De Belén al Calvario - La Cuarta Iniciación
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Libros Azules CRUCIFIXIÓN
[i175] Llegamos ahora al misterio central del cristianismo y a la iniciación culminante a que los hombres, como seres humanos, pueden aspirar. De la siguiente iniciación, la Resurrección, y de la Ascensión, vinculada a ella, prácticamente nada sabemos, aparte del hecho de que Cristo resucitó de entre los muertos. La iniciación de [e180] la Resurrección está velada por el silencio. Todo lo que de ella se ha registrado es la reacción de quienes conocieron y amaron al Señor y los efectos posteriores que produjo en la historia de la Iglesia Cristiana. Pero la Crucifixión ha sido siempre el episodio dramático sobresaliente, sobre el que se ha construido la estructura total de la teología cristiana, poniéndose en ella todo el énfasis. Millones de palabras se han escrito al respecto y en miles de libros y comentarios se trató de elucidar su significado y explicar la significación de su misterio. A través de las edades, se presentaron miríadas de puntos de vista para ser puestos a consideración de los hombres. Han habido muchas malas interpretaciones, pero también se ha expresado lo que es divinamente real. Dios ha sido muchas veces mal interpretado y lo que Cristo hizo, fue tergiversado por los mezquinos puntos de vista de los hombres. La maravilla de lo ocurrido en el Monte Calvario ha sido revelado mediante las iluminadas experiencias del creyente y del conocedor. Un nuevo orden mundial se estableció cuando Cristo vino a la tierra, y desde esa época marchamos firmemente hacia una nueva era, donde los hombres inevitablemente vivirán como hermanos, porque la muerte de Cristo y la verdadera naturaleza del reino de Dios hallará su expresión en la tierra. El progreso [i176] alcanzado en el pasado es su garantía. La proximidad de este acontecimiento ya la comprenden débilmente quienes, como el Cristo dijo, tienen ojos para ver y oídos para oír. Vamos inexorablemente hacia la grandeza que Cristo recalcó en Su vida y obra. Aún no hemos alcanzado esta grandeza, pero los signos ya pueden verse. Hay indicios de la venida de esta nueva era y se perfila una nueva estructura social casi ideal, basada en una humanidad perfeccionada. Esta perfección es lo que interesa. "Podemos saber que Dios existe y de que con Él y en Él están las normas de perfección que tenuemente captamos. Podemos ver que hasta en forma misteriosa debe unir en Sí Mismo toda la belleza percibida, diseminada y diluida en la imperfección que nos circunda. Es suficiente, por el momento, saber que existe un orden superior, hacia el que podemos ascender con la ayuda del poder superior. La verdad de nuestra propia debilidad es saludable y constituye un preludio necesario a lo que nos fue conferido por gracia de Dios, en la revelación cristiana."1 Una de las primeras cosas que parecería esencial reconocer es el hecho definido de que la Crucifixión de Cristo debe salir del ámbito de su aplicación puramente personal y situarse en lo universal y total. Quizá cause consternación el hecho de recalcar la necesidad de comprender que la muerte en la Cruz del Cristo histórico, no tuvo que ver principalmente con él individuo que [e181] pretende beneficiarse con dicha muerte. Fue un gran acontecimiento cósmico. Sus implicaciones y resultados conciernen a la masa humana, no específicamente al individuo. Tendemos a considerar como propios y un asunto personal, las numerosas implicaciones del sacrificio de Cristo. El egoísmo del aspirante espiritual es con frecuencia muy real. El Dr. Macintosh 2 se refiere a la tendencia hacia un erróneo egocentrismo, en los siguientes términos: "Se alcanza la estatura humana abandonando la creencia infantil de que cada uno es el centro de un universo solícito que nos adora. El hombre maduro ya no contará con poseer lo que desea, por lo tanto debe aprender a desear lo que puede poseer. No puede retener las cosas que aferró, porque cambian y se desvanecen, por eso debe aprender a retenerlas, no aferrándose a ellas, sino comprendiéndolas. Entonces el hombre será un adulto completo."Se evidencia, si encaramos el tema con inteligencia, que Cristo no murió para poder ir al cielo, ustedes y yo. Murió como resultado de la propia naturaleza del servicio que prestó, de la nota que emitió y porque inauguró una nueva era y enseñó a los hombres la manera de vivir como hijos de Dios. "Sin embargo, hoy, el profano reflexivo se concentra cada vez menos en el Dios encarnado, sacramentalmente sacrificado, y se dirige cada vez más al hombre Jesús, el instructor de las verdades divinas, el ejemplo supremo de la vida perfecta que encaró a la misma muerte para bien de la elevación del género humano; Su Crucifixión, considerada por la teología como el propósito y finalidad sacramental de Su encarnación, comienza a ser definida simplemente como el resultado inevitable de Su valiente oposición a la religión convencional y como ejemplo culminante de Su heroísmo. Los que así contemplan la vida del Maestro, como ejemplo que debe seguirse, antes que Su muerte, como propiciación mística del pecado, consideran retrogresión mental la creciente santidad atribuida al símbolo de la cruz en la Iglesia. El culto al crucifijo, análogamente al culto al árbol, en realidad se relaciona tan estrechamente con el paganismo que no puede estar a la altura de la norma intelectual exigida por una religión moderna."3 Al considerar la historia de Jesús en la Cruz, es fundamental, que la veamos en términos más amplios y generales que hasta ahora. La mayor parte de los tratados y escritos sobre el tema son polémicos y argumentativos, generalmente defienden o atacan la evidencia, o la teología vinculada al tema. Las obras pueden ser de carácter puramente místico, sentimental u objetivo, refiriéndose a la relación del individuo [i177] con la verdad o a su salvación personal en Cristo. Pero al proceder así, es posible que se pierdan los verdaderos elementos de la historia y su significado más elevado. Dos cosas surgen, sin embargo, de las investigaciones y [e182] debates del siglo pasado. Una, que la historia de los Evangelios no es única, pues ha sido igualada por las vidas de otros Hijos de Dios; otra, que Cristo fue único en Su misión particular y en Su Persona y que, desde un punto de vista específico, Su aparición no tuvo precedente. Ningún estudiante de las religiones comparadas dudará de los paralelismos cristianos con eventos primitivos. Ningún hombre que haya investigado verdaderamente con espíritu amplio, podrá negar que Cristo fue parte integrante de la gran continuidad de la revelación. Dios nunca "se dejó a Sí Mismo sin testigos".4 La salvación de la humanidad siempre ha estado junto al corazón del Padre. Citemos un autor que trata de probar esta continuidad: "Durante la vida o aparición registrada, de Jesús de Nazaret, y varios siglos antes de este hecho, el mundo circundante y mediterráneo habla sido escenario de un vasto número de creencias y rituales paganos. Había un número infinito de templos dedicados a dioses, como Apolo o Dionisio entre los griegos, Hércules entre los romanos, Mitra entre los persas, Adonis y Arris en Siria y Frigia, Osiris, Isis y Horus en Egipto, Baal y Astarté entre los babilonios y cartagineses, etc. Sociedades grandes o pequeñas, reunían a creyentes y devotos, en servicios o ceremoniales relacionados con sus respectivas deidades y Con los credos profesados a dichas deidades. Un hecho por demás interesante para nosotros es que, pese a las enormes distancias geográficas y a las diferencias raciales, en los detalles de sus servicios religiosos, el esquema general de sus doctrinas y ceremoniales fueron, si no idénticos, notablemente similares. Estos hechos pueden ser constatados por quienquiera y esté suficientemente interesado para investigar el desarrollo de la [e183] doctrina de los Salvadores del mundo en el idealismo mundial. En el libro citado,6 el autor sigue diciendo: "El número de deidades paganas (la mayoría nacidos de una virgen, y muertos de una u otra manera por tratar de salvar la humanidad) es tan grande que resulta difícil registrarlos. El dios Kriskna en la India y el dios Indra en Nepal y el Tíbet, derramaron su sangre por la salvación de los hombres. Buda, según Max Müller, dijo: 'Que todos los pecados del mundo caigan sobre mí, a fin de que la humanidad se libere'; el chino Tien el Santo, 'uno con Dios, existiendo con Él por toda la eternidad' murió para salvar al mundo; el egipcio Osiris fue llamado Salvador, lo mismo que Horus; de igual modo se denominaron el persa Mitra y el griego Hércules que venció a la muerte, aunque su cuerpo se consumió en la ardiente vestidura de la mortalidad, de la cual se elevó a los cielos. De igual modo el frigio Attis, llamado el Salvador y el sirio Tammuz o Adonis ambos, como sabemos, fueron clavados o atados a un árbol y resucitaron posteriormente de sus ataúdes o sarcófagos. Prometeo, el más grande y primer benefactor de la raza humana, con los brazos extendidos, fue clavado de pies y manos en las rocas del Monte Cáucaso. Dionisio o Baco, nacido de la virgen Semele para ser el Libertador del género humano (fue denominado Dionysus Eleutherios) y despedazado, como Osiris. Hasta en el remoto México, [i179]Quetzalcoatl, el Salvador, nació de una virgen, fue tentado, ayunó durante cuarenta días y fue ejecutado, y su segundo advenimiento fue esperado con tanta ansia que (como bien se sabe) a la llegada de Cortés, los pobres mexicanos lo recibieron como al dios esperado. En Perú y entre los indios americanos del norte y sur del Ecuador, existen o existieron leyendas similares." 7 No corresponde en esta obra discutir estas ideas en favor ni en contra. La única cuestión importante para nosotros es la parte que Cristo realmente desempeñó como Salvador del Mundo y en qué consistió el carácter excepcional de Su misión. ¿Cómo era ese mundo al que había venido? y ¿cuál es hoy la significación de Su muerte para el ser humano común? ¿Son históricamente reales los episodios de Su vida? ¿Hubo una época en nuestra historia racial en que Cristo actuara, hablara y viviera una vida humana común? ¿Sirvió a Su raza y regresó a la fuente de origen de donde viniera? La realidad de Cristo no constituye problema alguno para quienes Le conocen. Saben, más allá de toda controversia, que Él existe. "Saben a Quién han creído".8 Para ellos Su realidad no puede refutarse. Pueden diferir entre sí respecto al énfasis que debe aplicarse a las diversas interpretaciones teológicas de la historia de Su vida, pero conocen a Cristo y con Él huellan el sendero de la vida. Pueden discutir si fue Dios u hombre, u Hombre-Dios, [e184] o Dios-Hombre, pero todos coinciden en un punto, y es que fue Dios y Hombre, manifestado en un solo cuerpo. Pueden luchar para perpetuar la memoria del Cristo muerto en la cruz o esforzarse por vivir la vida del Cristo resucitado, pero todos testimonian la realidad de Cristo Mismo, y por la multitud de testigos se establece la realidad. El que sabe no puede dudar, sino decir enfáticamente que "hay un Cristo eterno, un Hombre-Dios, unido a la humanidad no sólo desde determinada fecha en el tiempo, sino antes de existir el tiempo. Y hay un hombre eterno, un hombre que no sólo es el resultado del hecho histórico de la Encarnación, sino que en virtud de una realidad, aborigen y precósmica, participa esencialmente de la divinidad. Hay una divina humanidad, por lo tanto, también hay una humana divinidad. El género humano no es sólo el cuerpo temporal de Cristo, sino Su cuerpo eterno y místico, y esto no en sentido alegórico, sino absolutamente real y literal."9 El cristianismo es la reafirmación de una doctrina muy antigua. No es nueva. Es tan esencial para la salvación y la felicidad del mundo, que Dios siempre la proclamó. [i180] Las narraciones del Evangelio son verdaderas y puede confiarse en ellas porque están integradas por las revelaciones espirituales del pasado, y son reinterpretadas hoy en términos crísticos. Por lo tanto, estando el género humano más evolucionado y siendo más inteligente, esa reinterpretación satisfará más rápida y adecuadamente las necesidades de la humanidad. Pero no es nada nuevo, y Cristo nunca Lo proclamó como si lo fuera. Él predijo una nueva era y la venida del reino de Dios. Con el correr del tiempo y por la captación milenaria de la conciencia de Dios, recién hoy el género humano comienza a ver un mundo y una humanidad preparados para recibir una nueva revelación revelación basada en una ética cristiana verdadera y en vitales verdades cristianas. Lo que Cristo representó y la verdad que encarna es tan antigua, que en todas las épocas estuvo presente como una necesidad en la conciencia humana; no obstante, es tan nueva que no habrá ningún momento en la historia del nacimiento y de la muerte del Salvador del mundo, que no sea de enorme importancia para el hombre. Edward Carpenter 10 se refiere a esto arrojando luz sobre este incesante y milenario enfoque del amor de Dios y el deseo del hombre como hijo de Dios: "Si el hecho histórico de Jesús pudiera probarse en cualquier grado, nos daría la razón para suponer (cosa que personalmente me he inclinado a creer) que también existe un núcleo histórico de personajes tales como Osiris, Mitra, Krishna, Hércules, Apolo y los demás. En realidad la [e185] cuestión se resume a lo siguiente: ¿Han existido, en el curso de la evolución humana, ciertos puntos o períodos 'nodales', por así decirlo, en los cuales las corrientes psicológicas fluyen juntas y se condensan para un nuevo comienzo, y cada nodo o punto de condensación, se ha caracterizado por la aparición de un hombre (o mujer) heroico y real, que suministra el ímpetu necesario para ese nuevo comienzo, dando su nombre al movimiento resultante?, ¿o basta con suponer la formación automática de tales nodos o puntos de partida, sin la intervención de ningún héroe o genio, o imaginar que en cada caso la tendencia a crear mitos en el género humano, creó una figura inspiradora y legendaria y la reverenció como a un dios durante un largo tiempo posterior?La Crucifixión y la Cruz de Cristo son tan antiguas como la humanidad misma. Ambas son símbolos del sacrificio eterno de Dios, al sumergirse en el aspecto forma de la naturaleza, trasformándose así en Dios inmanente y trascendente. Sería bueno recordar que: "...mucho antes de la era cristiana, la cruz se empleaba como objeto de adoración. Así como en Egipto el obelisco no sólo era un símbolo del dios sol, sino también un dios, la cruz fue una verdadera divinidad. El tronco de un árbol, con o sin ramas, se lo consagró a varios dioses y en el caso del culto de Attis, la imagen del dios se colgaba en el pino sagrado, en conmemoración de su muerte, y el propio tronco del árbol era envuelto en telas de lino y se lo trataba como objeto de culto. De igual modo el árbol consagrado a Osiris se adornaba con telas y se colocaba en el templo, con el cuerpo del dios atado a sus ramas, según la tradición."11 Hemos visto que Cristo debe ser reconocido ante todo en sentido cósmico. El Cristo cósmico ha existido desde toda la eternidad, y es la divinidad en el espacio o espíritu crucificado. Personifica la inmolación o sacrificio del espíritu en la cruz de la materia, forma o sustancia, a fin de que todas las formas divinas, incluyendo la humana, puedan vivir. Esto lo han reconocido siempre los llamados credos paganos. Si se siguen las huellas del simbolismo de la cruz, se verá que antecede al cristianismo por miles de años y que, finalmente, los cuatro brazos de la cruz desaparecen, quedando únicamente la imagen del Hombre celestial viviente con los brazos extendidos en el espacio. El Cristo cósmico se yergue al norte, al sur, al este y al oeste, sobre lo que se llama "la cruz fija de los cielos". Sobre esta cruz Dios está eternamente crucificado. [e186]"Se habla místicamente del cielo como el Templo y la conciencia eterna de Dios. Su altar es el sol, cuyos cuatro brazos o rayos, tipifican las cuatro esquinas o la cruz cardinal del universo, trasformada en los cuatro signos fijos de zodiaco, y en los cuatro poderosos signos sagrados animales, que son a la vez cósmicos y espirituales... Se conocen como los cuatro animales consagrados del zodíaco, en tanto que los signos en sí representan los elementos fundamentales y básicos de la vida, Fuego, Tierra, Aire y Agua." 12 [i182] Los cuatro signos Tauro, Leo, Escorpio y Acuario, constituyen preeminentemente la cruz del alma, la cruz sobre la cual la segunda Persona de la divina Trinidad es crucificada. Cristo personificó en Su misión esos cuatro aspectos, y como Cristo cósmico, ejemplificó en Su persona las cualidades que cada uno de esos signos representa. Hasta el hombre primitivo, poco evolucionado e ignorante, tenía conciencia de la significación del espíritu cósmico inmolado en la materia y crucificado en la cruz de cuatro brazos. Se dice que los primitivos seres humanos "...aceptaban, tras largos años de creencia, que el sol moría anualmente y era llevado a través de las grandes aguas hasta el sur, y sepultado en la tiniebla del solsticio de invierno, lo que ahora se conoce como el 22 de diciembre. Observaron que siglo tras siglo desde el 22 al 25 de diciembre los días no se acortaban ni se alargaban, pero que desde el 25 de diciembre comenzaban anualmente a aumentar leve y progresivamente la luz, cada día algo más, el frío disminuía y retornaba el calor, la luz y la alegría, así la naturaleza entera se liberaba de lo que parecía muerte y dolor.13 Estos cuatro signos se encuentran en forma inequívoca en La Biblia y se consideran en la doctrina cristiana como los cuatro animales sagrados. El profeta Ezequiel se refiere a ellos con estas palabras: "Y el aspecto de sus caras era, cara de hombre y cara de león a la derecha de los cuatro, y cara de buey a la izquierda de los cuatro; asimismo tenían los cuatro cara de águila."14 También en el Libro de las Revelaciones, encontramos la misma simbología astrológica: "Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al [e187]cristal; y junto al trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás. "El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre, y el cuarto era semejante a un águila volando." 