"Aparte de Cristo, nada sabemos de nuestra vida ni de nuestra muerte; no sabemos qué es Dios ni qué somos nosotros."
Pascal: Pensamientos
"Hay un Alma sobre el alma de cada uno,
un alma más poderosa que, sin embargo, ¡pertenece a todos!
Hay un sonido hecho de todo el lenguaje humano,
múltiple, como formado por todos los cantos:
Y en esa Alma vive cada uno y en cada uno vive esa Alma,
aunque todas las edades son su vasta vida;
cada alma que muere en su más sagrado todo
recibirá vida que durará eternamente.
Richard Watson Dixon
[e235][i231]Esta iniciación se divide en dos partes de las cuales poco sabemos. Los detalles del episodio de la Resurrección o las crisis en la vida de Cristo, no fueron relatados por quienes escribieron El Nuevo Testamento. Les resultó imposible conocer algo más. Después de la Crucifixión poco se dice de la vida de Cristo, y en qué ocupó el tiempo después de la resurrección hasta abandonar a los Apóstoles y "ascender a los Cielos", frase simbólica que puede tener muy escaso significado para cualquiera de nosotros. La iniciación crucial que la humanidad puede comprender en esta época, es la cuarta. Sólo cuando hayamos dominado la significación del servicio y del sacrificio, puede revelársenos en su verdadero sentido la realidad de la inmortalidad. Cómo resucitó Cristo, cuáles fueron los procesos realizados, exactamente en qué cuerpo apareció, no podemos decirlo. Aseguran los Apóstoles que ese cuerpo era
[e236] semejante al que Cristo empleara anteriormente, pero si fue el mismo cuerpo, milagrosamente resucitado, si fue Su cuerpo espiritual que parecía ser el mismo ante los ojos físicos de quienes Le amaban, o si había construido un cuerpo totalmente nuevo, similar al anterior, no es posible decirlo; tampoco podemos dudar de la visión sobrenatural de los discípulos, o que por la intensificación de Su divinidad expresada, Cristo hubiera estimulado la visión interna de Sus Apóstoles de tal modo, que vieran clarividentemente o en otra dimensión. Lo importante es que resucitó nuevamente, que fue visto por muchos [i232] y que la realidad de Su resurrección fue reconocida y quedó grabada en la mente de Sus amigos, durante dos o tres siglos después de Su partida.
La psicología de los discípulos es la mejor prueba que tenemos de la realidad de su convicción de que la muerte no había podido retener al Salvador, y que Él estaba presente después de la muerte y vivía entre ellos. Resulta difícil concebir esta elevada realización en la conciencia, tal como la demostraron. Aparentemente su mundo había terminado en la Cruz. Aparentemente Cristo les había fallado, y en vez de ser divino Hijo de Dios y Rey de los Judíos, sólo era un hombre común, convicto de traición y castigado como cualquier vulgar malhechor. Lo que debieron soportar durante los tres días de Su ausencia, no es difícil imaginarlo. Desesperanza, desesperación, desconfianza de sí mismos y desprestigio entre sus amigos; la causa de por qué estuvieron tan dispuestos a dedicarse, mientras deambulaban con Cristo de un lado a otro en Tierra Santa, se había terminado y derrumbado. Su Conductor estaba desacreditado. Entonces ocurrió algo que alteró todo el curso de sus pensamientos. Toda confianza, esperanza y propósitos perdidos, fueron restablecidos y los primeros siglos de la historia cristiana (antes que la teología cambiara la interpretación, alterando así el Evangelio del amor, convirtiéndolo en un culto separatista) nos lo revela.
"... a un grupo de hombres y mujeres, plenos de confianza, entusiasmo y valor, dispuestos a enfrentar la persecución y la muerte, como ansioso misionero. ¿Qué fue lo que les otorgó esta nueva característica? Algunos de ellos hacía poco habían huido desalentados ante la primera amenaza de peligro personal. Cuando Jesús fue crucificado perdieron la última esperanza de que Él pudiera probar que era el Cristo. Cuando fue sepultado, el cristianismo también estaba muerto y enterrado. Luego estos mismos hombres y mujeres, pocas semanas después, habían cambiado totalmente. No por haber renacido en pocos de ellos una leve esperanza. Todos estaban completamente, seguros de que Jesús era, en realidad, Cristo. ¿Qué ocurrió que produjera esta transformación? La respuesta es unánime: al tercer día resucito de entre los muertos."
1 [e237][i233]"Cristo ha resucitado", es su clamor, y porque ha resucitado, el reino de Dios puede continuar en la tierra, y Su mensaje de amor difundirse ampliamente. Saben ahora, más allá de toda controversia, que Él ha vencido a la muerte, y que en los años venideros también ellos verán derrotada a la muerte. Es evidente, por sus escritos y su entusiasmo, que esperaban un reino inmediato y que la realidad de la inmortalidad fuera universalmente reconocida. Que estaban equivocados, lo prueban los casi dos mil años de cristianismo. No somos todavía ciudadanos de un reino divino que se manifiesta definidamente en la tierra. El temor a la muerte es tan fuerte como siempre, y la realidad de la inmortalidad aún una fuente de especulación para millones de seres. Pero lo que falló fue su sentido del tiempo y no comprendieron los lentos procesos de la naturaleza. La evolución marcha lentamente y recién ahora nos encontramos verdaderamente al borde de la manifestación del reino de Dios sobre la Tierra. Debido a que estamos al final de una era, sabemos que el dominio que ejerce la muerte sobre el ser humano y el terror que inspira el ángel de la muerte, pronto desaparecerán. Se desvanecerán porque consideraremos a la muerte como otro paso en el camino hacia la luz y la vida, y nos daremos cuenta que a medida que la vida crística se expresa en todos los seres humanos y a través de ellos, demostrarán para sí y para el mundo, la realidad de la inmortalidad.
La clave para la derrota de la muerte y los procesos para comprender el significado y el carácter de la eternidad y de la continuidad de la vida, pueden ser revelados sin peligro sólo cuando el amor se posesione de la conciencia humana y cuando el bien para el todo, y no el bienestar egoísta del individuo, se considere como supremo. Sólo por el amor (y el servicio como expresión de ese amor) puede comprenderse el verdadero mensaje de Cristo, y los hombres podrán así seguir hacia una resurrección gozosa. El amor nos hace más humildes, y al mismo tiempo más sabios. Penetra en lo más hondo de la realidad y tiene la facultad de descubrir la verdad que la forma oculta. Los primeros cristianos eran sencillos en este sentido, porque se amaban entre sí, [i234]amaban a Cristo y al Cristo que moraba en cada uno de ellos. El Dr. Grensted2 señala esto en los siguientes términos, proporcionándonos una admirable síntesis de la actitud de los primeros cristianos y del acercamiento a Cristo y a la vida del mundo en esos días de entusiasmo:
"Hablaban de Dios en términos sencillos. No pensaban en Jesús de Nazaret como si fuera un experimento crucial. Lo conocían como Amigo [e238]
y Maestro y dedicaban entusiastamente todo su ser a Su amistad y servicio. Predicaban las buenas nuevas acerca de Jesús. Daban por sentado que los hombres querían significar algo cuando hablaban de Dios, sin tener en cuenta la herencia que recibieron del judaísmo; pusieron a la par de esta doctrina al Jesús que habían conocido vivo y muerto, y vivo nuevamente. Habían pasado por algo más que un período interminable de milagros inexplicables, curaciones y voces, y por un extraño dominio sobre la naturaleza, culminando con la conquista de la muerte. Si hubieran relatado esas cosas, el mundo y nosotros lo hubiéramos creído. Tales historias siempre son oídas. Los hombres no sabrían más de lo que saben del significado de Dios. Pero su experiencia habría sido la de una Amistad, desconocida para el hombre, de un fracaso desastroso, un increíble perdón y una vida nueva, libre y creadora. Nada de esto ellos realizaron. Sabían que eran hombres hechos nuevos y que el amor fue el método para tal renovación. Ésta fue la mayor y más significativa providencia y liberación que los judíos habían pretendido obtener de su Dios-Creador. Sin embargo, no podían creer que no fuera Su obra, ya que Dios, según enseñaba la tradición nacional, es Uno solo. Interpretaba para ellos, expuesto en forma muy cautelosa, la realidad creadora, que ellos y los demás hombres habían considerado con incertidumbre y hasta con temor. Desde entonces, la hipótesis central que los hombres llaman Dios, fue conocida como amor, y Él Se manifestó en todas partes en la medida en que el amor fue transferido de Cristo a la fraternidad de la comunidad cristiana."
