesta a su expreso mandato, y no por el poder magnético del espíritu de la tierra.

Hemos visto -cuando consideramos las Leyes y Reglas- que fundamentalmente la enfermedad y la muerte se deben al retiro de la vida solar (la energía del alma llamada a veces fuego solar) ya sea desde alguna zona particular del cuerpo físico o desde todo el cuerpo. Este hecho debe recordar a los estudiantes la necesidad de distinguir entre la fuerza o vida de los “señores lunares”, inherentes a cada átomo de los que todos los órganos y formas están hechos, y la energía del alma que compenetra todo el cuerpo como un factor integrador. Hablando simbólicamente, hay momentos en que la vida de esos señores lunares es tan dominante, que la vida del alma es superada en alguna zona particular, y el consiguiente retiro de la vida solar produce enfermedad; o -en otros términos- la fricción producida, cuando los señores lunares no están de acuerdo, trae la enfermedad. Sin embargo, la muerte no indica una plena victoria de los señores lunares, sino más bien que, de acuerdo al plan del alma y a que se ha completado el ciclo de vida, la energía del alma se retira totalmente, permaneciendo únicamente los señores lunares. A veces (porque ello también forma parte de los planes del alma) los [e469] señores lunares temporariamente son los triunfadores, aunque no se produzca la muerte; la convalecencia significa la gradual reentrada de la energía del alma y el subsiguiente control [i642] de los señores lunares. Este aspecto de la energía del alma no es el de esas energías que representan y conducen a la expresión de la cualidad del alma. Es la energía de vida que proviniendo de la Mónada pasa a través del alma como canal o medio de contacto; su canal directo es, inútil decir, el sutratma. No es el antakarana, o el hilo creador o hilo de la conciencia. Éstos están frecuentemente inactivos cuando hay una enfermedad grave y el aspecto vida se va debilitando, y rápida o lentamente se va retirando.

Podrán ver en consecuencia, por qué quienes han logrado construir el antakarana, el puente o arco iris entre la Mónada y la personalidad, han establecido un contacto (no existente en el hombre común) entre la Mónada, la Fuente de Vida y la personalidad -la expresión de esa Vida en la objetividad. La Mónada entonces, no el alma, controla los ciclos de expresión externa, y el iniciado muere a voluntad y de acuerdo a lo planeado o a las necesidades del trabajo. Esto, por supuesto, se refiere sólo a los iniciados de grado superior. Tuve la sensación de que estos puntos serían de interés y también de valor si los conocieran. Otro punto, derivado de lo antedicho, indica que la Vida divina es omnincluyente, porque los señores lunares son aspectos de esa Vida, tanto como lo es la energía del alma.

Por consiguiente es de suma importancia que se fomente la cremación y no el actual sistema de entierro. La cremación devuelve más rápidamente la vida de los señores lunares al depósito central de la vida que cualquier otro sistema, porque “nuestro Dios es un fuego consumidor” y todos los fuegos tienen afinidad con el Fuego central.

 Estudiaremos ahora la regla que acompaña a la Ley VIII.  

REGLA CINCO  

El curador debe tratar de vincular su alma, corazón, cerebro y manos. Así puede verter la fuerza vital curadora sobre el paciente. Esto es trabajo magnético. Puede curar [i643] la enfermedad o acrecentar el estado maligno, de acuerdo al conocimiento del curador.  

 

El curador debe tratar de vincular su alma, cerebro, corazón y emanación áurica. Así su presencia puede nutrir la vida del alma del paciente. Esto es trabajo de irradiación. Las manos no son necesarias. El alma despliega su poder. El alma del paciente, a través de la respuesta de su aura, responde a la irradiación del aura del curador, inundada con la energía del alma.  

[e470] Leyendo superficialmente esta regla se evidenciará que su significado es vital para todo exitoso trabajo de curación. Resume los dos métodos de curación, basados sobre dos capacidades del curador, fundadas en dos grupos de aspectos relacionados, contenidos en la personalidad del curador, e indican dos etapas distintas en la evolución del curador. Un análisis de esta regla dará una mayor idea de su importancia, porque no sólo señala los lineamientos en los cuales debe entrenarse el curador, sino también ciertas relaciones internas que deben estar presentes, y dependen de su grado de evolución. Por un lado, el cuerpo físico del paciente constituye el objetivo del arte de curar, mientras que por otro, el alma del paciente experimenta el efecto de la energía curadora. En el primer caso el curador trabaja con el prana o fluido vital planetario, en el segundo con la energía del alma.

 Por lo tanto, basados en esta regla, podemos dividir a los curadores en dos grupos: un grupo maneja el fluido etérico vital que llamamos prana, y el segundo trabaja en un nivel más elevado, empleando la capacidad de hacer descender la energía del alma en el cuerpo (o más bien, la personalidad) del curador y -desde el centro requerido- enviarla nuevamente al centro apropiado en el cuerpo del paciente, pero esta vez por la estimulación del aura del paciente controlada por su alma. Los dos tipos de energía son de cualidad ampliamente diferente, porque una es puramente de la personalidad y llamada algunas veces magnetismo animal, [i644] la otra es la del alma, involucrando un tipo de trabajo llamado irradiación.

Debería observarse aquí que en realidad hay tres tipos de curadores:  

1.   El curador que trabaja exclusivamente por medio del magnetismo y hace actuar la vida vital curadora del cuerpo etérico planetario, a medida que utiliza su cuerpo etérico individual como canal por el cual puede afluir prana al cuerpo vital del paciente.  

2.   El curador que trabaja en un nivel superior, y necesariamente con un tipo superior de paciente, empleando la energía de su propia alma influyente en conjunción con la energía de su alma individualizada, irradiándola en el alma del paciente por intermedio de ambas auras.  

3.   El curador que puede emplear ambas técnicas y cuyo campo de contacto y posibilidades de utilización son mucho mayores que los otros dos. Puede emplear con igual facilidad la energía del alma o la fuerza vital pránica, dominando en consecuencia las dos técnicas que rigen los dos [e471] conjuntos de facultades relacionadas. Este tipo de curador es mucho más raro que los otros dos.

Actualmente en el mundo moderno, no existe un verdadero sistema de curación espiritual que se pueda enseñar a los futuros curadores. Pero en su lugar se está haciendo un esfuerzo con el fin de basar todo el procedimiento, más las técnicas empleadas, sobre niveles puramente mentales, sistemas de afirmación, métodos de orar, estimulación de la voluntad de vivir del paciente, y ocasionalmente el empleo de pases magnéticos o hipnóticos en relación con el cuerpo etérico; son enseñadas varias fórmulas para aplicar el pensamiento subjetivo, pero no existe la verdadera fórmula para una inteligente y anhelada cura, sino sólo la vaga fe del curador y del paciente y una ciega autosugestión [i645] acerca de lo que debe producir el reconocimiento y la afirmación de la divinidad.

No obstante, la verdadera curación está basada sobre ciertos amplios principios que requieren una marcada aceptación mental; sin embargo, los métodos empleados son tan definidamente físicos, utilizando las corrientes etéricas y los centros del cuerpo etérico, como la imposición de las manos y el establecimiento de relaciones que afectan al cuerpo físico, que de ninguna manera son de naturaleza mental, ni requieren que la mente del paciente se apropie y las retenga. El cuerpo etérico es de naturaleza física y esto no debe ser olvidado, y necesitaría su constante repetición. Como hemos visto anteriormente, tenemos tres principios básicos aceptados y afirmados por el curador, y pueden serle de gran ayuda si el paciente también los acepta:  

1.   En realidad no hay separación. El cuerpo etérico planetario es un todo intacto y continuo; el cuerpo etérico del curador y del paciente son parte integrante e intrínseca del cuerpo etérico planetario.  

2.   Existe una relación ininterrumpida (aunque probablemente incomprendida) entre el cuerpo etérico del curador y el del paciente. que puede ser utilizada una vez que han hecho contacto, para una definida circulación de energías.  

3.   Los canales de relación pueden ser conductores de muchos y variados tipos de energía, transmitidos por el curador al paciente. En este hecho yace una esperanza y un peligro.  

Existen otros principios, pero, en conexión con esta regla, estos tres son esenciales y explicativos. Mucho depende, en consecuencia, del conocimiento, la comprensión y la percepción del curador. El peligro en ambas curaciones, irradiatorio y magnética, consiste en el hecho de que [i646] donde no existe un curador entrenado, la cantidad de prana atraído o la energía del alma distribuida, [e472] puede producir la muerte, como también la vida. Un curador puede cargar su cuerpo etérico con tanto prana, y proyectarlo tan violentamente en el cuerpo etérico del paciente, que le puede hacer más daño que bien. Sólo la larga práctica le enseñará al curador la correcta cantidad de energía a emitir, y para aprender esto haría bien en utilizar la menor cantidad posible, y gradualmente aumentarla a medida que logra destreza en la acción. Hablando en forma amplia y general, y recordándoles que hay muchas excepciones en toda regla, el curador magnético trabajará con personas menos desarrolladas que el curador espiritual, utilizando la radiación del alma, y tratará principalmente esas enfermedades establecidas abajo del diafragma. Los curadores espirituales trabajarán primordialmente con la parte superior del cuerpo, mediante los centros ubicados arriba del diafragma, y con el centro coronario, controlando todos los centros del cuerpo. Su trabajo es más delicado y sutil, e involucra grandes riesgos. El verdadero curador-iniciado emplea con igual facilidad ambos métodos.

Es interesante, aunque no particularmente útil para ustedes, puntualizar que a veces aparecen otros dos tipos de curadores, que trabajan en forma totalmente diferente de la de los métodos ya mencionados, y son:  

1.   Unos pocos que aparecen de vez en cuando y han establecido relación con el espíritu de la tierra, el Regente de todos los señores lunares. Empleando ciertas fórmulas y poseyendo cierta práctica, pueden invocar su ayuda y -en realidad- la demandan. No aconsejo a ningún estudiante interesado reflexionar demasiado sobre ello o tratar de establecer contacto ni invocar su ayuda. Sólo los iniciados de grado superior pueden manejar sin peligro este poderoso Elemental involutivo, y lo hacen [i647] cuando se trata de epidemias o catástrofes internacionales, tales como la guerra mundial, que involucró a millares de cuerpos. Un individuo que no estuviera altamente desarrollado y se esforzara por establecer contacto con ellos, probablemente sólo lograría estimular en tal grado a los señores lunares de su propio pequeño sistema, que su naturaleza inferior quedaría indebidamente energetizada -algunas veces hasta podría causarle la muerte.  

2.   Otros curadores, que forman un grupo mayor que el ya mencionado, pero relativamente pocos, trabajan en colaboración con un deva curador. Dichos devas existen y tienen el poder de otorgar vida. Son para los señores lunares involutivos lo que las grandes Vidas de Shamballa para nosotros. No constituyen una amenaza para la humanidad, pero no es fácil llegar [e473] a ellos, excepto en cierta etapa del Sendero, donde, simbólicamente hablando, existe una puerta o un punto de contacto entre las dos evoluciones, porque los devas no se hallan en el arco involutivo. La relación se establece por medio de la afinidad, pero sólo puede hacerlo el deva y no el curador. Si el curador es muy avanzado, su Maestro puede ordenar a uno de los devas servidores que lo ayude. Únicamente los curadores de gran pureza y móvil totalmente altruista, pueden atraer a estos ángeles, y cuando lo hacen, la potencia de su curación es mucho más grande y cometen menos errores. No intentan, por ejemplo, curar a los pacientes, para quienes no existen posibilidades de curación. El Ángel de la Muerte (y en estos momentos no hablo simbólicamente, sino que me refiero a un deva existente) no permitirá la colaboración de un deva curador; sólo se le permite acercarse cuando la curación está indicada.