15 "La cara como de hombre", es el signo antiguo de Acuario, el signo del hombre que lleva el cántaro, al que Cristo Se refirió cuando envió a Sus discípulos a la ciudad, diciéndoles: "He aquí, al entrar en la ciudad os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle hasta la casa donde entrare".16 En este signo zodiacal estamos entrando ahora. Sería bueno señalar que astronómicamente esto es verdad y no una simple afirmación [i183] de los astrólogos. El León representa el signo Leo del zodíaco, siendo el símbolo de la individualidad, y bajo su influencia la raza adquiere autoconciencia y los hombres actúan como individuos. Cristo puso el énfasis de Su enseñanza sobre la significación del individuo y demostró con Su vida el valor supremo del individuo, su perfeccionamiento, su servicio y su sacrificio final, en bien del todo. La constelación del Águila siempre fue considerada como intercambiable con el signo Escorpio, la serpiente, empleándosela frecuentemente en esta relación cuando se considera a la cruz fija del Salvador cósmico. Escorpio es la serpiente de la ilusión, de la cual se libera definitivamente la naturaleza crística, y Adán, en el jardín del Edén, sucumbió a las ilusorias tentaciones de esta serpiente, Escorpio. La "cara de buey" es el símbolo bíblico del signo de Tauro, el toro, representando la religión que precedió a la revelación hebrea, y tiene sus exponentes en Egipto y en los misterios mitraicos. En esta cruz fija todos los Salvadores mundiales, incluso el Cristo de Occidente, han sido eternamente crucificados, para recordar al hombre la intención divina, basada en el sacrificio también divino. Los primeros Padres reconocieron esta verdad y aprendieron que la historia escrita en los cielos guardaba una definida relación con la humanidad y la evolución de las almas humanas. Clemente de Alejandría dice que "el sendero de ascenso de las almas está en los doce signos del zodíaco", y las festividades de la iglesia de hoy no se basan sobre fechas históricas relacionadas con las personalidades religiosas descollantes a que se refieren, sino a la época y a las estaciones. Vimos que la fecha del Nacimiento de Belén se estableció astronómicamente casi cuatro siglos después que naciera Cristo. La combinación de Virgo con la Estrella de Oriente (Sirio) [e188] y los Tres Reyes (simbolizados por el cinturón de Orión), fue el factor determinante. La virgen fue vista en Oriente, con la línea del horizonte pasando por su centro, siendo ésta una de las causas determinantes de la doctrina del nacimiento virginal. [i184] Otro ejemplo ilustra el fundamento astronómico de nuestras festividades cristianas. Dos festividades se guardan tanto en la iglesia católica romana como en la anglicana, denominadas, respectivamente, la Asunción de la Virgen y el Nacimiento de la Virgen María. La primera se celebra el 15 de agosto y la segunda el 8 de septiembre. Todos los años el sol va entrando en el signo de Virgo, alrededor de la época de la Asunción, y toda la constelación está envuelta y se pierde de vista en la gloria radiante del sol. Cerca del 8 de septiembre la constelación de Virgo reaparece lentamente entre los rayos del sol. Por eso se habla del nacimiento de la Virgen. El Día de Pascua siempre se decide astronómicamente. Estos hechos exigen una consideración muy cuidadosa. Esta información debería estar en manos de todos los pueblos cristianos porque sólo así podrían llegar a una plena y clara comprensión de lo que Cristo vino a realizar en la Tierra, en Su naturaleza cósmica. Tal acontecimiento tuvo mayor importancia que la simple salvación de cualquier ser humano individual. Significó mucho más que el fundamento de la fe en un futuro celestial, de varios millones de personas. La encarnación de Cristo, aparte de su valor histórico y de la nota clave que emitió, marcó el final de un gran ciclo cósmico y también la apertura de la puerta al reino que, hasta entonces, sólo se había abierto ocasionalmente, para permitir la entrada de los hijos de Dios que triunfaron sobre la materia. Después del advenimiento de Cristo, la puerta se abrió para siempre de par en par, y empezó a formarse en la Tierra el reino de Dios. En los largos procesos del tiempo aparecieron en el planeta, cuatro grandes expresiones de la vida divina, cuatro formas de Dios inmanente, llamadas los cuatro reinos de la naturaleza. Constituyen, simbólicamente, el reflejo planetario de los cuatro brazos de la cruz zodiacal sobre la cual el Cristo cósmico Se ve crucificado. A través de las edades, los seres humanos han simbolizado al Cristo cósmico inmolado en la cruz de la materia, perpetuando así en la [i185] conciencia de la raza el conocimiento de ese evento; por eso, en cierto sentido planetario, los cuatro reinos de la naturaleza hacen lo mismo, representando el espíritu de Dios extendido sobre una cruz de forma material para ser eventualmente posible la aparición del reino de Dios sobre la Tierra. Esto significa la espiritualización de la materia y la forma, la asunción de la [e189] materia al cielo y la liberación de Dios de la crucifixión cósmica. El poeta Joseph Plunkett 17 lo dice bellamente: "Veo Su sangre sobre la rosaLa maravilla de la misión de Cristo residía en el hecho de que, no obstante pertenecer a la larga continuidad de hombres divinos perfectos, desempeñó una función única. Resumió en Sí Mismo y puso fin a la presentación simbólica del sacrificio eterno de Dios en la cruz fija en los cielos, de la que dan testimonio las estrellas, que la historia de la religión tan exitosamente ha velado y aún hoy se niega a reconocer. El Hombre celestial está actualmente pendiendo del Cielo, como Lo ha estado desde la creación del sistema solar, y Cristo dijo: "Y yo, si fuera elevado de la tierra, a todos atraeré a Mí",18 y no sólo a todos los hombres, sino, oportunamente, a todas las formas de vida de todos los reinos que entreguen sus vidas, no como sacrificio impuesto, sino como ofrenda voluntaria para la [i186] gloria de Dios. "El que perdiere su vida por mi causa, la haIlará",19 es una realidad que se olvida a menudo y tiene una conexión definida con la historia de la crucifixión en sus más amplias implicaciones. Sin embargo, mediante la realización del último de los reinos en manifestación, el humano, la cruz y su propósito se completan y esto lo atestigua la muerte de Cristo. Pero el punto importante no es Su muerte, por más que fue la culminación del proceso evolutivo, sino la Resurrección consiguiente, simbolizando, como lo hizo, la formación y precipitación sobre la Tierra, de un nuevo reino, donde los hombres y todas las formas se liberarán de la muerte reino del cual el Hombre liberado de la Cruz debería ser el símbolo. De este modo completamos el círculo, desde el Hombre en el espacio, con los brazos extendidos en forma de cruz, a través de la secuencia de los Salvadores crucificados que repetidamente narran lo que Dios ha hecho [e190] por el universo, hasta llegar al culminante Hijo de Dios que llevó el simbolismo, en todas sus etapas, al plano físico. Luego resucitó de entre los muertos para decirnos que la larga tarea de la evolución había llegado por fin, en su fase final si así lo decidimos y estamos dispuestos a hacer lo que Él hizo a pagar el precio y pasando a través de los portales de la muerte, a lograr una gozosa resurrección. San Pablo trató de familiarizarnos con esta verdad, pero sus palabras han sido frecuentemente distorsionadas por la traducción y la incorrecta interpretación teológica: "Anhelo conocer a Cristo y el poder de Su resurrección, y compartir Sus sufrimientos y morir como Él murió, en la esperanza de que yo pueda resucitar de entre los muertos. No digo ya he alcanzado este conocimiento y obtenido la perfección, pero sigo adelante."20 Pareciera, según este pasaje, que San Pablo consideraba suficiente para la salvación, creer simplemente que Cristo murió por nuestros pecados. [i187] Permítaseme establecer aquí, breve y sucintamente, lo que verdaderamente pareció acontecer cuando Cristo murió en la Cruz. Él entregó el aspecto forma y Se identificó como Hombre con el aspecto vida de la Deidad. Desde ese instante nos liberó del aspecto forma de la vida, la religión y la materia, demostrándonos la posibilidad de estar en el mundo y, sin embargo, no ser del mundo,21 de vivir como almas, liberados de los impedimentos y limitaciones de la carne, aunque estemos en la tierra. La humanidad está cansada de la muerte hasta en lo más profundo de su ser. Su único descanso reside en la creencia de que la victoria final será sobre la muerte y que algún día la muerte será abolida. Trataremos este tema con más detalle en el capítulo siguiente, pero puede decirse que la raza está tan saturada del pensamiento de la muerte que, para la teología, la línea de menor resistencia ha sido recalcar la muerte de Cristo, omitiendo hacer hincapié en la renovación de la vida, de la que fue preludio esa muerte. Esta práctica terminará, porque el mundo de hoy exige un Cristo viviente y no un Salvador muerto. Exige un ideal tan universal en sus implicaciones tan incluyente en tiempo, espacio y vida, que las explicaciones constantes y los innumerables intentos de hacer que la teología se conforme a los requisitos de una verdad vital, no serán ya necesarios. El mundo ha sobrevivido a la creencia de un Dios iracundo que demanda sacrificios de sangre. Las personas inteligentes están ya de acuerdo en que "... el pensamiento moderno no choca con las primitivas ideas cristianas, pero en lo que [e191] atañe a la propiciación de esas malas inclinaciones, el caso es distinto. No podemos seguir aceptando la tremenda doctrina teológica de que por alguna razón mística fue necesario el sacrificio propiciatorio. Ultraja nuestro concepto de Dios como todopoderoso, o nuestro concepto de Él como todo amor".22 La humanidad aceptará la idea de un Dios que amó tanto al mundo que envió a Su Hijo para darnos la expresión definitiva del sacrificio cósmico y decirnos, como lo hizo Cristo [i188] en la Cruz: "Consumado es".23 Podemos ahora "entrar en el gozo del Señor".24 Los hombres están aprendiendo a amar, y repudian y repudiarán, una teología que convierte a Dios en una fuerza dura y cruel para el mundo, no igualada por los hombres. Debemos recordar también como dice Arthur Weigall.25 "El cristianismo de Jesucristo no resalta la ira de Dios, ni la imposición de Su castigo, sino que ve, sobre todo, Su amor y Su ilimitado perdón de las flaquezas humanas. Las supuestas referencias directas sobre el infierno, expuestas por Nuestro Señor en el Evangelio de San Mateo, el último y menos digno de confianza de los Sinópticos, no están corroboradas en ninguno de los registros anteriores de las palabras de Cristo, mientras que la 'ira de Dios' sólo se menciona en un comentario editorial en el último Evangelio, el de San Juan. Ciertamente, la entera concepción de un Lugar de Tormentos donde los malvados serán castigados con sufrimientos físicos y por un Dios iracundo, una especie de mezcla de policía, magistrado, carcelero y verdugo, no pueden encontrarse en las ideas de Jesús, sino que corresponden a una era primitiva, y es indigno de nuestra moderna inteligencia." [Lo subrayado me pertenece. A.A.B.]Todo el curso de la vida humana tiende a repudiar esos dogmas antiguos que se basan en el temor y, por el contrario, prefiere afrontar valerosamente los hechos y responsabilidades inherentes a su nacimiento espiritual. Cuando la iglesia haga hincapié en el Cristo viviente y reconozca que sus formas y ceremonias, sus festividades y rituales, provienen de un pasado muy remoto, tendremos el surgimiento de una nueva religión que estará tan separada de la forma y del pasado, como el reino de Dios de la materia y la naturaleza corpórea. Toda la religión ortodoxa puede considerarse como una cruz en la que hemos crucificado a Cristo; ha servido su propósito como custodia de las edades y conservadora de las antiguas [e192] formas, pero debe entrar en una vida nueva y pasar por la resurrección, si quiere satisfacer hoy las necesidades profundamente espirituales de la humanidad. Se dice que "las naciones así como los individuos, se hacen, no únicamente por lo que adquieren, sino por lo que renuncian, y esto atañe también a la religión de la época actual".26 Su forma debe sacrificarse en la Cruz de Cristo para poder resucitar a una vida vital y verdadera y satisfacer la necesidad de los pueblos. Que su tema sea el Cristo viviente y no el Salvador moribundo. Cristo ha muerto. No cabe error alguno. El Cristo de la historia pasó por los portales de la muerte por nosotros. El Cristo [i189] cósmico está muriendo aún en la Cruz de la Materia. Allí quedará pendiendo hasta que el último y cansado peregrino encuentre su camino al hogar.27 El Cristo planetario, vida de los cuatro reinos de la naturaleza, ha sido crucificado en los cuatro brazos de la Cruz planetaria en el transcurso de las edades. Pero el final de este período de crucifixión se aproxima. La humanidad puede descender de la cruz, como lo hizo Cristo, y entrar en el reino de Dios como espíritu viviente. Los hijos de Dios están preparados para manifestarse. Hoy, como nunca: "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos de Dios y coherederos de Cristo, si es que padecemos juntamente con Él para, juntamente con Él ser glorificados...28 Hacia esta glorificación de Dios, vamos. Algunos hijos de los hombres lo lograron, por la comprensión de su divinidad. El Dr. Radhakrishnan 29 dice en otro pasaje de la obra citada: "Estar inspirados en nuestros pensamientos por el conocimiento divino, ser impulsados en nuestra voluntad por el propósito divino, moldear nuestras emociones en armonía con la bienaventuranza divina, llegar al gran yo de la verdad, la bondad y la belleza, al que denominamos Dios, [e193]como presencia espiritual, elevar todo nuestro ser y vida al estado divino, constituye el propósito y significado máximo del vivir humano. Algunos individuos excepcionales han logrado tal estado y armonía. Son los tipos más elevados de humanidad y representan la forma final que la humanidad tendrá que asumir. Son los precursores de la nueva raza." Resulta interesante observar que las dos grandes ramas del cristianismo ortodoxo, el oriental, expresado por la Iglesia Griega, y el occidental, representado por las Iglesias Católica Romana y Protestante, han conservado dos grandes conceptos que el espíritu de la raza necesitó en su gran jornada evolutiva, alejándose de Dios y retornando a Él. La Iglesia griega siempre hizo hincapié en el [i190] Cristo resucitado. La occidental, en cambio, ha subrayado al Salvador crucificado. El cristianismo oriental considera que la resurrección es su enseñanza central. Pfleger 30 se refiere a esto en los siguientes términos: "El interés cósmico, la apasionada preocupación por la idea de la Resurrección y la Segunda Venida de Cristo, y el anhelo por la glorificación y deificación, encontraron expresión en los padres orientales. Un Orígenes, un San Gregorio de Nyasa, son típicamente orientales. Y la doctrina de una salvación exclusivamente personal, de un cielo para los salvos y un infierno para los réprobos, corresponde a los occidentales. Como resultado de su constitución psicológica, el cristiano oriental ha puesto en su religión, en primer plano, la cuestión del Apocatastasis, la restitución de todas las cosas; el cristiano occidental, católico o protestante, la cuestión de la justificación mediante la fe y las buenas obras."La necesidad de morir para las cosas materiales, la tendencia del hombre a pecar y a olvidar a Dios y la necesidad de cambiar la idea o la intención, ha sido contribución del cristianismo occidental a los credos religiosos del mundo. Pero nos ha preocupado tanto el tema del pecado, que olvidamos nuestra divinidad, y fuimos tan intensamente individuales en nuestra conciencia, que presentamos un Salvador que dio Su vida por nosotros como individuos y creemos que, de no haber muerto, nunca podríamos entrar en el cielo. El