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[e41] [i53] ESTA noche ampliaré la idea fundamental y el
concepto de la unidad consciente o inteligente, desarrollada parcialmente en
la conferencia anterior. Se ha dicho que toda evolución procede de lo
homogéneo, pasa por lo heterogéneo y retorna a lo homogéneo, y se ha puntualizado
que:
"La evolución es una continua marcha
acelerada de todas las partículas del universo, llevadas simultáneamente por
un camino de destrucción, pero en forma ininterrumpida y sin pausa, desde el
átomo material hasta la conciencia universal, donde se conocen la
omnipotencia y la omnisciencia, en otras palabras, el pleno conocimiento de
lo Absoluto de Dios."
La
evolución procede desde esas diminutas diversificaciones llamadas átomos y
moléculas; asciende hasta sus conglomerados al constituirse en formas, y
sigue a través de la construcción de esas formas a otras mayores, hasta
formar el sistema solar en su totalidad. Todo prosigue de acuerdo a la ley, y
las mismas leyes básicas rigen la evolución del [i54] átomo y de
un sistema solar. El macrocosmos se repite en el hombre, el microcosmos, y
éste a su vez se refleja en los átomos menores.
Estas
observaciones y la conferencia anterior conciernen principalmente a la
manifestación material de un sistema solar, pero en posteriores conferencias
pondré el énfasis principalmente en lo que podría llamarse evolución síquica,
o gradual manifestación y desenvolvimiento [e42] evolutivo de la subjetiva inteligencia o conciencia, que se halla
detrás de la manifestación objetiva.
Dividiremos
esta conferencia en cuatro partes. Primero, veremos el proceso evolutivo, que
en este caso particular es la evolución de la forma o del grupo; después el
método para el desarrollo grupal; seguirá el estudio de las etapas que deben
recorrerse durante el ciclo de evolución, y, finalmente, trataremos de ser
prácticos y extraer de nuestras conclusiones alguna lección aplicable a la
vida diaria.
Ante
todo conviene considerar parcialmente lo que en realidad es la forma. El
diccionario la define diciendo que "es la configuración externa de un
cuerpo". Esta definición subraya lo externo, lo [i55] tangible y
la manifestación exotérica. El mismo concepto subyace en el significado
etimológico de la palabra manifestación, que deriva de dos palabras latinas: manus,
mano, y fendare, tocar, esto es, tocar con la mano. Este significado
sugiere una triple idea, en el sentido de que se puede sentir, tocar y
comprender como algo tangible. Sin embargo, en ambas interpretaciones se
prescinde de la parte más vital del concepto, por lo cual debernos buscar una
definición más adecuada. A mi entender, Plutarco expresa con mucha más
claridad que los diccionarios, la idea de la manifestación de lo subjetivo
mediante la forma objetiva, cuando dice:
"Una idea es un ser incorpóreo que no tiene
subsistencia propia, pero da forma y figura a la informe materia, y es la
causa de la manifestación."
Tenemos
aquí una interesante frase de verdadero significado esotérico, y compensará
el cuidadoso estudio y consideración que de ella se haga, pues contiene un
concepto aplicable no sólo a una pequeña manifestación, el átomo químico y el
físico, sino a todas las formas que éstos constituyen, incluyendo la
manifestación del ser humano y la deidad de un sistema solar, la excelsa
Vida, la omniabarcante [i56] Mente universal, el vibrante Centro de energía, la [e43] incluyente Conciencia denominada Dios, Fuerza o Logos, esa
Existencia que se manifiesta por medio del sistema solar.