Cristo hubo resucitado y con Su resurrección probó que la humanidad tiene en sí la simiente de la vida y que no existe la muerte para el hombre que podía seguir los pasos del Maestro.
[i235]En el pasado, por estar absorbidos en la consideración de la Crucifixión, tendemos a olvidar el hecho de la Resurrección. Sin embargo, durante el Día de Pascua, los creyentes expresan en todo el mundo su creencia en el Cristo resucitado y en la vida más allá de la tumba. Se ha debatido desde muchos ángulos la cuestión de la posibilidad de Su resurrección; el Cristo resucitó como ser humano o como Hijo de Dios. Se han preocupado profundamente de probar que así como Él resucitó, resucitaremos nosotros, siempre que creamos en Él. A fin de llenar la necesidad teológica de probar que Dios es amor, hemos inventado un lugar de disciplina, denominado con distintos nombres, tal como purgatorio, o las diversas etapas de los diferentes credos en el camino que recorren los espíritus de los difuntos para llegar al cielo, pues mueren y han muerto muchos millones sin haber oído nunca hablar de Cristo. No les es posible creer en Él como personaje histórico. Desarrollamos doctrinas de la inmortalidad condicional y de la expiación, por medio de la sangre de Cristo, en un intento de glorificar la personalidad de Jesús y de salvaguardar a los creyentes cristianos, reconciliando las interpretaciones humanas con la [e239]verdad de los Evangelios. Enseñamos la doctrina del infierno ardiente y del castigo eterno, y luego tratamos de adaptarla a la creencia general de que Dios es amor. Sin embargo, la verdad es que Cristo murió y resucité porque era la divinidad inmanente en el cuerpo humano.
Mediante los procesos de evolución e iniciación, Cristo nos demostró el significado y propósito de la vida divina, presente en Él y en todos nosotros. El Dr. Tsanoff,3 refiriéndose al problema de la inmortalidad y a la obra de Cristo, cita a varias autoridades para probar que Cristo como hombre-Dios, venció a la muerte, porque es innato en la humanidad hacerlo, y dice:
"Para Salmond, Cristo proporciona la indudable seguridad de una vida futura: las palabras de Cristo representan para mí la más alta autoridad, más allá de la cual no busco otra... El cristianismo da lo que no puede dar la filosofía la conciencia de una relación personal con el Uno, afín a nosotros, que ha llevado a nuestra naturaleza a vencer a la muerte. Dole no se deja impresionar mucho por el relato de la resurrección de Cristo, pero sí por su significación. No es necesario creer que su cuerpo resucitado pasó a través de puertas cerradas y apareció a sus discípulos. La realidad más profunda es que quienes le conocieron creyeron que su persona estaba por encima del alcance de la muerte. Lo que murió no fue aquello que constituía su persona. A una conclusión similar, pero en forma más ortodoxa, llega el Obispo Welldon: Cristo... es el hombre arquetípico... Por Su ejemplo personal, Él reveló... la Vida Eterna como prerrogativa de la naturaleza humana... Lo que el Hombre haya hecho, el hombre puede aspirar a hacerlo. Lo que haya sido el Hombre, el hombre puede llegar a serlo".
Porque Cristo era humano, resucitó. Porque era divino también resucitó, y al actuar en el drama de la resurrección reveló ese gran concepto de la continuidad del desenvolvimiento que ha sido siempre tarea de los misterios eternos, revelar.
Una y otra vez encontramos que los tres episodios que se relatan en el Evangelio no son hechos aislados en la vida de Jesús de Nazaret, sino que se llevaron a cabo repetidas veces en los retiros secretos de los Templos de los Misterios, desde los albores de las edades. Los salvadores del pasado fueron todos [i236]sometidos a los procesos de la muerte, en una u otra forma, pero todos resucitaron o fueron trasladados a la gloria. En las ceremonias de la iniciación este entierro y resurrección, al cabo de tres días, eran muy familiares. La historia narra que muchos de esos Hijos de Dios murieron y resucitaron para ascender finalmente al cielo. Vemos, por ejemplo, que "las exequias de Adonis se celebraron en Alejandría (Egipto) con toda pompa. Su imagen era conducida [e240]con gran solemnidad a una tumba, a fin de rendirle las últimas honras. Antes de cantar sobre su retorno a la vida se celebraban algunos ritos fúnebres honrando su sufrimiento y muerte. Se mostraba la gran herida que recibió, como se muestra la herida del lanzazo que Cristo recibiera. La festividad de su resurrección se fijó para el 25 de marzo".4 Existe la misma leyenda relacionada con los hombres de Tamuz, de Zoroastro, de Esculapio, a quien se refirió Ovidio en los términos siguientes:
¡"Salve, Gran Médico del mundo! ¡A todos, salve!
Salve, poderoso Infante que en años venideros,
sanarás los pueblos y defraudarás la tumba.
Raudo será Tu desarrollo, Tus triunfos ilimitados
harán que los reinados se ensanchen y medre la humanidad.
Tu atrevido arte animará a los muertos,
atrayendo el trueno a Tu testa culpable;
entonces morirás, pero de la tenebrosa morada
renacerás victorioso y serás dos veces Dios".
5
Dichas palabras podrían aplicarse a Cristo con toda propiedad y sirven para señalar la antigüedad de la Enseñanza de los Misterios, que en ininterrumpida continuidad han revelado la divinidad en el Hombre y mostraron el Camino de un Salvador. Pero en los tiempos antiguos esos misterios se representaban en [i237]secreto y los ritos de la iniciación se administraban solamente a quienes eran aptos para soportar el paso de las cinco grandes experiencias, desde el Nacimiento hasta la Resurrección. El carácter de excepcionalidad que tiene la obra de Cristo reside en el hecho de que fue el primero en actuar en todos los ritos y ceremonias rituales de la iniciación, públicamente ante el mundo, demostrando así a la humanidad la divinidad centrada en una sola persona, de modo que todos pudieran ver, aprender, creer y seguir Sus pasos.
Se cuentan las mismas historias acerca de Hércules, Baldur, Mitra, Baco y Osiris, para mencionar algunos entre un vasto número. Uno de los primeros Padres de la Iglesia, Firmicus Maternus, dice que los misterios de Osiris guardan un gran parecido con la enseñanza cristiana, y que después de la resurrección sus amigos se regocijan diciendo: "Lo hemos encontrado". Annie Besant, en un pasaje iluminador, dice: 6
"En los Misterios cristianos, como en los antiguos Misterios egipcios, caldeos y otros, existía un simbolismo externo que expresaba las etapas por las que el hombre debía pasar. El aspirante era conducido a la cámara [e241]
de la Iniciación donde se le tendía en el suelo con los brazos extendidos, algunas veces sobre una cruz de madera, otras simplemente sobre el piso de piedra, en la postura de un crucificado. Entonces se le tocaba en el corazón con el tirso (la 'lanza' de la crucifixión) y abandonando el cuerpo, pasaba a los mundos del más allá, cayendo el cuerpo en trance profundo, es decir, la muerte del crucificado. El cuerpo era colocado en un sarcófago de piedra y permanecía allí, celosamente vigilado. Mientras tanto el hombre deambulaba primero por las extrañas y oscuras regiones llamadas 'el corazón de la tierra', de donde ascendía al monte celestial y allí se revestía con el perfecto cuerpo de la bienaventuranza totalmente organizado, como vehículo de la conciencia. Con ese vehículo volvía al cuerpo de carne para reanimarlo. La cruz que sostenía al cuerpo, o, si no se había utilizado la cruz, el cuerpo rígido en trance, era sacado del sarcófago y colocado sobre un plano inclinado, mirando hacia oriente, esperando la salida del sol al tercer día. En el momento en que los rayos del sol tocaban el rostro, Cristo, el Iniciado perfecto o Maestro, volvía a entrar en el cuerpo, glorificándolo con el cuerpo de bienaventuranza que empleaba, cambiando el cuerpo de carne, por contacto con aquél, dándole [i238]así nuevas propiedades, nuevos poderes, nuevas capacidades, trasmutándolo a Su propia semejanza. Esa fue la Resurrección de Cristo, y desde ese momento el propio cuerpo de carne fue cambiado y adquirió una nueva naturaleza".