Ahora veremos las frases de esta regla y estudiaremos su significado, pues hay más significaciones en ella de lo que parece superficialmente. La primera frase de cada [i648] párrafo comienza con un importante mandato al curador:

El curador debe tratar de vincular su alma, corazón, cerebro y manos. Así puede verter la fuerza vital curadora sobre el paciente.  

Esta técnica la emplea el verdadero curador espiritual de tipo inferior, y por esa razón están incluidos dos de los aspectos del cuerpo físico denso: el cerebro y las manos. El curador trabaja, en consecuencia, por medio de un triángulo y dos líneas de energía. La situación puede ser descrita con el siguiente diagrama:

 

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El triángulo se completa cuando se ha realizado el trabajo de curación y la energía es retirada de las manos y llevada al cerebro nuevamente, y desde allí devuelta al alma por un acto de [e474] voluntad. Cuando el curador (mediante la práctica del alineamiento) se ha vinculado con su alma, entonces hace descender la energía del alma a su centro cardíaco, de allí la transfiere al cerebro, donde queda definidamente enfocada. Utilizando el centro ajna como centro distribuidor, emplea las manos como agente a través de las cuales la energía dirigida puede llegar a esa zona del cuerpo del paciente donde está radicada la perturbación. Hace pasar la energía a ese centro del paciente que rige y está más cercano a la zona afectada, desde el cual [i649] compenetra la parte circundante del cuerpo, penetrando hasta el centro de la dificultad y hasta los límites del área enferma.

Utiliza las manos de dos maneras y emplea dos métodos:  

1.   La imposición de las manos. Método a emplear cuando se ha localizado con exactitud la zona enferma. Las manos se colocan sobre el centro, en la columna vertebral o en la cabeza, que puede regir dicha zona -poniendo la mano derecha sobre el centro, en la columna vertebral, y la mano izquierda sobre la parte del cuerpo que se halla inmediatamente delante de esa zona particular y sobre la parte del abdomen, pecho o cabeza, en la que el paciente siente dolor. Las manos se mantienen en esa posición durante todo el tiempo que el curador puede sostener el triángulo alma, corazón y cerebro, claramente en su conciencia.  

2.   La acción de emplear las manos. El curador, habiéndose asegurado de la dificultad y luego localizado el centro a lo largo de la columna vertebral o en la cabeza, crea una circulación de energías (por la acción de sus manos) a través de ese centro en el cuerpo del paciente que controla la zona enferma, y de allí externamente, a través de esa área, hacia sí mismo. Primero, utiliza la mano derecha, manteniéndola momentáneamente sobre el órgano o zona afectada y lentamente la retira hacia sí; luego rápidamente actúa del mismo modo con la mano izquierda. Observarán que ambas manos son utilizadas en forma positiva. No se ha de permitir que ninguna parte ni aspecto del cuerpo o cuerpos del curador sean negativos; debe descartarse la creencia de que la mano derecha es positiva y la izquierda negativa. Si una mano fuera negativa, el curador podría absorber esos átomos enfermos que ha logrado extraer de la zona afectada. Éstos no responden a la acción de sus [i650] manos por medio del centro, en el cuerpo del paciente, más próximo al lugar de la dificultad, sino que son extraídos a través de la zona que ha respondido a la enfermedad.

En el primer caso, mediante la imposición de las manos -manos quietas y tranquilas -la energía afluye entre ambas, va y viene [e475] dentro de la zona enferma; durante todo el tiempo se utiliza el centro de la columna vertebral, y la actividad que se ha logrado establecer, consume y absorbe las fuerzas causantes del malestar, sin penetrar en el cuerpo del curador. En el segundo caso, las fuerzas son extraídas por la acción de la energía que pasa a través de las manos, aplicada una después de la otra a intervalos rítmicos. Las fuerzas pasan a través de las manos, pero no pueden enfocarse allí, debido a que las energías curativas están concentradas en las manos.

Los curadores que pertenecen al segundo, tercero y quinto rayos utilizan comúnmente el método de la imposición de las manos o curación magnética. Este término es aplicado al acto de imposición directa de las manos sobre el cuerpo físico del paciente, y no a la acción de las manos, del segundo método, cuando están sumergidas en el cuerpo etérico del paciente y trabajan definidamente con materia etérica. Los curadores de primero, cuarto y séptimo rayos utilizan el método de “inmersión de las manos” como a veces se lo llama. El curador de sexto rayo es poco común y sólo tiene éxito cuando está altamente desarrollado; entonces utilizará ambos métodos alternativamente.

Los curadores espiritualmente avanzados utilizan ambas manos. Sin embargo es aconsejable, sobre todo a los curadores, asegurarse a qué rayo pertenecen y luego perfeccionarse en el tipo o método de curación más apropiado a ese rayo; luego, cuando sean adecuadamente eficientes y capaces de actuar con facilidad y capacidad, pueden agregar el método de curación, que no es tan adaptable a su tipo de rayo. Se aconseja a las personas de sexto rayo abstenerse de practicar el arte de curar hasta haber llegado conscientemente al [i651] estado de iniciado. Cuando han sido dominados ambos métodos de curación magnética, el curador puede emplearlos alternativamente en el acto de la curación, o utilizar primeramente el método de los pases magnéticos a fin de provocar un cambio de actividad en la zona enferma, utilizando finalmente el método de la imposición de las manos.

Al finalizar el período de curación tiene lugar el “cierre del triángulo”. La energía que hasta entonces pasó a las manos, desde el cerebro a través del centro ajna, es retirada al centro ajna y de allí dirigida -por un acto de la voluntad- al alma. La fuerza curadora es literalmente “cortada” y redirigida, no estando ya disponible.

Durante todo el período de la curación, el curador guarda silencio. No hace ninguna afirmación ni utiliza ningún mántram curador. El proceso descrito aquí es el efecto de la energía o potencia del alma, al actuar sobre la fuerza. Sobre  este  punto [e476] debe ponerse énfasis. La tarea del curador consiste en mantener una actitud de intensa concentración sobre el triángulo “de vivientes líneas de energía” (como se lo ha llamado) dentro de su propia cuádruple aura -aura de salud, cuerpo etérico, cuerpo astral y cuerpo mental. Debe mantenerla intacta y estable durante todo el periodo de curación. Alma, corazón, cerebro, deben estar vinculados en forma “iluminada”, para que el verdadero clarividente pueda ver un brillante triángulo en el aura del curador; el punto más elevado del triángulo (el del alma) quizás no lo vea, a no ser que él mismo esté muy evolucionado, pero si verá los signos del mismo en la energía que afluye al corazón y del corazón al cerebro. El trabajo se realiza silenciosamente. Por lo tanto en ningún momento se pierde la fuerza, como ocurre cuando se pronuncia alguna palabra o afirmación. No es posible mantener el triángulo geométricamente correcto y magnéticamente polarizado, si el curador emite algún sonido. Esto presupone una etapa avanzada de alineamiento y concentración, e [i652] indicará algunas de las líneas que debe seguir el entrenamiento del curador.

Este método de curación “cura la enfermedad o acrecienta el mal, de acuerdo al conocimiento del curador”. En cierto sentido (aunque ésta no es la etapa más elevada de curación) sin embargo es una de las más responsables, porque en el caso de la curación por irradiación, el alma del paciente actúa en colaboración con el curador y entonces el alma asume mayor responsabilidad. En la curación magnética, el curador debe colaborar estrechamente con el médico o el cirujano que está tratando al paciente; entonces éste suministrará el conocimiento técnico y evitará que el curador cometa errores.

Cuando la muerte es segura y el médico y el curador observan los “signos de la muerte”, no es necesario que el curador interrumpa su trabajo. Continuándolo, quizás acreciente el mal, pero ayudará al paciente a acelerar normalmente el acto de morir. El antiguo proverbio “donde hay vida hay esperanza”, no es básicamente aplicable a todos los casos. La vida puede prolongarse y a menudo se prolonga después que el alma ha decidido retirar la vida del alma; la vida de los átomos de los señores lunares puede ser nutrida durante largo tiempo, y esto grandemente angustia al hombre espiritual que se da cuenta del proceso e intención de su alma. Lo que se mantiene vivo es el cuerpo físico, pero el verdadero hombre ya no enfoca allí su interés.

Inevitablemente llega una etapa, por ejemplo en el caso de una enfermedad maligna, donde el médico sabe que es simplemente cuestión de tiempo, y el curador espiritual puede aprender a reconocer los mismos signos. Entonces, en vez de guardar [e477] silencio el médico y el curador, en lo que al paciente concierne, el tiempo que queda deberá emplearse (si las facultades del paciente lo permiten) en la debida preparación para el “retiro benéfico y feliz” del alma; [i653] la familia y amigos del paciente participarán en la preparación. En las primeras etapas de la nueva religión mundial, será inculcada esta actitud hacia la muerte. Se enseñará un concepto totalmente nuevo de la muerte, con el énfasis puesto sobre el retiro consciente; los servicios funerarios, o más bien los servicios de la cremación, serán un feliz acontecimiento, porque se acentuará la liberación y el retorno.

Sin embargo, el trabajo magnético traerá la curación si así lo indica el destino del paciente, si el alma intenta prolongar el ciclo de vida en forma inesperada, con el objeto de cumplir algún deber, o si el paciente está muy avanzado espiritualmente y la Jerarquía requiere sus servicios durante mayor tiempo.  

Consideraremos ahora la curación por irradiación.

Aquí nos ocuparemos de una situación muy distinta de la que acabamos de considerar. En la curación irradiatorio, el paciente (consciente o inconscientemente) trabaja con el curador y en colaboración con él. La premisa fundamental para la curación irradiatorio es que el paciente sea una persona que haya establecido, por lo menos en cierta medida, armonía con su alma. Habiéndolo logrado, el curador sabe que puede contar con un canal de contacto y evocar el interés del alma de su representante, el hombre en el plano físico. También sabe que el éxito de la curación irradiatorio depende en gran medida de la habilidad de su propia alma para establecer una firme relación con el alma del paciente. Cuando el paciente está consciente y es capaz de colaborar, el trabajo es ayudado grandemente; de acuerdo a la capacidad del curador de aprovechar el alineamiento y el contacto efectuado, así será el tipo de ayuda que prestará a quien se la demande. Cuando el paciente está inconsciente, no constituye un obstáculo real, siempre que el curador pueda relacionar su alma con la del paciente; en [i654] algunos casos la inconsciencia del paciente puede ser una ayuda, porque una ayuda demasiado ansiosa, enfática e impaciente puede contrarrestar el trabajo -tranquilo, silencioso y controlado- del curador.