En
la Biblia cristiana el mismo pensamiento está corroborado por San Pablo en
una carta a la Iglesia de Efesios. En el segundo capítulo de la epístola a
los Efesios, dice: "Porque somos a hechura suya". Pero la exacta
traducción del griego es: "Somos su poema o idea". El pensamiento
del apóstol es que por medio de cada vida humana o del conjunto de vidas que
constituyen un sistema solar, Dios, mediante la forma, cualquiera sea, está
llevando a cabo una idea, un concepto específico, un detallado poema. El
hombre es un pensamiento corporificado, y tal es el concepto latente en la
definición de Plutarco. Tenemos en ella, primero, la idea de una entidad
autoconsciente, después, el pensamiento o propósito que dicha entidad trata
de expresar y, finalmente, el cuerpo o forma, resultado secuencial.
Al
hablar de la Deidad, el Nuevo Testamento emplea con frecuencia la
palabra Logos. El término Logos, traducido como el Verbo, se utiliza
frecuentemente en el Nuevo Testamento al referirse a la Deidad. El
pasaje más notable en este punto es el primer capítulo del Evangelio de San
Juan, que dice: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con [i57] Dios, y el
Verbo era Dios". Consideraremos brevemente el significado de esta
expresión. La traducción literal es "el Verbo", y ha sido definido
como "la expresión objetiva de un pensamiento oculto". Si tomamos
cualquier sustantivo o palabra similar, por ejemplo, y estudiamos su
significación objetiva, descubriremos que siempre expresa a la mente un
definido pensamiento, involucrando propósito, intención o quizás algún
concepto abstracto. Si empleamos ese mismo método incluyendo la idea de la
Deidad o del Logos, se esclarecerá el abstruso tema de la manifestación de
Dios o Inteligencia central, mediante la forma material, sea que Lo veamos
manifestándose en la minúscula forma de un átomo químico o en Su gigantesco
cuerpo físico denominado sistema solar.
[e44] En la conferencia anterior vimos algo que puede aplicarse a todos
los átomos y constituye cierta notable característica que los científicos de
todas partes van reconociendo. Se ha demostrado que los átomos poseen
vestigios de mente y una rudimentaria inteligencia. El átomo demuestra poseer
la facultad de discernir y el poder de seleccionar, la capacidad de atraer o
repeler. Podrá parecer extraño el empleo de la palabra inteligencia con
relación a un átomo químico, no obstante, la etimología de la palabra incluye
perfectamente esta idea. [i58] Deriva de dos palabras latinas: inter, entre, y legere, elegir.
Por lo tanto, la inteligencia es la facultad de pensar o elegir, seleccionar
y discernir. En realidad es ese algo abstracto e inexplicable que reside
detrás de la gran ley de atracción y repulsión, una de las leyes básicas de
la manifestación. Esta fundamental facultad de la inteligencia caracteriza a
toda la materia atómica y rige también la construcción de las formas o
conglomeración de átomos.
Anteriormente nos ocupamos del átomo en sí, pero
no lo consideramos cuando interviene en la construcción de la forma o de esa
totalidad de formas denominadas reino de la naturaleza. Consideramos también
parcialmente la naturaleza esencial del átomo y su incipiente característica
de inteligencia y destacamos aquello con lo cual están construidas las
distintas formas tal como las conocemos -las del reino mineral, vegetal,
animal y humano. En la totalidad de las formas tenemos toda la naturaleza,
tal como generalmente se comprende.
Ampliemos
la idea, desde las formas individuales que constituyen cada uno de los cuatro
reinos de la naturaleza, y considerémosla proporcionando esa forma aún mayor
denominada reino y observemos a éste como una unidad consciente, formando un
todo homogéneo. Así cada reino de la naturaleza puede considerarse [i59] como una
forma a través de la cual puede manifestarse determinado tipo o grado de
conciencia. También así, el conglomerado de formas [e45] animales constituye esa forma mayor o reino animal, que a su vez
ocupa un lugar en un cuerpo aún mayor. Por medio de ese reino procura
expresarse una vida consciente, y por el conglomerado de reinos trata de
manifestarse una Vida subjetiva mayor.