Vemos así que la historia de la resurrección es de muy antigua data, y que Dios siempre ha presentado a la humanidad, por medio de los Misterios y Sus Hijos, la realidad de la inmortalidad, como lo hiciera a nuestro mundo cristiano, por la muerte y resurrección de Su Hijo bienamado, Jesucristo.
Todo este problema de la muerte y la inmortalidad está absorbiendo gran parte de la atención pública actualmente. La Guerra Mundial presentó a la conciencia pública la realidad de la muerte, en forma nueva e impresionante. Probablemente no hubo una sola familia en más de veinte naciones, que no hubiera tenido que lamentar de una manera u otra, alguna muerte. El mundo ha pasado por un proceso de muerte, y en la hora actual, el misterio de la Resurrección se está convirtiendo en el tema de mayor importancia en la mente de los hombres. La idea de la Resurrección se acerca cada vez más, y su significación ha sido la idea central de la Fraternidad Masónica a través de las edades, constituyendo el punto focal del trabajo del sublime Grado Tercero. En estrecha relación con esta "resurrección" masónica, puede citarse un sermón de Buda poco conocido, donde enseña a Sus discípulos el significado de los "cinco puntos de la Amistad", vinculando esos cinco puntos con las cinco crisis de la vida de Cristo y los cinco puntos de la leyenda masónica. Todas estas referencias sirven para demostrar la continuidad de la revelación, de la cual la Resurrección (con la consiguiente Ascensión) fue el acontecimiento culminante para Occidente.
[e242]La necesidad más imperiosa del cristianismo actualmente, es hacer resaltar el viviente Cristo resucitado. El Canónigo B. H. Streeter así lo cree cuando dice: "... el punto de partida histórico del cristianismo no es la cruz sino la convicción de que Cristo resucitó".7 Discutimos demasiado sobre la muerte de Cristo tratando de imponer al mundo un Cristo estrechamente sectario. Nutrimos los fuegos de la separatividad mediante divisiones, sectas, iglesias e "ismos" cristianos. [i239]"Son legión" y la mayoría se funda en una presentación sectaria del Cristo muerto y en los primitivos aspectos de Su historia. Unámonos teniendo por base el Cristo resucitado el Cristo que vive hoy; Cristo, fuente de inspiración y fundador del reino de Dios; Cristo, el Cristo cósmico, eternamente sobre la Cruz y, sin embargo, eternamente vivo; Cristo, el Salvador histórico, el fundador del cristianismo custodiando Su Iglesia; Cristo el místico y el Cristo mítico, representando en el lienzo de los Evangelios los episodios del desenvolvimiento, para que quienes viven puedan conocerlo y seguirlo, y Cristo vivo hoy en todo corazón humano, la garantía de la divinidad y del impulso hacia esa divinidad que la humanidad manifiesta constantemente. Porque la presencia de Cristo en el hombre, la convicción de la divinidad y la consiguiente inmortalidad del hombre, parecen ser inherentes a la conciencia humana. Inevitablemente ocupará cada vez más la atención del hombre hasta que lo demuestre y compruebe; mientras tanto, ha sido comprobado que hay algo que persiste más allá de la muerte física. La realidad de la inmortalidad no ha sido probada todavía, aunque constituye la creencia básica de millones de seres, y cuando tal creencia es universal, sin duda debe haber una base.
Todo este problema de la inmortalidad está íntimamente relacionado con el de la divinidad y el del mundo invisible subjetivo, que parece subyacer en el mundo visible y tangible, haciendo sentir frecuentemente su presencia. Por lo tanto, comenzando con la premisa de lo oculto e invisible, es probable penetrar en él oportunamente y descubrir que siempre estuvo con nosotros y fuimos ciegos e incapaces de reconocer Su presencia. Alguien siempre lo ha hecho y ha emitido su nota, fortaleciendo nuestra creencia, respaldando nuestra esperanza y garantizando esa experiencia eventual. El siguiente párrafo expresa esta idea:
"Sólo cuando reconozcamos que lo más recóndito de todo hombre está enraizado en un mundo divino y eterno, y que él no sólo es un fenómeno externo..., sino una esencia eterna y única, un miembro necesario e irremplazable del todo absoluto, podemos aceptar razonablemente dos [e243]
grandes verdades absolutamente indispensables, no únicamente para la teología, la ciencia de la religión, sino para la vida humana en general, la verdad de la libertad y la verdad de la inmortalidad humanas."8
¿Cómo reconoceremos la verdad o realidad cuando tropecemos con ella? ¿Cómo sabremos que una doctrina es o no de Dios? Es fácil cometer errores, creer lo que queremos y engañarnos a nosotros mismos, en el deseo de que nuestras propias ideas sean respaldadas por nuestra mente. Las palabras del Dr. [i240]Streeter,9 representan una definida nota de aliento, porque indican los requisitos posibles de cumplir.
"Hasta la propia decepción, la última fortaleza del enemigo, perderá su poder en la proporción en que el individuo se ajuste a ciertas condiciones que (según los escritores bíblicos) debe cumplir para poder recibir un mensaje auténtico de la divinidad sea en el nivel del profeta, creador de una época, o de la persona común, correctamente guiada en el sendero del deber cotidiano."
"Las principales condiciones son:
"1. 'Estoy dispuesto a ser para el Padre Eterno lo que Su propia diestra es para el hombre'. Devoción, absoluta o entrega total del yo a lo divino. 'Heme aquí, envíame a mí', dice Isaías, y cuando Cristo dirigió a sus primeros seguidores la palabra 'Seguidme', ellos abandonaron todo, se dice, y Le siguieron.
"2. Autoconocimiento y la consiguiente admisión de haber fracasado. La promesa: 'Te guiaré con mi ojo', según el salmo citado arriba, se le da al hombre que ha confesado su iniquidad y por lo tanto ha establecido una relación justa con Dios. La primera respuesta de Isaías al llamado divino, fue un destello del autoconocimiento que proporciona al hombre la convicción de su indignidad y de su pecado: 'soy hombre de labios inmundos...'
"3. 'Quedaos vosotros... hasta que seáis investidos de poder desde lo alto' (Lc. 24:49). Pero esta vida de potencia, este instinto de poder, con amor, goce y paz, sólo puede vivirse continuamente con dificultad, excepto en la fraternidad, en la cual la mutua demanda, el aliento y la confesión del fracaso, resultan fáciles...
"4. Llevar a una vida así, tal fraternidad, implica cierta medida de sufrimiento, sacrificio o humillación. 'El que no lleva su propia cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo' (Lc. 14:27). Tal vez no sea accidental que ya en El Antiguo Testamento, la promesa: 'Tus oídos escucharán una voz a tus espaldas, que dice: Éste es el camino, huéllalo', haya sido precedida por las palabras: 'aunque el Señor te haya dado el pan de la adversidad y el agua de la aflicción'."