cristianismo oriental no hizo mayor hincapié en estas verdades, acentuando en cambio al Cristo viviente y la naturaleza divina del hombre. Sólo cuando lo mejor de las dos líneas de verdades presentadas se unan y vuelvan a interpretarse, alcanzaremos el concepto básico sobre el cual nos podremos apoyar, sin duda alguna, y tener la certeza de que es lo bastante incluyente como para ser realmente divino. El pecado existe y el sacrificio está involucrado en el proceso de reajustar naturalezas pecaminosas. Hay una muerte que lleva a la vida y es necesario morir cada día",31 como dice San Pablo, para poder vivir. [e194] Cristo murió para todo lo que existe en la forma, dejándonos un ejemplo para seguir Sus pasos. Pero nosotros, los occidentales, olvidamos la Transfiguración y perdimos contacto con la divinidad; ahora deberíamos estar dispuestos a aceptar lo que los cristianos orientales han creído durante tanto tiempo. "...Su concepto de la divina humanidad no es lo mismo que el Concepto postulado por la teología oficial de la Iglesia. La divina humanidad, según lo entiende la gnosis rusa, tiene dos aspectos. La divina humanidad de Cristo tiene su estricta contraparte en la divinidad del hombre, y sin esta última, la Encarnación histórica de Cristo sería inconcebible. El concepto de la divinidad del hombre, sostenido por el cristianismo occidental, se expresa en el bien conocido mandato patriarcal: Cristo Se transformó en hombre para que el hombre pudiera transformarse en Dios. Y esta divinidad no es una facultad del hombre sino un don gratuito de la gracia, extraño a la naturaleza humana, a la cual transciende. Para la gnosis rusa, por otra parte, la divinidad del hombre tiene un fundamento ontológico en la naturaleza humana, no siendo simplemente el resultado de un hecho histórico."32 Esta gnosis siempre se ha manifestado en el mundo. Mucho antes de la venida de Cristo se afirmaba la divinidad del hombre y se reconocían las encarnaciones divinas. El Profesor Murray33 dice: "Comúnmente, se considera todavía que los gnósticos constituyen un grupo de cristianos herejes. En realidad existían sectas gnósticas esparcidas por todo el ámbito helénico antes del cristianismo, como también después. Deben haberse establecido en Antioquía y probablemente en Tarso, mucho antes de la época de Pablo o Apolo. Su Salvador, como el Mesías judío, ya estaba en las mentes de los hombres, antes que el Salvador de los cristianos."Los propios gnósticos declaraban ser los custodios de una revelación que no era exclusivamente de ellos, sino que había estado siempre presente en el mundo. G. R. S. Mead,34 una autoridad en la materia, dice: "Prácticamente estos gnósticos pretendían que la buena noticia de Cristo (el Christos), [i191] era la consumación de la doctrina interna de la Institución de los Misterios de todas las naciones, siendo el fin de todas ellas la revelación del Misterio del Hombre. En Cristo, el Misterio del Hombre fue revelado". En vista del hecho comprobado de que ha existido una continuidad de revelación y que Cristo ha sido uno, en la larga sucesión de Hijos de Dios manifestados, ¿en qué difieren Su Persona y Su misión, de las de los demás? Podemos y debemos estar de acuerdo con Karl Pfleger 35 cuando dice: "La Encarnación de [e195] Dios en Cristo, no es sino una manifestación más grande y más perfecta de Dios, de una serie de otras más imperfectas, que prepararon el camino moldeando la naturaleza humana que las recibió..., la Encarnación no es un milagro en el sentido estricto y crudo del término, así como la Resurrección, la unión interna del espíritu con la materia, es extraña al orden universal de la existencia" Por lo tanto, ¿en qué difiere la misión de Cristo de la de los demás? La diferencia reside en la etapa de la evolución alcanzada por la propia humanidad. Cristo inauguró el ciclo en que los hombres llegaron a ser estrictamente humanos. Hasta el momento de esa Encarnación existieron siempre quienes alcanzaron la humanidad y luego pasaron a demostrar la divinidad. Pero ahora toda la raza está a punto de hacerlo. Aunque los hombres son hoy predominantemente animal-emotivos, no obstante, por el éxito del proceso evolutivo, que ha producido el difundido sistema de educación y el elevado nivel de percepción mental, los hombres alcanzaron el punto en que las propias masas, si reciben el adecuado estímulo, pueden "entrar en el reino de Dios". ¿Quién puede decir que esta comprensión, por tenue e incierta que parezca, no es la que produce la inquietud universal y la difundida determinación de mejorar las condiciones imperantes? Es inevitable que al principio interpretemos el reino de Dios en términos de lo material, pero es un signo espiritual y de esperanza que nos ocupemos hoy de [i192] limpiar la casa, tratando así de elevar el nivel de nuestra civilización. Cristo encarnó por primera vez, cuando la humanidad formaba un todo completo, en lo que atañe al aspecto forma de su naturaleza, con todas las cualidades en manifestación físicas, síquicas y mentales que caracterizan al animal humano. Cristo manifestó lo que podría ser el hombre perfecto, cuando consideró el aspecto forma como templo de Dios, pero reconociendo Su divinidad innata, tratando de ponerla en primer plano, ante todo en Su propia conciencia y luego ante el mundo. Esto es lo que hizo Cristo. Los misterios siempre fueron revelados al individuo que se ponía en condiciones para entrar en un arcano o templo oculto, pero Cristo reveló esos misterios a toda la humanidad y desempeñó el drama del Hombre-Dios ante la raza. Ésta fue Su realización mayor, y es lo que olvidamos, el Cristo viviente, en el énfasis puesto sobre el hombre mismo, sobre la relación consigo mismo como pecador, y con Dios, como Aquél contra Quien ha pecado. Además, toda gran organización, grupo o culto religioso de cualquier tipo, origina en una persona, y de ella se esparce la idea por el mundo, reuniendo adherentes en el transcurso del [e196] tiempo. De este modo, Cristo precipitó el reino de Dios en la tierra. Siempre había existido en los cielos. Cristo lo materializó, haciéndolo una realidad en la conciencia de los hombres. Pero "el cristianismo se preocupó tanto... de la ígnea hoguera y la manera de evitarla mediante el sacrificio expiatorio de Jesucristo en la Cruz, y abogó tanto y continuamente por el culto de Jesús como Dios y Salvador, que apartó la atención de los cristianos, de la realidad de que esa misión de la Fe debía ser realmente la ampliación del reino de Dios en la Tierra, el establecimiento de las correctas condiciones entre los hombres vivientes".36 Esta preparación para el reino y la llegada del momento en que los hombres en gran número podían iniciarse en los misterios, requería el reconocimiento de una indignidad y pecaminosidad, que sólo podría proporcionarlo el desarrollo de la mente. En la era cristiana se produjo el desarrollo mental y también se acentuó demasiado el pecado y el mal. Los animales no tienen conciencia del pecado, aunque puede haber atisbos de una conciencia tal entre los animales domésticos, debido a su asociación con el hombre. La mente tiene el poder de analizar y observar, de diferenciar y distinguir, por eso, con el advenimiento [i193] del desarrollo mental, hubo durante largo tiempo un sentido creciente de contribución de lo pecaminoso, y de una actitud casi abyecta hacia el Creador, causando en la humanidad ese complejo de inferioridad tan marcado, que los psicólogos de hoy se ven obligados a tratar. Contra este sentido de pecado, con sus concomitancias de propiciación, expiación y sacrificio, que Cristo realizara por nosotros, ha habido una sublevación, y en esta reacción verdaderamente sana, existe la normal tendencia de ir demasiado lejos. Afortunadamente, nunca podemos apartarnos demasiado de la divinidad, y la sincera creencia de quienes saben, es que, como raza, volveremos a un estado de mayor espiritualidad que nunca. La teología se sobrepasó con su complejo del "miserable pecador" y con su énfasis en la necesidad de la purificación por la sangre. Esta enseñanza de la purificación por la sangre de toros y carneros (o corderos), formaba parte de los antiguos misterios y la heredamos primitivamente de los Misterios de Mitra. Esos misterios heredaron a su vez la enseñanza, formulando así su doctrina, que fue absorbida por el cristianismo. Cuando el sol estaba en el signo zodiacal de Tauro, el Toro, el sacrificio del toro se ofrecía como predicción de lo que Cristo vendría a revelar más tarde. Vemos que cuando el sol pasó (en la precesión de los equinoccios) al signo siguiente, [e197] Aries, el Carnero, se sacrificaba el cordero y que la víctima propiciatoria fue enviada al desierto. Cristo nació en el signo siguiente, Piscis, y por ello comemos pescado en Viernes Santo en conmemoración de Su venida. Tertuliano, uno de los primeros Padres de la Iglesia, se refiere a Jesucristo como "el Gran Pez" y a nosotros, Sus seguidores, como los "pececillos". Esos hechos son muy conocidos, como se indica en lo siguiente: "Las ceremonias de la purificación, salpicando o mojando al novicio con la sangre del toro o carnero, están muy difundidas y se encuentran en los ritos de Mitra. Mediante esta purificación, un hombre 'nacía de nuevo', y la expresión cristiana 'lavado en la sangre del Cordero', sin duda es un reflejo de esta idea, estando muy clara la referencia en las palabras de la Epístola a los Hebreos, 'Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar [i194]los pecados'. En este pasaje, el autor continúa diciendo: '...teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, por el camino nuevo y viviente que Él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne... acerquémonos... purificados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura'. Pero cuando nos enteramos de que la iniciación mitraica consistía en entrar valientemente en un misterioso 'Sanctum sanctorum' subterráneo, con los ojos vendados, para ser allí salpicado con sangre y lavado con agua, resulta evidente que el autor de la Epístola pensaba en esos ritos mitraicos de los cuales todos tenían conocimiento en ese entonces." 37 Cristo vino a abolir esos sacrificios mostrándonos su verdadero significado, y en Su Persona, como hombre perfecto, padeció la muerte de la Cruz para demostrarnos (en forma real y efectiva) que la divinidad puede manifestarse y expresarse verdaderamente sólo cuando el hombre, como tal, ha muerto, para que el Cristo oculto pueda vivir. La naturaleza carnal inferior, como San Pablo la denomina, debe morir para que la naturaleza divina superior pueda manifestarse en toda su belleza. El yo inferior debe morir para que el yo superior pueda manifestarse en la tierra. Cristo tuvo que morir para que el género humano pudiera aprender, de una vez por todas, la lección de que por el sacrificio de la naturaleza humana el aspecto divino podría ser "salvo". De este modo Cristo sintetizó en Sí Mismo la significación de todos los sacrificios mundiales del pasado. Esa verdad misteriosa revelada únicamente al iniciado entrenado y dedicado, cuando estaba preparado para la cuarta iniciación, fue dada por Cristo al mundo de los hombres. Murió por todos para que todos pudieran vivir. Pero ésta no es la doctrina de la expiación vicaria que fue preeminentemente la interpretación dada por San Pablo a la crucifixión, sino la doctrina que Cristo Mismo enseñará, la doctrina de la inmanencia divina (véase Jn. 17) y la doctrina del Hombre-Dios. [e198] Conviene recordar, en relación con nuestras creencias cristianas, que "las doctrinas y credos que tienen la genuina autoridad del Jesucristo histórico, son inexpugnables y eternas, pero las que se basan en la primitiva interpretación cristiana de la naturaleza y misión de nuestro Señor, son en gran manera insostenibles".38 [Lo subrayado me pertenece, A. A. B.] El mismo autor y en la misma obra dice más adelante: "Las palabras empleadas por Él en la Última Cena, se supone generalmente, que indican la naturaleza del sacrificio y la expiación de Su muerte, pero esta interpretación es falsa. Según el Evangelio de San Marcos, Jesús dice: 'Ésta es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada' y, según San Lucas, dice: 'Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama' y únicamente en el Evangelio de San Mateo se agregan los términos, 'para remisión de los pecados'. 'El crítico más conservador', dice el desaparecido Deán de Carslile, 'no vacilará en considerar este agregado como una glosa explicativa del autor del Evangelio'; el significado de las demás palabras puede muy bien haber sido simplemente que Él estaba dispuesto a dar Su vida por Sus amigos y a morir por la causa."39 El actual cristianismo ha heredado la mayoría de sus interpretaciones de los primitivos tiempos, y los instructores e intérpretes de entonces estaban tan esclavizados por las antiguas creencias, como nosotros [i195] por las interpretaciones dadas al cristianismo durante los últimos dos mil años. Cristo enseñó que debemos morir para vivir como Dioses, por eso murió. Sintetizó en Sí Mismo todas las tradiciones del pasado, porque "no sólo cumplió lo establecido en las Escrituras judaicas, sino también las del mundo pagano, y ahí radicó la gran atracción ejercida por el cristianismo primitivo. En Él se condensaba, en una aparente realidad, una docena de Dioses indefinidos, y en Su crucifixión, las antiguas leyendas de Sus sufrimientos expiatorios y muertes sacrificadas, se actualizaron y tuvieron un sentido directo".40 Pero Su muerte fue también el acto de consumación de una vida de sacrificio y de servicio y el resultado lógico de Su enseñanza. Los precursores y quienes revelan a los hombres el siguiente paso, los que se presentan como intérpretes del Plan divino, son inevitablemente repudiados y generalmente mueren como resultado de su valeroso pronunciamiento. Cristo no constituyó una excepción a esta regla. "Los pensadores cristianos avanzados de hoy, consideran la Crucifixión de nuestro Señor, el sacrificio supremo realizado por Cristo en pro de los principios de Su enseñanza. Fue el acto culminante de Su heroica vida y proporciona un ejemplo tan sublime [e199] al género humano, que la meditación sobre Él produce una unificación con la Fuente de origen de todo lo bueno".41 Y entonces ¿porqué se hace tanto hincapié sobre el sacrificio de la sangre de Cristo y la idea del pecado? Parecería haber dos causas responsables: 1. La idea heredada del sacrificio de la sangre. El Dr. H. Rashdall 42 dice: "En realidad los diversos autores de los libros canónicos estaban tan habituados a las ideas precristianas de un sacrificio expiatorio y reparatorio, que lo aceptaron sin escarbar la raíz. Pero tal vaguedad no era del agrado de los primeros Padres cristianos. En el siglo segundo de nuestra era, Ireneo y otros autores, explicaban la doctrina llamándola 'Teoría del Rescate', que establece que el Demonio era el legitimo señor de [i196]la humanidad, debido a la caída de Adán, y que Dios, no pudiendo con justicia tomar los súbditos de Satán sin pagar un rescate, envió en sustitución a Su propio Hijo encarnado." En este pensamiento encontramos una clara demostración de la forma en que todas las ideas (percibidas en forma intuitiva e infaliblemente correcta) se distorsionan, porque las nociones son preconcebidas y matizadas en las mentes de los hombres. La idea se transforma en ideal, sirviendo a un propósito útil y conduce a los hombres (pues la idea del sacrificio siempre ha llevado a los hombres más cerca de Dios) hasta convertirlo en ídolo, siendo, por consiguiente, limitadora y falsa. 