Sin embargo, establecida la armonía, el trabajo del curador consiste simplemente en mantener firme la relación; no debe permitirse interferencia alguna en el trabajo que realiza el alma del paciente, iniciado por la ayuda del curador. El Maestro Jesús en la Cruz no pudo responder a ningún proceso salvador (aunque así lo hubiera deseado), porque el cuerpo del alma -como sucede siempre en la cuarta iniciación- fue destruido; nada [e478] hubiera podido responder al poder evocador de una persona foránea, interesada o amorosa. Como un adepto y alguien en quien la conciencia monádica estaba firmemente establecida, los poderes de que Jesús disponía no pudieron ser utilizados en la salvación de su cuerpo físico. Además debe recordarse que Él no tuvo ningún deseo de salvarlo, porque ya poseía el poder (demostrado más tarde en la historia de El Evangelio) de crear un cuerpo a voluntad para satisfacer sus necesidades. El pecado sutil y subjetivo de los apóstoles consistió en que no se interesaron en evocar la viviente actividad del Maestro para Su propio bien (aunque Él no lo hubiera aceptado; pero ellos lo ignoraban), sino que estaban totalmente preocupados por su propio sufrimiento. Aunque trataran de evocarla hubiera sido inútil, pero el bien que les pudo proporcionar y la revelación que hubieran recibido acerca de la inmortalidad del alma, los habría iluminado enormemente y quizás traído un cristianismo erigido alrededor de un Cristo viviente y no de un Cristo muerto.

Se dice que en la curación por irradiación, “el curador debe tratar de vincular su alma, cerebro, corazón y emanación áurica”. Observarán dos puntos vinculados con esta instrucción particular, que difieren de los dados en el caso de la curación magnética: [i655]  

1.    El orden del triángulo de energías creado es diferente.

2.    Los medios de contacto son sutiles y no tangibles.  

La energía liberada sigue una línea directa de contacto con el cerebro, y el curador comienza con un triángulo cerrado y no con uno abierto, como en el caso de la curación magnética. El triángulo creado es sencillo, y no existe contacto físico y salida como en la curación magnética:  

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El cerebro del curador está involucrado en ello, pero no exige ningún contacto físico con el paciente. El resultado es una constante circulación de fuerza que viene del alma y vuelve al alma. Esto necesariamente aumenta y energetiza la triple personalidad del curador y, por lo tanto, su emanación áurica. Un clarividente [e479] podría ver su aura que se extiende ampliamente, moviéndose rápidamente y energetizada por la luz de su propia alma, pero con todas sus irradiaciones dirigidas hacia el paciente. Por dicho medio, la fuerza curadora del curador estimula los tres vehículos de la personalidad del paciente, ayudando así su alma en el trabajo que ha de realizar. El curador, en consecuencia, deberá colocarse del lado del paciente donde está localizada la dificultad, para que pueda penetrar más fácilmente la irradiación de su aura. Este camino es el más fácil, pero no el más efectivo. Cuando la vitalidad del paciente es fuerte, éste [i656] debe tenderse de costado y el curador permanecer detrás, para que la energía afluyente, que el curador puede estar utilizando y con ello energetizando potentemente su aura mediante la energía del alma, pueda afectar el aura del paciente y facilitar así la entrada de la irradiación curadora, con la cual el curador contribuye al centro o centros necesitados. Cuando el paciente es muy evolucionado, el curador trata de permanecer a la cabeza del paciente. Su efecto personal no es entonces tan grande ni importante, por ser innecesario; el alma del paciente se bastará a sí misma para realizar la tarea. Lo único necesario es que el aura del curador, al mezclarse con la del paciente, forme una zona de tranquila actividad rítmica alrededor del centro coronario. No se requiere ningún contacto físico con las manos, y bajo ningún concepto el curador debe tocar al paciente.

La situación está resumida en las palabras: “Así su presencia puede nutrir la vida del alma del paciente. Esto es trabajo de irradiación. Las manos no son necesarias"  

Hablando simbólicamente, es como si se estableciera un gran vértice de poder por el contacto entre las dos auras y su elevada vibración; por este medio el alma del paciente puede actuar con más facilidad. Si estuviera presente un iniciado vería una dorada corriente de energía descendiendo, directamente a través de los cuerpos energetizados de la personalidad del paciente, al centro más cercano a la zona afectada. El acercamiento se efectúa directamente por medio del centro coronario al punto de la dificultad, y hacia ese punto va dirigida también el aura del curador. La actitud mental del paciente se refuerza y clarifica por la emanación mental del aura del curador; su reacción emocional, a menudo muy poderosa, es igualmente ayudada para lograr el desapasionamiento y la quietud, y las auras etérica y de la salud tienen un definido efecto sobre los correspondientes aspectos del aura del paciente.

[i657] La curación irradiatorio se produce por la mezcla de las dos auras, y ambas responden al contacto del alma; el aspecto alma [e480] de ambas personas (controladas por el alma) entonces se dirige hacia alguna zona del cuerpo físico del paciente. Esto produce un enorme efecto sobre la zona enferma, y el centro de ese mismo lugar es excesivamente energetizado. El trabajo del curador durante este proceso es de intensa pasividad. Habiendo establecido su contacto, simplemente espera y nada más debe hacer, excepto mantener firme su alineamiento con el alma, y tampoco permitir que algo perturbe los vehículos de su personalidad. Su tarea terminó cuando hizo contacto con su propia alma y luego alcanzó el alma del paciente e hizo contacto con ella. Esto puede hacerlo porque sabe que todas las almas son una; oportunamente el arte de curar será uno de los factores demostrativos que comprobarán la unidad de todas las almas.

Esta regla, por lo tanto, concluye con las palabras: “El alma del paciente, a través de la respuesta de su aura, responde a la irradiación del aura del curador, inundada con la energía del alma”. En consecuencia, es cuestión de que la energía del alma de ambos, se reúnan sobre los tres niveles de la percepción humana. La expresión “el alma” está en singular porque la unidad (aunque sea por un momento) ha sido alcanzada. El alma del paciente reconoce esta unidad por la “vivificación oculta” de su propia aura y por su respuesta a las irradiaciones entrantes del aura del curador. Tal inundación de la energía del alma por medio de las auras relacionadas, es totalmente dirigida, en un esfuerzo unificado, hacia la zona enferma del cuerpo del paciente. Por lo tanto observarán que -consciente o inconscientemente- el trabajo puede ir adelante y producir, ya sea curación o esa “vivificación de átomos que, debido a la dirección del alma, conduce a la liberación”, como en El Antiguo Comentario se lo denomina al acto de morir.

Cuando es evidente que el destino del paciente es morir, la técnica del curador se altera en cierta medida. Entonces [i658] él se coloca a la cabeza del paciente, y desde allí dirige todas sus irradiaciones al lugar de la enfermedad, causando necesariamente una gran aceleración de la actividad vibratoria. El paciente, mientras tanto, conscientemente por el reconocimiento cerebral, o inconscientemente bajo la dirección del alma, comienza el proceso de retirar toda conciencia del cuerpo. Por esta razón muchas personas están en estado de coma antes de la muerte. Cuando comienza este acto de retirar la conciencia, termina el trabajo del curador, “corta” su contacto con el alma y reasume el control de su aura, como medio para su propia expresión espiritual; ya no es un instrumento para la curación mediante la actividad irradiatoria, y deja al paciente automáticamente solo para que complete [e481] el retiro del hilo de la conciencia y del hilo de la vida, desde los centros coronario y cardíaco.

Esto es un amplio y general delineamiento de los procesos seguidos en la curación magnética e irradiatorio. He dado aquí la estructura esquemática de la idea, pero no los detalles; mucho más podrá inferirse y también darse cuando estudiemos los siete métodos de curación con sus implicaciones de rayo.

Esta enseñanza ha sido impartida en forma tal que el estudiante tendrá que descubrir a través de sus páginas y reunir los datos necesarios, y así formular la primera etapa del procedimiento de la curación espiritual; si no es un curador espiritual y listo para leer entre líneas y distinguir entre simbolismo y realidad, se extraviará y su trabajo será inútil. Esto es lo que se pretende, porque el arte de curar -cuando es perfectamente aplicado bajo correctas fórmulas- puede ser peligroso. No debe olvidarse que la energía es pensamiento y, desde un elevado punto de vista, también es fuego. Toda la técnica, el procedimiento y las fórmulas, tendrán que ser descubiertos, sujetos a experimento y observados los resultados, antes de que pueda tener lugar la verdadera curación espiritual; [i659] cuando esta investigación haya terminado, será una cuestión menos peligrosa de lo que es ahora.

Mientras tanto, mucho bueno puede ser realizado y obtenerse un gran conocimiento si los interesados leen, estudian, meditan, experimentan cuidadosamente, y así gradualmente instituyen, en colaboración con la ciencia médica contemporánea, esta ciencia tan necesaria.

Consideraremos ahora la Ley IX. En la novena ley y la regla seis nos ocuparemos de fundamentos tan básicos, que nuestro problema consistirá en la formulación de la enseñanza de manera concisa, para que los vastos temas puedan ser manejados brevemente y al mismo tiempo aparezcan claros y simples. Esta ley en realidad es una definición de la Ley de Evolución, pero desde el ángulo espiritual. La Ley de Evolución -tal como comúnmente se entiende- concierne a la evolución del aspecto forma, a medida que se va adaptando gradualmente para ser un exponente o expresión de la energía del alma, y luego de la energía monádica.

Esta novena ley, que podría llamarse Ley de Perfección, trata de las energías internas, responsables de la actuación de la Ley de Evolución. Es el aspecto superior o la causa determinante de la inferior; las leyes subsidiarias a la Ley de Perfección son denominadas superficialmente (por el neófito) leyes espirituales, pero él poco conoce de ellas, agrupándolas en su mente bajo la idea general de que constituyen una expresión del aspecto amor de la Deidad. Esencialmente es verdad desde el ángulo de la cualidad, si se reconoce al mismo tiempo que el aspecto amor es esencialmente razón pura y no un sentimiento emocional expresado a través de buenas acciones.

La regla que acompaña a esta ley trata de la relación del amor y la voluntad, y en consecuencia tiene gran importancia para el iniciado. Recordaré aquí que [i660] sólo el iniciado es el verdadero curador, por lo tanto las últimas dos leyes (novena y décima) sólo pueden ser comprendidas verdaderamente por el discípulo iniciado. No obstante, intelectualmente, son muy interesantes para el principiante, el investigador y el aspirante, porque (teóricamente por lo menos) pueden captar algunos de sus significados, aunque sean todavía incapaces de “obedecer la ley” -espiritualmente entendido.  

LEY IX  

La Perfección hace surgir la imperfección a la superficie. El bien expulsa el mal de la forma del hombre, en tiempo y espacio. La inofensividad es el método usado por el Ser Perfecto y empleado para el Bien. Esto no es negatividad, sino perfecto equilibrio, cabal punto de vista y comprensión divina.  

Esta ley es profundamente simple y significa exactamente lo que dice. Puede ser interpretada de dos formas:  

1.   Concierne al desarrollo espiritual del hombre por medio de la forma, y al método o ley por la cual el existente aferramiento de la materia -impregnada por el egoísmo y todo lo que es reconocido como mal- es eliminado, y el hombre permanece libre.  