En
los cuatro reinos mineral, vegetal, animal y humano, tenemos tres factores,
siempre que, lógicamente, la base de nuestro razonamiento sea correcta:
primero, el átomo original es una vida; segundo, las formas están construidas
por una multiplicidad de vidas, y proporcionan un coherente conjunto, a
través del cual una entidad subjetiva lleva a cabo un propósito; tercero, la
vida central dentro de la forma constituye su impulso directriz, la fuente de
su energía, el origen de su actividad y lo que mantiene unida la forma como
una unidad.
Esta
idea puede aplicarse al hombre, y para los propósitos de esta conferencia
podemos definirlo como esa energía central, vida o inteligencia, que actúa por
medio de una manifestación material, o forma construida por miríadas de vidas
menores. Sobre el particular diré que [i60] en el momento de la muerte se ha observado frecuentemente un extraño
fenómeno. Hace algunos años me llamó la atención sobre esto, una de las más
hábiles enfermeras quirúrgicas de la India, que durante mucho tiempo fue
atea, pero había comenzado a dudar de su incredulidad después de haber sido
testigo de ese fenómeno repetidas veces. Me explicó que en el momento de la
muerte, en diversos casos, había visto surgir de la cima de la cabeza un
destello de luz, y que en un caso particular, al morir una joven de evidente
avanzado desarrollo espiritual, de gran pureza y santidad de vida, quedó el
aposento iluminado momentáneamente como por una luz eléctrica. Además, hace
poco, en una de nuestras populosas ciudades meridionales, varias eminencias
médicas recibieron una carta, donde un investigador preguntaba si habían
observado algún fenómeno particular en el momento de la muerte. Algunas respondieron
haber visto una luz [e46] azulada
surgiendo de la cima de la cabeza del moribundo, y una o dos afirmaron que
habían oído un chasquido en la cabeza. Este último caso está corroborado por
el Eclesiastés, donde se menciona la
rotura del cordón plateado, o de ese vínculo magnético que une la entidad que
mora internamente, o el pensador a su vehículo de expresión. En los dos casos
mencionados, se advierte una demostración visual del retiro [i61] de la luz
central o vida, y la consiguiente desintegración de la forma y dispersión de
las miríadas de vidas menores.
A
algunos les parece una hipótesis lógica, que así como el átomo químico es una
infinitesimal forma o esfera, con un núcleo positivo, que mantiene girando a
su alrededor los electrones negativos, también las formas de los reinos de la
naturaleza son de análoga estructura, y sólo difieren en grado de conciencia
o inteligencia. Por lo tanto, podemos considerar a los reinos como la
expresión física de una gran vida subjetiva, y por lógicos pasos llegar a
reconocer que cada unidad de la familia humana es un átomo en el cuerpo de
esa Vida o Entidad superior, llamada en algunas Escrituras, el Hombre
celestial. Llegamos finalmente al concepto de que el sistema solar es sólo un
conglomerado de los reinos de las formas y el Cuerpo de un Ser que Se expresa
por su intermedio y lo utiliza para llevar a cabo un definido propósito y una
idea central. En todas estas ampliaciones de nuestra hipótesis final vemos la
misma triplicidad; una Vida o Entidad animadora que se manifiesta por medio
de una forma o una multiplicidad de formas y denota inteligencia
discriminadora.
No
es posible ocuparnos del método de la construcción de formas ni ampliar el
estudio del proceso evolutivo por cuyo medio los átomos [i62] se combinan
en formas, y las formas se agrupan formando esa unidad mayor que llamamos
reino de la naturaleza. Dicho método podría resumirse en tres términos: involución,
o sea circundar de materia la vida subjetiva, método por el cual la
Entidad inmanente se [e47] posesiona de
su vehículo de expresión; evolución, o utilización de la forma por la
vida subjetiva, su gradual perfeccionamiento y la final liberación de la vida
aprisionada; la ley de atracción y repulsión, por la cual se coordinan
el espíritu y la materia, la vida Central adquiere experiencia, expande su
conciencia y por el empleo de esa particular forma logra el conocimiento y el
control de si misma. Todo se efectúa de acuerdo a esta ley básica. En cada
forma existe una vida central o idea, que viene a la manifestación,
revistiéndose cada vez más de sustancia, adoptando una forma o configuración
adecuada a su necesidad y requerimiento, utilizándola como medio de expresión
y, con el tiempo, liberándose de la forma circundante, a fin de adquirir otra
más adecuada a su necesidad. Así, a través de todo tipo de forma, progresa el
espíritu o vida, hasta que el sendero de retorno haya sido recorrido,
llegando al punto de origen.