2. La creciente conciencia del pecado en la raza, debido a una mayor sensibilidad hacia la divinidad, y el consiguiente reconocimiento de los defectos y del relativo mal de la naturaleza inferior. Vimos que uno de los factores responsables del complejo del pecado en Occidente, ha sido el desarrollo de la facultad mental con su consiguiente corolario, la conciencia desarrollada, la capacidad del sentido de los valores y (como resultado de todo ello) la facultad de considerar antagónicas las naturalezas superior e inferior. Cuándo establecemos instintivamente contactos con el yo superior, con sus valores y campo de relaciones, y con el yo inferior, con sus valores menores y su campo de actividades más materiales, se evidencia el inevitable desarrollo de un sentido de división y fracaso, y aunque los hombres comprenden que no lograron la realización, adquieren conciencia de Dios y de la humanidad, del mundo del demonio y de la carne, pero también conciben el reino de Dios. A medida que el hombre evoluciona, sus [e200] definiciones varían y los crudamente llamados pecados del hombre no evolucionado, y las faltas y flaquezas del "buen" ciudadano común de la época moderna, entrañan diversas actitudes de la mente y del razonamiento y, sin duda, diferentes consecuencias punitivas. A medida que nuestro sentido de Dios cambia y desarrolla, y cuanto más nos acercamos a la realidad, cambia y se ensancha nuestra entera perspectiva de la vida y la de nuestros semejantes, haciéndose más divina a la par que más humana. Podemos estar de acuerdo con Richard Rothshild43 cuando afirma que "... a medida que el individuo asciende de un nivel a otro durante el desarrollo de su propia percepción interna y trasfondo mental, alcanza un grado de realidad cada vez mayor. La realidad es algo más bien relativo que absoluto, y nuestra única necesidad de la absoluto es un canon para poder juzgar y justipreciar una realidad particular". Es característica [i197] humana ser consciente del pecado y comprender que cuando un hombre ha cometido una ofensa, debe, de un modo u otro, pagar por ella. El germen de la mente, aún en la humanidad infantil, da pie a este conocimiento, pero el cristianismo tardó casi dos mil años en llevar el pecado a una posición tan importante que ocupó y aún ocupa, un lugar preponderante en el pensamiento de toda la raza. Estamos en una situación en que la ley, la Iglesia y los educadores de la raza se preocupan totalmente del pecado y la forma de evitarlo. A veces se piensa cómo sería hoy el mundo si los exponentes de la fe cristiana hubieran desarrollado el tema del amor y del servicio amoroso, en vez de reiterar constantemente el sacrificio de la sangre y la perversidad del hombre. El tema del pecado aparece lógica y normalmente en toda la historia de la humanidad, y siempre ha estado presente el esfuerzo para expiar ese pecado bajo la forma del sacrificio animal. La creencia tan antigua como el hombre, en una deidad iracunda que le imponía penalidades por lo que hacía contra su hermano y exigía un precio por los productos resultantes de los procesos naturales de la tierra, ha pasado por muchas fases. La idea de un Dios cuya naturaleza es amor, ha luchado durante siglos con la idea de un Dios cuya naturaleza es la ira. La contribución descollante de Cristo al progreso del mundo ha sido Su afirmación, por la palabra y el ejemplo, de que Dios es amor y no una deidad iracunda que exige una celosa retribución. La lucha aún se libra entre esta antigua creencia y la verdad del amor de Dios expresada por Cristo, que también encarnó Shri Krishna. Pero la creencia en un [e201] Dios colérico y celoso, persiste todavía. Está arraigada en la conciencia de la raza y recién ahora empezamos a conocer una expresión diferente de la divinidad. Nuestra interpretación del pecado y su castigo, ha sido errónea, pero la realidad del amor de Dios puede captarse ahora y contrarrestar la desastrosa doctrina de un Dios iracundo que envió a Su Hijo para ser la víctima propiciatoria del mal del mundo. La [i198] fe calvinista es quizá la mejor y más pura interpretación de ello. Una breve referencia sobre esta doctrina teológica presentará el concepto en términos comprensibles: "El calvinismo está erigido sobre el dogma de la soberanía absoluta de Dios, incluyendo la omnipotencia, la omnisciencia y la justicia eterna una doctrina cristiana común, pero desarrollada por los calvinistas con aguda lógica y llevada a extremas conclusiones. Con frecuencia se sintetiza el calvinismo en cinco puntos: (1) Todo ser humano, como descendiente de Adán (a quien todos los cristianos de esa época tenían por personaje histórico) es culpable, desde su nacimiento, del pecado original, amén de los pecados ulteriores cometidos en el transcurso de su vida. El hombre no puede hacer nada para borrar su propio pecado y culpa, sólo puede hacerse por la gracia de Dios, concedida misericordiosamente por la expiación de Cristo y sin el menor mérito de su parte; (2) de modo que solamente ciertas personas pueden salvarse (redención particular); (3) a quienes Dios les ha otorgado una vocación efectiva, fortaleciendo sus voluntades y permitiéndoles aceptar la salvación; (4) quienes serán salvos o no, es una cuestión de elección divina o predestinación; (5) Dios nunca defraudará a Sus elegidos: nunca perderán la salvación final (perseverancia de los santos). Los calvinistas insistían vivamente, tratando de demostrar con mucha sutileza que su doctrina otorga amplia libertad humana, y que Dios no es responsable de los pecados cometidos por el hombre."44 En consecuencia, en vista de este énfasis puesto en la pecaminosidad humana y como resultado del antiguo hábito de ofrecer sacrificios a Dios, la verdadera misión de Cristo fue desconocida durante largo tiempo. En vez de reconocérselo como encarnando en Sí Mismo la esperanza eterna de la raza, se Lo incorporó al antiguo sistema de sacrificios, y los antiguos hábitos del pensar estaban demasiado arraigados para el triunfo de la nueva idea que vino a darnos. El pecado y el sacrificio desalojaron y suplantaron al amor y al servicio que Él quiso mostrarnos por medio de Su vida y Sus palabras. También por ello, desde el ángulo psicológico, el cristianismo ha formado hombres tristes, cansados y conscientes del pecado. Cristo, el sacrificio por el pecado, y la Cruz de Cristo, como [i199] instrumento de Su muerte, han absorbido la atención del hombre, en tanto que Cristo, el hombre perfecto, y Cristo, el Hijo de Dios, ha sido menos destacado. El significado [e202] cósmico de la cruz se ha olvidado por completo (o nunca se conoció) en Occidente. Los comentarios que siguen son muy significativos a este respecto: "Contemplo las Iglesias y los cristianos devotos y no devotos. Pero cuando hablo con ellos (me refiero a los protestantes) no encuentro nada que los distinga de otros hombres fervorosos. Esto es, su creencia no posee una fuerza psicológica característica que produzca un solo tipo de carácter en su género... Me parece que el cristianismo moderno no emplea suficientemente la realidad estupenda de Jesús de Nazaret y que el enorme poder y la gloria del éxtasis contenido en este fenómeno histórico, no ha sido el tema de una experiencia viviente. Por derecho, este Personaje debería ser el centro sísmico de una tempestad de emoción y energía. Me veo obligado a decirlo ya que tantas cosas se han perdido de vista, cayeron en el olvido o se vieron envueltas en trivialidades."45 La salvación no está fundamentalmente vinculada con el pecado. El pecado es el síntoma de una condición, y cuando un hombre "verdaderamente se ha salvado", esa condición se neutraliza y con ello, el estado pecaminoso incidental. "Ser salvo, no es entrar en una zona de gozo, bienestar e interminable descanso. El que se ha salvado se convierte en una fuerza elemental de la naturaleza, en una dínamo del espíritu que trabaja con estupenda velocidad. El renunciamiento practicado no exige abandonar el mundo de las actividades, sino matar el sentido del ego. La vida eterna está aquí y ahora. Es la vida de la parte eterna en nosotros, de nuestra luz interna, de la inteligencia y el amor, cuyos objetivos son incorruptibles".46 Esto es lo que vino a hacer Cristo, mostrarnos la naturaleza de la vida "salva", demostrarnos la cualidad del Yo eterno, que reside en todo hombre; ésta es la lección de la Crucifixión y la Resurrección: la naturaleza inferior debe morir para que la superior pueda manifestarse y el alma inmortal y eterna que reside en todo hombre, resucite de la tumba de la materia. Es interesante buscar el origen de la idea de que los hombres deben sufrir en este mundo cómo consecuencia del pecado. En Oriente, donde prevalecen las doctrinas de la reencarnación y del karma, el hombre sufre como consecuencia de sus propios actos y pecados, y se "ocupa de su salvación con temor y temblor".47 Según las enseñanzas hebreas, el hombre sufre por los pecados de sus antepasados y de su país, dando así asidero a una verdad que recién ahora empieza a ser una realidad establecida, la verdad de la herencia física. Bajo la enseñanza cristiana, Cristo, el hombre perfecto, sufre con [e203] Dios, porque Dios amó tanto al mundo que, inmanente en éste, como lo está, no podía disociarse de las consecuencias de la flaqueza y de la ignorancia humanas. De este modo la humanidad adjudica un propósito al dolor y eventualmente es vencido el mal. El pensamiento y la idea del sacrificio por los pecados de los hombres no constituyó la idea original y básica. Al principio, la humanidad, en su infancia, ofrecía sacrificios a Dios para aplacar Su ira, desplegada en los elementos, con tempestades, terremotos y otros desastres físicos. Cuando los hombres, instintivamente, se enfrentaban, cuando se ofendían y herían recíprocamente, transgrediendo así una comprensión tenuemente percibida de la relación e intercambio humano, se ofrecía un sacrificio a Dios para que Él tampoco dañara al género humano. Así, poco a poco, [i200] la idea fue tomando cuerpo hasta que, por último, el concepto de salvación puede resumirse brevemente en los términos siguientes: Hoy el Cristo resucitado surge en primer plano para la conciencia del hombre, y por eso marchamos hacia un período de mayor espiritualidad y de una expresión más real de la religión, que en ninguna otra época en la historia. La conciencia religiosa es la expresión persistente del hombre espiritual interno, del Cristo interno, y ningún evento externo y terreno y ninguna situación nacional, por momentáneamente material que puedan parecer en sus objetivos, podrán oscurecer o borrar la Presencia de Dios en nosotros. El Dr. Sheldon 48 dice que: "... las teologías, como las naciones, nacen, viven por un tiempo y mueren, sin embargo, la conciencia religiosa permanece tan natural en la [e204]vida humana, como la conciencia sexual o la conciencia del hambre. La conciencia emocional de las relaciones que en el universo van más allá del exacto conocimiento de la actual etapa en el tiempo, constituye la conciencia religiosa. Desde el punto de vista de la felicidad, éste es por cierto el más vital y significativo campo de conciencia..." Aprendemos que esa Presencia puede ser liberada en nosotros únicamente por la muerte de la naturaleza inferior, y esto es lo que siempre ha proclamado Cristo desde Su Cruz. Comprendemos cada vez más que la "fraternidad de Sus sufrimientos", significa ascender a la Cruz con Él y compartir constantemente la experiencia de la Crucifixión. Vamos alcanzando el conocimiento de que el factor determinante de la vida humana es el amor, y que "Dios es amor".49 Cristo vino a demostrar que el amor es el poder [i201] motivador del universo. Sufrió y murió porque amó, y tanto Se preocupó por los seres humanos, que les mostró el Camino que debían seguir, desde la caverna del Nacimiento al Monte de la Transfiguración, y de allí a la agonía de la Crucifixión, para poder participar también de la vida de la humanidad y transformarse a su vez en salvadores de sus semejantes. "El instinto general de un Dios benévolo a Quien el sufrimiento por causa nuestra no le es desconocido, es natural y está de acuerdo con la realidad. Más de una vez en el Calvario, tiene lugar esta ineludible comunión de sufrimientos. Porque todo ser sufriente y todo pecador es análogo a un nervio enfermo o herido del cuerpo de Dios. No en una sola crucifixión, considerada excepcional, sino en toda la triste historia de la infidelidad humana, hallamos sufrientes vicarios, cuyo sufrimiento es parte del sufrimiento de Dios."50 ¿Cómo definiremos el pecado? Primeramente leamos las palabras que se emplean en La Biblia y en obras y comentarios teológicos que tratan el tema del pecado, la transgresión, la iniquidad, el mal, la separación. Todas son expresiones de la relación del hombre con Dios y con sus semejantes y, de acuerdo al Nuevo Testamento, los términos Dios y nuestros semejantes, son intercambiables. ¿Qué significan estas palabras? El verdadero significado de la palabra pecado es muy oscuro. Literalmente significa "el que es".51 Significa literalmente, el que existe, y hasta dónde es capaz de ponerse en contra del aspecto divino oculto en sí mismo, es un pecador. Algunas palabras del Dr. Grensted 52 son iluminadoras: "'Los hombres se apartaron de Dios', dice Atanasio, 'cuando empezaron a reparar en sí mismos'. Agustín identifica el pecado con el amor [e205]propio. El Dr. Williams ha sostenido que el principio subyacente, del cual nace el pecado, se encuentra en la 'autoaseveración del individuo contra el rebaño, principio que sólo podemos designar bajo los términos inadecuados de egoísmo, desamor y odio'. Y el Dr. Kirk declara que 'puede decirse que el pecado empieza con la autoestimación'." Estos pensamientos llevan directamente al problema central del pecado, que (en último análisis) es el problema de la dualidad esencial del hombre, antes de haber logrado la unificación que demostró Cristo. Cuando el hombre, antes de despertar de su naturaleza dual, comete actos erróneos o pecaminosos, no podemos considerarlo pecador, ni lo hacemos, a no ser que por anticuados, [i202] creamos en la doctrina de que todo hombre está irremisiblemente perdido si no es "salvado", en el sentido ortodoxo del término. Para Santiago, el pecado es actuar en contra del conocimiento: "El que sabe hacer lo bueno y no lo hace, es pecado".53 Tenemos aquí una real definición del pecado. Es una acción contra la luz y el conocimiento y un acto deliberado que lleva a cometer lo que sabemos erróneo e indeseable. Donde no existe ese conocimiento, no puede haber pecado; por eso los animales están libres de pecado, y los hombres que actúan con igual ignorancia deben ser igualmente considerados. Pero desde el momento en que un hombre se da cuenta de que está constituido por dos personas en una sola forma, de que es Dios y hombre, entonces la responsabilidad aumenta progresivamente y es posible el pecado, y aquí aparece el aspecto misterioso del pecado, que consiste en la relación entre "el hombre oculto en el corazón",54 y el hombre tangible externo. Cada uno de ellos tiene su propia vida y su propio campo de experiencia. Cada uno es un misterio para el otro. La unificación consiste en resolver la relación entre ambos, y cuando los deseos del "hombre oculto" no se cumplen, aparece el pecado. Esta relación y la experiencia que resulta de ella, ha sido tratada por el Dr. Hocking,55 con las palabras siguientes: "Psicológicamente, el misterio se siente donde dos cuerpos de experiencia no están en comunicación perfecta, aparte de la cuestión de si uno de ellos es inherentemente maravilloso o sobrenatural. El misterio no existe en ninguno de los dos cuerpos; el misterio expresado en el esfuerzo de cada uno por ponerse a tono con el otro, es el comienzo del éxito. Es el estado mental de quien empieza a ver. El misterio llega a ser la cualidad característica de toda idea incipiente, que aún no fue totalmente captada por la mente. El místico puede ser considerado como quien enfrenta empíricamente un cuerpo de nuevas experiencias e ideas, en tal forma es el poseedor de dos cuerpos de experiencia, de los que no [e206]puede dudar, pues ambos deben ser reales, y el poseedor no comprende cómo ambos lo son." Cuando estos dos aspectos del hombre se unen y funcionan como unidad, y cuando el hombre espiritual controla las actividades del hombre carnal, resulta imposible pecar y el hombre se encamina hacia la grandeza. La palabra "transgresión" significa cruzar una frontera; implica el desplazamiento de un hito, como se dice en la masonería, o la violación de uno de los principios básicos de la vida. Se reconocen ciertas cosas que tienen una relación controladora con el hombre. Como ejemplo de lo dicho puede citarse una recopilación de principios como los Diez Mandamientos. Constituyen el límite de lo que las antiguas costumbres ordenaban como hábitos correctos, y el orden social impuesto a la raza. Sobrepasar esos límites, que el hombre mismo instituyó por experiencia, y a lo cual Dios otorga divino reconocimiento, [i203] es transgresión, y para cada transgresión existe un castigo inexorable. Pagamos el precio de la ignorancia cada vez que transgredimos; así aprendemos a no pecar; se nos castiga cuando no observamos las reglas, y con el tiempo aprendemos a no transgredirlas. Instintivamente cumplimos ciertas reglas, probablemente porque con frecuencia tuvimos que pagar el precio y, ciertamente, porque nos cuidamos mucho de nuestra reputación y de la opinión pública para transgredirlas ahora. Existen límites que el ciudadano común y sensato no intenta cruzar. Cuando lo hace, se une al gran grupo de pecadores. Lo ideal es la acción controlada en cualquier campo de la vida humana, la cual debe basarse en un móvil correcto, actividad para un propósito altruista y llevada a cabo por la fortaleza del hombre espiritual interno, "el hombre oculto en el corazón". "Iniquidad" es una palabra con un significado aparentemente inofensivo. Significa sencillamente disparidad y carencia de equidad. Un hombre inicuo es por lo tanto, técnicamente, un hombre desequilibrado, un hombre que tolera disparidades en su vida cotidiana. Tal definición es ampliamente incluyente, y aunque no nos consideremos pecadores y transgresores, sin lugar a dudas estamos en la categoría de los que, en sus vidas, muestran ciertas inestabilidades en la conducta. No siempre somos los mismos, unas veces flexibles al expresar la vida, unos días una cosa, otros otra, y debido a este desequilibrio, somos inicuos en el verdadero sentido de la palabra. Es bueno recordar estas cosas, porque evitan ese pecado deplorable que es la propia satisfacción. La cuestión del