2.   También puede ser interpretada en términos de curador y paciente. Frecuentemente el efecto de la actividad y el conocimiento del verdadero curador consiste en traer a la superficie (en forma aguda) el mal (la enfermedad) dentro de la forma. El resultado de esto puede ser la eliminación de la enfermedad y la obtención de la salud, o la forma sucumbirá al acrecentamiento de la dificultad y probablemente el paciente muera. Por lo tanto, afortunadamente el curador común es tan inútil que esta tremenda posibilidad no existe.  

El método empleado, de acuerdo a la Ley de Perfección, se denomina “perfecta inofensividad” y fue siempre el método utilizado [i661] por Cristo, el Ser perfecto. No es la inofensividad tan a menudo estipulada por mí cuando me dirijo a los aspirantes, sino la inofensividad impuesta por el hombre espiritual y su natural destino. Consiste en ignorar el efecto o el resultado producido sobre la naturaleza forma. Reiteradamente he dicho que la [e483] Jerarquía actúa sólo con la naturaleza espiritual o con el alma de la humanidad, y que -para el Maestro- la forma tiene relativa importancia. El hombre espiritual considera, como el máximo bien, la liberación de la triple forma, siempre que de acuerdo a la ley, le llegue como resultado de su destino espiritual y decisión kármica; no debe venir como un acto arbitrario, o una escapatoria de la vida y sus consecuencias en el plano físico, o como autoimpuesto. De esta extraña actuación de la Ley de Perfección (extraña desde el punto de vista limitado del hombre) la guerra (1914-1945) fue un ejemplo destacado. Murieron millones; más millones sufrieron cruelmente en su naturaleza forma, y muchos más millones sufrieron (y aun están sufriendo) la agonía mental de la inseguridad, la expectativa y la pobreza. No obstante se obtuvieron dos principales resultados de naturaleza espiritual, actuando bajo la Ley de Perfección:

1.   Las almas fueron liberadas de una civilización atrasada y decadente -pues así es considerada desde el ángulo de la Jerarquía la mentada civilización que poseen- y volverán, en mejores cuerpos, a una civilización y cultura que estará más de acuerdo con las necesidades del hombre espiritual. La razón principal de la total destrucción de las antiguas formas (física, emocional y mental) es que constituyeron una sólida prisión para el alma y negaron todo verdadero progreso a la masa humana.  

2.   El rico y el pobre, el inteligente y el ignorante, captan ahora claramente una cosa que acrecentadamente colorará el pensamiento humano: que la felicidad y [i662] el éxito no dependen de la posesión de cosas ni de bienes materiales. Dicho concepto es el error cometido por las organizaciones laboristas cuando luchan y se declaran en huelga para exigir más dinero, a fin de vivir más holgadamente; es el error cometido también por el público en general cuando reacciona contra la actitud del trabajo, pues se revela contra la restricción del constante afluir de bienes materiales. La humanidad ha cometido este error durante incontables épocas y ha errado gravemente al poner el énfasis sobre aquello que beneficia a la forma. Ésta es la parte buena de la posición adoptada por Rusia cuando lucha contra el capitalismo y pone el énfasis sobre la educación, sin embargo, su crueldad e impiedad y (sobre todo) la supresión de los derechos del ciudadano individual de disfrutar de ciertas libertades esenciales, pueden eventualmente negar la belleza y la esperanza del idealismo inicial. Rusia tiene un idealismo correcto, pero está terrible y básicamente equivocada en sus técnicas. Los Estados Unidos y Gran Bretaña se hallan en el punto medio. Tienen visión, pero no saben [e484] cómo materializarla y concretarla, por eso no aceptan (en forma correcta) un régimen totalitario. El espíritu capitalista y el latente fascismo en los Estados Unidos son actualmente una definida amenaza para la Paz del mundo, y los capitalistas están obstruyendo los esfuerzos de los hombres de buena voluntad. Gran Bretaña en la actualidad es impotente, está financieramente arruinada, su antigua política imperialista está totalmente descartada y su pueblo desalentado; se halla tan preocupada en luchar por la vida (y vivirá) que le queda poco tiempo, interés o energía, para concretar la verdadera visión.  

Existe siempre, como bien saben, una analogía entre el hombre individual y el mundo de los hombres como totalidad. Así como en la actualidad prácticamente cada ser humano tiene algo que anda mal físicamente -ojos, oídos, dientes o algún mal corporal-, [i663] la humanidad también está enferma y espera su curación. La curación será efectuada por intermedio del Nuevo Grupo de Servidores del Mundo y de los hombres de buena voluntad, ayudados por la Jerarquía, de cuyo centro planetario se extraerán las energías curadoras. Las imperfecciones han sido traídas a la superficie; los males a eliminar son conocidos por todos, y esto ha ocurrido por la influencia que ejerce la Ley de Perfección. Me refiero aquí a la situación general más que a la relación individual entre el curador y el paciente. Lo hago por la simple razón de que únicamente un iniciado experimentado y comprensivo puede acatar esta ley u obedecer esta regla, y actualmente existen muy pocos sobre la tierra. La enfermedad de la humanidad como raza, y como resultado de eones de vida errónea, de propósitos egoístas y de codicia, ha producido un sinnúmero de males físicos; millones de niños nacen hoy enfermos o conteniendo la simiente de la enfermedad. Cuando el mal que ha hecho sentir su presencia, y las imperfecciones han sido traídas a la superficie, curadas o devueltas a su correspondiente lugar, sólo entonces se dará fin a la enfermedad física o cederá fácilmente al tratamiento.

En la consideración del tema general de la imperfección y del mal, nos ocupamos de las causas (y esto debe hacer siempre el iniciado), y cuando estas causas son eliminadas también desaparecen los efectos. La teoría general y las premisas de la “Christian Science” y la “Unity” son correctas, pero totalmente erróneas en su énfasis y métodos. A la larga, todo el trabajo que hoy realizan es relativamente inútil, excepto en lo que pueden mantener y enunciar la Ley de Perfección, aunque lo hacen en forma confusa y su enseñanza está contaminada por el egoísmo universal.

[e485][i664] Frecuentemente se ha repetido que existen dos métodos de realización; el arduo y largo camino de la evolución, donde se tarda eones para llegar a obtener resultados relativamente escasos, y el breve, aunque muy arduo, pero más rápido, camino de la iniciación. Durante épocas ha permanecido sin respuesta el interrogante (¿no es así como dicen?) de si el mundo de los hombres escogerá (y mejor que así lo haga) el método lento pero seguro -método en el cual la imperfección se va eliminando gradualmente, sin mucha atención y con poco esfuerzo, por parte del hombre. Por este método el bien se va realizando paulatinamente y el mal lenta muy lentamente es expulsado. La voluntad al bien de Shamballa, de acuerdo al sistema evolutivo usual, apenas estaría presente, y muchos, muchísimos eones le quedaría por delante a la humanidad para lograr la actual etapa de desarrollo humano.

Pero algo sucedió que ni siquiera previó la Jerarquía. Durante los últimos doscientos años el panorama ha sido alterado. Los individuos, en gran número, lograron la iniciación e ingresaron a los Ashramas de los Maestros, y por la decisión de estos exitosos aspirantes, sujetos a su continua actividad, determinaron que la humanidad debería probar el rápido y arduo camino. Desde entonces, tres factores han estado presentes:  

1.   El enorme progreso de elevar masivamente la conciencia de la humanidad a niveles intelectuales mucho más elevados. Esto lo testimonia el progreso de la educación, los descubrimientos de la ciencia y el dominio del plano material y del aire.  

2.    La angustia mundial, el desastre económico, la guerra mundial, los cataclismos naturales y los innumerables acontecimientos y dificultades que hacen tan dura la vida individual, nacional y planetaria. Nadie está exento de ello ni existe privilegio alguno. [i665]  

3.   El progreso del conocimiento acerca de la Jerarquía, y sobre todo del Plan espiritual. Para ello fue necesario que los aspirantes y discípulos activos presentaran una meta al hombre, además del delineamiento de las técnicas del sendero, por el cual esa meta puede ser alcanzada. Esto no ha sido logrado por los grupos eclesiásticos del mundo sino por los miembros de los Ashramas. Lo único que hacen las iglesias, es mantener en la mente del público el hecho de Dios Trascendente, mientras ignoran el hecho de Dios Inmanente, testimoniar la existencia de Cristo, mientras tergiversan su enseñanza, y enseñar el hecho de la inmortalidad, mientras ignoran la Ley de Renacimiento.  

La humanidad, no obstante, progresa rápidamente en el Camino [e486] Ascendente y, en consecuencia, pueden esperarse dos cosas: Primero, que la imperfección y el mal (uno latente y el otro activo, aunque va retirándose) se hará cada vez más evidente al hombre inteligente, y segundo, que se conocerá el modo de eliminarlos.

No me ocupo aquí de la naturaleza de la imperfección ni del propósito del mal. Tampoco creo que sea necesario señalar a los lectores cuán ineludiblemente están presentes ambos. Podría señalar que la imperfección es inherente a la naturaleza de la materia misma y constituye la herencia de un sistema solar anterior. Podría indicar que el mal emana de esa jerarquía de Fuerzas del Mal, analogía material de la Jerarquía espiritual; esto tiene relación con el hecho de que todos nuestros planos están compuestos de sustancia del plano físico cósmico. También podría decirse que cuando sea comprendida y corregida la imperfección de la materia y el interés y el énfasis de la humanidad se desvíe de las condiciones materiales, entonces las Fuerzas del Mal no tendrán con qué trabajar en los tres mundos (los tres niveles inferiores del plano denso físico cósmico); [i666] no podrán ejercer influencia sobre nada, ni habrá manera de influir sobre el hombre en lo que al mal concierne. No espero que hoy se comprenda el significado de mis palabras. Sin embargo, tienen relación con las palabras de la Gran Invocación que dicen: “y selle la puerta donde se halla el mal”. Existe una puerta que conduce al reino del mal y a la oscuridad, así como existe una puerta que conduce al mundo del bien y de la luz. El demonio es para el hombre, dedicado y consagrado al mal, lo que el Morador en el Umbral es para el aspirante espiritual.

La tarea principal de la Jerarquía espiritual siempre ha consistido en permanecer entre las Fuerzas del Mal y la humanidad, traer a la luz la imperfección, para que el mal “no pueda encontrar un lugar” donde actuar, y mantener abierta la puerta que conduce al reino espiritual. La Jerarquía ha hecho esto casi sin ayuda de la humanidad; esta situación ahora ha cambiado, y la guerra mundial fue el símbolo y la garantía de ese cambio; las Fuerzas de la Luz, el conjunto de las naciones unidas, luchó contra las Fuerzas del Mal en el plano físico y las derrotó. La guerra ha tenido un significado espiritual más grande de lo que se cree. Marcó una encrucijada mundial; reorientó a la humanidad hacia el bien; hizo retroceder a las Fuerzas del Mal, y esclareció definidamente (siendo nuevo y necesario) la verdadera diferencia entre el bien y el mal, no en sentido teológico -tal como lo han establecido los comentaristas eclesiásticos -sino en forma práctica y obvia, evidenciado en la desastrosa situación económica y la ambición de hombres prominentes en todos los países. El [e487] mundo (mediante la evidente diferencia que existe entre el bien y el mal) se ha dado cuenta de la realidad de la explotación materialista, de la carencia de la verdadera libertad y de los derechos, aún no reclamados, del individuo. La capacidad del hombre de resistirse a la esclavitud se ha hecho evidente en todas partes. Si es muy cierto que los que luchan por la libertad emplean métodos erróneos y frecuentemente [i667] tratan de combatir el mal con el mal, ello sólo indica técnicas transitorias y una fase momentánea, momentánea desde el punto de vista de la Jerarquía (aunque posiblemente prolongada, desde el punto de vista del hombre en los tres mundos), pero no es necesario que se prolongue actualmente.