Tal es el significado de
la evolución y el secreto de la encarnación cósmica. Eventualmente el
espíritu se zafa de la forma, logra la liberación y [i63] desarrolla
una cualidad síquica y graduada expansión de conciencia. Consideremos
brevemente estas etapas. Tenemos en el primer caso el proceso de involución.
En este período se limita la vida dentro de la forma o envoltura, y este
lento y prolongado proceso abarca millones y millones de años. En este gran
ciclo participa todo tipo de vida. Concierne a la vida del Logos solar,
manifestándose por medio de un sistema solar. Es parte del ciclo de vida del
Espíritu planetario, manifestándose por medio de una esfera como nuestro
planeta Tierra; incluye esa vida denominada humana, y atrae hacia el camino
de su energía a esa diminuta vida que actúa por medio del átomo químico. Es
el gran proceso del devenir, que hace posible la existencia y el ser.
Después de este período de limitación, de gradual y creciente
aprisionamiento y de descenso más profundo en la materia, le sigue otro de
adaptación, donde la vida y la forma se interrelacionan íntimamente; después
viene el período en que se perfecciona esa [e48] relación interna. Entonces la forma está adecuada a las necesidades
de la vida y puede ser utilizada. A medida que la vida interna se desarrolla
y amplía, se va cristalizando paralelamente la forma, y ya no es apropiada
como medio de expresión. Después del período de cristalización [i64] tenemos el
de desintegración. La limitación, adaptación, utilización, cristalización y
desintegración, constituyen las etapas que abarca la vida de una entidad o
idea corporificada, de grado superior o inferior, que trata de expresarse por
medio de la materia.
Apliquemos
este pensamiento al ser humano. Al tomar forma física es donde se ve el
proceso de limitación, y también en los primeros días de rebeldía, cuando el
hombre henchido de deseos, aspiraciones, ansiedades e ideales, es incapaz de
expresarlos o satisfacerlos. Llega después la etapa de adaptación, cuando el
hombre comienza a utilizar lo que posee y a expresarse como mejor puede, por
medio de las miríadas de vidas e inteligencias menores que constituyen sus
cuerpos, físicos, emocional y mental. Energetiza su triple forma, obligándola
a obedecer sus mandatos y a cumplir sus propósitos; así lleva a cabo su plan,
para bien o para mal. A esta etapa le sigue aquella en que utiliza la forma
hasta donde es capaz, llegando a lo que denominamos madurez. Finalmente, en
las etapas posteriores de la vida llega la cristalización de la forma, y el
hombre reconoce lo inadecuado de la misma, entonces sobreviene la feliz
liberación llamada muerte, ese solemne momento en que el "aprisionado
espíritu" escapa de los muros de su forma física. Nuestras ideas sobre
la muerte [i65] han sido
erróneas. Hemos considerado a la muerte como terrible final, pero en realidad
es la gran evasión, la entrada en una más plena actividad, y la liberación de
la vida desde el vehículo cristalizado y la forma inadecuada.