mal es asunto muy largo de elucidar, pero puede definírselo simplemente como la adherencia a algo que [e207] debíamos haber superado y dejado atrás. El mal, para la mayoría, es, sencilla y únicamente, un intento de identificación con la vida de la forma, cuando nos capacitamos para la conciencia del alma; y la rectitud consiste en dirigir constantemente el pensamiento y la vida hacia el alma, que conduce a actividades espirituales inofensivas y útiles. Este sentido del mal y esta reacción al bien, están latentes en la relación de las dos [i204] mitades de la naturaleza del hombre, la espiritual y la estrictamente humana. Cuando dirigimos la luz de nuestra despierta conciencia hacia la naturaleza inferior, hacemos deliberadamente "en la luz" esas cosas que han sido determinadas y vitalizadas desde los niveles inferiores de nuestra existencia, arrojamos el peso de nuestro conocimiento a favor del mal y entonces somos retrógrados. No es siempre conveniente, desde el punto de vista del "hombre carnal", hacer o rechazar ciertas cosas, y cuándo escogemos lo inferior, por elección especifica, predomina el mal que está en nosotros. Gradualmente alborea en la conciencia humana el conocimiento de que una actitud separatista contiene los elementos del pecado y del mal. Cuando somos separatistas en nuestras actitudes, o hacemos algo que trae separación, transgredimos una ley fundamental de Dios. Verdaderamente, lo que hacemos en ese caso es quebrantar la Ley del Amor, que no sabe de separaciones, y sólo ve unidad y síntesis, hermandad e interrelación, por todas partes. Tenemos aquí nuestro mayor problema. El estudio sobre el pecado y el mal servirá, como dice el Dr. L. W. Grensted, ...,56 "... principalmente, para revelar el carácter fundamental de nuestro problema, resultado de la falta de fe y de negarnos a amar. Los psicólogos no escapan a esta consideración del pecado, cuando lo consideran una enfermedad moral, porque su única esperanza de tratarla exitosamente, reside en un intento de despertar los recursos personales latentes en el ego, mediante procesos que, en sí, son personales. Donde, como en el caso de la mayoría de las psicosis, no puede lograrse este despertar, no hay la menor esperanza de curación. La clave para la cura psicológica está en la transferencia, existiendo en ello una estrecha similitud con la forma cristiana de perdonar. Ambos métodos son totalmente personales y dependen de un reajuste de relaciones que empieza en el sacerdote o en el médico, y pasa a cualquier relación del medio social." [Lo subrayado me pertenece. A.A.B.]Una definición del Dr. Kirk 57 puede ser útil. "El pecado", dice, "es cualquier acción inhibitoria o retardatoria del progreso del alma hacia la perfección, de cuyo peligro el alma es o debiera ser, consciente". El sentido de responsabilidad de las propias [e208] acciones aumenta a medida que progresamos una etapa tras otra en el Sendero de la Evolución. [i205] En las primeras etapas hay poca o ninguna responsabilidad, poco o ningún conocimiento, ningún sentido de relación con Dios, y muy escaso sentido de relación con la humanidad. Ese sentido de separatividad, este énfasis en el bien personal e individual, participa de la naturaleza del pecado. El mismo autor, cita, a Aubrey Moore, que en su obra Algunos Aspectos del Pecado, dice: "Dios es Amor. En Su amor creó al hombre. En el amor del hombre, Dios Se regocijaría. En el amor de Dios, el hombre recibiría bendiciones. Y el hombre, hecho a la imagen de Dios, rechazó a Dios, rechazó su propio bien. Buscó una vida separada y halló la muerte. Éste es el pecado".58 El amor es unidad, unificación y síntesis. La separatividad es odio, soledad, división. Pero el hombre, siendo de naturaleza divina, debe amar, y el problema reside en que ha amado erróneamente. En las primeras etapas de su desarrollo, enfoca su amor en dirección equívoca, vuelve la espalda al amor de Dios, que es de la misma naturaleza de su alma, y ama lo que se relaciona con el aspecto forma de la vida, y no con el aspecto vida de la forma. Citaremos dos párrafos más de esta obra, porque son muy aclaratorios y están muy bien escritos: "El pecado es, por lo tanto, en su esencia, una disposición originada por amor a un objeto erróneo. Un objeto es erróneo cuando obstaculiza el desenvolvimiento del amor de Dios, que es el verdadero fin de la existencia personal. Por consiguiente, es un objeto que no debe amarse, y la introducción de este concepto moral pone al pecado fuera del alcance inmediato de la psicología. Pero en verdad, la psicología puede discutir la conducta que resulta de una disposición pecaminosa, y los efectos que la misma tienen sobre el carácter...59 Pecar es por lo tanto infringir la Ley del Amor, tal como lo demostramos en nuestra relación con Dios o con nuestro hermano, un hijo de Dios. Es llevar a cabo esas cosas por interés puramente egoísta, que acarrea sufrimiento a quienes nos rodean o al grupo a que estamos afiliados grupos familiar, social, de trabajo o, simplemente, el grupo de seres humanos que el destino nos ha deparado. [e209] Esto nos lleva a la conclusión de que, en último análisis, pecado significa una relación errónea con otros seres humanos. Fue el sentido de esta relación equívoca que en los primeros días de la historia del hombre originó el sacrificio de los bienes mundanos en el altar, porque el hombre primitivo creía que, haciendo una ofrenda a Dios, podría redimir su actitud hacia sus semejantes. Los párrafos siguientes ensamblan el pasado y el presente, de modo admirable: "Por lo tanto, la conciencia del pecado (o separación de la vida del todo) y la restauración o redención mediante el sacrificio, parece encontrarse en la raza humana desde los tiempos más remotos, simbolizada en algunos de los ritos más antiguos, y si a veces nos horrorizamos por la barbarie que acompañaba a esos ritos, debemos convenir, no obstante, que tales barbaridades muestran que los pueblos primitivos sentían profundamente la solemnidad y la importancia de todo aquello y también que la barbarie se introducía y plasmaba en forma ígnea en las mentes rudas e ignorantes que sentían la necesidad del sacrificio, dando por resultado algo que no podían comprender de otra manera.60 Está empezando a surgir en la raza el concepto de que el único pecado verdadero consiste en herir a otro ser humano. El pecado es el mal empleo de nuestras mutuas relaciones, y no hay modo de eludir esas relaciones, porque existen. Vivimos en un mundo de hombres y pasamos la vida en contacto con otros seres humanos. Según manejemos este problema cotidiano, se demostrará nuestra divinidad, o nuestra naturaleza inferior descarriada; nuestra tarea en la vida consiste en expresar la divinidad y tal divinidad se manifiesta [i206] de la misma manera en que la divinidad de Cristo se expresó a sí misma; vivir inofensivamente; servir incesantemente a nuestros semejantes; vigilar cuidadosamente nuestras palabras y actos, para no "ofender a uno de estos pequeños";61" compartir con Cristo la urgencia que Él sentía por satisfacer las necesidades del mundo y desempeñar su parte como salvador de los hombres. [e210] Es realmente veraz que este concepto básico de la Deidad empieza a ser captado por la humanidad. El hombre ya se da cuenta de que: "También para él, la significación del proceso cósmico no es estrictamente una redención negativa del pecado, sino la deificación del mundo, 'una transformación, una transmutación de la materia en espíritu, de la vida carnal en lo divino, el retorno del universo a la unidad total con Dios, perdida en la caída pretemporal. Sin el hombre, este retorno es imposible e inconcebible'. 'El hombre fue predestinado para ser el Mesías universal, cuya tarea es redimir al mundo del caos, uniéndose con Dios e incorporando la sabiduría eterna en las formas creadas. Esta misión comprende un triple ministerio humano. El hombre debe ser el sacerdote de Dios, Rey del mundo inferior y Profeta de la absoluta unión de ambos. Es sacerdote quien sacrifica su propio voluntad, su egoísmo humano; es Rey del mundo subhumano quien se somete a la Ley Divina, y es Profeta de la unión de ambos, quien tiende a la unidad absoluta de la existencia y lo realiza progresivamente por la tarea conjunta de la gracia y el libre albedrío, transformando así, en forma gradual, la naturaleza separada de Dios en una integración universal y completa en Él, que poseía originalmente'."62 Continúa Pfleger con una cita del Dr. Berdyaev: "el significado del proceso cósmico no puede concluir con la redención. El hombre debe compartir la tarea del mundo que Dios está creando continuamente. Tampoco es un hecho jurídico el proceso cósmico entre el hombre y Dios. La justificación del hombre no puede ser corroborada por su justificación ante el tribunal divino". La tarea principal de Cristo fue establecer el reino de Dios en la tierra. Él enseñó el camino por el cual la humanidad podría entrar en ese reino, sometiendo la naturaleza inferior a la muerte en la cruz y resucitándola por el poder del Cristo que mora en nosotros. Cada uno debe hallar solo el camino de la cruz y entrar en el reino de Dios por derecho de realización. Pero el camino se descubre sirviendo a nuestros semejantes, y la muerte de Cristo, vista desde cierto ángulo, fue la lógica consecuencia del servicio que había prestado. Servicio, dolor, dificultad y cruz tales son las recompensas del hombre que antepone la humanidad a todo, y él mismo se pone en segundo término. Pero al hacerlo, descubre que la puerta del reino se ha abierto de par en par y puede entrar en él. Primero debe sufrir. Es el Camino. Hermann Keyserling 63 dice: "... la ética cristiana fue la primera en percibir que el pecado y el sufrimiento no son simplemente cualidades negativas, sino medios de salvación; ... la relación personal hacia nuestro semejante es de mayor importancia que toda la justicia objetiva. Sin duda sólo lo que Jesucristo llama Amor es la religión personal con nuestro hermano que [e211]responde a la idea del bien. A esto debe agregarse un conocimiento posterior que llevará a resultados más profundos: el 'yo' no debe constituir su aspiración ultérrima. En realidad no la constituye, porque aquel que no puede extender su vida más allá de sus limites egoístas, encadena su naturaleza." Mediante el servicio y el sacrificio supremos nos convertimos en seguidores de Cristo y obtenemos el derecho de penetrar en Su reino, puesto que no entramos solos. Éste es el elemento subjetivo en toda aspiración religiosa y lo han comprendido y enseñado todos los hijos de Dios. El hombre triunfa por la muerte y el sacrificio. El párrafo siguiente aclara la idea: "¿Y qué decir de la tercera categoría básica de la naturaleza, el elemento específicamente humano? ¿Cuál es la base trascendental del humanismo? ¿En qué consiste la marca característica de la humanidad?64 Cristo el espíritu superhumano, lo realizó en forma perfecta. En Él no había pecado, porque había trascendido el efímero yo inferior, de modo perfecto. Su personalidad quedó subordinada a Su divinidad. Las leyes de transgresión no Le tocaron, porque no cruzó fronteras ni infringió principios. Encarnaba en Sí Mismo el principio del amor y, por eso, en la etapa evolutiva [i207] a que habla llegado, ya no le era posible herir a ningún ser humano. Estaba perfectamente equilibrado, alcanzando ese equilibrio que Le liberó de los impactos inferiores, dejándolo libre para ascender al trono de Dios. Él ya no Se aferraba a lo inferior ni a lo que era humanamente deseable, pero divinamente rechazable. Por eso el mal pasó junto a Él y no Le contaminó. "Fue tentado en todo, según nuestra semejanza, pero sin pecado".65 No conoció la separatividad. Ricos, políticos, pecadores, hombres ilustres, rameras y gente del pueblo, fueron sus amigos, y la "gran herejía de la separatividad" [e212] fue superada por Su espíritu omniincluyente. De esta manera cumplió la ley del pasado, destacó el tipo de la humanidad futura y penetró dentro del velo, dejándonos el ejemplo que debemos seguir, ejemplo de sacrificio hasta la muerte, de servicio incesantemente prestado, el olvido de sí mismo y un heroísmo que Le llevó de una etapa a otra en el camino, y de una cima a otra, hasta que nada pudo detenerlo (ni las mismas barreras de la muerte). Es el eterno Hombre-Dios, el Salvador del mundo. Cumplió la Voluntad de Dios a la perfección y dio una simple regla que contenía una gran recompensa: "El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si su doctrina es de Dios..." 66 La sencillez de esta instrucción es desconcertante. Se dice simplemente que cumplan la voluntad de Dios y entonces la verdad les será revelada. Hubo momentos, en la vida de Cristo, como lo ocurrido en el Huerto de Getsemaní, en que tuvo que luchar consigo mismo para cumplir la voluntad de Dios. Otros, en que Su carne humana tembló pensando en el panorama que se abría ante Él. Por eso sabía de la dificultad de esta simple regla. ¿Cómo podemos realizar esto tan simple y seguir Sus pasos? El Dr. B. H. Streeter67 da una respuesta: "Todos sabemos que por lo menos alguna cosa en nuestras vidas no está bien, y lo que significa lo erróneo o el pecado, excepto el pensamiento o la acción contrarios a la voluntad de Dios, es decir, al Plan que Dios estableció para nosotros. Cada uno sabe al menos que hay algo en nosotros contrario al Plan de Dios. Hasta no reparar ese error, es inútil preguntar cuál podrá ser el próximo objetivo del plan de Dios para el hombre. Sin embargo, si estamos dispuestos a adaptarnos al plan de Dios, en la medida en que lo conocemos, a confesar y a corregir el error del cual tenemos conciencia, entonces la experiencia demuestra que la 'tenue y queda voz' del 'más allá interno', nos dirá lo que Dios desea que hagamos después. Quizá sea reparar algún daño, 'un pensamiento feliz' respecto a alguna obra o proyecto; un acercamiento aún no realizado en alguna relación personal; un destello de percepción de una nueva verdad. Pero mientras nos neguemos a obedecer a Dios cuando reconocemos Su voluntad, y a dar el primer paso, no es razonable pretender que Dios nos muestre el siguiente. Aunque lo hiciera, de nada serviría." Volviendo nuestra atención a la historia de la Crucifixión, evidentemente no es preciso entrar en detalles. [i208] Se conoce tanto y nos [e213] es tan familiar, que las palabras que empleemos poco pueden significar. La historia de la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, Su reunión con los discípulos en el aposento alto, la participación con ellos, de la comunión del pan y el vino, la deserción de quienes se supone Lo amaban, y la agonía consiguiente en el Huerto de Getsemaní, todo eso nos es tan familiar como nuestros propios nombres y hasta menos llamativos. Ésa es la tragedia de Cristo. Tanto realizó y tan poco hemos reconocido. Veinte siglos fueron necesarios para comenzar a comprenderle a Él, Su misión y Su carrera. La misma Crucifixión fue solo la consumación anticipada y esperada de esa carrera. Ningún otro fin podía ser posible. Estaba predeterminado desde el principio, y la fecha anotada desde el momento en que, después de la iniciación del Bautismo, empezó a servir a la humanidad y a enseñar y a predicar la buena nueva del reino de Dios. Tal fue Su tema, y lo hemos olvidado, pregonando la Personalidad de Jesucristo, algo que Él Mismo ignoró y que Le pareció de muy poca importancia, en vista de los mayores valores involucrados. Aquí se repite la tragedia de Cristo, Él tiene una serie de valores y el mundo otra. "La vida de todo hombre es trágica en la medida en que está dotado de conciencia espiritual y es consciente de los valores".68 Hemos hecho una tragedia de la Crucifixión, siendo que la tragedia real está en nuestro fracaso en reconocer su verdadera significación. La agonía en el Huerto de Getsemaní se basó en el hecho de que Cristo no fue comprendido. Muchos hombres sufrieron muertes violentas. En esto, Cristo no fue distinto de miles de personas de amplia visión y reformadores en el transcurso de las edades. Muchos han pasado por la experiencia de Getsemaní y oraron con igual fervor que Cristo para que se cumpliera la voluntad de Dios. Muchos más fueron abandonados por quienes esperaban ser comprendidos y participar en su tarea y en el servicio visualizado. En ninguno de esos aspectos Cristo fue el único. Pero Su sufrimiento está basado en Su visión, excepcional en su género. La falta de comprensión, de la gente y las interpretaciones distorsionadas que los posteriores teólogos darían a Su mensaje, sin duda fueron parte de [i209] Su premonición, del mismo modo que el conocimiento del énfasis puesto sobre Su persona como Salvador del mundo, retardaría, por siglos, la materialización del reino de Dios en la tierra, que debía fundarse de acuerdo con Su misión. Cristo vino para que toda la humanidad pudiera tener "vida más abundante".69 Hemos interpretado Sus palabras de que sólo los [e214] "salvos" podrían dar esos pasos necesarios para alcanzar esa vida. Pero la vida abundante no será una vida vivida en el más allá, en algún cielo distante, donde los creyentes disfrutarán de una vida