Tan grande ha sido el progreso del hombre durante los últimos doscientos años, que la Cámara del Concilio de Shamballa se ha visto obligada a considerarlo. Como resultado de la atención puesta por las Grandes Vidas, alrededor de Sanat Kumara, y de Su interés en los asuntos humanos, sucedieron dos cosas:  

1.   El aspecto voluntad de la divinidad estableció su primero, definido y directo contacto con la mente humana. El impacto fue directo y sin desviarse -como ha sucedido hasta entonces- hacia la Jerarquía y de allí a la humanidad. De acuerdo al tipo de hombre o grupo que respondió o reaccionó a este contacto, así fueron los resultados: muy buenos o excesivamente malos. Grandes hombres de bien aparecieron y enunciaron las verdades necesarias para la nueva era, y fueron, Lincoln, Roosevelt, Browning, Briand y podría ser citada una legión de hombres menos conocidos. También surgieron hombres malos y perniciosos tales como Hitler y el grupo que reunió a su alrededor, que trajo tanto mal a la Tierra.  

2.   Al mismo tiempo, la voluntad al bien de Shamballa evocó la latente buena voluntad en el hombre, de manera que hoy, y acrecentadamente durante los últimos cien años, el buen corazón, la acción bondadosa, la consideración por los demás y la acción de las masas para promover el bienestar humano, se han difundido sobre la Tierra.  

El surgimiento de la imperfección y el esfuerzo planificado del mal se han equilibrado mediante la aparición del nuevo grupo de servidores del mundo y la preparación que hace la Jerarquía para exteriorizarse en el [i668] plano físico. La Jerarquía es ahora excesivamente poderosa; sus Ashramas están colmados de iniciados y discípulos, y su periferia o campo magnético está atrayendo incontables millares de aspirantes hacia ella. La guerra asestó un golpe mortal al mal material, y su aferramiento sobre la humanidad está grandemente debilitado.

[e488] No debe confundirse el mal con las actividades que despliegan los maleantes y delincuentes, éstos son el resultado de masivas imperfecciones emergentes, siendo víctimas de la ignorancia, la mala educación en la infancia y la incomprensión de correctas relaciones humanas durante edades. La Ley de Renacimiento oportunamente los conducirá al camino del bien. Verdaderamente malos son quienes tratan de forzar el retorno a los antiguos y malos métodos; quienes se esfuerzan por mantener en la esclavitud a sus semejantes, obstaculizan la expresión de una o las Cuatro Libertades; quienes adquieren riquezas materiales a expensas de los explotados, o procuran retener para sí y acaparar y lucrar con el producto de la tierra y hacen prohibitivo el costo de las necesidades de la vida, para quienes no poseen riquezas. En todas las naciones, quienes así actúan, piensan y planean, son generalmente personas prominentes, debido a sus riquezas e influencia; sin embargo, no por ignorancia, pecan contra el bien, pues sus metas son materiales y no espirituales. Relativamente pocos, comparados con los incontables millones de hombres, son excesivamente poderosos, muy inteligentes pero inescrupulosos, y por medio de ellos trabajan las Fuerzas del Mal, retardando el progreso, promoviendo la pobreza, engendrando el odio y las diferencias de clase, fomentando diferencias raciales para sus propios fines, y manteniendo la ignorancia en el poder. Su pecado es grave y será difícil que cambien, porque el poder y la voluntad al poder (que milita contra la voluntad al bien) es un factor predominante que controla completamente sus vidas; ellos trabajan hoy contra la unidad de las naciones unidas, [i669] mediante su codicia, su determinación de adueñarse de los recursos de la tierra (tales como el petróleo, la riqueza mineral y alimentaria), manteniendo al pueblo anémico debido a la alimentación inadecuada. Estos hombres que se hallan en cada nación, se entienden recíprocamente y trabajan juntos en grandes asociaciones para la explotación de las riquezas de la tierra a expensas de la humanidad.

Rusia está excepcionalmente libre de tales hombres, pero por lo antedicho no me refiero a ese vasto país, como muchos de sus enemigos podrán suponer. Rusia está cometiendo grandes errores, pero son los de un ideólogo fanático o de un maleante que peca por ignorancia, por inmadurez o por indignación, debido a las cosas malas que lo rodean. Esto es totalmente diferente del mal a que me he referido, y no durará, porque Rusia aprenderá, pero los otros no.  

He dado este ejemplo para esclarecer algo más mi tema. Sin embargo, el problema del mal es demasiado vasto para contemplarlo aquí; tampoco es aconsejable ni inteligente discutir la [e489] fuente del mal (no de la imperfección), la Logia Negra. La energía sigue al pensamiento y la palabra hablada puede ser potentemente evocadora; por consiguiente, hasta no ser un miembro de la Gran Logia Blanca, es inteligente evitar la consideración de las fuerzas, suficientemente potentes, para emplear inteligentemente la latente imperfección de la humanidad e imponer el terrible mal de la guerra, con todos sus resultados y efectos de largo alcance, sobre la humanidad. La Logia Negra es el problema de la Logia Blanca y no el problema de la humanidad; durante eones la Jerarquía ha manejado este problema y ahora está en proceso de resolverlo. De todas maneras es esencialmente la principal consideración y problema de Shamballa, porque está vinculado con el aspecto voluntad, y sólo la voluntad al bien será suficiente para eliminar y aniquilar la voluntad al mal. No es suficiente sólo buena voluntad, aunque el llamado unido e invocador de [i670] los hombres de buena voluntad de todo el mundo -acrecentadamente expresado mediante la Gran Invocación- servirá para “sellar la puerta donde se halla el mal”.

La Jerarquía es efectiva para manejar lo que está detrás de esa puerta y las - fuerzas allí ocultas (y movilizadas); los métodos y modos que Ella emplea para proteger a la humanidad de este mal movilizado, gradualmente están haciendo retroceder al mal, y quizás no sean comprendidos por quienes no han atravesado la puerta que conduce al Camino de la Evolución superior.

¿Qué podré decir sobre la inofensividad? No me resulta fácil demostrar o comprobar la efectividad del aspecto superior, la espiral o fase de la inofensividad, tal como la emplea la Jerarquía, bajo la dirección del Perfecto Ser, el Cristo. La inofensividad que he tratado previamente tiene relación con las imperfecciones contra las cuales lucha la humanidad y, como bien saben, es difícil aplicarla en cualquier circunstancia. La inofensividad a que me refiero, concerniente a ustedes, no es la actividad negativa, dulce o bondadosa, como muchos creen; es un estado mental que de ninguna manera niega la acción firme y hasta drástica; concierne al móvil e involucra la determinación de que el móvil detrás de toda actividad sea buena voluntad. Este móvil puede conducir a hechos y palabras positivos, a veces desagradables, pero como la inofensividad y la buena voluntad condicionan el acercamiento mental, no puede surgir otra cosa que el bien.

En una vuelta más elevada de la espiral, la Jerarquía también emplea la inofensividad, pero está relacionada con la voluntad para el bien e implica el uso de la energía dinámica, energía eléctrica dirigida intuitivamente; este tipo de energía nunca es puesto en actividad por el hombre, pues aún no puede [e490] manejarla. Este tipo de inofensividad se basa en un completo autosacrificio, donde la voluntad para el sacrificio, la voluntad para el bien y la voluntad para el poder (tres fases del aspecto voluntad, expresados a través de la [i671] Tríada espiritual) están fusionadas en la energía dinámica de naturaleza profundamente espiritual. Esta energía es el epítome de la total o perfecta inofensividad, en lo que concierne a la humanidad y a los reinos subsidiarios de la naturaleza, pero es expulsora en su efecto y dinámica en su impacto aniquilador, en lo que respecta a las Fuerzas del Mal.

Un profundo y esotérico estudio de las tres tentaciones de Cristo revelarán tres ocasiones principales, cuando el Ser Perfecto, expresando esta inofensividad superior, obligó retroceder al exponente del mal. Estos tres episodios están relatados simbólicamente, pero son verídicos. Poco se ha pensado acerca de cuál sería el efecto mundial, en el transcurso de los siglos, si Cristo no hubiera reaccionado como lo hizo; las conjeturas no son de valor, pero podría decirse que hubiera alterado todo el curso de la historia y del progreso evolutivo de la humanidad en forma terrible y horrenda. Pero la inofensividad dinámica, la expresión de la voluntad al bien y la demostración de la voluntad al poder (obligando al mal que Lo abandonara) marcó la crisis más importante en la vida de Cristo.

La historia del Evangelio (con su resumen de las cinco iniciaciones) se refiere al progreso y triunfo del Maestro Jesús; el relato de las tres tentaciones indicó la recepción, por el Cristo, de una iniciación aún superior, la sexta, confiriéndole el total dominio del mal, pero no de la imperfección; Él pudo recibir esta iniciación porque era el Ser Perfecto.

He dado mucho para que le dediquen una madura consideración y he arrojado alguna luz sobre una iniciación de la cual lógicamente poco puede saberse. Quisiera llamar también la atención acerca de los tres requisitos fundamentales para un exitoso acercamiento a esta iniciación: perfecto equilibrio, cabal punto de vista y comprensión divina. Resultará interesante observar cómo actúan estas tres cualidades, en relación con las [i672] tres tentaciones; al hacerlo, mucha luz podría ser arrojada sobre la vida, naturaleza y carácter del Cristo.

La Ley de Perfección proporciona la clave de la civilización y el ciclo de evolución que Él inauguró -cuyo ideal no se ha perdido, aunque la aplicación de la enseñanza que dio ha sido descuidada por las iglesias y por el género humano. También verán que una de las tentaciones tuvo lugar en la cima de una elevada montaña; desde esa elevación quedan eliminados totalmente tiempo y espacio, porque la visión de Cristo abarcó el [e491] pasado, el presente y el futuro. Esta facultad perceptiva (no puedo denominarla conciencia, y aún la palabra perceptiva es inexacta) sólo es posible después de la quinta iniciación, alcanzando un elevado punto de expresión en la sexta iniciación.

Quisiera considerar la naturaleza de los tres requisitos presentados como esenciales para pasar determinada iniciación, porque proporcionan el vínculo entre la novena ley y la sexta regla. Esta regla es tan clara y concisa que no necesita mucha explicación, pues pone el énfasis sobre la energía que debe ser empleada y la que no debe emplearse, y dice:  

REGLA SEIS  

El curador o el grupo de curación debe mantener sujeta la voluntad, pues no debe emplearse la voluntad, sino el amor.  