Ideas
análogas pueden aplicarse a todas las formas, no sólo a la del cuerpo físico
humano; a formas de gobierno, de religión, de ciencia y de filosofía, y su
actuación en forma [e49] peculiar e
interesante puede verse en este ciclo en que vivimos. Todo se halla en estado
de flujo. Cambia el antiguo orden y está en marcha un período de transición;
en toda corriente de pensamiento se desintegran las viejas formas, pero
únicamente para que la vida que les dio el ser, pueda liberarse y construir
para sí lo que será más satisfactorio y adecuado. Tomemos, por ejemplo, la
vieja forma religiosa de la fe cristiana; quisiera que no me interpreten mal,
porque no trato de demostrar que es inadecuado el espíritu del cristianismo
ni que sean erróneas sus bien comprobadas y experimentadas verdades. Tan sólo
trato de señalar que la forma por cuyo intermedio trató de expresarse ese
espíritu, ha servido su propósito y constituye una limitación. [i66] Las mismas
grandes verdades y las mismas ideas fundamentales requieren un vehículo más
adecuado a través del cual actuar. Los pensadores cristianos en esta época,
deben diferenciar cuidadosamente entre las vitales verdades del cristianismo
y la cristalizada forma teológica. El impulso viviente fue dado por Cristo.
Enunció esas grandes y eternas verdades y las envió para adquirir forma y
satisfacer la necesidad de un sufriente mundo. Fueron limitadas por la forma,
y sobrevino un largo período en que esa forma (dogmas y doctrinas religiosas)
creció gradualmente y se configuró. Transcurrieron siglos durante los cuales
la forma y la vida parecieron estar mutuamente adaptadas, y los ideales
cristianos se expresaron por medio de dicha forma. Ahora ha llegado el
período de cristalización, y la conciencia cristiana en expansión halla
inadecuadas y restrictivas las limitaciones de los teólogos. La gran trama de
dogmas y doctrinas erigida por los eclesiásticos y teólogos de las edades,
debe inevitablemente desintegrarse, pero sólo con el fin de liberar la vida
interna y construir un mejor y más satisfactorio medio de expresión y así
estar a la altura de la misión para la cual se la envió. Lo mismo se observa
en las distintas escuelas de pensamiento. Todas expresan una idea mediante
una particular [i67] forma o
conjunto de formas, y debe recordarse [e50] que la triple vida detrás de cada forma es una, aunque los vehículos
de expresión sean diversos y resulten inadecuados en el transcurso del
tiempo.
Entonces ¿qué propósito subyace en este
interminable proceso de la construcción de formas y en esta combinación de
formas menores? ¿Cuál es la razón de todo ello y cuál su finalidad? Con
seguridad debe ser el desarrollo de cualidades, la expansión de la
conciencia, el desenvolvimiento de la comprensión, la obtención de los
poderes de la siquis o alma, la evolución de la inteligencia, la demostración
gradual de la idea básica o propósito que esa gran Entidad llamada Logos o
Dios, está llevando a cabo por medio del sistema solar. Es la demostración de
Su calidad síquica, porque Dios es Amor inteligente, y cumple su determinado
propósito, porque Dios es Voluntad inteligente y amorosa.
Para cada uno de los diferentes tipos y grados
de átomos existe un propósito y una finalidad. Hay una meta para el átomo
químico, hay una etapa de realización para el átomo humano, el hombre; algún
día el átomo planetario manifestará su propósito fundamental y,
eventualmente, se revelará la gran Idea que subyace detrás del sistema solar.
¿Sería posible en breves momentos de estudio adquirir un sólido concepto de
lo que [i68] puede ser
este propósito? Quizá tengamos una idea amplia y general si abordamos el tema
con suficiente reverencia y sensible perspectiva, teniendo en cuenta que
únicamente es dogmatizada por el ignorante y que sólo el imprudente se ocupa
detalladamente al considerar estos estupendos tópicos.