de felicidad exclusiva, mientras que el resto de los hijos de Dios quedará fuera. La Cruz estaba destinada a señalar la línea de demarcación entre el reino de los hombres y el reino de Dios, entre un gran reino de la naturaleza que había alcanzado su madurez y otro reino de la naturaleza que ahora podía entrar en su ciclo de actividad. El reino humano había evolucionado hasta el punto de producir un Cristo y otros hijos de Dios, cuyas vidas fueron testimonio constante de la naturaleza divina. "... resulta claro sin duda que la Cruz o Frontera, es lo que se levanta a medio camino entre la deficiencia (que representa sin duda el universo material) y la plenitud, un nuevo orden, quizás espiritual, que contiene la esencia de todas las cosas y separa a una de la otra, de modo que nada deficiente entre en la Eternidad. Esto me parece una expresión tan clara como la idea de la Cruz alzándose entre dos mundos, sirviendo de límite, y si el primer germen de la vida inmaterial debe eventualmente trascender la materia y plantarse realmente en la mente consciente, ¿no se trasformará quien lo contiene, en la verdadera Cruz o límite entre la 'deficiencia' y la 'plenitud'?"70 Cristo asumió el antiguo símbolo y la carga de la Cruz, y poniéndose a la par de todos los Salvadores crucificados que Le precedieron, encarnó en Sí lo inmediato y lo cósmico, el pasado y el futuro, erigiendo la Cruz en la colina, fuera de Jerusalén (cuyo nombre significa "visión de paz"), despertando así la atención hacia el reino por cuyo establecimiento murió. El trabajo se habla completado y en ese extraño y pequeño país denominado "Tierra Santa", una estrecha faja de tierra entre los dos hemisferios, el oriental y el occidental, Cristo plantó la Cruz y marcó la frontera entre el reino de Dios y los reinos del mundo, entre el mundo de los hombres y el mundo del espíritu. De este modo llevó los antiguos Misterios a su punto culminante, donde se había profetizado la venida del reino y la institución de los Misterios del reino de Dios. El autor anteriormente citado dice: "La enseñanza fundamental de todas las religiones de los misterios, como sabemos, consistió en establecer que esta vida es sólo una preparación para otra superior, y que la iniciación era simplemente la entrada en un sendero que llevaba a una realización ultérrima, o liberación de la mente o espíritu, de su confinamiento físico; en todas partes estaba simbolizado por el signo de la Cruz y así lo consideran hasta hoy los cristianos."71 El esfuerzo por realizar a la perfección la voluntad de Dios, [e215] puso fin a la vida más completa que haya existido sobre la tierra. El intento de fundar el reino, preordenado [i210] para siempre, y el antagonismo que provocó, llevó a Cristo a la crucifixión. La dureza de corazón de los hombres, la debilidad de su amor y su fracaso en comprender la visión, quebrantaron el corazón del Salvador del mundo fue Salvador porque abrió la puerta del reino. En el párrafo que sigue se expresan estos pensamientos: "Debido a que nuestro Señor murió con el corazón lacerado y la Cruz recortaba Su silueta contra el sol poniente, del más triste aunque más dulce de todos los días que alborearon, el primer Viernes Santo, le fue comprobado al Padre Divino, por toda la eternidad, que el amor humano enfrentaría todo desafío que en nuestra tierra proviniera del pecado o del odio, y el Amor divino no haría ningún reclamo al amor humano, desde el pináculo de la perfección, que no haya sido enfrentado perfectamente y respondido completamente. Lo que el Padre había dispuesto en la esfera sin trabas del Espíritu puro, con toda la soberanía y libertad de Su propia naturaleza divina, eso mismo dispuso, dentro de las limitaciones de la naturaleza humana, el Hijo que Él había adoptado y Se expresó en la servidumbre y esclavitud soportadas en el Calvario. La voluntad del Padre condujo a ascendentes cimas de amor, en la gran aventura del amor, pero la voluntad del Hijo, en perfecta lealtad, había ascendido hasta la suprema cima y pináculo, no quedando otra elevada altura que ascender. Allí, por así decirlo, la voluntad del Hijo fue arrebatada por el abrazo de la voluntad del Padre, y por ese abrazo murió."72 Es tiempo de que la Iglesia despierte a su verdadera misión, que es materializar el reino de Dios en la tierra, hoy, aquí y ahora. Ha pasado el momento de hacer hincapié en un reino futuro. A la gente ya no le interesa un posible estado celestial o un probable infierno. Debe aprender que el reino está aquí y debe expresarse en la tierra. Tal reino está integrado por quienes cumplen la voluntad de Dios, a cualquier costo, como Lo hizo Cristo, y pueden amarse unos a otros como Cristo nos amó. El camino hacia ese reino es el camino que Cristo recorrió. Implica el sacrificio del yo personal por el bien del mundo y el servicio a la humanidad, en vez del servicio a nuestros propios deseos. En el transcurso de la enunciación de esas nuevas verdades concernientes al amor y al servicio, Cristo perdió Su vida. El canónigo B. H. Streeter,73 dice que "el significado y valor de la muerte de Cristo, surge de Su cualidad interna. Es la manifestación expresada externamente, de una autodedicación, libremente elegida, sin mezquindad ni reservas, al servicio más elevado de Dios y del hombre. El sufrimiento incidental de esa propia ofrenda es moralmente creador." [e216] Por ventura ¿no es una realidad que la Crucifixión de Cristo, juntamente con los grandes acontecimientos que la precedieron la comunión y la experiencia de Getsemaní es una tragedia basada en el conflicto entre el amor y el odio? Este libro no intenta empequeñecer el acontecimiento mundial que tuvo lugar en el Calvario. Pero hoy, al considerar ese hecho, empieza a surgir cierta verdad, y es que hemos interpretado ese sacrificio y esa muerte en términos puramente egoístas. Nos ocupamos del tema desde el punto de vista de nuestro interés individual. Hemos recalcado la importancia de nuestra salvación personal, a la que adjudicamos una enorme importancia. Pero el punto de vista del mundo y lo que Cristo tuvo que [i211] hacer por la humanidad y la actitud de Dios hacia los seres humanos, desde tiempos primitivos, pasando por el período de la vida de Cristo en Palestina, hasta la época actual, están subordinados al hecho de creer o no en la eficacia de la Crucifixión y en el Calvario, para la salvación de nuestras almas individuales. Sin embargo, durante Su conversación con el ladrón arrepentido, Cristo lo admitió en el reino de Dios, debido a que reconoció la divinidad. Cristo no había muerto aún, ni consumado el sacrificio de la sangre. Fue casi como si Cristo previera el giro que la teología daría a Su muerte y tratara de contrarrestarlo, haciendo que el reconocimiento del ladrón moribundo fuera uno de los hechos más descollantes en Su muerte. No mencionó la expiación de los pecados por medio de Su sangre, como una razón para ser admitida. La verdadera cuestión era el asunto entre el amor y el odio. Sólo San Juan, el Apóstol amado, el más íntimo de Jesús, realmente lo comprendió; por eso en sus Epístolas pone todo el énfasis en el amor y no hay en ellas la interpretación ortodoxa común, sino sólo amor y odio, deseo de vivir como hijos de Dios e inclinación a vivir la vida como seres humanos comunes. He aquí la diferencia entre el ciudadano del reino de Dios y un miembro de la familia humana. Cristo trató de expresar el amor, pero el odio, la separación y la guerra, que culminó en la Guerra Mundial, ha caracterizado la interpretación oficial de Sus enseñanzas en el transcurso de las edades. Cristo murió para anunciarnos que el camino de acceso al reino de Dios era el del amor y del servicio. Sirvió, amó y obró milagros; reunió a los pobres y a los hambrientos, los alimentó, trató en todas las formas posibles de llamar la atención sobre el principio del amor como principal característica de la divinidad, sólo para encontrarse con que esa vida de servicio amoroso que le causó trastornos infinitos y Le llevó a la muerte en la Cruz. [e217]"Pero, aunque Su amor por el género humano fue tan grande que lo condujo al supremo sacrificio de la Cruz, para que los hombres aprendieran que el Amor debe abrir las puertas a una vida superior, reconoció quizá, a medida que se aproximaba Su fin, que Su vida terrena no constituía un ejemplo muy tentador ¡el perseguido hasta la muerte por Sus contemporáneos, marcha por un sendero que muy pocos quisieron seguir! Por lo tanto, reveló finalmente a Sus discípulos el poder interno que estaba en lo más hondo de Sus enseñanzas y que, si lo hubieran seguido, Su camino habría sido aceptado por todos los hombres. Sin lugar a dudas, si pudiéramos comprender el amor por los demás como Él lo comprendió, ese amor que pasando por alto toda otra consideración, el resto vendría inevitablemente por añadidura. Por eso creemos que, al leer la historia de las últimas horas de Jesús con Sus discípulos, aunque todo lo demás se pierda, y los pensamientos se desvanezcan parecería que Él contaba los minutos que aún le quedaban, algo se destaca en forma suprema, como si pusiera en tensión Sus nervios para plasmar, en quienes Le escuchaban, lo que era vital que supieran antes que fuera demasiado tarde ¿Quién de nosotros no ha experimentado alguna vez esa ansiedad de decir lo más importante en el último instante, que en las horas precedentes no hemos dicho? Esto es lo que Le ocurrió. Aunque toda Su vida fue la expresión del amor supremo, no obstante, hasta las últimas horas que pasó en la tierra, Cristo tuvo la certeza de que el amor debía prevalecer. Pero cuando enfrentó la manifestación de lo que el odio podía hacer a los hombres, y cuando Se dio cuenta de la horrible prueba que tenía que pasar ('la escena del Huerto de Getsemaní demuestra lo que sintió), entonces quizá comprendió, por primera vez, todo el poder de un amor que podía sostenerlo hasta el amargo fin, en bien de Sus amigos de entonces y de todos los tiempos. Este conocimiento del origen de Su fuerza Le debe haber convencido de que sólo una cosa es capaz de vencer al odio en el mundo, sin la cual no podría lograrse una nueva vida, por lo tanto, repitió incesantemente: Amáos los unos a los otros, hasta la muerte eso es lo único importante." 74 Hemos luchado por la doctrina teológica del Nacimiento Virginal. Hemos discutido las doctrinas sobre la salvación de los hombres. Hemos forcejeado por el tema del bautismo y [i212] de la expiación. Hemos tratado el pro y el contra de la inmortalidad y lo que el hombre debe hacer para resucitar de entre los muertos. Hemos considerado a una mitad del mundo como perdida y solamente al creyente cristiano como salvo. Y, sin embargo, Cristo siempre ha repetido que el amor es el camino al reino y que la realidad de la presencia de la divinidad en cada uno de nosotros, es lo que nos permite el acceso a ese reino. Hemos ignorado que "la expiación vicaria es la armonización de la desarmonía de los demás, mediante el poder de una presencia espiritual, que produce la gran transmutación, siendo el mal absorbido y trasmutado en equilibrio o bien".75 En esto consiste el esfuerzo de Cristo y la [e218] realidad de Su Presencia en el medio armonizador de la vida. Los hombres no se salvan por la creencia en un dogma teológico, sino por la realidad del Cristo inmediato viviente y Su Presencia viviente. La base de la visión mística es la comprensión de la presencia de Dios en el corazón humano, mientras que el conocimiento de que somos hijos de Dios fortalece para seguir los pasos del Salvador, de Belén al Calvario. La presencia en el mundo, de quienes lo tienen a Cristo por ejemplo, y reconocen que poseen la misma vida divina, reorganizará eventualmente nuestra vida humana, así como la afirmación de la ley fundamental del reino de Dios, la Ley del Amor, salvará finalmente al mundo. La sustitución de la vida del mundo, del demonio y de la carne, por la vida de Cristo, inyectará un nuevo valor y significado a la vida. El Dr. R. J. Campbell,76 dice en las siguientes palabras: "El drama del Calvario se vuelve a representar en toda alma que alcanza la conciencia espiritual. Hasta que el Hijo de Dios no resucite victorioso en nosotros, sobre el viejo Adán el yo que dice: 'no Tú, sino yo' poco habrá hecho por nosotros el Cristo de antaño... La dulce historia de antaño deberá ser nuestra propia historia, repetida en nosotros. El Niño Cristo debe nacer nuevamente en nosotros, crecer y actuar allí, sufrir y morir para el mundo; elevarse en poder en nosotros y ascender al eterno Padre."Este sentido del fracaso del amor constituye el principal problema de la agonía en el Huerto. Este sentido de la lucha con las fuerzas del mundo, Le permitió a Cristo unirse con todos Sus hermanos. Los hombres Le habían fallado, como nos fallan a nosotros. Cuando más necesitaba de la comprensión y de la fuerza que da el compañerismo, Sus amigos más íntimos y queridos Lo abandonaron o se durmieron, ajenos a Su agonía mental. "El Conflicto de Prometeo es la [i213] lucha que tiene lugar en la mente humana, entre el anhelo por comprender y la atracción más inmediata de los efectos y deseos vivientes, condicionados por la buena voluntad y el apoyo de nuestros semejantes. Mientas existen los deseos por obtener la felicidad de los seres queridos, el alivio del dolor y el desengaño en las mentes, no se puede comprender el sueño interno, ni dar seguridad a los honores mundanos. Este conflicto es la roca en la que zozobra la mente religiosa y está en conflicto consigo mismo".77 Cristo no naufragó contra esta roca, pero pasó momentos de intensísima agonía, hallando alivio únicamente en la comprensión de la paternidad de Dios y su corolario, la hermandad de los hombres. "Padre" dijo, y fue este sentido de la unidad con Dios y con Sus semejantes lo que Le llevó a [e219] instituir la Última Cena, para iniciar el servicio de comunión, cuyo simbolismo se ha perdido desastrosamente en la práctica teológica. La nota clave de ese servicio de comunión era la fraternidad. "Sólo así Jesús crea la fraternidad entre nosotros. No lo hace como símbolo... ; mientras no seamos mutuamente con Él una sola voluntad y antepongamos el Reino de Dios sobre todas las cosas, y sirvamos en nombre de esta fe y esperanza, no habrá fraternidad entre Él y nosotros, y los hombres de todas las generaciones que vivieron y viven con idéntico pensamiento".78 79 El pensamiento del reino matizó todo Lo que dijo en la Cruz. La Palabra de Poder que emanó de la Cruz fue pronunciada por Jesucristo Mismo y no esta vez por el Padre. Cristo emitió una séptuple palabra y en ella resumió la Palabra que inauguraba el reino de Dios. Cada una de Sus enunciaciones se relacionaron con ese reino y carecen del significado mezquino, individual o egoísta, que con harta frecuencia le adjudicamos. ¿Cuáles son esas siete palabras? Considerémoslas, y al hacerlo, comprenderemos que las causas que le dieron origen, produjeron la manifestación del reino de Dios en la tierra. En todos los casos las siete palabras han sido interpretadas como que tenían aplicación individual con relación a la persona a quien supuestamente se dirigían, o una significación personal para Cristo Mismo. Siempre se ha leído La Biblia de esta manera, con la significación personal en la mente. Pero las palabras de Cristo son demasiado importantes para ser interpretadas así. Tienen un significado mucho más amplio del que se les atribuye [e220] generalmente. Lo asombroso de lo que dijo Cristo (lo más maravilloso de todas las escrituras del mundo), es que esas palabras tienen diferentes significados. Ha llegado el momento en que el significado que Cristo les diera, debe ser mejor comprendido por nosotros a la luz del reino de Dios y no con un más amplio significado que el individual. Fueron Palabras de Poder, evocadoras e invocadoras, potentes y dinámicas, y debemos recordar que: "...como todas las palabras que Cristo pronunciara, estaban inspiradas por un amor que abarcaba a todo el género humano; ese amor debe acelerar el nacimiento del niño en la matriz de la humanidad e imbuirlo de un espíritu más grande que el hasta ahora experimentado en la tierra, para que nazca a una nueva vida. Pero al mismo tiempo ese amor debe poseer el poder de separar por completo a los hombres del propio yo. Así como el más grande amor, conocido por nosotros, los humanos, excluye todo lo demás de la mente del que ama, de igual modo el amor por todo el género humano nunca alcanzará el poder de 'acelerar' el nuevo nacimiento, si el yo no se fusiona en el bienamado y cesan todas las condiciones y consideraciones terrenas. 'Y será la vida eterna para los que reconozcan en Ti al único Dios verdadero'...; 'porque Dios es Amor y aquel que mora en el amor mora en Dios y Dios en él'."86 Una de las primeras cosas que surgen en nuestra conciencia, cuando estudiamos la primera palabra de la Cruz, es que Jesús pidió a Su Padre que perdonara a quienes Lo crucificaron. Evidentemente, en ese momento, no consideró Su muerte en la Cruz como adecuada a esa necesidad. No había [i215] expiación de los pecados por el derramamiento de sangre, pero había necesidad de pedir perdón a Dios por el pecado cometido. Los dos hechos que se destacan en esta palabra son: la paternidad de Dios y el hecho de que la ignorancia, si es productora del mal, no hace culpable al hombre y por lo tanto no es pasible de castigo. Pecado e ignorancia son frecuentemente términos sinónimos, pero el pecado es reconocido como tal por quienes saben y por quienes no son ignorantes. Donde hay ignorancia, no existe pecado. Con esta palabra Cristo desde la Cruz, nos dice dos cosas:
"El dolor de la creación inferior es parte del gran sacrificio cósmico por el cual Dios eterno da Su vida para poder tomarla nuevamente. En el altar del universo material se ha ofrendado esa vida sagrada desde el comienzo de los tiempos y aunque ahora sólo podemos vislumbrar aquello por lo que se hace ese sacrificio, justifica la creencia de que ninguna vida que alcanzó la dignidad de poder sufrir, está ausente de la gran consumación."87 La justicia puede constituir el perdón cuando se comprenden equitativamente los pormenores del caso, y en esta demanda del Salvador crucificado, reconocemos la Ley de la Justicia y no la de la Retribución, en un acto al que todo el mundo contempla estupefacto. Esta obra del perdón es la obra eterna del alma en la materia o forma. El creyente oriental lo denomina karma. El creyente occidental habla de la Ley de Causa y Efecto. Sin embargo, ambos se refieren a la tarea del hombre por la salvación de su alma y por el pago constante del precio que el ignorante debe pagar por los errores y los así llamados pecados cometidos. Un hombre que peca deliberadamente contra la luz y el conocimiento, es raro. La mayoría de los "pecadores" son simplemente ignorantes. "No saben lo que hacen". Cristo se dirigió a un pecador, un hombre que había sido condenado, según el mundo, por haber obrado mal, y él reconoció la validez del juicio y el castigo. También aceptó haber recibido [e222] la debida condena por sus pecados, pero en lo que a Jesús respecta, había cierta cualidad que Le llamó la atención y Le hizo admitir que este tercer malhechor "ningún mal había hecho". El factor que le permitió el acceso al paraíso era doble. El pecador reconoció la divinidad de Cristo. "Señor", dijo el malhechor, comprendiendo al mismo tiempo la misión de Cristo fundar un reino, "acuérdate de mí cuando entres en Tu reino". La significación de tales palabras es eterna y universal, porque el hombre que reconoce la divinidad y al mismo tiempo es sensible al reino, está dispuesto a beneficiarse por las palabras: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". En la primera palabra de la Cruz, Jesús tuvo en cuenta la ignorancia y debilidad del hombre. Se hallaba tan desvalido como un niño, y en Sus palabras testimonió la realidad de la primera iniciación y la época en que Él era "un niño en [i217] Cristo". La similitud entre ambos episodios es significativa. La ignorancia, el desamparo y la consiguiente desarmonía de los seres humanos, evocó en Jesús el perdón. Pero cuando la experiencia de la vida ha desempeñado su parte, tenemos otra vez el "niño en Cristo", que ignora las leyes del reino espiritual, aunque se ha liberado de la tiniebla y la ignorancia del reino humano. En la segunda palabra de la Cruz encontramos el reconocimiento del episodio del Bautismo, que significó la pureza y liberación por la purificación de las aguas de la vida. Las aguas del Bautismo de Juan liberaban de la esclavitud de la vida de la personalidad. Pero el Bautismo a que Cristo fue sometido, por el poder de Su propia vida y al que estamos sujetos por la vida de Cristo que mora en nosotros, fue el Bautismo del fuego y el sufrimiento, que llega a culminar con el dolor en la Cruz. Esa culminación del sufrimiento, para quien pudiera resistir hasta el fin, sería la entrada en el "paraíso" que significa bienaventuranza. Tres palabras se emplean para expresar este poder: felicidad, goce y bienaventuranza. Felicidad tiene un sentido puramente físico y se relaciona con nuestra vida física y sus relaciones; el goce es de la naturaleza del alma y se refleja en la felicidad. Pero la bienaventuranza, que es de la naturaleza de Dios Mismo, es una expresión de la divinidad y del espíritu. La felicidad puede ser considerada como la recompensa del nuevo nacimiento, pues tiene una significación física y estamos seguros de que Cristo conoció la felicidad, aunque fue "varón de dolores". El goce, que corresponde más especialmente al alma, alcanza su consumación en la Transfiguración. Aunque Cristo estuvo "en contacto con el dolor", conoció el goce en su esencia, porque el "gozo del Señor [e223] es nuestra fortaleza", y el alma, el Cristo en todo ser humano, es nuestra fortaleza, goce y amor. Cristo conoció también la bienaventuranza porque la obtuvo en la Crucifixión, la recompensa del triunfo del alma. Por lo tanto, en esas dos frases de poder: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" y "Hoy estarás conmigo en el paraíso", tenemos sintetizadas las significaciones de las dos primeras iniciaciones. En un libro ya citado, encontramos el siguiente párrafo que tiene relación con la bienaventuranza del paraíso que Cristo ofreció al ladrón que tenía conciencia de la divinidad y del llamado del reino: "Este ideal de la 'bienaventuranza' personal del yo, puede unirse con el ideal complementario de la compasión (compatior): esa espontánea y expiatoria participación del sufrimiento de los demás, mediante la sutil simpatía, en su desarrollo hacia la perfección. En esto se recalca la verdad de que la realización del yo sólo es posible gracias a la virtud complementaria del sacrificio del yo (el yo, hecho sagrado), para bienaventuranza de los demás, acto que constituye la más elevada característica de la fe cristiana y también, cuando está totalmente iluminada por su propia y profunda sabiduría, es la del budismo y el culto a Orfeo."88 [i218] Llegamos ahora al extraordinario episodio, tan debatido, que tuvo lugar entre Cristo y Su madre, resumido en la frase: "Mujer, he ahí tu hijo", y a continuación lo dicho al apóstol bienamado: "He ahí tu madre". ¿Qué significan esas palabras? De pie ante Cristo, en un nivel más bajo, estaban las dos personas que eran todo para Él, y desde la agonía de la Cruz, Les dirigió un mensaje especial, relacionándolas entre sí. Si consideramos las anteriores iniciaciones, quizá lo aclare. Juan representa la personalidad que está alcanzando la perfección, cuya naturaleza comienza a ser impregnada por el amor divino, la característica primordial de la segunda Persona de la Divina triplicidad: el alma, el hijo de Dios, cuya naturaleza es amor. Como vimos, María representa la tercera Persona de la Trinidad, el aspecto material de la naturaleza, que ama y nutre al hijo y lo da a luz en Belén. En esas palabras, Cristo, empleando el simbolismo de las dos personas, las relaciona entre sí, y dice prácticamente: "Hijo, reconoce a quien debe darte a luz en Belén, la que cobija y protege la vida crística". A Su madre Le dice: Reconoce que en la personalidad desarrollada está latente el Cristo niño. La materia o Virgen María, se glorifica por medio de su hijo. En consecuencia, las palabras de Cristo se refieren definidamente a la tercera iniciación, la Transfiguración. [e224] En las tres primeras Palabras pronunciadas en la Cruz, Cristo hace referencia a las tres primeras Iniciaciones y nos recuerda la síntesis que Él revela y las etapas que debemos alcanzar si queremos seguir Sus pasos. Posiblemente, el Salvador crucificado creyera también que la materia misma, por ser divina, era capaz de sufrir infinitamente, y esas palabras fueron la expresión de Su reconocimiento de que aunque Dios sufre en la Persona de Su Hijo, Él también sufre con análoga y aguda agonía en la persona de la madre de ese Hijo la forma material que le dio nacimiento. "Todo problema, como Cristo Lo vio, es individual y toda la agonía del mundo puede estar contenida en una sola alma".89 Cristo está entre los dos: la madre y el Padre. Ahí reside Su problema, [i219] problema de todo ser humano. Cristo une a los dos: el aspecto materia y el aspecto espíritu, y la unión de los dos produce al hijo. Éste es el problema de la humanidad y también su oportunidad. La cuarta Palabra pronunciada en la Cruz nos introduce en uno de los momentos más íntimos de la vida de Cristo el que tiene una relación definida con el reino, como la tuvieron las Tres Palabras anteriores. Siempre hay vacilación al inmiscuirse en este episodio de Su vida, porque es una de Sus fases más profundas, secretas y quizá sagradas en la tierra. Leemos que hubo "tinieblas en la faz de la tierra", durante tres horas. Este intervalo es muy significativo. Cristo solo en la Cruz y en las tinieblas, simbolizó todo lo que estaba personificado en esta Palabra trágica y agonizante. El tres es lógicamente el más importante y sagrado de los números. Representa a la divinidad y también a la humanidad perfeccionada. Cristo, el hombre perfecto, pendió de la Cruz durante "tres horas" y en ese tiempo, cada uno de los tres aspectos de Su naturaleza fue ascendido al punto más elevado de Su capacidad de realización, con el consiguiente sufrimiento. Al final, esta triple personalidad dio origen a la exclamación: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Cristo había pasado por todos los episodios culminantes de reajuste. Recién acababa de tener lugar la experiencia de la Transfiguración. No lo olvidemos. En esa experiencia, Dios Se había acercado y el Cristo, transfigurado, había vinculado, al parecer, a Dios y al hombre. Acababa de pronunciar la Palabra que testimonió la relación de la naturaleza corporal, el aspecto María, con la personalidad, en la persona de Juan, símbolo de una personalidad llevada a un altísimo grado de perfección y realización. Luego, durante tres largas horas, luchó en las tinieblas con el [e225] problema de la relación de Dios y el alma. El espíritu y el alma tenían que fusionarse en una gran unidad, como Él ya había fusionado el alma y el cuerpo, testimoniando esa consumación en la Transfiguración. Descubrió, repentinamente, [i220] que todo lo que había logrado y hecho en el pasado, sólo era el preludio de otra expiación que debía realizar como ser humano; allí, en la Cruz, a la vista de toda la muchedumbre, tuvo que renunciar a Su alma, lo que hasta entonces había retenido, percibiendo, en un instante, que en esta renunciación todo estaba en juego. Hasta la conciencia de ser el Hijo de Dios, el alma encarnada en la carne (por la cual había luchado y sacrificado), tenía que desaparecer, y debía permanecer despojado de todo contacto. Toda sensación y toda reacción posibles no pudieron llenar el vacío sentido. Parecía abandonado, no solamente por la humanidad, sino por Dios. Descubrió que aquello en lo que Él había confiado, la divinidad, de la cual estaba seguro, se relacionaba con el sentimiento. Ese sentimiento debía también trascenderlo y, por lo tanto, abandonarlo todo. Por medio de esta experiencia, Cristo abrió la senda hasta el propio corazón de Dios. Únicamente cuando el alma ha aprendido a estar sola, segura de su divinidad, sin ningún reconocimiento externo de esa divinidad, puede reconocerse el centro de la vida espiritual como estable y eterno. Con esta experiencia Cristo Se adaptó para la iniciación de la Resurrección, y de esta manera comprobó para Sí Mismo y para nosotros, que Dios existe y que la inmortalidad de la divinidad es un hecho establecido e inalterable. La experiencia de la soledad, de sentirnos despojados de todo lo que nos protege, de todo lo que hasta el momento ha sido considerado esencial para nuestra existencia, es el sello de la realización. Los discípulos tienden a olvidarlo, y al escuchar a Cristo velando así Su agonía, nos preguntamos si no fue nuevamente "tentado en toda manera como nosotros", y si en este momento no descendió a lo más recóndito del valle y experimentó esa total soledad que es la recompensa de quienes ascienden a la Cruz del Gólgota. "Hasta que el hombre no haya sentido su total soledad en el mundo, una soledad que lo aparte, no sólo de sus amigos sino de su familia, de las posesiones, del orgullo y de todas las minucias de la existencia, no habrá llegado realmente hasta su propio yo. Sólo así puede sentir el significado interno y espiritual del universo que lo rodea, y diferenciarlo de las simples menudencias externas. Sólo así puede concebirse a sí mismo como perteneciendo al mundo más profundo de significaciones, en la relación de extremos. Sólo así puede sentir, paradójicamente, su parentesco con sus semejantes, de los cuales se ha apartado externamente, y, sin embargo, ha encarnado en cada uno de ellos, profunda, [e226]aunque inconscientemente, el mismo impulso interno hacia alguna especie de unión con la unicidad de todas las cosas. "El individuo maduro sabe que debe aferrarse a este mundo interno de significado. Sólo aquí puede encontrar su verdadero yo. Sólo aquí se halla esa inmortalidad que no es una simple continuación 'ad infinitum' de una especie de conciencia efímera, sino, más bien, el establecimiento imperecedero de una significación esencialmente eterna." 90 Aunque todo hijo de Dios en las distintas etapas de su camino a la iniciación se prepara para esta soledad final, mediante fases de total negación, cuando llega la crisis postrera debe experimentar [i221] momentos de soledad, que no puede concebir previamente. El hombre sigue los pasos de su Maestro, es crucificado ante los hombres y abandonado por sus semejantes y por la presencia reconfortante del Yo divino, en quien ha aprendido a confiar. Sin embargo, porque Cristo penetró en el lugar de la tiniebla externa, sintiéndose enteramente abandonado por todos los que hasta ese momento habían significado mucho para Él, desde el ángulo humano y del divino, nos es posible apreciar el valor de la experiencia, mostrándonos que solamente penetrando en el lugar de la tiniebla externa, que los místicos con toda razón denominan "la noche oscura del alma", podemos entrar realmente en el bendito compañerismo del reino. Se han escrito muchos libros acerca de esta experiencia, pero es muy rara, mucho más de lo que la literatura de los místicos quiera hacer creer. Se hará más frecuente a medida que un mayor número de seres entren en el reino por los portales del sufrimiento y de la muerte. Cristo estuvo pendiendo entre el cielo y la tierra y aunque estaba rodeado por una multitud y a Sus plantas permanecían aquellos que Él amaba, Se hallaba completamente solo. La soledad, cuando se está acompañado, el sentirnos absolutamente abandonados mientras nos rodean quienes tratan de comprender y ayudarnos, constituye la tiniebla. La luz de la Transfiguración se apaga súbitamente, y por la misma intensidad de esa luz, la noche parece más tenebrosa. Un místico, refiriéndose a esta experiencia, dice: "Después de este despliegue de luz vuelve otra vez la oscuridad. Fuimos peregrinos, fuimos pastores. Algo más debemos mostrar al rebaño: 'El que pierde su vida por mí, la encontrará'. El Calvario.91 [e227] En las tinieblas conocemos a Dios. El autor anteriormente citado, agrega: "Ahora conozco el significado de algunas palabras que una vez leí: 'Cuando San Pablo no vio nada, vio a Dios'. Creo que esta oscuridad es una ilusión. Quizá sea verdaderamente la luz". Otro escritor al tratar el mismo tema, dice: "Nadie puede convertirse en Salvador de hombres, ni simpatizar perfectamente con todo el sufrimiento humano, excepto por la ayuda que puede obtenerse del Dios que mora en su interior si no ha enfrentado y vencido por sí solo al dolor, al temor y a la misma muerte. Resulta fácil sufrir cuando existe una conciencia ininterrumpida entre lo superior y lo Inferior; más aún, no existe sufrimiento mientras esa conciencia no se interrumpa, porque la luz de lo superior imposibilita la oscuridad de lo inferior, y el dolor no es tal cuando se soporta bajo el aliciente de Dios. Existe un sufrimiento que los hombres deben enfrentar, que todo Salvador de hombres debe encarar, cuando la oscuridad se hace en la conciencia humana, sin que ni un resquicio de luz la atraviese; el hombre debe conocer la congoja de la desesperación que siente el alma humana, cuando la oscuridad la rodea y la conciencia no encuentra una sola mano donde asirse. Todo Hijo del Hombre debe sumirse en esas tinieblas antes de remontarse triunfante; esa experiencia amarguísima debe ser realizada por todo Cristo, antes de poder 'salvar hasta el último' de quienes buscan lo Divino, por su mediación."92 Cuatro Palabras de Poder había pronunciado Cristo. Había pronunciado la Palabra para el plano de la vida cotidiana, la Palabra del perdón, indicando en ella el principio sobre el que Dios actúa en relación con el mal que hacen los hombres. Donde hay ignorancia y no existe desafío o intención errónea, el perdón está asegurado, porque el pecado es una acción definida ante la advertencia de la voz de la conciencia. Cristo había enunciado la Palabra que llevó la paz al ladrón moribundo, diciéndole que tenía asegurado no sólo el perdón, sino también la paz y la felicidad. Había pronunciado la Palabra que reunía los dos aspectos que