Estos tres requisitos básicos conciernen a la realización en los diversos planos del universo; aunque ya me ocupé de ellos en conexión con el acercamiento a la sexta iniciación, tienen -en una vuelta inferior de la espiral- sus analogías, y son por lo tanto de aplicación práctica para el discípulo iniciado, particularmente para quien ha recibido la tercera iniciación. Reflexionemos sobre cada uno de estos requisitos:  

Perfecto equilibrio, indica total control del cuerpo astral, de manera que son superados los desórdenes emocionales, o [i673] por lo menos quedan reducidos al mínimo en la vida del discípulo. Indica también, en una vuelta superior de la espiral, la capacidad para funcionar libremente en los niveles búdicos, debido a la total liberación (y al consiguiente equilibrio) de todas las influencias e impulsos motivados en los tres mundos. Este tipo o cualidad de equilibrio significa -si reflexionan profundamente- un abstracto estado mental, pues nada de lo que se considera imperfección puede originar disturbios. Seguramente se darán cuenta de que si estuvieran enteramente libres de toda reacción emocional, verían acrecentarse enormemente la lucidez mental y la capacidad de pensar con claridad y todo lo que ello involucra. 

Lógicamente, el perfecto equilibrio de un discípulo-iniciado y del Maestro-Iniciado son diferentes, porque uno concierne al efecto que produce o no en los tres mundos, el otro concierne a la adaptabilidad al ritmo de la Tríada espiritual; sin embargo, el primer tipo de equilibrio debe preceder a la realización posterior, y por ello me ocupo del tema. Este perfecto equilibrio (posible de realizar por el lector) se alcanza rechazando las seducciones, anhelos, impulsos y atracciones, de la [e492] naturaleza astral o emocional, y también practicando lo que previamente mencioné: Indiferencia Divina.  

Un Cabal Punto de Vista. Lógica y primordialmente, esto se refiere al punto de vista universal de la Mónada, y por lo tanto a un iniciado de grado superior. Sin embargo, puede ser interpretado en un peldaño inferior de la escala de evolución, y se refiere a la función del alma como Observador en los tres mundos y al panorama completo tal como lo logra gradualmente un observador; esto se obtiene por el desarrollo de las cualidades del desapego y la discriminación. Ambas cualidades, [i674] cuando son expresadas en el Camino de la Evolución superior, se convierten en abstracción y voluntad al bien.  

Un cabal punto de vista -tal como el experimentado en los niveles del alma- indica la eliminación de todas las barreras y la liberación del discípulo de la gran herejía de la separatividad, creando por lo tanto un canal inobstruido para la afluencia del amor puro. El perfecto equilibrio, visto desde el mismo nivel, ha eliminado todo impedimento y esos factores emocionales que hasta ahora han obstruido el canal, preparando el camino para que el Observador vea realmente; entonces el discípulo actúa como un limpio canal para el amor.  

La Comprensión Divina también debe ser estudiada desde dos puntos de vista. Como cualidad del alma, indica una mente que puede mantenerse firme en la luz y, por consiguiente, reflejar la razón pura (amor puro) que cualifica el reflejo del Hijo de la Mente, el alma en su propio plano. El Camino superior que recorre el Maestro se relaciona con esa identificación, la cual reemplaza a la conciencia individualista; todas las barreras han desaparecido y el iniciado ve las cosas tal cual son; conoce las causas, de las cuales los fenómenos son efectos efímeros. Esto, en consecuencia, Le permite comprender el Propósito tal como emana desde Shamballa, así como el iniciado menor comprende el Plan, formulado por la Jerarquía.  

Estos tres atributos divinos son, en cierta medida, esenciales en el desenvolvimiento del curador-iniciado; él debe trabajar para desarrollarlos como parte de su necesario equipo; además debe saber que todas las reacciones de naturaleza emocional crean un muro o barrera entre la fuerza curadora, que afluye libremente, y el paciente; esta barrera la crea él, no el paciente. Las emociones del [i675] paciente no deben producir efecto sobre el curador ni desviarlo de la intensa y necesaria concentración para su trabajo, ni pueden, por sí mismas, crear una barrera suficientemente fuerte como para desviar la fuerza curadora.

 [e493] Un cabal punto de vista involucra por lo menos el intento, por parte del discípulo, de penetrar en el mundo de las causas, y así conocer, si es posible, aquello que es responsable de la enfermedad del paciente. Esta necesidad no implica penetrar en encarnaciones anteriores ni es esencial, a pesar de lo que puedan decir algunos curadores modernos, generalmente fraudulentos. Existe, comúnmente, suficiente evidencia psicológica o indicios de tendencias heredadas, para dar al curador la clave y permitirle obtener un cuadro muy completo de la situación. Evidentemente esta “penetración” en las causas de la perturbación, sólo será posible si el curador siente verdadero amor, pues debido a ello ha logrado un equilibrio que niega el mundo de la ilusión y del espejismo. La comprensión divina es simplemente la aplicación del principio del amor puro (razón pura) a todos los hombres y a todas las circunstancias, además de una correcta interpretación de las existentes dificultades del paciente, o de las que pueden existir entre paciente y curador.

A estos requisitos quisiera agregar otro factor: el del médico clínico o cirujano que físicamente es responsable del paciente. En la venidera nueva era, el curador trabajará siempre con la ayuda científica de un médico entrenado; este factor sorprende en la actualidad al curador moderno común que pertenece a algún culto o expresa un aspecto no ortodoxo de la curación.

No obstante, será evidente cómo estos tres requisitos divinos (cuando son aminorados para uso del discípulo en el mundo moderno) indican una línea de entrenamiento o de autodisciplina [i676] que todos deberán seguir. Cuando hayan dominado algunas de las fases anteriores de esta triple realización, hallarán que pueden aplicar con facilidad la sexta regla.

¿Qué significan las palabras “mantener refrenada la voluntad”? El aspecto voluntad considerado aquí no es la voluntad para el bien y su expresión inferior, la buena voluntad. La voluntad para el bien significa la orientación estable e inamovible del discípulo-iniciado, mientras la buena voluntad puede ser considerada como su expresión en el servicio diario. La voluntad al bien, como la expresan los iniciados avanzados, es una energía dinámica, que produce predominantemente un efecto grupal, razón por la cual raras veces se ocupan de curar a un individuo. Su trabajo es demasiado poderoso e importante y no le permite hacerlo y, puesto que la energía de la voluntad personifica el Propósito divino, puede causar efectos destructivos en un individuo. El paciente no podría recibirla o absorberla. No obstante se presume que la buena voluntad colora la total actitud y el pensamiento del discípulo curador.

[e494] La voluntad que debe refrenarse es la de la personalidad, que en el caso del discípulo iniciado es de un orden muy elevado. También se refiere a la voluntad del alma, emanante de los pétalos de sacrificio del loto egoico. Todos los verdaderos curadores deben crear una forma mental curadora y, consciente o inconscientemente, trabajar a través de ella, la cual no debe estar sujeta a la aplicación demasiado poderosa de la voluntad, porque puede destruir (a no ser que se la sujete, aminore, modifique o, si es necesario, elimine totalmente) no sólo la forma mental creada por el curador, sino construir una barrera entre el curador y el paciente, interrumpiendo así la armonía inicial. Sólo un Cristo puede curar mediante el empleo de la voluntad, y en realidad pocas veces Él curó; en los casos, según se dice, que lo hizo, fue sólo para probar la posibilidad de la curación; pero -como [i677] observarán, si conocen El Evangelio- no dio ninguna instrucción a Sus discípulos sobre el arte de curar. Esto es muy significativo.

La propia voluntad del curador (no importa cuán elevada sea la cualidad) y su determinación de curar al paciente, crean una tensión en el curador, que puede desviar seriamente la corriente de energía curadora. Cuando tal tipo de voluntad está presente, como sucede con frecuencia en el caso del curador inexperto o neófito, está propenso a absorber las dificultades del paciente y experimentará los síntomas de la dolencia y también el sufrimiento. Su voluntariosa determinación de prestar ayuda actúa como un “boomerang”, causándole sufrimiento, lo cual no ayuda realmente al paciente.  

Por eso se recomienda utilizar el amor, y aquí surge una gran dificultad. ¿Cómo puede el curador utilizar el amor, liberado de su cualidad emocional inferior, y llevarlo a su estado puro para la curación del paciente? Únicamente puede hacerlo cuando el curador ha cultivado los tres requisitos y se ha desarrollado como un canal puro. Por lo general tiende a preocuparse tanto de si mismo, de la definición del amor y de la determinación de curar al paciente, que se olvida de los tres requisitos, perdiendo el tiempo él y el paciente. No es necesario que cavile o se preocupe acerca de la naturaleza del amor puro, ni se esfuerce demasiado para comprender por qué la razón pura y el amor puro son términos sinónimos, o si puede expresar suficiente amor para efectuar la curación. Debe reflexionar sobre los tres requisitos, particularmente el primero, y cumplirlos en sí mismo hasta donde le sea posible y lo permita su etapa de evolución. Entonces se convertirá en un canal puro, y lo que obstaculiza la afluencia de amor puro será automáticamente removido, pues “como un hombre piensa en su corazón, así es él”; luego, el amor puro afluirá [e495] a través de él sin obstrucción ni dificultad, y el paciente será curado -si así lo determina la ley.

[i678] Llegamos ahora a la última y más misteriosa de todas las leyes que he dado. Al principio llamé la atención sobre ella, y puntualicé que esta “última ley es la enunciación de una nueva que sustituye a la Ley de la Muerte y que atañe únicamente a quienes se hallan en las últimas etapas del sendero del discipulado y en las del sendero de iniciación”. Estas últimas etapas se refieren al período posterior a la segunda iniciación y anterior a la tercera. Esta ley no es aplicable en modo alguno mientras la naturaleza emocional pueda perturbar el claro ritmo de la personalidad, cuando responde al impacto de la energía del alma y luego a la de la mónada. Por lo tanto no es mucho lo que puedo aclarar respecto a la plena actuación de esta ley, pero sí indicar ciertos conceptos y analogías muy interesantes, y esto fomentará una reflexión especulativa constructiva y al mismo tiempo incorporará hechos comprobados para quienes somos discípulos-iniciados de Cristo o de Sanat Kumara.  

LEY X  

Atiende, oh Discípulo, al llamado que el Hijo hace a la Madre, y luego obedece. La Palabra anuncia que la forma ha cumplido su propósito. El principio mente entonces se organiza a sí mismo, y luego repite la Palabra. La forma expectante responde y se desprende. El alma queda liberada.

Responde, oh Naciente Uno, al llamado que proviene de la esfera de la obligación; reconoce el llamado que surge del Ashrama o de la Cámara del Concilio donde espera el Señor Mismo de la Vida. Se emite el Sonido. Tanto el alma como la forma deben renunciar al principio vida y así permitir a la Mónada liberarse. El alma responde. La forma rompe entonces la conexión. La vida queda ya liberada, debido a la cualidad del conocimiento consciente y al fruto de todas las experiencias. Estos son los dones del alma y de la forma, combinados.  

[i679] Esta décima ley va a la vanguardia de muchas nuevas leyes, concernientes a la relación del alma con la forma o del espíritu con la materia, y es dada en primer lugar por dos razones:  

1.   Porque puede ser aplicada por los discípulos, y así comprobar que atañe a las masas y sobre todo al mundo científico.  

2.   Porque en el cúmulo de testimonios y el tipo de muerte (llamada en esta etapa “transferencia”), se puede establecer la realidad de la Jerarquía y de Shamballa.