Hemos visto ya que el átomo químico, por
ejemplo, denota inteligencia, vestigios de una mente discernidora y de una
rudimentaria capacidad selectiva. Así la diminuta vida dentro de la forma
atómica manifiesta cualidad síquica. El átomo entra en la construcción de las
diferentes formas en distintas épocas y etapas, y cada vez adquiere algo de
acuerdo a la fuerza y vida de la entidad que anima esa forma y mantiene su
homogeneidad. Tomemos, por ejemplo, [e51] el átomo que se utiliza en la construcción de una forma del reino
mineral; no sólo demuestra mente discernidora y selectiva, sino también
elasticidad. En el reino vegetal aparecen estas dos cualidades y además una
tercera, podría denominársela sensación rudimentaria. La inteligencia inicial
del átomo adquiere algo durante la transición de una forma a otra y de un
reino a otro. Acrecienta su respuesta al contacto y su percepción general.
Cuando tratemos de la evolución de la conciencia consideraremos más
ampliamente este punto; [i69] pero ahora me limito a demostrar que las formas del reino vegetal
construidas por átomos, no sólo denotan discernidora inteligencia y
elasticidad, sino también capacidad de sensación, o de lo que en el reino
vegetal corresponde a la emoción o sentimiento, pues la emoción es amor
rudimentario. Sigue luego el reino animal, donde las formas animales, no sólo
demuestran las cualidades mencionadas, sino el instinto, o lo que algún día
florecerá como mentalidad. Finalmente llegamos al ser humano, que muestra
todas estas cualidades en un grado superior, pues el cuarto reino es el
macrocosmos de los tres reinos inferiores. El hombre demuestra actividad
inteligente, es capaz de sentir emoción y amor y ha agregado otro factor, la
voluntad inteligente. Es la deidad de su propio y pequeño sistema. Y no sólo
es consciente sino autoconsciente. Construye su propio cuerpo de
manifestación, como lo construye el Logos, aunque en menor escala. Rige su
sistema por la ley de atracción y repulsión, lo mismo que el Logos, y
energetiza y sintetiza su triple naturaleza en una coherente unidad. Es el
tres en uno y el uno en tres, lo mismo que el Logos.
Todo átomo tiene su porvenir en el sistema
solar. El átomo ultérrimo tiene ante sí una grandiosa meta, y a medida que
transcurren los eones, la [i70] vida que lo anima pasará por los sucesivos reinos de la naturaleza,
hasta llegar a su meta en el reino humano. Ampliando la idea podemos
considerar esa excelsa Entidad, vida animadora del planeta, que contiene en
Su conciencia todos los reinos de la [e52] naturaleza. ¿No sería posible que su Inteligencia, animadora de todo
grupo y reino, fuera la meta para el hombre, el átomo humano? Quizás con el
correr del tiempo, su actual conocimiento pueda ser también el nuestro, y
para Él y todas esas grandes Vidas que animan a los planetas del sistema solar,
constituya la adquisición de esa grandiosa amplitud de conciencia que
caracteriza a esa excelsa Existencia que es la vida animadora del sistema
solar. Quizá sea verdad que entre los diversos grados de conciencia que se
extienden desde el átomo químico y físico hasta el Logos del sistema solar,
no haya separaciones ni bruscas transiciones, pero siempre hay una gradual
expansión y evolución de una forma de manifestación inteligente a otra, y
siempre la vida dentro de la forma adquiere cualidad por medio de la
experiencia.
Cuando
hayamos arraigado esta idea en nuestra conciencia, cuando resulte evidente
que existe un propósito y orientación que subyace en todo, [i71] cuando nos
demos cuenta que nada ocurre que no sea resultado de la consciente voluntad
de alguna entidad, y que todo lo que sucede tiene un definido objetivo y
meta, entonces tendremos la clave de nosotros mismos y de todo lo que vemos
suceder a nuestro alrededor en el mundo. Por ejemplo, si comprendemos que
debemos construir y cuidar el cuerpo físico, que controlamos nuestra
naturaleza emocional y somos responsables de desarrollar nuestra mente; si
comprendemos que somos factores energetizadores de nuestro cuerpo, y que al
retirarnos de él se desintegra y desmorona, quizá entonces tengamos la clave
de lo que puede estar haciendo la Vida animadora del planeta al actuar por
medio de todo tipo de forma (continentes, civilizaciones, religiones y
organizaciones) en el mundo, entonces quizás tengamos la clave de lo que ha
sucedido en la Luna, que es hoy una forma en desintegración, lo que está
sucediendo en el sistema solar, y lo que sucederá en él, cuando el Logos
retire lo que para Él sólo es una manifestación temporaria.