Se necesita valor para enfrentar la realidad de la muerte, y para formular en forma muy definida nuestras creencias sobre el tema. Las estadísticas dicen que cada, año mueren alrededor de cincuenta millones de personas. [i241] Cincuenta millones es más que la [e244]población total de Gran Bretaña, y sin duda constituye un vasto grupo de seres humanos que emprende la gran aventura. Siendo esto así, el establecimiento de la realidad de la Resurrección de Cristo y la verdad de la inmortalidad, son de mucha mayor importancia que lo que el individuo puede estimar. Tendemos demasiado a estudiar estos problemas desde el punto de vista científico, o desde el ángulo puramente individual y egoísta. La muerte es el único hecho que podemos predecir con absoluta seguridad y, sin embargo, la mayoría de los seres humanos se rehusa a considerarlo, hasta que lo enfrenta de modo inminente y personal. Edward Carpenter 10 sugiere que "el arte de evitar la muerte demanda mucha atención y cientos de miles de libros tratan el tema; sin embargo, desde que nadie puede realmente evitar la experiencia y todos, tarde o temprano, deben pasarla, debiera pensarse que el arte de llegar al fin, con discreción y presencia de ánimo, exigirá por lo menos igual atención". Las personas enfrentan la muerte de muy diversas maneras; algunas con un sentimiento de autocompasión, se hallan tan preocupadas por lo que dejan, por lo que termina para ellas, por el hecho de abandonar todo lo que acumularon en la vida, que el verdadero significado del futuro inevitable no les llama la atención. Otras la enfrentan con valor y encaran lo inevitable, miran la muerte con osadía, porque no pueden hacer nada más. Su orgullo los ayuda a salir al paso del acontecimiento. Aún otros rehusan considerar en absoluto esa posibilidad. Se autohipnotizan hasta llegar a un estado donde el pensamiento de la muerte es rechazado por la conciencia, que no lo considera posible, de modo que cuando llega, les toma de sorpresa; están inermes y lo único que pueden hacer es sencillamente morir. La actitud cristiana, por lo general, es más precisa en su aceptación de la voluntad de Dios, adoptando la resolución de considerar el acontecimiento como lo mejor que pudiera ocurrir, aún cuando no lo parezca desde el ángulo del medio ambiente y las circunstancias. La firme creencia en Dios y Su propósito predestinado para el individuo, lleva a pasar triunfalmente por los portales de la muerte, pero si se les dijera que ésta es simplemente otra forma del fatalismo del pensador oriental, y una creencia fija en un destino inalterable, lo considerarían falso. Los que así piensan se escudan tras el nombre de Dios.
Sin embargo, la muerte puede ser más que todas esas cosas y enfrentada de distintas maneras. Puede tener cabida [i242]definida en la vida y en el pensamiento, y podemos prepararnos para ella como [e245]algo inevitable, pero simplemente es el Originador de cambios. De este modo haremos del proceso de la muerte una parte planeada de todo nuestro propósito de vida. Podemos vivir teniendo conciencia de la inmortalidad, lo que agregará colorido y belleza a nuestra vida; podemos fomentar la conciencia de nuestra futura transición y vivir con la esperanza de su prodigio. La muerte así encarada, considerada como un preludio para una ulterior experiencia viviente, cobra un significado distinto. Se transforma en experiencia mística, una forma de iniciación, que alcanza el punto culminante en la crucifixión. Todas las anteriores renunciaciones menores nos preparan para la gran renunciación; todas las anteriores muertes sólo son el preludio del estupendo episodio de morir. La muerte nos trae la liberación temporaria de la naturaleza corporal, de la existencia en el plano físico y de la experiencia visible, que quizás con el tiempo será permanente. Constituirá la liberación de toda limitación, y aunque creamos (como lo hacen millones de seres) que la muerte es sólo un intervalo en una vida de progresiva acumulación de experiencia, o el fin de toda experiencia (como sostienen otros tantos millones), no puede negarse el hecho de que la muerte indica una transición definida de un estado de conciencia a otro. Si se cree en la inmortalidad y en el alma, esta transición puede contribuir a una intensificación de la conciencia, mientras que si predomina el punto de vista materialista, puede indicar el final de la existencia consciente. La pregunta crucial, ¿es por lo tanto inmortal lo que denominamos alma? ¿cuál es el significado de la inmortalidad?
Es urgente hoy, tener fe en el mundo subjetivo interno y en nuestra relación con él. Sobre esto el trabajo y el mensaje del Cristo puede triunfar o caer. En estos días se duda de todo más que nada de la realidad del alma y su inmortalidad. Esta etapa es necesaria y valiosa, siempre que tratemos de buscar respuesta a estos interrogantes. El Dr. D'Arcy 11 hace notar que:
"... pocos pueden ser persuadidos de que los interrogantes acerca del fin de la vida no son más que pura pérdida de tiempo y las creencias no alteran la conducta. Los antecedentes históricos demuestran que una cultura se desbarata cuando la religión declina, y ...debe señalarse que la generación actual vive todavía sobre la base de la tradición de la civilización cristiana. El agnóstico moderno se beneficia con los ideales que impregnaron la mente de los hombres y que empezaron ya a desvanecerse, y enfrenta disturbios morales de los que estaban libre las generaciones anteriores."
Muchos pueden considerar esos "disturbios morales" como indicios alentadores para una salida de las condiciones estáticas en [e246]todos [i243]los campos del pensamiento humano, característica de principios del siglo pasado, y que hoy nos hallamos al borde de una nueva era de valores espirituales más reales. Pero las estructuras más nuevas de la fe y de la conducta deben fundarse sólidamente en lo mejor que tiene el pasado. Los ideales que Cristo enunció son aún los más elevados en la continuidad de la revelación, y Él Mismo nos preparó para que surjan esas verdades que señalarán el momento del fin y el vencimiento del último enemigo, cuyo nombre es Muerte.
Estas dudas sobre las creencias y la lucha deben continuar con una inherente esperanza, hasta haber logrado la seguridad y transformado la creencia en conocimiento y la fe en certidumbre. El hombre sabe, incontrovertiblemente, que hay una meta mejor que sus mezquinos objetivos, una vida que abarcará alcances más amplios, permitiéndole eventualmente lograr su más alto ideal, aunque tenuemente percibido. Una consideración de la Resurrección puede otorgar mayor seguridad, siempre que tengamos en cuenta la larga continuidad de la revelación declarada por Dios, y comprendamos que poco podemos conocer más allá del hecho de que los Hijos de Dios han muerto y resucitado y que detrás de ello hay una causa fundamental.
Los tibetanos se refieren al proceso de la muerte como a la "entrada en la luz clara y fría".12 Es posible que la muerte pueda ser mejor considerada como la experiencia que nos libera de la ilusión de la forma, llevándonos a comprender claramente que cuando hablamos de la muerte nos referimos a un proceso que concierne a la naturaleza material, el cuerpo, con sus facultades psíquicas y sus procesos mentales. Por lo tanto esto puede reducirse al interrogante de si somos el cuerpo y nada más que el cuerpo, o si las antiguas escrituras de la India tenían razón cuando afirmaban:
"Cierta es la muerte de todo lo nacido y cierto es el nacimiento de todo lo que muere; por lo tanto, no nos aflijamos por lo inevitable... El señor del cuerpo mora, por siempre inmortal, en el cuerpo de cada uno de nosotros."
13
[i244]Un poeta cristiano moderno ha expresado la misma idea en bellas palabras:
"La muerte es para la vida como el mármol para el escultor,
que espera el toque que libera al alma;
la muerte es el momento en que el nadador siente
el intenso dolor de la zambullida en la piscina, [e247]
seguido por la risa donde afluyen las burbujas
de esparcida agua, que el sol
la convierte en cristales: vida y luz son una." 14
Correspondería ahora inquirir qué es lo que queremos que perdure. El análisis de nuestra actitud hacia toda la cuestión de la muerte y la inmortalidad, a menudo puede servirnos para aclarar en nuestra mente lo indefinido y lo vago, basados en el temor, la inercia mental y el pensamiento confuso. Por eso acuden a nuestra mente algunos interrogantes que exigen consideración.