Existen tres causas para esa abstracción que denominamos “muerte”, excluyendo el accidente (que pueden ser incidentales al karma de otras personas), la guerra (que incluye el karma [e496] planetario) y las catástrofes naturales (que están totalmente vinculadas con el cuerpo de manifestación de Aquel en Quien vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser).

Quisiera detenerme en este concepto y esclarecer parcialmente la diferencia que existe entre este “Dios desconocido”, que se expresa a través de todo el planeta, y Sanat Kumara, en Su elevado lugar en Shamballa. Sanat Kumara es en Sí Mismo la Identidad Esencial, responsable de los mundos manifestados, pero tan grande en su dominio de energías y fuerzas -por Su desarrollo cósmico- que requiere el planeta entero para expresar todo lo que Él es. Teniendo plena conciencia de los planos astral y mental cósmicos, puede aplicar energías y fuerzas -regido por la ley cósmica- que crea, sostiene y utiliza, para los fines de Su divino Propósito, el planeta entero. Anima el planeta con Su vida; sostiene al planeta y todo lo que está dentro y sobre el planeta, por medio de la cualidad de Su alma, cualidad que Él imparte a cada forma en variadas medidas; crea continuamente las nuevas formas necesarias para expresar la “vida más abundantemente” y el “creciente Propósito de Su voluntad”, que hace cíclicamente posible [i680] el progreso en el transcurso de las edades. Vivimos hoy en un ciclo donde su intensa actividad utiliza la técnica de la destrucción divina para liberar la vida espiritual, y está creando simultáneamente la nueva estructura de la civilización que expresará con más plenitud el logro evolutivo del planeta y los reinos de la naturaleza, conduciendo eventualmente a la perfecta expresión de Su vida y propósitos divinos.

Sería inteligente si estudiáramos esta décima ley en forma más detallada, en lo posible, para llegar a la síntesis que está destinada a impartir: de esta manera comprenderemos que la muerte misma es parte del creador proceso sintetizador. Es esencial la introducción de nuevas ideas y un nuevo acercamiento al problema de la muerte.

Atiende, oh Discípulo, al llamado que el Hijo hace a la Madre, y luego obedece.

Aunque el texto de la frase da a entender que se refiere al abandono del cuerpo físico, es útil recordar que dicha paráfrasis puede significar mucho más que eso. Puede ser interpretada como significando la entera relación del alma y la personalidad, e implica la rápida obediencia de la Madre (la personalidad) al Hijo (el alma). Sin esta rápida obediencia, involucrando, como lo hace, el reconocimiento de la informante Voz, la personalidad permanecerá sorda al llamado del alma para abandonar el cuerpo. No ha adquirido el hábito de responder. Quisiera que reflexionen sobre las implicaciones.  

[e497] Sé que estoy recapitulando, cuando señalo que el aspecto Madre es el aspecto materia, y el alma -en su propio plano- es el Hijo. Este mandato, por lo tanto, concierne a la relación de materia y alma, estableciendo así el fundamento para todas las relaciones que el discípulo debe aprender a reconocer. Aquí no se exige obediencia, [i681] es incidental a la acción de oír; luego le sigue la obediencia, como próximo desenvolvimiento. Este proceso es muy fácil, aunque no lo crean. La diferencia, relativa al proceso de la obediencia, es interesante, porque el proceso del aprendizaje por el oído es siempre lento y una de las cualidades o aspectos de la etapa de orientación. El aprendizaje por la vista esta definidamente conectado con el sendero del discipulado, y quien quiere llegar a ser un verdadero trabajador inteligente debe aprender a distinguir entre los que oyen y los que ven. La comprensión de esta diferencia conducirá a hacer cambios básicos en la técnica. En un caso, se trabaja con quienes están definidamente bajo la influencia y el control de la Madre, y necesitan entrenamiento para ver. En el otro, con quienes han oído y están desarrollando la analogía espiritual de la vista, y son por lo tanto, susceptibles a la visión.  

La Palabra anuncia que la forma ha cumplido su propósito.  

Esta palabra, o “anunciación espiritual” del alma, puede tener un doble propósito: producir la muerte o simplemente el retiro del alma de su instrumento, la triple personalidad. En consecuencia, podría dar por resultado que la forma quede inanimada y el cuerpo sin ningún morador. Cuando ello sucede, la personalidad (y con esto quiero significar el hombre físico, astral y mental) continuará funcionando. Si posee una cualidad elevada, muy pocas personas se darán cuenta de que el alma está ausente. Con frecuencia ocurre en las personas de edad o en los casos de enfermedades graves, y puede durar años. A veces le sucede a los niños, entonces sobreviene la muerte o la imbecilidad, pues no hubo tiempo para entrenar los vehículos de la personalidad inferior. Una pequeña reflexión acerca de la “Palabra anunciadora” arrojará mucha luz sobre esas circunstancias [i682] consideradas desconcertantes y los estados de conciencia que hasta ahora han constituido problemas casi insolubles.  

El principio mente entonces se organiza, a sí mismo, y luego repite La Palabra. La forma expectante responde y se desprende.  

La mente actúa como agente autoritario en el proceso de la muerte aquí referido, trasmitiendo al cerebro (donde está localizado el hilo de la conciencia) las instrucciones para retirarse.  

[e498] Entonces el hombre que se halla dentro del cuerpo, las retrasmite al corazón (donde está anclado el hilo de la vida), y luego -como ya se sabe- comienza el proceso de retirarse. Lo que transcurre en esos interminables momentos previos a la muerte, nadie lo sabe, pues ninguno ha vuelto para contárnoslo. Si alguien lo hubiera hecho, surgiría el interrogante: ¿quién lo creerá? Probablemente nadie.

El primer párrafo de la décima ley se refiere a la salida del cuerpo (significando el aspecto forma del triple hombre inferior), el aspirante común inteligente, considerando esta ley desde una de sus correspondencias inferiores; sin embargo, de acuerdo a esta misma Ley de Correspondencias, la muerte de todos los hombres, desde el tipo más inferior hasta inclusive el aspirante, se caracteriza básicamente por el mismo e idéntico proceso; la diferencia existe en el grado de conciencia evidenciada -conciencia del proceso e intención. El resultado es el mismo en todos los casos:  

El alma queda liberada.  

Este momento de verdadera liberación puede ser breve y fugaz en el caso del hombre subdesarrollado, o de larga duración, de acuerdo a la utilidad que preste el aspirante en los planos internos; de esto me ocupé anteriormente y es innecesario repetirlo. Progresivamente, a medida que los anhelos e influencias de los tres niveles inferiores de la conciencia [i683] debilitan su aferramiento, el período de disociación es cada vez más largo, y se caracteriza por una desarrollada claridad mental y por un reconocimiento del ser esencial, y ello en etapas progresivas. Tal claridad mental y progreso quizás no llegue a realizarse y expresarse plenamente cuando tiene lugar el renacimiento, pues las limitaciones impuestas por el cuerpo físico denso son excesivas; no obstante, cada vida ve un constante crecimiento de la sensibilidad y también la acumulación de información esotérica, utilizando la palabra “esotérica” para significar todo lo que no concierne a la vida normal de la forma o la conciencia término medio del hombre en los tres mundos.

Hablando a grandes rasgos, la vida esotérica (a medida que se desarrolla) se divide en tres etapas, las cuales se llevan a cabo en la conciencia del hombre, paralelamente al reconocimiento y a los aspectos comunes de la vida de la forma en los tres niveles de la experiencia:  

1.   La etapa de recepción de conceptos, ideas y principios, afirmando gradualmente la existencia de la mente abstracta. [e499]  

2.   La etapa de “recepción de luz”, o ese periodo en que se desarrolla la percepción espiritual interna, cuando la visión se ve y acepta como real y se desenvuelve la intuición o “percepción búdica”. Esto lleva consigo la afirmación de la existencia de la Jerarquía.  

3.    La etapa de abstracción, o el período en que se logra la plena orientación, se esclarece el camino hacia el Ashrama y el discípulo comienza a construir el antakarana entre la personalidad y la Tríada espiritual. En esta etapa la naturaleza de la voluntad es vista tenuemente, y su reconocimiento implica de que existe “un centro donde la voluntad de Dios es conocida”.  

[i684] Los estudiantes tienden a creer que la muerte es el fin de las cosas, mientras que desde el ángulo del fin se trata de valores persistentes, con los cuales no hay interferencias, ni puede haberlas, y contienen en sí la simiente de la inmortalidad. Quisiera que reflexionen sobre esto y que sepan que todo lo de verdadero valor espiritual es persistente, imperecedero, inmortal y eterno. Sólo muere lo que no tiene valor, y -desde el punto de vista humano- constituyen esos factores que acentúan y asumen importancia en lo que concierne a la forma; pero esos valores basados sobre un principio y no sobre la apariencia, poseen en sí ese principio inmortal que conduce al hombre desde “las puertas del nacimiento, a través de las puertas de la percepción, a las puertas del propósito” -según lo expresa El Antiguo Comentario.

Me he esforzado en demostrar cómo la primera parte de esta décima ley se aplica simplemente a la humanidad, y tiene también un significado abstracto y abstruso para los esoteristas.

El último párrafo de la Ley no puede ser interpretado de la misma manera ni aplicado de ese modo; concierne únicamente “al trance de pasar al más allá” o a “la eliminación de los impedimentos”, por los discípulos e iniciados avanzados. Esto lo aclaran las palabras, “Oh Naciente Uno” -término aplicado únicamente a quienes han recibido la cuarta iniciación y no están sujetos a ningún aspecto de la naturaleza forma, aunque sea una forma tan superior o trascendental como el alma en su propio vehículo, el cuerpo causal o el loto egoico. También debe desarrollarse la facilidad de responder a esta ley en las primeras etapas del discipulado, cuando el oído, la respuesta y la obediencia ocultas están desarrolladas y alcanzan su extensión en los niveles superiores de la experiencia espiritual. Además deben considerarse palabras y frases, si queremos comprender su verdadero significado. [e500]  

[i685] Responde, Oh Naciente Uno, al llamado que proviene de la esfera de la obligación.  

¿A qué esfera de obligación debe prestar atención el iniciado de grado superior? Toda la vida de la experiencia, desde la esfera del nacimiento hasta los más altos límites de la posibilidad espiritual, están descritos por cuatro palabras, aplicables a las distintas etapas de evolución, y son: Instinto, Deber, Dharma, Obligación; la comprensión de sus diferencias traerá iluminación y, en consecuencia, correcta acción.  

1.   La esfera del instinto. Se refiere al cumplimiento regido por la influencia del simple instinto animal, de las obligaciones que trae cualquier responsabilidad, aunque se haya asumido sin verdadera comprensión. Un ejemplo de ello es el cuidado instintivo de la madre por su progenie, o la relación masculina y femenina. No es necesario que entremos en detalle respecto a esto, porque es bien conocido y comprendido, al menos por quienes han salido de la esfera de las obligaciones instintivas elementales. A ellos no se les hace ningún llamado particular, pero este instintivo mundo de toma y daca es reemplazado oportunamente por una esfera superior de responsabilidad.  