estaban siendo crucificados simbólicamente [i222] en la Cruz materia y alma, la materia de la forma y la perfeccionada naturaleza inferior. Son las tres Palabras de los planos físico, emocional y mental, en los que el hombre mora habitualmente. Se había completado el sacrificio de la naturaleza inferior en su totalidad y hubo silencio y oscuridad durante tres horas. Entonces fue pronunciada una maravillosa Palabra que indicó la llegada de Cristo a la etapa del sacrificio final, y que hasta la conciencia de la divinidad, la del alma misma, con su fortaleza y poder, su luz y comprensión, también debía ofrendarse en el altar. Cristo tenía que pasar la experiencia de la total renunciación a todo lo que había [e228] constituido Su propio ser. Esto fue lo que arrancó ese grito de protesta y de duda: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Luego le siguieron otras tres Palabras de una cualidad totalmente distinta. En las palabras: "Tengo sed", expresó el poder motivador de todo Salvador. Esto fue mal interpretado por los espectadores que dieron a esas palabras, lógicamente, un sentido físico; sin lugar a dudas, tenía un significado mucho más profundo y debieron referirse a la divina sed que se manifiesta en la conciencia de todo hijo de Dios que ha alcanzado la divinidad, indicando su determinación de emprender la tarea del Salvador. Constituye la característica de todos los que alcanzaron esa etapa, que no pueden quedar satisfechos con lo que realizaron y le proporcionaron liberación y libertad, reorientándose inmediatamente hacia el mundo de los hombres y permaneciendo con la humanidad, trabajando por la salvación de los seres humanos, hasta que todos los hijos de Dios hayan encontrado su camino de regreso al hogar del Padre. Esta sed por las almas de los hombres, obligó a Cristo a abrir la puerta del reino, manteniéndola abierta Él Mismo, de modo que Su mano y Su ayuda nos hiciera trasponer el umbral. Ésta es la redención, de la cual todos compartimos, no desde el punto de vista egoísta de nuestra salvación individual, sino desde el ángulo de la conciencia, pues a medida que redimamos, seremos redimidos, a medida que salvemos, seremos salvados, y a medida que ayudemos a otros a realizarse, seremos también [i223] admitidos como ciudadanos del reino. Éste es el camino de la Crucifixión. Solamente cuando seamos capaces de pronunciar las cinco Palabras de Poder, comprenderemos verdaderamente el significado de Dios y de Su amor. El camino del Salvador se convierte entonces en nuestro camino. La vida y el propósito de Dios quedan revelados. "De modo que la muerte 'estoy crucificado con Cristo, sin embargo, vivo', por lo tanto, la muerte es decir el sacrificio del yo equivale a la vida. Esto se apoya en una profunda verdad. La muerte de Cristo representó la vida de Dios. Para mí, una de las más profundas de todas las verdades, es que toda la vida de Dios constituye el sacrificio del yo. Dios es Amor. El amor es sacrificio dar, más bien que recibir, la bendición de darse a sí mismo. Si así no fuera la vida de Dios, sería falso decir que Dios es amor; porque hasta en nuestra humana naturaleza, lo que busca disfrutarlo todo, en vez de darlo, es conocido por un nombre distinto del vocablo amor. Toda la vida de Dios es el fluir de esta divina caridad que se prodiga a sí misma. La propia creación es sacrificio impartir uno mismo el Ser divino. También es sacrificio la redención, de lo contrario no sería amor. Por eso no debemos ceder [e229]ni un punto de la verdad de que la muerte de Cristo ¡ fue el sacrificio de Dios!".93 Esta sed que compartimos con el Salvador y las necesidades del mundo (del cual lo nuestro es una parte relativamente incidental) es lo que nos une a Él. Nos exhorta a alcanzar la "fraternidad de Sus sufrimientos", y es la demanda que oímos conjuntamente con Él. Este aspecto de la Cruz y esta lección, han sido resumidos en el párrafo siguiente, lo que justifica nuestra más cuidadosa consideración y consiguiente consagración al servicio de la Cruz, que es el servicio a la humanidad: "Cuando... me aparté de ese espectáculo que enternece al mundo entero, Cristo crucificado por nosotros, y contemplé las penosas y anonadantes contradicciones de la vida, no enfrenté, en el intercambio con mis semejantes, las frías trivialidades que dejan oír con tanta ligereza los labios de aquellos cuyos corazones jamás conocieron la verdadera congoja, ni cuyas vidas sufrieron un golpe aplastante. No se me dijo que todas las cosas fueron ordenadas para bien, ni se me aseguró que las abrumadoras disparidades de la vida eran sólo aparentes, ni fue revelado por los ojos y el ceño de Aquel que realmente conocía el dolor, ni por una mirada de solemne reconocimiento, como la que se cruza entre amigos que, tolerando un extraño y secreto dolor, les une un lazo indisoluble."94 De pronto irrumpió en la conciencia de Cristo la maravilla de la realización. Había triunfado, de modo que con la total comprensión de la significación de lo enunciado, pudo decir: "Consumado es". Hizo Lo que había venido a hacer en Su encarnación. El portal del reino estaba abierto. El límite entre el mundo y el reino estaba claramente definido. Nos dio ejemplo de servicio, sin paralelo en la historia. Nos mostró el camino que debíamos recorrer. Nos demostró la naturaleza de la perfección. Ya [i224] no pudo hacer más, por eso escuchamos el grito triunfante: "Consumado es". Otra Palabra de Poder surgió de la tiniebla que amortajaba al Cristo moribundo. El momento de Su muerte estuvo precedido por las palabras: "Padre, en Tus manos encomiendo mi espíritu". Su primera y Su última palabra comenzaron con Su llamado: "Padre" porque siempre somos los hijos de Dios, y "si hijos, también herederos de Dios y coherederos de Cristo, si es que padecemos conjuntamente con Él, para que juntamente con Él seamos glorificados".95 Coherederos de la gloria, pero también coherederos del sufrimiento que debe ser nuestro, si el mundo debe ser salvo y la humanidad en conjunto puede entrar en el reino. [e230] El reino existe. Por obra de Cristo y Su Presencia viviente en todos nosotros, existe hoy ese reino, todavía subjetivo, pero que espera la expresión inmediata y tangible... "Un cuerpo y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación. Un señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todas las cosas, y por todos y en todos".96 Por otra parte, con palabras de Cristo, dice el salmista: "En tu mano encomiendo mi espíritu, porque Tú me has redimido... ".97 Resulta aquí muy clara la implicancia. Es el espíritu de vida en Cristo y en nosotros, lo que nos hace hijos de Dios, y es esta filiación (con su carácter divino) la que garantiza nuestra realización final y entrada en el reino del espíritu. El signo dado está expresado en las palabras de San Mateo: "Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba ahajo".98 Quedó establecido el acceso a Dios y las fuerzas internas espirituales pudieron exteriorizarse sin obstáculos en la manifestación. Éste fue un acto de Dios, el estupendo reconocimiento del Padre de lo que [i225] había hecho Su Hijo. Espíritu y materia eran ahora uno solo. Todas las barreras separatistas fueron abolidas, y Dios y el hombre pudieron encontrarse y sostener un intercambio. En una antiquísima escritura hindú, encontramos palabras dichas hace miles de años, pero que pueden aplicarse en forma muy significativa a este acto realizado por Cristo, que no Lo vinculó sólo con nosotros y los creyentes anteriores a Su advenimiento, sino también con el Cristo Cósmico, al cual se hace referencia, en forma inconfundible, en el párrafo siguiente: "Brahma, el resplandeciente, pensaba... Permítanme sacrificarme en las cosas vivientes y en todas las cosas que viven en Mí Mismo... Así adquirió la grandeza, el fulgor, el señorío y la maestría".Al terminar este capítulo acerca de la Crucifixión, consideremos cuál fue realmente el propósito del sacrificio de Cristo. ¿Por qué murió? Está dicho con toda claridad en el evangelio de San Juan y, sin embargo, se ha hecho muy poco hincapié en esa declaración. Recién hoy empezamos a comprender el significado de lo que hizo Cristo. Recién ahora la maravilla de Su sacrificio empieza a alborear en la mente de quienes despertaron la intuición. Cristo vino principalmente a hacer dos cosas, a las cuales nos hemos referido: ante todo, vino a fundar o a materializar en la Tierra el reino de Dios. También vino a mostrarnos lo que significaba el [e231] amor de Dios y cómo se expresaba en el servicio y en el eterno sacrificio de la divinidad sobre la cruz de la materia. Cristo fue un símbolo y también un ejemplo. Nos reveló la Mente de Dios y nos mostró el canon sobre el que deberíamos moldear nuestras vidas. "El cristianismo, respaldándose en la doble base del valor infinito del alma individual y en el organismo del cuerpo místico de Cristo, representa una síntesis de individualismo y socialismo. Pero en el orden político y social, esa síntesis resulta un ideal que aún debe alcanzarse, ya que la Iglesia está condicionada en parte por las imperfectas condiciones sociales de su medio ambiente. Ciertamente esta síntesis no ha encontrado un encaje perfecto ni aún en la esfera religiosa. Debemos siempre tener esto en cuenta y no dejarnos tentar por la atracción de la eficiencia, para ceder a un socialismo que reduce al individuo a una mera herramienta de la sociedad o del estado, o por el cebo de la libertad, al consentir un individualismo vacío y meramente formal, sin un contenido de propósitos comunes o sin una masa social orgánica. Si en la práctica tuviéramos que elegir entre ambos extremos, debe preferirse la libertad a toda costa. De tal modo valorizó Dios el libre servicio del hombre, que ha preferido una humanidad pecadora pero libre, a una humanidad de obligada rectitud. Sin lugar a dudas, la 'bendita libertad de no pecar', es mejor que la libertad de hacer el mal o abstenerse de hacerlo. Pero mejor aún para las criaturas es centrar la voluntad en el bien, como recompensa y coronación por haber elegido el bien, cuando era posible elegir el mal."99 ¡El reino y el servicio! Éstas son las notas claves que llevan en sí ese poder atractivo que demandan los creyentes del mundo. Cristo compartió con nosotros, como ser humano, el sendero de la experiencia mundana. Ascendió a la Cruz y nos mostró, con Su sacrificio y ejemplo, lo que debíamos hacer. Compartió con nosotros el camino de la vida porque no podía hacer otra cosa, pues era como cualquier ser [i226] humano. Pero arrojó sobre esta experiencia de la vida la luz radiante de la divinidad misma, pidiéndonos también que "dejásemos brillar nuestra luz".100 Se proclamó Hombre y nos dijo que éramos hijos de Dios. Estuvo entonces con nosotros como lo está ahora, porque se halla siempre en nosotros, aunque con suma frecuencia no Lo reconozcamos ni nos acerquemos a. Él. "La característica de la enseñanza personificada en la tradición cristiana, es que Dios no constituye un ser apartado del mundo común de nuestra experiencia, sino que está presente en todas partes de ese mundo, con su maldad, ignorancia y dolor. En lenguaje simbólico, Dios ha tomado sobre Sí los pecados y dolores del mundo y sufre con nosotros, de modo que no estamos separados de Él por nuestros fracasos e imperfecciones [e232]o por la muerte. Su reino está dentro nuestro, mientras nos esforzamos por lograr lo que internamente reconocemos como divino. "Dicho en lenguaje más directo, la manifestación de Dios no es alcanzar la realización de un bien imaginario, ahora o en el futuro, sino en el esfuerzo por lograr lo mejor. Dios vive y actúa en este esfuerzo consciente. Al experimentar este esfuerzo en nosotros y percibirlo en los demás y en la naturaleza, de la cual somos parte, sentimos la presencia y el amor de Dios." 101 La relevante lección que nos espera es la realidad de que "... la naturaleza humana tal como la conocemos, no puede proporcionarnos felicidad sin sufrimiento, ni perfección sin el sacrificio de sí misma".102 Para nosotros el reino constituye la visión, pero para Cristo fue una realidad. El servicio al reino es nuestro deber y también es el método para liberarnos de la esclavitud de la experiencia humana. Esto es lo que debemos captar, llegar al convencimiento de que sólo hallaremos la liberación sirviendo al reino. Estuvimos demasiado tiempo sujetos por los dogmas del pasado, y vemos hoy una natural rebelión contra la idea de la salvación individual por el sacrificio de la sangre de Cristo, que constituye la enseñanza externa y más evidente, pero lo que realmente nos concierne es el significado interno, que sólo podemos experimentar cuando enfrentamos lo que mora en nuestro interior. A medida que las formas externas pierden su poder, con frecuencia surge el verdadero significado. Prestemos atención a esas palabras que nos dicen: "... que los dogmas cristianos tienen dos aspectos, el exotérico y el esotérico, y la decadencia de los dogmas, pretendidos o reales, es el acercamiento gradual a su significado más espiritual... Que los hechos, tal como los conocimos una vez, están perdiendo terreno como las palabras, y desde que Dios es Todo en el Todo, la lucha entre la interpretación espiritual y material del universo, se debilitará a medida que la unidad de ambos elementos se perciba y compruebe.Cada uno debe comprobar eso por sí mismo. A menudo el temor nos impide ser veraces y enfrentar las realidades. Hoy es fundamental que encaremos el problema de la relación de Cristo con el mundo moderno y nos atrevamos a ver la verdad sin ningún prejuicio teológico. Nuestra experiencia personal en Cristo no sufrirá en este proceso. Ningún argumento moderno ni teología, podrán arrancar a Cristo del alma, una vez que ésta Lo ha reconocido, pues está fuera de toda posibilidad. Pero también es muy posible que encontremos errónea la interpretación teológica ortodoxa y que Cristo sea más incluyente de lo que se nos ha hecho [e233] creer, y que el corazón de Dios Padre sea más compasivo [i227] que el de quienes trataron de interpretarlo. Hemos predicado sobre un Dios de amor y defendido una doctrina de odio. Hemos enseñado que Cristo murió para salvar al mundo, tratando de demostrar que solamente los creyentes pueden ser salvos, y hay millones de seres que viven y mueren sin haber oído jamás hablar de Cristo. Vivimos en un mundo caótico, tratando de construir un reino de Dios, divorciado de la actual vida cotidiana y de la situación económica general, y al mismo tiempo, postulamos un cielo lejano que podremos alcanzar algún día. Pero Cristo fundó un reino en la Tierra, en el que todos los hijos de Dios tendrán igual oportunidad de expresarse como hijos del Padre. Muchos cristianos encuentran imposible aceptarlo y algunos de los mejores pensadores de la época repudiaron la idea. Las siguientes palabras constituyen un ejemplo: "Soy incapaz de aceptar el concepto teológico de Dios como un ser perfecto, separado de todo mal, sufrimiento y desorden de nuestro universo. Esta concepción me parece idólatra, semejante al reconocimiento de algo definido e independiente de Dios. En el actual universo de nuestra experiencia y no en ninguna otra parte, hallaremos a Dios. El Dios que hallamos, vive y está activo, creando constantemente o poniendo orden en el caos indefinido, presente en nosotros, en nuestra lucha por la verdad, la justicia y la belleza, así como también cuando abandonamos esa lucha, incurriendo en la desarmonía interna que experimentamos entonces. Si no fuera por el caos no podríamos concebir un Dios activamente creador y viviente. Debemos considerar el caos como el trasfondo indefinido de la historia definida, la manifestación progresiva de Dios. Si consideramos la concepción de un Dios fuera de todo sufrimiento e imperfección, hallaremos que carece de sentido real en el mundo de nuestra experiencia. Sólo en la lucha, el Dios de la religión se nos revela como un Dios de Amor, Verdad y Belleza."104 La salvación individual es, sin duda, egoísta en su interés y en su origen. Debemos servir para ser salvos, y sólo podemos servir inteligentemente si creemos en la divinidad de todos los hombres y en el incomparable servicio de Cristo a la raza. El reino es un reino de servidores, porque cada alma salvada debe, sin compromiso alguno, plegarse a las filas de los que sirven incesantemente a sus semejantes. El Dr. Albert Schweitzer,105 cuya visión del reino de Dios es tan extraordinaria y real, señala esta verdad y sus grados de reconocimiento, en los siguientes términos: "Las etapas descendentes del servicio corresponden a las etapas ascendentes de la regla: "La culminación es doble. El servicio de los Discípulos se extendía solamente a su círculo; el servicio de Jesús a un número ilimitado, es decir, a todos los que pudieran beneficiarse con Su muerte y sufrimiento. En el caso de los discípulos, fue simplemente una cuestión de [i228] El amor es el principio y el fin, y en el amor servimos y trabajamos. La larga jornada termina en la gloria de la renunciación del deseo personal y en la dedicación al servicio viviente.
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