¿Cómo sabemos que el proceso de la muerte produce cambios tan definidos en nuestra conciencia, hasta resultarnos fatal, como seres sensorios, y hace inútil todo esfuerzo previo del pensamiento, desarrollo y comprensión? ¿El milagro de la Resurrección de Cristo, en lo que concierne a Su Personalidad, residió en el hecho de que después de haber pasado por la muerte y habiendo resucitado una vez más, era esencialmente la misma Persona, sólo con más poderes? ¿No podría suceder lo mismo con nosotros? ¿No podría la muerte eliminar simplemente la limitación en el sentido físico, dejándonos una acrecentada sensibilidad y un sentido más claro de los valores?. Esta vida nos ha moldeado y forjado en una expresión evidente y definida de forma y cualidad, que, justa o erróneamente, constituye lo que se llama el Yo, el hombre verdadero, desde el punto de vista de la vida humana. Hay algo en nosotros que rechaza una identificación final con la forma física, pese a lo que la ciencia y los inexpertos puedan decir. Un Yo interno, intuitivo, sustancial, repudia firme y universalmente toda aniquilación, manteniendo constantemente la creencia de que la búsqueda y la meta, los valores [i245]percibidos por los cuales luchamos, deben, de alguna manera, en algún momento y en alguna parte, demostrar su valor. Cualquier otro punto de vista que argumente la falta total de un plan inteligente en la existencia, lleva a la desesperación que San Pablo expresara: "Si en esta vida sólo esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres".15 Sin lugar a dudas estamos en camino hacia algo dinámico y valioso; de lo contrario, la vida sería un proceso fútil de divagaciones sin objeto, para cuidar un cuerpo y educar una mente que no poseen valor alguno ni sirven para Dios ni para los hombres. Sabemos que esto no puede ser así. Es verdad que:
"La esperanza en la inmortalidad es una expresión cada vez más clara y más madura del autorreconocimiento del hombre como peregrino en la búsqueda del valor eterno. Al razonar acerca del deseo hacia la [e248]
inmortalidad, no es que merezca tanta atención lo que deseamos, sino más bien que en nuestro deseo estamos dirigiendo y orientando nuestra carrera espiritual. El pequeño 'eohippus' dijo: ¡Voy a ser un caballo! El carácter eternamente progresista del hombre, es un hecho comprobado que exige reconocimiento; ningún argumento de tipo mecanicista puede dar razones para sacarlo del mundo." 16
De la obra citada tomamos otras frases que son de real valor:
"La demanda de la vida eterna expresa la convicción de que el proceso de la existencia, que ha revelado progresivamente la importancia capital de lo psíquico, lo personal y los valores, justifica rechazar la idea de que, después de todo, la disolución corporal consiste en terminar con la actividad personal y anular todo valor. Es una idea impía, pues, aunque no deseáramos la inmortalidad y, análogamente como H. G. Wells, nos conformáramos con esta breve vida, 'no sería para acreditar que Dios estuviera igualmente contento'. El Amor que nos exalta y se exalta en nosotros, no fue exaltado únicamente con el fin de humillarnos aún más. Las profundas realidades de la personalidad humana deben pertenecer a la integridad del Universo y ser protegidas y no confundidas mediante sus leyes. Esto es lo que queremos significar cuando enunciamos nuestra esperanza de inmortalidad..., el yo que aspira, e intenta lograr su meta, la contempla continuamente como la más preciada y culminante de todas las cosas. En verdad, una vez alcanzada cualquier meta particular, demuestra ser el peldaño para otra. El hombre llega a percibir que sus fines carecen de finalidad y objetivo más allá de los mismos; pero aún demanda más allá de las metas de su vida y mundo mortales, una meta de metas, y a esta Meta de metas la exalta y glorifica en su religión y la objetiva en su metafísica."
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La prolongación del valor y de lo digno de tenerse en cuenta, y la continuación del incentivo persistente, interno, divino, para progresar, crear y beneficiar a lo demás, para quienes alcanzaron el punto donde el pensamiento es consecutivamente posible, parece encerrar la clave del problema de la inmortalidad. Toda la historia de Cristo lo prueba. Él ha probado con Su vida consagrada al servicio y Su devoción a Sus semejantes, haber alcanzado la etapa de Su evolución donde tuvo algo con qué contribuir de algún modo al bien del todo; alcanzó la cima de la escala evolutiva y Su humanidad se perdía en la divinidad que Él expresaba. Poseyó aquello que merecía ser ofrendado a Dios y al hombre, y lo ofreció en la Cruz. Le costó Su vida para hacer Su contribución a la fuente del conjunto cooperativo, pero lo hizo. Debido al valor de lo que había logrado y de la vivencia de Su contribución, Cristo pudo demostrar la inmortalidad. Es el valor inmortal el que sobrevive, y donde existe ese valor, el alma ya no necesita la escuela de la experiencia humana. "La inmortalidad no empieza después de la muerte, es un continuo desenvolvimiento y mejoramiento de las actuales [e249]actividades espirituales. 'Vale la pena gozar de la inmortalidad, porque una noble vida terrenal tiene un valor intrínseco propio' ".18
Esta idea da origen al interrogante: ¿Qué es lo que queremos que sobreviva? ¿Qué parte de nosotros mismos consideramos que debiera ser inmortal? ¿Qué es en cada uno de nosotros lo que justifica la persistencia? Sin duda, nadie pretende la resurrección del cuerpo físico, ni desea verse otra vez atado [i246]y confinado a este vehículo limitador, en el cual nos encontramos la mayoría de nosotros. Su valor parece inadecuado para la experiencia de la resurrección y el don de la inmortalidad. Tampoco deseamos, con toda seguridad, que nos controle nuevamente la misma naturaleza psíquica con su conjunto de estados de ánimo, sentimientos y reacciones sensorias a las condiciones ambientales. De ningún modo nos complace la antigua idea de un paraíso almibarado, donde pasaríamos nuestro tiempo envueltos en blancas túnicas, cantando y hablando de temas religiosos. Se han trascendido estas ideas, de las que el propio Cristo es una negación directa. Él resucitó de entre los muertos y entró en una vida de servicio activo acrecentado. Las "otras ovejas" que debía reunir, tenía que buscarlas y traerlas al redil;19 Sus discípulos debían ser entrenados e instruidos, Sus seguidores guiados y ayudados y el reino de Dios debía organizarse en la tierra. Todavía el Cristo resucitado Se mueve entre nosotros; con frecuencia no Se lo reconoce, pero está siempre ocupado en la tarea de salvar al mundo y de servir. No hay cielo de paz, ni descanso, ni inactividad para Cristo, mientras no seamos salvos; nada de eso existe por cierto para quienes tratamos de seguirlo. Conviene recordar a este respecto, que "el verdadero problema de la inmortalidad personal no concierne a la duración limitada o infinita del yo. La mera prolongación de la existencia no agregaría nada al valor personal, así como la extensión de nuestros brazos no alcanzaría a la estrella más cercana. El valor personal no demanda duración sino significación".20 [Lo subrayado me pertenece. A. A. B.]
Cuando la vida de un hombre ha logrado significación, entonces está preparado para hollar el camino de la purificación y de la probación, en preparación para los misterios; a medida que se acrecienta su significación e influencia, el hombre puede pasar, etapa tras etapa, por los procesos de la iniciación y hallar el sendero de la santidad. Puede "nacer en Belén", porque el germen [e250]de lo dinámico y viviente despierta y cobra potencia y significación, debiendo, por lo tanto, aparecer; el hombre puede pasar por las aguas de la purificación y alcanzar la cumbre del monte de la transfiguración, donde todo lo que es de valor brilla en toda su gloria. Habiendo alcanzado ese momento de elevada experiencia y reconociendo Dios lo que hay de valor en él, sólo entonces está en condiciones de ofrecer su vida en el altar del sacrificio y del servicio, y puede volver su rostro para ir a Jerusalén y allí ser crucificado. Éste es el fin inevitable de lo que realmente tiene valor. Es el propósito [i247]subyacente en todo el proceso de la perfección, porque ahora hay algo digno de ser ofrecido. Pero aunque esto puede ser el fin de la expresión física del valor, es esencialmente el momento del triunfo de lo valioso y la demostración de su inmortalidad. Porque lo que tiene valor, la belleza divina y oculta, que la experiencia de la vida y la iniciación han revelado, no puede morir. Es esencialmente inmortal, y debe vivir. Ésta es la verdadera resurrección del cuerpo.