2.   La esfera del deber. La llamada que surge desde esta esfera proviene de un reino de la conciencia más estrictamente humano y no tan predominantemente animal, como es el reino instintivo. Arrastra a su campo de actividad todo tipo de seres humanos y exige de ellos -vida tras vida- el estricto cumplimiento del deber. El “cumplimiento del propio deber” del cual obtenemos escasas alabanzas y poca apreciación, es el primer paso hacia el desarrollo de ese divino principio que denominamos sentido de responsabilidad, e indica -cuando se ha desarrollado- un acrecentado y constante control ejercido por el alma. El cumplimiento [i686] del deber, el sentido de responsabilidad y el deseo de servir, son tres aspectos de una misma cosa: discipulado en su etapa embrionaria. Esto, quizás sean palabras duras para quienes se ven envueltos en la aparentemente desesperanzada tarea del cumplimiento del deber; les resulta penoso comprender que tal deber, que parece encadenarlos a los monótonos, aparentemente insignificantes e ingratos deberes de la vida diaria, es un proceso científico que los lleva a las fases superiores de la experiencia y eventualmente al Ashrama del Maestro.  

3.   La esfera del dharma. Resultado de las dos etapas anteriores, donde el discípulo reconoce, por primera vez con claridad, la parte que le corresponde en todo el proceso de los [e501] acontecimientos mundiales y su inevitable participación en el desarrollo del mundo. Dharma es ese aspecto del karma que dignifica cualquier ciclo mundial particular y las vidas de quienes están implicados en su desarrollo. El discípulo comienza a ver que si se hace cargo del aspecto o parte que le corresponde en este dharma cíclico, y trabaja comprensivamente para su correcto cumplimiento, está empezando a comprender el trabajo grupal (así como lo entienden los Maestros) y a desempeñar su parte en el agotamiento del karma mundial, que actúa en el dharma cíclico. El servicio instintivo, el cumplimiento de todos los deberes y la participación en el dharma grupal se fusionan en su conciencia y se convierten en un gran acto de servicio viviente y leal; entonces se halla en ese punto en que puede avanzar y penetrar en el sendero del discipulado, perdiendo totalmente de vista el sendero de probación.  

Estos tres aspectos de vital actividad son en la vida del discípulo la expresión embrionaria de los tres aspectos divinos:  

a.    Vida instintiva       aplicación inteligente.

b.    Deber                 amor responsable.

c.     Dharma               voluntad, expresada por medio del Plan. [i687]  

4.   La esfera de obligación. Cuando el iniciado ha aprendido la naturaleza de las otras tres esferas de correcta acción y -a través de la actividad de esas esferas- ha desarrollado los aspectos divinos, pasa a la esfera de obligación. Esta esfera, en la que sólo se puede entrar después de haber obtenido la liberación en gran medida, dirige las reacciones del iniciado en dos aspectos de su vida:  

a.   En el Ashrama, donde está regido por el Plan, reconoce que este Plan expresa su principal obligación en la vida. Utiliza la palabra “vida” en su sentido esotérico más profundo.  

b.   En Shamballa, donde el emergente Propósito de Sanat Kumara (del cual el Plan es una interpretación en tiempo y espacio) comienza a tener sentido y significado de acuerdo a su etapa de evolución y a su acercamiento al Camino de la Evolución Superior.  

En el Ashrama, la vida de la Tríada espiritual reemplaza gradualmente a la vida de la personalidad controlada por el alma. En la Cámara del Concilio de Shamballa, la vida de la Mónada reemplaza a todas las otras expresiones de la Realidad esencial. Nada más puedo decir.  

[e502] Reconoce el llamado que surge del Ashrama o de la Cámara del Concilio donde espera el Señor Mismo de la Vida.  

Aquí también enfrentamos el subyacente y evolutivo tema de la Invocación y Evocación. Estos dos centros superiores de la divina Existencia invocan incesantemente al centro inferior; uno de los factores que rigen el proceso creador, depende de la [i688] pericia de las Grandes Vidas para evocar respuesta de los reinos humano y subhumano o las vidas agrupadas en los tres mundos de la vida de la forma. Los hombres están tan preocupados con sus propios problemas, que tienden a pensar que, a la larga, lo que sucede es debido totalmente a su comportamiento, conducta y poderes invocadores. Existe, sin embargo, el reverso, lo cual involucra la capacidad de actuar, los corazones comprensivos y la clara y directa voluntad de la Jerarquía y Shamballa.

No obstante es evidente que los discípulos e iniciados conozcan esencial y exactamente el lugar que ocupan en el sendero, aspecto final de la escala de evolución; de lo contrario interpretarán mal el llamado, y no reconocerán la fuente de donde proviene el sonido. Cuán fácilmente puede suceder esto lo evidencia todo instructor avanzado de ocultismo y esoterismo cuando comprueba la facilidad con que las personas insignificantes y los principiantes interpretan los llamados y mensajes que oyen o reciben, como provenientes de una fuente superior y elevada, mientras probablemente lo que oyen emana de sus propias subconciencias, de sus propias almas o de algún instructor (no un Maestro) que trata de ayudarlos.

Sin embargo aquí se refiere al llamado que surge de las fuentes más elevadas posibles, y no debe confundirse con las pequeñas voces de los insignificantes hombres.  

Se emite el SONIDO.  

No tengo la intención de tratar aquí el sonido creador, fuera de llamarles la atención sobre el hecho de que es creador. El Sonido, primera indicación de la actividad del Logos planetario, no es una palabra, sino un pleno y reverberante sonido, conteniendo en sí todos los otros sonidos, los acordes y ciertos tonos musicales (denominados “la música de las esferas”) y disonancias, [i689] desconocidas aún para los oídos modernos. Este Sonido debe ser reconocido por el “Naciente Uno” y al que debe responder, no sólo por el sentido del oído y de sus analogías más elevadas, sino a través de una respuesta de cada parte y aspecto de la naturaleza forma en los tres mundos. Recordaré también que desde el ángulo de la cuarta iniciación, también al vehículo egoico, el cuerpo del alma, se lo considera y trata como parte de la naturaleza forma.

[e503] Aunque la “destrucción del Templo de Salomón”  tiene lugar en el momento de la cuarta iniciación, esas cualidades, de las que estaba compuesto, han sido absorbidas en los vehículos que el iniciado utiliza para Sus contactos en los tres mundos. Ahora esencialmente es la esencia de todos Sus cuerpos y -desde Su punto de vista y comprensión técnica- debe tenerse en cuenta que todo el plano mental es uno de los tres planos que constituyen el plano físico denso cósmico; esto frecuentemente lo olvidan los estudiantes, que casi invariablemente ubican el cuerpo del alma y el átomo mental permanente fuera de los límites de la forma y lo que denominan los tres mundos. Técnicamente, y desde ángulos superiores, ello no es así, y este hecho cambia y condiciona definidamente el pensamiento y trabajo del iniciado del cuarto grado y los superiores. También explica la necesidad de que desaparezca el cuerpo egoico.

El Sonido reverbera en los cuatro subplanos superiores del plano físico cósmico; éstos son la analogía superior de los cuatro niveles etéricos del plano físico en los tres mundos -los tres físicos densos y los cuatro etéricos. En consecuencia, debe recordarse que nuestros planos, con los cuales estamos tan familiarizados, son los del físico cósmico y el que mejor conocemos es el más denso de los siete -a ello se debe gran parte de nuestras luchas y dificultades.

[i690] Desde “el silencio que es sonido, la reverberante nota de Shamballa”, el sonido se enfoca en la Tríada espiritual, o en el Ashrama, de acuerdo al rango del iniciado y al lugar elevado que ocupa en los círculos ashrámicos, o aún más elevado, en los círculos a través de los cuales se irradia la luz proveniente de la Cámara del Concilio. En el primer caso el centro cardíaco responderá al sonido y después todo el cuerpo; en el segundo caso, la conciencia ha sido reemplazada por un tipo aún más elevado de reconocimiento espiritual, al que damos el inadecuado nombre de identificación. Cuando el sonido ha sido registrado en el corazón del iniciado, éste ha desarrollado todo tipo posible de conocimiento que le permite la naturaleza forma -alma y cuerpo; cuando se ha registrado en la cabeza, la identificación ha producido una unidad tan completa, con toda expresión espiritual de vida, que la palabra ‘‘más” (significando acrecentamiento) debe forzosamente ceder su lugar a la palabra “profundo”, en sentido de penetración. Después de haber explicado esto, ¿qué han comprendido hermanos míos?

En este punto el iniciado se enfrenta por primera vez con los Siete Senderos, porque cada sendero constituye un modo de penetración en los reinos de la comprensión, más allá de nuestro planeta.

[e504] Para poder realizar esto, el iniciado debe demostrar su dominio de la Ley de Diferenciación, y llegar al conocimiento de los Siete Senderos mediante la diferenciación de los siete sonidos que constituyen el Sonido único, pero que no están relacionados con los siete sonidos que componen el triple AUM.

Tanto el alma como la forma deben renunciar al principio vida y así permitir a la Mónada liberarse. El alma responde.  

La forma rompe entonces la conexión.  

[i691] Podrá verse aquí por qué he acentuado el hecho de que el iniciado es el receptor de la cualidad esencial, o cualidades, que la forma ha revelado y desarrollado y el alma absorbido. En esta crisis particular, el iniciado, en el Ashrama o “en su camino glorioso hacia el Lugar donde mora el Señor” (Shamballa), resume o contiene en sí mismo todo el bien esencial que ha acumulado en el alma antes de la destrucción del cuerpo del alma en la cuarta iniciación. Él sintetiza en sí el conocimiento y la sabiduría de eones de lucha y paciente sufrimiento. Nada más puede adquirirse adhiriéndose al alma o a la forma. Ha absorbido todo lo que ellas poseían, que podría arrojar luz sobre la espiritual Ley de Sacrificio. Es interesante observar cómo el alma se convierte aquí en simple intermediario entre la personalidad y el iniciado de alto grado. Ahora nada queda por relatar, informar o transmitir y -a medida que el Sonido reverbera- el alma desaparece, como testimonio de respuesta. Sólo es un cascarón vacío, pero su sustancia es de un orden tan elevado que se convierte en parte integrante del nivel búdico y la función que allí desempeña es etérica. Renuncia al principio vida, retornando al depósito de la vida universal.

Quisiera que observaran la importancia de la actividad de la forma. La Forma rompe la conexión (la comúnmente despreciada, insignificante, frustrada forma, es la que ejecuta el acto final), trayendo la total liberación. El “Señor lunar” de la personalidad ha alcanzado su meta, y esos elementos que han compuesto sus tres vehículos (físico, astral y mental), conjuntamente con el principio vida, constituirán la sustancia atómica del primer cuerpo de manifestación de algún alma que trata de encarnar por primera vez. Esto está claramente relacionado con el complicado tema de los átomos permanentes. Marca un momento de iniciación superior para este Señor lunar, cuando rompe toda conexión [i692] y destruye toda relación, con la hasta entonces alma animadora. Ya no es una simple sombra, sino que posee esas cualidades que lo hacen “sustancial” (en sentido esotérico) y un nuevo factor en tiempo y espacio.

[e505] Las palabras restantes de esta ley no necesitan explicación y marcan un adecuado final para esta parte de nuestros estudios:

La vida queda ya liberada, debido a la cualidad del conocimiento consciente y al fruto de todas las experiencias. Éstos son los dones del alma y de la forma combinados.  


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