[e53]Apliquemos prácticamente estas ideas. En la actualidad atravesamos
un período donde todas las corrientes de pensamiento se desintegran; la vida
religiosa de los pueblos ya no es lo que era, y los dogmas y doctrinas de
todo tipo caen bajo el escalpelo de la crítica. Muchas [i72] formas
antiguas del pensamiento científico se desintegran, y se conmueven los
cimientos de las antiguas filosofías. El destino nos ha deparado uno de los
períodos más difíciles de la historia mundial, caracterizado por el derrumbe
de las naciones, la ruptura de antiguas relaciones y vínculos y la
evidentemente inminente dislocación de la civilización. Sería un estimulo
recordar que todo esto ocurre porque la vida de esas formas es tan pujante,
que las considera una prisión y limitación; debe tenerse presente que este
período de transición entraña la mayor promesa que jamás conociera el mundo.
No hay lugar para el pesimismo ni la desesperación, sino para el máximo
optimismo. Muchos se contrarían y afligen al ver sacudirse los cimientos,
ante la amenaza de derrumbarse las tan cuidadosamente erigidas y
profundamente queridas estructuras del pensamiento, creencias religiosas y
los conceptos filosóficos; no obstante, sentimos ansiedad porque la forma nos
ha absorbido demasiado y también porque nos ocupamos en demasía de nuestra
prisión, y si sobreviene la desintegración, es sólo para que la vida
construya para sí nuevas formas y pueda evolucionar. Tanto la tarea del
destructor como la del constructor constituyen el trabajo de Dios, y el gran
dios de la destrucción debe aplastar y destruir formas, a fin de [i73] facilitar el
trabajo del constructor para que el espíritu pueda expresarse más
adecuadamente.
A muchos les parecerán novelescas, fantásticas
e insostenibles estas ideas, y aunque sólo sean hipótesis pueden ser
interesantes y darnos la clave del misterio. Vemos la destrucción de la
civilización, vemos tambalearse la trama religiosa, las filosofías vapuleadas
y sacudidos los cimientos de la ciencia materialista. Pero, después de todo,
¿qué son las civilizaciones?, ¿qué las religiones?, ¿qué las grandes [e54] razas? Sencillamente las formas en que se manifiesta esa grande y
triple Vida central que anima nuestro planeta y trata de expresarse. Así como
nosotros nos expresamos por medio de la naturaleza física, emocional y
mental, así Él se manifiesta por medio de los reinos de la naturaleza, de las
naciones, razas, religiones, ciencias y filosofías, existentes hoy. Cuando Su
vida palpita en cada sector de Su ser, nosotros, como átomos y células de esa
gran manifestación, pasamos etapa tras etapa por cada transición. Al
transcurrir el tiempo y al ampliar nuestra conciencia, adquirimos mayor
conocimiento de Su plan, tal como Lo lleva a cabo, pudiendo eventualmente
colaborarse con Él en Su propósito esencial.
[i74] Resumiendo el pensamiento central de esta conferencia, tratemos de
reconocer que no existe tal cosa como materia inorgánica, que cada átomo es
una vida, que todas las formas son vivientes y que cada una de ellas es la
expresión de una entidad inmanente. Comprendamos que esto también atañe al
conglomerado de formas. He aquí la clave de nosotros mismos y quizás la clave
del enigma del sistema solar.
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