"La 'resurrección del cuerpo', por ejemplo, la resurrección de lo incorrupto en lo que ha sido sembrado en la corrupción, como lo expresa tan acertadamente San Pablo, es un hecho magistral. El nacimiento en su cuerpo del plasma esencial de lo más intimo del hombre, es la actualización del cuerpo perfecto de lo incorruptible dentro del cuerpo físico corruptible; de manera que el recién nacido sabe por real experiencia que ha sido hecho de nuevo, de incontables maneras, en toda su naturaleza, que hasta a los 'muertos' les parecería verdaderamente milagrosas es decir, a quienes aún no han resucitado en esas alturas, o se han precipitado en esas profundidades."
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Cuando consideramos la conciencia de lo que es de valor y digno, así como el reconocimiento de la capacidad y el poder de captación del hombre, la vida de servicio (que conduce a la muerte) y la resurrección (que lleva a la plena ciudadanía en el reino de Dios) comienzan a adquirir significado. El cuerpo no tiene valor alguno. La suma total de nuestra disposición de ánimo y las reacciones mentales a que estamos sometidos, sólo tienen valor para nosotros mismos; el medio ambiente en que vivimos y nos movemos nada contiene que justifique su eterna perpetuación. En resumen, la continuación del yo personal en algún paraíso que sea la extensión de nuestra propia conciencia individual y el concepto de una eternidad sin fin, vivida consigo mismo, ninguna atracción tiene para la mayoría de nosotros. Sin embargo, hay un aspecto nuestro que anhela la inmortalidad y el sentido de infinito. "La prolongación eterna de la carrera del yo en el tiempo" ha causado mucha confusión. Si se pidiera seriamente considerar [e251]el problema y responder con igual seriedad, muy pocos sentirían merecer como individuos que las cosas se ordenen para sobrevivir eternamente. El sentido de la verdad y la justicia nos llevaría honestamente a la conclusión de que nuestro valor para el universo, es prácticamente nulo. Sin embargo, sabemos que hay un valor y una razón detrás de toda la experiencia de nuestra vida, y que el mundo de los fenómenos, del cual indudablemente formamos parte, vela u oculta algo de valor infinito, del cual somos también parte.
Tratamos de asegurarnos que aquellos que amamos y valoramos no se nos pierdan. Tratamos de compartir con ellos algún estado de felicidad que encierre valores más reales de los [i248]conocidos en la tierra; anhelamos prolongar, en el tiempo y en el espacio, el estado familiar que amamos y apreciamos. Deseamos una compensación por lo que soportamos y la comprobación de que todo tiene un propósito y un valor. Este anhelo, creencia y determinación de sobrevivir, se halla detrás de toda realización, constituyendo el incentivo y el impulso sobre el que basamos todo nuestro esfuerzo. El Dr. Nicholas Berdyaev 22 señala esto, diciendo:
"Debe reconocerse que el hombre, en su vida relativamente limitada y terrena, es capaz de producir lo bello y lo valioso, solamente cuando cree en otra vida ilimitada, absoluta, eterna. Ésa es la ley de su ser. El contacto con esta vida mortal, excluyendo cualquier otra, termina por consumir la energía efectiva y lleva a una autosatisfacción que nos convierte en seres inútiles y superficiales. Sólo el hombre espiritual, que asienta sus raíces profundamente en la vida infinita y eterna, puede ser un verdadero creador."
Sócrates también señaló este argumento básico al referirse a la inmortalidad, cuando dijo que "nadie sabe lo que es la muerte, y si es o no el mayor de todos los bienes. Sin embargo, se la teme como si fuera el mal supremo... Cuando la muerte se acerca al hombre, lo que es mortal se dispersa y lo inmortal e incorruptible permanece intacto".
Hay tres ideas de gran importancia al considerar el problema de los valores que Cristo puso en evidencia tan maravillosamente, y que fue la verdadera razón por la que resucitó nuevamente. Su inmortalidad se basaba en Su divinidad. Su divinidad se expresaba por medio de la forma humana, y en esa forma se evidenciaban los valores, el destino, el servicio y el propósito. Todo esto lo demostró perfectamente, por eso la muerte no Lo pudo retener ni las cadenas de la tumba impidieron Su liberación.
[e252]La primera consideración es que la inmortalidad constituye la protección de lo que realmente apreciamos. El factor sobre el que hacemos hincapié en nuestra vida cotidiana sobrevive y funciona en algún nivel de la conciencia. Debemos lograr, y eventualmente lograremos, lo que demandamos. Cuando apreciamos la vida por lo que tiene de valor eterno, entonces la vida eterna, libre de las limitaciones de la carne, es nuestra. Dean Inge dice, que "mientras nos identifiquemos con los valores absolutos, podemos estar seguros que alcanzaremos la inmortalidad". Por consiguiente, lo que realmente apreciamos en nuestros momentos más elevados, cuando nos liberamos de las ilusiones de la naturaleza emocional, determina nuestra vida inmortal.
Surge ahora el interrogante de lo que ocurre cuando el sentido de los valores se distorsiona o deja de existir temporalmente. Tratando de hallar respuesta a este interrogante, millones de personas aceptaron [i249]la doctrina oriental del renacimiento, que afirma que el mundo es el "valle de la creación de las almas", según el poeta John Keats, y enseña que volvemos una y otra vez a la vida física, hasta llegada la hora en que nuestros valores se regulan ordenadamente y podemos pasar por las cinco iniciaciones y alcanzar la liberación. Mucha de la enseñanza dada en las obras ocultistas y esotéricas aparece distorsionada y en forma caprichosa, pero resulta evidente para todo estudiante sin prejuicios, que hay mucho que decir en torno a la doctrina del renacimiento. En último análisis, si la perfección es la meta final, es asunto meramente de tiempo y ubicación. El cristiano puede creer en un súbito perfeccionamiento por el proceso de la muerte, o en la aceptación mental de la muerte de Jesús, a lo que llama "conversión"; puede considerar la muerte como la puerta que conduce a un lugar de disciplina y desarrollo llamado "purgatorio", donde se lleva a cabo un proceso de purificación, o puede creer que en el paraíso se realizan ajustes y expansiones de conciencia que lo trasforman en un hombre distinto de lo que era. El oriental quizá crea que la tierra proporciona facilidades adecuadas para los procesos de desarrollo y de entrenamiento y que volvemos una y otra vez hasta alcanzar la perfección. La meta es siempre una. El objetivo es idéntico. La escuela está en un lugar distinto, y la conciencia se expande en diversos lugares, pero eso es todo. Platón sostenía que:
"Confinada en el cuerpo, como en una prisión... el alma busca su prístina esfera de racionalidad pura, en la vida filosófica, en el pensamiento de lo universal, en el amor y en el vivir de acuerdo a la razón. La vida corporal es sólo episodio en la eterna carrera del alma, que precede al nacimiento y continúa después de la muerte. La vida en la [e253]
carne es una experiencia y una prueba; la muerte, la liberación y el retorno al destino del alma, a otro período de prueba o al reino de la razón pura."
De modo consciente y voluntario, debemos aprender la manera de penetrar y actuar en el mundo de los valores, en algún lugar determinado, adaptándonos así a la ciudadanía del reino de Dios. Esto fue lo que Cristo demostró.
[i250]La segunda consideración es que el esfuerzo del hombre, su lucha para la realización, su sentido innato y verdadero de Dios, su empeño constante por mejorar sus condiciones y dominarse a sí mismo y al mundo de la naturaleza, deben tener un objetivo, de lo contrario todo lo que sucede a nuestro alrededor es vacuo, fútil y carente de sentido. Este dominio de sí mismo y de los elementos de la naturaleza y la indesviable orientación de Su propósito, condujo a Cristo etapa tras etapa y le permitió abrir la puerta al reino y resucitar de entre los muertos, "primicias de los que murieron".23 El Dr. R. A. Tsanoff dice:
"El anhelo de inmortalidad es el deseo de que la naturaleza del hombre llegue a la legítima consumación... La demanda de vida eterna expresa la convicción de que el proceso de la existencia, que ha revelado progresivamente la importancia capital de lo psíquico, de la personalidad, de los valores, justifica el rechazo de la idea de que, después de todo, la disolución corporal consiste en terminar con toda la actividad personal y anular todos los valores."
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El propósito debe subyacer en el dolor. En toda actividad humana debe sentirse un objetivo. El idealismo de los conductores de la raza no puede ser alucinación. El conocimiento de Dios debe tener alguna base en la realidad. Los seres humanos están convencidos de que la aparente injusticia del mundo es una legítima seguridad de un más allá, donde el íntegro propósito divino quedará justificado. Hay una creencia fundamental de que el bien y el mal están en lucha continua en la naturaleza del hombre y que el bien debe triunfar inevitablemente. El hombre lo ha afirmado a través de, las edades. La humanidad ha desarrollado muchas teorías acerca del hombre y su futuro, de su preparación para la vida del más allá y de por qué está en la tierra. No es necesario detallar estas teorías ni tenemos tiempo para ello. Constituyen en sí una prueba de la realidad de la inmortalidad y de la divinidad del hombre. El hombre ha intuido esta máxima posibilidad y no descansará hasta haberla alcanzado. Ya se trate de la pluralidad de las vidas en nuestro planeta, que nos llevan a la perfección ultérrima, o de la teoría budista, que conduce al [e254]Nirvana, la meta es una. Esta última teoría está bellamente sintetizada en un libro sobre las doctrinas secretas de la filosofía tibetana:
"... cuando los Señores de la Compasión hayan civilizado espiritualmente a la Tierra, haciendo de ella un paraíso, los Peregrinos recibirán la revelación del Sendero Eterno, que llega hasta el Corazón del Universo. El hombre, que no será tal, trascenderá la naturaleza y, en forma impersonal, aunque consciente, en unificación con todos los Seres [i251]
iluminados, ayudará á cumplir la Ley de la Evolución Superior, de la que el Nirvana no es más que el comienzo."25
Tenemos aquí la idea del reino de Dios apareciendo en la tierra, porque la humanidad está civilizada espiritualmente y dispuesta a alcanzar la perfección que Cristo inculcó.
Además tenemos la doctrina de la eterna periodicidad en la que creían Nietzsche y Heine, que subraya la incesante y periódica existente terrenal, para cada unidad de fuerza, hasta que un alma ha evolucionado. También se ha desarrollado la trillada doctrina de nuestra supervivencia, como influencias perpetuadas en la raza a que pertenecemos, destacando una admirable impersonalidad que es la negación del individuo. Las doctrinas cristianas ortodoxas son tres: la retribución eterna, la restauración universal y la inmortalidad condicional. A estas doctrinas debemos agregar las especulaciones de los espiritistas, con sus diversas esferas, correspondiendo en parte a los siete mundos sutiles de los teósofos y de los rosacruces, y también la teoría extrema de la aniquilación, que no encuentra eco en las personas de mente sana. El valor de estas doctrinas consiste en atraer la atención del hombre hacia el eterno interés en el más allá y sus numerosas conjeturas acerca de su futuro e inmortalidad.
Cristo murió y resucitó. Cristo vive. Algunas personas no necesitan que se les pruebe esta realidad en el mundo. Saben que está vivo y debido a que vive, viviremos también. En nosotros está el mismo germen esencial de la vida que floreció hasta la perfección en Él, superando la tendencia a la muerte, inherente al hombre común. Podemos entonces decir, con certeza, que la inmortalidad, para nosotros se divide en tres etapas:
Primero, como vivencia que llamamos el anhelo de evolucionar, el impulso de progresar, de avanzar, vivir y saber que vivimos. Éste es el incentivo que subyace detrás de la determinación del hombre [i252]de conocerse como individuo, con su propio ciclo de vida, su propio propósito innato y su eterno futuro.
[e255]Segundo, como esa conciencia dinámica espiritual que se manifiesta en la reorientación hacia la eternidad y los valores eternos, que constituye el rasgo característico del hombre dispuesto a dar los pasos necesarios para demostrar su vida espiritual y actuar como inmortal. Entonces la resurrección que le espera y que Cristo expresara, es algo distinta de lo supuesto anteriormente. La siguiente definición de la verdadera resurrección, a medida que alborea a los ojos del hombre que está despertando a la gloria del Señor dentro de su propio corazón e inmanente en todas las formas, es muy oportuna:
"La resurrección no es la resurrección de los muertos de sus tumbas, sino el paso, por la propia absorción de la muerte, a la vida del amor altruista, la transición de la tiniebla del individualismo egoísta a la luz del espíritu universal, de la falsedad a la verdad, de la esclavitud del mundo a la libertad de lo eterno. La creación 'gime con los dolores del parto' 'para liberarse de la esclavitud de la corrupción, a la libertad de la gloria de los hijos de Dios'."
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El tercero y último pensamiento que debemos recalcar es que resucitamos a la vida eterna y pertenecemos al grupo de los inmortales, cuando nos hemos capacitado para trabajar en el reino juntamente con Cristo. Al perder la conciencia del individuo separatista, somos divinamente conscientes del todo del cual formamos parte, aprendemos la lección final de la vida y ya no es necesario "retornar". Tememos y nos aterroriza también la pérdida de la conciencia personal, la muerte del individuo. No nos damos cuenta de que cuando poseemos la visión del reino, cuando el todo que constituye la creación, brilla ante nuestros ojos, ese Todo es lo que nos interesa, y perdemos de vista nuestros yoes personales. Lord Haldane27 lo dice:
"En todas las formas definidas de la religión encontramos presente, de alguna manera, el concepto de la inmortalidad personal. La ausencia de este concepto pareciera, al menos en los tiempos modernos, como una aceptación de que la existencia espiritual es una ilusión o está subordinada a un universo físico, de cuya continua existencia nunca se duda. La cuestión, sin embargo, parece muy distinta, por la razón expuesta, cuando consideramos a todo el universo como abarcando la manifestación de Dios, y a nuestras vidas como derivando en ellas su única realidad final de la manifestación de Dios en ellas. En este aspecto, la muerte de un individuo no es la desaparición de la realidad espiritual, sino algo donde la manifestación de Dios está presente todavía. Por consiguiente, no puedo aceptar que una creencia en la mera inmortalidad individual, forme real parte de la religión. Soy ya un anciano a quien llegará pronto la muerte, pero en la proporción en que concibo que Dios [e256]
vive eternamente, y que lo único real en mí es la manifestación de Dios, no temo el fin de lo que es meramente individual, por lo tanto como tal, irreal en mi vida, ni siento que la muerte de los seres queridos o cuyas memorias honro, me ha separado de ellos."
La resurrección, la consecuencia, puede definirse como la supervivencia [i253] en el futuro de lo que constituye el aspecto divino, que está integrado con la vida y conciencia de esa forma total que llamamos Dios. Esa vida y esa conciencia fluyen en toda la manifestación de Dios, el mundo natural. Los reinos de la naturaleza siempre evolucionan uno tras otro, y al hacerlo expresan algún aspecto de Su vida cuando da forma y anima a Su creación. Uno por uno estos reinos progresaron constantemente, desde la conciencia inerte y el ritmo lento y pesado del mineral, revelando progresivamente cada vez más la naturaleza divina oculta, hasta llegar al hombre, cuya conciencia es de orden muy superior y cuya expresión divina es la de una deidad autoconsciente y autodeterminada. De las formas automáticas de conciencia, la vida de Dios ha llevado a las formas de vida, a través de la conciencia sensoria, a la conciencia instintiva del animal, desde donde progresó hasta el reino humano, en el que se hizo presente la autoconciencia, hasta que los miembros más avanzados de ese reino comienzan a demostrar su disposición hacia la divinidad. Ya pueden apreciarse las tenues y nebulosas señales de un reino aún más elevado. En él, la autoconciencia dará lugar a la conciencia grupal y el hombre sabrá que se ha identificado con el Todo, y que no es simplemente un individuo que se basta a mismo. Entonces la vida del cuerpo de Dios podrá fluir conscientemente y a través del hombre, y la vida de Dios se trasformará en su vida y resucitará a la vida eterna.
Por lo tanto, la tendencia de los asuntos humanos hacia la síntesis, la colaboración, la fusión y la amalgamación, es actualmente un signo de la avanzada etapa alcanzada por la humanidad. Llevan el portento de una esperanza, e indica la resurrección a la vida, que todos los hijos de Dios, en el transcurso de las edades, testimoniaron, siendo ahora una posibilidad general. La actual humanidad en su totalidad mira hacia la vida, porque sus valores son reales, su integridad va asegurándose constantemente, y hay indicios mundiales (como lo manifiestan las naciones y los grupos) de orientación hacia la síntesis y la colaboración. Los actuales disturbios mundiales, son simplemente [i254]el resultado de este proceso de reorientación y tiene su símil en el proceso de la "conversión" cristiana y en los reajustes incidentales a ese acontecimiento, que generalmente alteran y reordenan el entero [e257]programa de toda la vida del hombre. El programa mundial se va así reajustando, siendo el caos su resultado inmediato. Pero la nueva orientación está asegurada y nada puede detener que la humanidad progrese y entre en la vida. Los conductores espirituales del género humano comprenden esta verdad con acrecentado poder, como lo dice uno de ellos:
"La verdadera resurrección, la resurrección a una renovada vida, es la resurrección del Cristo en la naturaleza y en la sociedad humana, a una forma de expresión más elevada, más plena, más rica. Esa resurrección se efectúa continuamente, y su correlación es la ascensión de la conciencia humana a una unicidad perfecta con la mente omniabarcante de Dios en la sagrada fraternidad del amor."
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Otro predicador nos habla de lo mismo, asegurando que:
"De la tumba de lo mundano y del egoísmo, de la mortaja del materialismo, de la ignorancia y el error, surge el Cristo Eterno. La resurrección no es un acto catastrófico aislado, sino un proceso perpetuo y un principio siempre activo. El Espíritu Divino resucita siempre en la humanidad. Siempre se retira la lápida del sepulcro para que la Vida Divina pueda fluir en toda su gloria y poder."
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De aquí qué surja la crisis mundial (el reajuste, la tendencia a la fusión y a la síntesis). La nueva raza, que es inmortal, está viniendo a la existencia, sin embargo, es la misma raza que se halla en una nueva y elevada etapa de realización. "Los que han nacido en esta raza no morirán, no estarán más bajo la obligación de nacer y morir, y vendrán y se irán de acuerdo a la Orden Divina, donde la obediencia a la Ley es la libertad de la ley".30 La gran expectativa es que el nacimiento de la raza inmortal puede realizarse aquí y ahora, como ya lo hicieron quienes en la humanidad fueron hechos divinos.
Él reino de Dios marcha hacia su realización. El propósito de la vida de Cristo, de su muerte y de su resurrección, está a punto de llegar a la consumación. Un nuevo reino está viniendo a la existencia; un quinto reino de la naturaleza se está materializando, y tiene ya un núcleo que actúa en la tierra en cuerpo físico. Por lo tanto, demos la bienvenida a los esfuerzos y a las luchas de la época actual, porque son signos de resurrección. Comprendamos que los cataclismos y el caos se suceden a medida que la humanidad irrumpe en el sepulcro del egoísmo y el individualismo, y llega al lugar de la luz y la unidad vivientes, que es la resurrección. Penetremos en las tinieblas con la luz que poseemos y veamos a la humanidad que se estremece, a los huesos [e258]muertos que cobran vida, y a las mortajas y vendas funerarias desechadas, a medida que la fuerza espiritual y la vida, fluyen en la raza, porque esto es la resurrección. Recordemos que:
"Dondequiera el descontento divino impele al hombre a buscar lo mejor, lo verdadero y lo bello, se afirma y se reconoce lo divino. La perfección ideal infinita es una eterna sinfonía en la que todos somos ejecutantes, emitiendo notas ansiosas, vacilantes, desordenadas. En la creciente armonía, que siempre se alcanza, todas nuestras notas encuentran su verdadero tono y significado y no se pierde una sola. Cuanto más espiritualidad exija el hombre, la que constituye su vida y destino, mayor será el logro de su libertad, de su personalidad, que irradia a través del cascarón concreto, y más profundo el sentimiento religioso de la realidad de Dios, el sentido de ser compañero de armas con Dios y la realización con Él y en Él. Si el corazón palpita entonces en adoración, con orgullosa humildad como Padre y Señor, aunque no pueda encerrarlo en una fórmula, puede saber, sin embargo, que lo que trata de lograr no va en dirección contraria al curso de su verdadero esfuerzo. No es una búsqueda irracional, sino el vértigo extremo de la razón. Su culto está en el resplandor de una mirada penetrante, en el sentido radiante del eterno infinito, y siempre presente más allá."
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Tenemos el privilegio de estar presentes en un momento de gran crisis para la raza. Estamos presenciando el nacimiento de una nueva e imperecedera raza, donde el germen de la inmortalidad florecerá y la divinidad podrá expresarse por la transfiguración del género humano. Lo que tiene valor está surgiendo a la superficie. Siempre ha estado allí, pero hoy puede vérselo, anunciando la consumación del trabajo de Cristo y llevando Su visión a una realización.
Notas:
1.The Valley and Beyond, de Anthony C. Deane, pág. 72
2.Psychology and God, pág. 237.
3.The Problem of Immortality, pág. 232.
4.Ovid's Methamorphoses, según Addison, citado en "Taylor's Diegesis", pág. 148.
5.Origin of Religious Belief, de Dupius, pág. 161.
6.Cristianismo Esotérico.
7.The Buddha and the Christ, pág. 226.
8.Wrestlers with Christ, de Karl Pfleger, pág. 239.
9.The God Who Speaks, págs. 175, 176.
10.The Drama of Love and Death, pág. 70
11.Mirage and Truth, págs. 71, 73.
12.El Libro Tibetano de los Muertos, de W. Y. Evans-Wentz.
13.El Bhagavad Gita, Libro II, Vers. 26, 29.
14.The Modernists, Sócrates, de Robert Norwood, pág. 57.
15.I Co. 15:19.
16.The Problem of Immortality, de R. A. Tsanoff, pág. 364.
17.Ídem, págs. 230, 347.
18.Ídem, pág. 244.
19.Jn. 10:16.
20.The Problem of Immortality, de R. A. Tsanoff
21.Some Mystical Adventures, de G. R. S. Mead, pág. 246.
22.The End of Our Time, pág. 34.
23.I Co. 15:20.
24.The Problem of Immortality, pág. 230.
25.Tibetan Yoga and Secret Doctrines, editado por W. Y. Evans-Wentz, pág. 12
26.The Supreme Spiritual Idela, de S. Radhakrishnan, Hibbert Journal. octubre de 1936.
27.Materialism, págs. 178, 179.
28.The Resurrection Life, sermón de R. J. Campbell.
29.Easter, sermón de E. W. Lewis.
30.Some Mystical Adventures, de G. R. S. Mead, pág. 244.
31.The Problem of Immortality, de R. A. Tsanoff, págs. 378, 379.